Comentario al Salmo 8

23 noviembre, 2007

Texto del salmo 8

Grandeza del Señor y dignidad del hombre

1. “El hombre (…) se nos revela como el centro de esta empresa. Se nos revela gigante, se nos revela divino, no en sí mismo, sino en su principio y en su destino. Honremos al hombre, a su dignidad, su espíritu, su vida” (Ángelus del 13 de julio de 1969: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 29 de julio de 1969, p. 2)

Con estas palabras, en julio de 1969, Pablo VI entregaba a los astronautas norteamericanos a punto de partir hacia la luna el texto del salmo 8, que acaba de resonar aquí, para que entrara en los espacios cósmicos

En efecto, este himno es una celebración del hombre, una criatura insignificante comparada con la inmensidad del universo, una “caña” frágil, para usar una famosa imagen del gran filósofo Blas Pascal (Pensamientos, n. 264). Y, sin embargo, se trata de una “caña pensante” que puede comprender la creación, en cuanto señor de todo lo creado, “coronado” por Dios mismo (cf. Sal 8, 6). Como sucede a menudo en los himnos que exaltan al Creador, el salmo 8 comienza y termina con una solemne antífona dirigida al Señor, cuya magnificencia se manifiesta en todo el universo: “¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (vv. 2. 10)

2. El cuerpo del canto parece suponer una atmósfera nocturna, con la luna y las estrellas encendidas en el cielo. La primera estrofa del himno (cf. vv. 2-5) está dominada por una confrontación entre Dios, el hombre y el cosmos. En la escena aparece ante todo el Señor, cuya gloria cantan los cielos, pero también los labios de la humanidad. La alabanza que brota espontáneamente de la boca de los niños anula y confunde los discursos presuntuosos de los que niegan a Dios (cf. v. 3). A estos se les califica de “adversarios”, “enemigos” y “rebeldes”, porque creen erróneamente que con su razón y su acción pueden desafiar y enfrentarse al Creador (cf. Sal 13, 1)

Inmediatamente después se abre el sugestivo escenario de una noche estrellada. Ante ese horizonte infinito, surge la eterna pregunta: ¿Qué es el hombre?(Sal 8, 5). La respuesta primera e inmediata habla de nulidad, tanto en relación con la inmensidad de los cielos como, sobre todo, con respecto a la majestad del Creador. En efecto, el cielo, dice el salmista, es “tuyo”, “has creado” la luna y las estrellas, que son “obra de tus dedos” (cf. v. 4). Es hermosa esa expresión, que se usa en vez de la más común: “obra de tus manos” (cf. v. 7): Dios ha creado estas realidades colosales con la facilidad y la finura de un recamado o de un cincel, con el toque leve de un arpista que desliza sus dedos entre las cuerdas

3. Por eso, la primera reacción es de asombro: ¿cómo puede Dios “acordarse” y “cuidar” (cf. v. 5) de esta criatura tan frágil y pequeña? Pero he aquí la gran sorpresa: al hombre, criatura débil, Dios le ha dado una dignidad estupenda: lo ha hecho poco inferior a los ángeles o, como puede traducirse también el original hebreo, poco inferior a un dios (cf. v. 6)

Entramos, así, en la segunda estrofa del Salmo (cf. vv. 6-10). El hombre es considerado como el lugarteniente regio del mismo Creador. En efecto, Dios lo ha “coronado” como un virrey, destinándolo a un señorío universal: “Todo lo sometiste bajo sus pies”, y el adjetivo “todo” resuena mientras desfilan las diversas criaturas (cf. vv. 7-9). Pero este dominio no se conquista con la capacidad humana, realidad frágil y limitada, ni se obtiene con una victoria sobre Dios, como pretendía el mito griego de Prometeo. Es un dominio que Dios regala: a las manos frágiles y a menudo egoístas del hombre se confía todo el horizonte de las criaturas, para que conserve su armonía y su belleza, para que las use y no abuse de ellas, para que descubra sus secretos y desarrolle sus potencialidades

Como declara la constitución pastoral Gaudium et spes del concilio Vaticano II, “el hombre ha sido creado “a imagen de Dios”, capaz de conocer y amar a su Creador, y ha sido constituido por él señor de todas las criaturas terrenas, para regirlas y servirse de ellas glorificando a Dios” (n. 12)

4. Por desgracia, el dominio del hombre, afirmado en el salmo 8, puede ser mal entendido y deformado por el hombre egoísta, que con frecuencia ha actuado más como un tirano loco que como un gobernador sabio e inteligente. El libro de la Sabiduría pone en guardia contra este tipo de desviaciones, cuando precisa que Dios “formó al hombre para que dominase sobre los seres creados (…) y administrase el mundo con santidad y justicia (Sb 9, 2-3). También Job, aunque en un contexto diverso, recurre a este salmo para recordar sobre todo la debilidad humana, que no merecería tanta atención por parte de Dios: “¿Qué es el hombre para que tanto de él te ocupes, para que pongas en él tu corazón, para que lo escrutes todas las mañanas? (Jb 7, 17-18). La historia documenta el mal que la libertad humana esparce en el mundo con las devastaciones ambientales y con las injusticias sociales más clamorosas.

A diferencia de los seres humanos que humillan a sus semejantes y la creación, Cristo se presenta como el hombre perfecto, coronado de gloria y honor por haber padecido la muerte, pues por la gracia de Dios experimentó la muerte para bien de todos (Hb 2, 9). Reina sobre el universo con el dominio de paz y de amor que prepara el nuevo mundo, los nuevos cielos y la nueva tierra (cf. 2 P 3, 13). Más aún, su autoridad regia -como sugiere el autor de la carta a los Hebreos aplicándole el salmo 8- se ejerce a través de la entrega suprema de sí en la muerte para bien de todos

Cristo no es un soberano que exige que le sirvan, sino que sirve y se consagra a los demás: El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mc 10, 45). De este modo, recapitula en sí lo que está en los cielos y lo que está en la tierra (Ef 1, 10).

Desde esta perspectiva cristológica, el salmo 8 revela toda la fuerza de su mensaje y de su esperanza, invitándonos a ejercer nuestra soberanía sobre la creación no con el dominio, sino con el amor.

Sigue el comentario:

Majestad del Señor y dignidad del hombre

1. Con la meditación del salmo 8, un admirable himno de alabanza, llegamos a la conclusión de nuestro largo itinerario a través de los salmos y cánticos que constituyen el alma orante de la Liturgia de Laudes. Durante estas catequesis, nuestra reflexión se ha centrado en 84 oraciones bíblicas, de las cuales hemos tratado de poner de relieve sobre todo su intensidad espiritual, sin descuidar su belleza poética.

En efecto, la Biblia nos invita a iniciar el camino de nuestra jornada con un canto que no sólo proclame las maravillas obradas por Dios y nuestra respuesta de fe, sino que además las celebre “con arte” (cf. Sal 46, 8), es decir, de modo hermoso, luminoso, dulce y fuerte a la vez.

Espléndido entre todos es el salmo 8, en el que el hombre, inmerso en un fondo nocturno, cuando en la inmensidad del cielo brillan la luna y las estrellas (cf. v. 4), se siente como un granito en el infinito y en los espacios ilimitados que lo superan.

2. En efecto, en el salmo 8 se refleja una doble experiencia. Por una parte, la persona humana se siente atónita ante la grandiosidad de la creación, “obra de los dedos” divinos. Esa curiosa expresión sustituye la “obra de las manos” de Dios (cf. v. 7), como para indicar que el Creador ha trazado un plan o ha elaborado un bordado con los astros esplendorosos, situados en la inmensidad del cosmos.

Sin embargo, por otra parte, Dios se inclina hacia el hombre y lo corona como su virrey:  “Lo coronaste de gloria y dignidad” (v. 6). Más aún, a esta criatura tan frágil le encomienda todo el universo, para que lo conozca y halle en él el sustento de su vida (cf. vv. 7-9).

El horizonte de la soberanía del hombre sobre las demás criaturas se especifica casi evocando la página inicial del Génesis:  rebaños de ovejas y toros, bestias del campo, aves del cielo y peces del mar son encomendados al hombre para que, poniéndoles el nombre (cf. Gn 2, 19-20), descubra su realidad profunda, la respete y la transforme mediante el trabajo, de forma que sea para él fuente de belleza y de vida. El salmo nos impulsa a tomar conciencia de nuestra grandeza, pero también de nuestra responsabilidad con respecto a la creación (cf. Sb 9, 3).

3. El autor de la carta a los Hebreos, al releer el salmo 8, descubrió en él una visión más profunda del plan de Dios con respecto al hombre. La vocación del hombre no se puede limitar al actual mundo terreno. Cuando el salmista afirma que Dios lo sometió todo bajo los pies del hombre, quiere decir que le quiere someter también “el mundo futuro” (Hb 2, 5), “un reino inconmovible” (Hb 12, 28). En definitiva, la vocación del hombre es una “vocación celestial” (Hb 3, 1). Dios quiere “llevar a la gloria” celestial a “muchos hijos” (Hb 2, 10). Para que se cumpliera este designio divino, era necesario que la vida fuera trazada por un “pionero” (cf. Hb 2, 10), en el que la vocación del hombre encontrara su primera realización perfecta. Ese pionero es Cristo.

El autor de la carta a los Hebreos observó, al respecto, que las expresiones del salmo se aplican a Cristo de modo privilegiado, es decir, de un modo más preciso que a los demás hombres. En efecto, el salmista utiliza el verbo “abajar”, diciendo a Dios:  “Abajaste al hombre un poco con respecto a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad” (Sal 8, 6; Hb 2, 7). Para los hombres en general este verbo es impropio, pues no han sido “abajados” con respecto a los ángeles, ya que nunca se han encontrado por encima de ellos. En cambio, para Cristo el verbo es exacto, porque, en cuanto Hijo de Dios, se encontraba por encima de los ángeles y fue abajado cuando se hizo hombre, pero luego fue coronado de gloria en su resurrección. Así Cristo cumplió plenamente la vocación del hombre y la cumplió, precisa el autor, “para bien de todos” (Hb 2, 9).

4. A esta luz, san Ambrosio comenta el salmo y lo aplica a nosotros. Toma como punto de partida la frase en donde se describe la “coronación” del hombre:  “Lo coronaste de gloria y dignidad” (v. 6). Sin embargo, en aquella gloria ve el premio que el Señor nos reserva para cuando hayamos superado la prueba de la tentación.

He aquí las palabras del gran Padre de la Iglesia en su Exposición del evangelio según san Lucas:  “El Señor coronó a su hijo predilecto también de gloria y dignidad. El mismo Dios que desea conceder coronas, proporciona las tentaciones; por eso, has de saber que, cuando eres tentado, se te prepara una corona. Si se eliminan las pruebas de los mártires, se eliminan también sus coronas; si se eliminan sus suplicios, se elimina también su bienaventuranza” (IV, 41:  SAEMO 12, pp. 330-333).

Dios nos tiene preparada la “corona de la justicia” (2 Tm 4, 8), con la que recompensará nuestra fidelidad a él, mantenida incluso en el tiempo de la tempestad, que agita nuestro corazón y nuestra mente. Pero él está atento, en todo tiempo, a su criatura predilecta y quisiera que en ella resplandeciera siempre la “imagen” divina (cf. Gn 1, 26), para que sepa ser en el mundo signo de armonía, de luz y de paz.

cfr. Catequesis de Juan Pablo II sobre los salmos

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4 comentarios to “Comentario al Salmo 8”


  1. [...] del doble Adán. O más bien halla en Cristo al hombre por excelencia: según el comentario que del Sal 8,5ss hace Heb 2,5-9, el que provisionalmente fue colocado por debajo de los ángeles para merecer la salvación de [...]


  2. [...] Comentario al Salmo 8  Escrito por rsanzcarrera Archivado en Libros sapienciales [...]


  3. [...] Cfr Comentario al Salmo 8 Escrito por rsanzcarrera Archivado en Libros sapienciales Etiquetado: Salmo 8. salmos Dejar un comentario » [...]


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