Las fases de la salvación, en el libro de los Hechos: Pentecostés, Concilio de Jerusalén, predicación hasta los confines de la tierra.
12 Julio, 2007
La lectura de Hch, cautivadora y entrañable, es un don de la revelación neotestamentaria indispensable para conocer amplios aspectos de la vida y de la fe de la Iglesia del tiempo de los Apóstoles.
Científicamente es indispensable también para la reconstrucción de la vida y de la actividad misional y bíblica del Apóstol S. Pablo. «Una lectura detenida nos demuestra que desde el principio, nuestros principales dogmas formaban parte del depósito de la fe y que la jerarquía eclesiástica, en sus líneas generales, se remonta a través de los Apóstoles hasta el mismo Cristo» (Biblia de Lille).
Una rápida recapitulación acerca del contenido doctrinal de Hch podría resumirse en los siguientes párrafos: La Ascensión de Jesús, consecuencia necesaria de su Resurrección, constituye como la toma de posesión de la Humanidad de Jesús, en la unidad indivisible de su persona, de los poderes de Mesías-Hijo de Dios, juez universal de vivos y muertos, Rey del universo creado y Dios a la derecha del Padre, Salvador de los hombres, etc. Hch testimonia con el título de Señor (Kyrios), aplicado casi con exclusividad a Jesús, el resumen de todas esas facetas del ser de Jesús glorificado.
Los Doce Apóstoles, tras los acontecimientos pascuales y la misión del Espíritu Santo en Pentecostés, son constituidos como testigos auténticos de los acontecimientos y de la significación de éstos. Esa función se basa no en especiales facultades humanas sino en la condición de haber «seguido» a Jesús y haberle acompañado en su ministerio público; sobre todo, en ser los testigos autorizados de las apariciones del Resucitado. Matías y luego Pablo se incorporarán a esta cualidad de Apóstoles. Otros varones apostólicos, serán también testigos de segundo orden, iniciándose así la Sagrada Tradición de la Iglesia.
El Bautismo, al que precede la fe en Jesús como Mesías e Hijo de Dios (Señor), da realidad a la íntima trasformación y conversión del hombre, y le incorpora plenamente a la Iglesia. La recepción del Espíritu Santo sigue normalmente al Bautismo, pero al principio, sobre todo entre gentiles, le precede como signo de la universalidad de la Iglesia.
Pentecostés es el día de la manifestación pública y en poderes divinos de la Iglesia, ya antes convocada por Jesucristo. La venida del Espíritu señala el comienzo y los «signos» de la llegada del Reino de Dios, que se «cumplirá» plenamente el día del retorno o parusía del Señor. A las autoridades de la Iglesia acompañan las «señales» del Reino: predicación auténtica, perdón de los pecados, curaciones milagrosas, libertad frente a los poderes de «este mundo». La Iglesia, que comienza en Jerusalén, se va extendiendo por diversos países hasta Roma, capital del mundo entonces conocido: de allí se irradiará hasta los confines de la tierra. Por eso, la salvación traída por Cristo, y la Iglesia, su instrumento de propagación, son universales: se dirigen a todos los hombres, sin distinción de raza, nación, sexo, etc.
Salvación universal e Iglesia son «cumplimiento» de las promesas hechas por Dios a través de los patriarcas y profetas y de las escrituras del AT Algo de ello ocurre con los ritos sacramentales de la Iglesia respecto a los anticipos de la antigua Ley.
El relato de Hch constituye, dentro de la revelación neotestamentaria, uno de los más expresivos paradigmas para la Iglesia y los cristianos de todos los siglos. En ello hay que ver como un complemento del paradigma constitutivo de los cuatro Evangelios canónicos. De ahí la veneración de la Iglesia posterior por Hch y su uso desde los tiempos más remotos en la liturgia cristiana y en la enseñanza del Magisterio de la Iglesia.
Cfr. Muchas ideas de este trabajo están tomadas de la GER y de J.M. Casciaro Ramírez.

12 Julio, 2007 a las 2:14 pm
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