Los milagros de Jesús: carácter histórico

23 junio, 2007

Una forma de empezar un poco fuerte este tema sería preguntarnos: ¿Hizo realmente milagros Jesús?

 

Y convendría empezar teniendo en cuenta que Jesús no era el único que por aquel entonces obraba curaciones. Otros también lo hacían, tanto en ambientes judíos como griegos. De la misma época de los Evangelios se pueden leer relatos de milagros en los escritos rabínicos judíos y en la literatura griega. Apolonio de Tyano, contemporáneo de Jesús, los hacia. En el santuario de Asclepiades, en Epidauro también los había. Se cuentan curaciones, expulsiones de demonios, resurrecciones, tempestades calmadas, etc., en ambientes judío y griego. Los relatos de milagros de los evangelios están construidos, a veces, de manera análoga a los que nos llegan de los escritores judíos o griegos. No se pueden considerar todos estos relatos no cristianos como fábulas y los evangélicos como una especie de actas. Es razonable admitir que ha habido hechos, extraordinarios en cada uno de estos universos religiosos y que se ha podido, aquí y allá, aumentar un poco los hechos para hacerlos más significativos.

 

Sin embargo, al comparar las narraciones paganas con las narraciones de milagros que consignan los evangelios sorprenden por su sobriedad y discreción. Sobre todo, es la actitud misma de Jesús la que les confiere un matiz muy especial: no obra milagros sino en la medida en que puedan aparecer como sello y signo de su propia misión. Se niega a obrar milagros inútiles, los que se le pide “para ver…”. A veces añade al milagro su propia explicación: “Para que veáis que el Hijo del Hombre tiene poder para perdonar pecados“. Otras veces, la significación del acto milagroso se revelará después: la multiplicación de los panes (anuncio de la Eucaristía), resurrecciones de muertos (anuncios de su propia resurrección), etc.

 

El esquema de los relatos milagrosos no es, primariamente, un producto de una cierta clase de literatura; por el contrario, el estilo narrativo es la consecuencia literaria de una situación real que es verazmente testimoniada por la comunidad cristiana naciente y los evangelistas. Es decir, no ha sido una forma (literaria) preexistente lo que ha originado la situación; ha sido, por el contrario, una situación, un hecho realmente acaecido, lo que ha llevado a usar y quizá también a crear una forma de relato (cfr. H. van der Loos, o. c. en bibl. 120 ss.).

 

 

Quizás la pregunta sea ¿por qué convenía que Jesús hiciera milagros?

 

Jesús nunca hace prodigios espectaculares para demostrar su poder y para asombrar. No busca el poder y la gloria a la manera humana. Para comprender la significación de sus milagros hay que fijarse en estos cuatro puntos:

 

1) Los milagros de Jesús cumplen los anuncios del Antiguo Testamento: Jesús responde a los mensajeros de Juan Bautista cuando le preguntan: “¿Eres tú el que ha de venir o hemos de esperar a otro?” (Mt 11, 3). Entonces Jesús responde: “Id y referid a Juan lo que habéis oído y visto: los ciegos ven, los coios andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados” (Mt 11, 4-5; cf. también Lc 7, 22). Jesús en la respuesta hace referencia a la profecía de Isaías sobre el futuro Mesías (cf. Is 35, 5-6), que sin duda podía entenderse en el sentido de una renovación y de una curación espiritual de Israel y de la humanidad, pero que en el contexto evangélico en el que se ponen en boca de Jesús, indica hechos comunmente conocidos y que los discípulos del Bautista pueden referirlos como signos de la mesianidad de Cristo.

 

2) Los milagros de Jesús no son pruebas irresistibles de su misión o de su divinidad. Algunos los consideraban como obra del diablo. El poder de Dios está mezclado en ellos con -todas las ambigüedades de la vida. El milagro no viene a destruir la libertad de los hombres. Al contrario sólo los que tienen fe en Jesús reconocen milagros en estos hechos extraordinarios.

 

3) Los milagros de Jesús liberan a los hombres para que puedan andar en “su seguimiento” y participar en el Reino. Los discípulos no deberán contentarse con testimoniar por su palabra; podrán también hacer signos milagrosos (Mc. 6, 7; Mt. 10, 1; Lc. 9. 1)

 

4) Los milagros de Jesús muestran que la salvación de los hombres no es solamente “espiritual”. Concierne al hombre entero, incluido su cuerpo. Muestran que la salvación no es solamente “individual”: los enfermos curados, los leprosos purificados ya no son unos marginados, pueden volver a ocupar su puesto en la sociedad. La salvación también cambia las relaciones humanas, tiene una dimensión social.

 

De acuerdo, Jesús hizo milagros porque convenía que los hiciera, pero ¿que base histórica tenemos de ellos?

 

Si se estudian seriamente los evangelios y su contexto histórico, es innegable que Jesús hizo milagros. Si no hubiera habido en el origen hechos extraordinarios que admirasen a los contemporáneos de Jesús no se habrían relatado estos episodios inauditos. Es preciso admitir al menos una “base histórica” a la tradición que se desarrolla después.

Por lo demás, muchos de estos hechos no han podido ser “inventados” pasado ya el tiempo, en particular los que dan lugar a discusión entre Jesús y sus adversarios. En el momento mismo en que Jesús hacía “milagros” no se estaba de acuerdo acerca de lo que representaban estos actos, y algunos los atribuían al diablo. Por ejemplo, es muy significativo que estos últimos no negaran los milagros realizados por Jesús, sino que más bien pretendieran atribuirlos al poder del “demonio”. En efecto, decían: “Está poseído de Beelcebul, y por virtud del príncipe de los demonios echa a los demonios” (Mc 3, 22; cf. también Mt 8, 32; 12, 24; Lc 11, 14-15). Y es conocida la respuesta de Jesús a esta objeción, demostrando su íntima contradicción: “Si, pues, Satanás se levanta contra sí mismo y se divide, no puede sostenerse, sino que ha llegado a su fin” (Mc 3, 26). Es elocuente también la circunstancia de que los adversarios observaban a Jesús para ver si curaba el sábado o para poderlo acusar así de violación de la ley del Antiguo Testamento. Esto sucedió, por ejemplo, en el caso del hombre que tenía una mano seca (cf. Mc 3, 1-2).

Este desacuerdo narrado por los evangelistas que no pudo ser inventado, atestigua el valor histórico de estos relatos.

 

 

 

De acuerdo, Jesús hizo realmente milagros, pero: ¿cuántos milagros hizo?

 

Es difícil dar precisiones. En una escena del evangelio más antiguo, el de Marcos, Jesús curó a “muchos enfermos”; en el pasaje del evangelio de Mateo que relata la misma escena cura a “todos”. La curación de un ciego y de un poseso en Marcos se convierte en la de dos ciegos y dos posesos en Mateo; las 4,000 personas alimentadas se convierten en 5,000, y los siete cestos de restos, en doce.

 

Es evidente que con el tiempo, de un evangelio a otro, hay una tendencia a amplificar y multiplicar los milagros. Se puede suponer que la misma tendencia actuaba en el intervalo que separa Pascua y la redacción de los evangelios: alrededor de cuarenta años.

 

Los milagros hoy:

 

Hoy nos es difícil mirar el milagro como podía hacerse en el tiempo de Jesús. Nosotros vemos el mundo a través del saber científico y técnico; los judíos lo veían ligado a Dios. El milagro es para nosotros una derogación de las leyes de la naturaleza; para un judío era la interacción normal de Dios en su creación. El milagro no era puesto ni en relación ni en oposición con una visión científica del universo; tenía su lugar en una visión religiosa del mismo.

 

Detalle revelador: para designar los milagros de Jesús, los evangelistas no emplean jamás la palabra griega usual que designaba los prodigios asombrosos (terata); emplean palabras que quieren decir “signos” (semeía) o “actos de poder” (‘dunarneis). La mirada va espontáneamente hacia Dios que hace un signo y manifiesta su presencia activa.

 

Allí, donde nosotros vemos actualmente oposición entre un “milagro” y el curso normal del mundo, los judíos veían una continuidad armoniosa en la acción de Dios que crea el mundo y se manifiesta en él.

 

Para los contemporáneos de Jesús, el mundo estaba dominado por Satán: las enfermedades, los pecados, la muerte estaban ligados, como tantos signos de su presencia. En este contexto, los milagros de Jesús tienen una significación precisa; “si yo expulso los demonios con el poder de Dios, es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros” (Lc. 11, 20). Los milagros muestran que Jesús tiene el poder de inaugurar la era definitiva y el mundo nuevo.

 

Muestran, en fin, que la salvación anuncia el porvenir de la humanidad. Los milagros nos lo dicen a su manera: la condición actual de los hombres no permanecerá para siempre. Un día, las enfermedades, la muerte, las divisiones sociales desaparecerán. Los milagros son anticipaciones, resplandores: el alba del mundo de Dios. Invitan a los hombres a ambicionar lo que actualmente parece imposible. Son el estímulo concreto de la esperanza. A través de ellos, surge el mundo nuevo.

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4 comentarios to “Los milagros de Jesús: carácter histórico”


  1. [...] integral de los Evangelios como testimonios de Cristo, que provienen de testigos oculares. El análisis no sólo del texto, sino también del contexto, habla a favor de su carácter “hi…, atestigua que son hechos ocurridos en realidad, y verdaderamente realizados por [...]


  2. [...] respecto a otras narraciones de milagros, ya vimos como las evangélicas acusan tres grandes diferencias: el milagro del NT es ajeno a todo tipo de [...]

  3. Cristian Richardson Dice:

    Muy buena exposicion del tema, me ha ayudado bastante a tener un amplio enfoque sobre dicho tema. Les felicito. Dios siga bendiciendoles y sirviendo de ayuda a su reino

  4. patty Dice:

    me gusta que enseñen la palabra de Jesus


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