Así, la Biblia nos refiere la historia de la Palabra de Dios, la palabra-acción de Dios que se revela, llama y salva a los hombres. Su carácter de acontecimiento libre, de historia, distingue la revelación bíblica de todo otro conocimiento de Dios, que nace en cambio de una reflexión sobre el mundo y las cosas.
Con esa diferencia se une otra, aún más radical: la revelación que la B. transmite, fruto de la liberalidad divina, ha consistido en el comunicarnos Dios su intimidad: sabemos ahora de Dios no sólo lo que de Él se refleja en las criaturas, sino su misma vida íntima. Y a la vez conocemos por entero nuestro destino: estamos llamados a la amistad con Dios. Las ansias de eternidad que hay en el corazón humano, la inquietud ante la experiencia del mal…, alcanzan así su explicación definitiva.
Es verdad que no todo se aclara desde el primer momento; la revelación bíblica es verdaderamente progresiva, creciente hasta llegar a su plenitud: Jesucristo; pero desde el comienzo el hombre es situado en una nueva dimensión: el hombre se encuentra vitalmente ante Dios, que ha salido antes a su encuentro, que se le ha dado primero en los profetas y luego en Jesucristo y que le exige una correspondencia total de fe, de entrega, de amor.
[...] tiempo, mediador y plenitud de toda la revelación» (Conc. Vaticano II, Const. Dei Verbum n° 2: Nota). Escrito por rsanzcarrera Archivado en Introduccion [...]
19 Agosto, 2007 a las 11:10 pm
[...] tiempo, mediador y plenitud de toda la revelación» (Conc. Vaticano II, Const. Dei Verbum n° 2: Nota). Escrito por rsanzcarrera Archivado en Introduccion [...]