Comentario al Salmo 27 (26)

11 julio, 2009

Cfr. Texto del Salmo 27 (26)

Confianza en Dios ante el peligro

1. … La primera parte de este díptico poético y espiritual (cf. vv. 1-6), tiene como fondo el templo de Sión, sede del culto de Israel. En efecto, el salmista habla explícitamente de “casa del Señor”, de “santuario” (v. 4), de “refugio, morada, casa” (cf. vv. 5-6). Más aún, en el original hebreo, estos términos indican más precisamente el “tabernáculo” y la “tienda“, es decir, el corazón mismo del templo, donde el Señor se revela con su presencia y su palabra. Se evoca también la “roca” de Sión (cf. v. 5), lugar de seguridad y refugio, y se alude a la celebración de los sacrificios de acción de gracias (cf. v. 6). Así pues, si la liturgia es el clima espiritual en el que se encuentra inmerso el salmo, el hilo conductor de la oración es la confianza en Dios, tanto en el día de la alegría como en el tiempo del miedo.

2. La primera parte del salmo que estamos meditando se encuentra marcada por una gran serenidad, fundada en la confianza en Dios en el día tenebroso del asalto de los malvados. Las imágenes usadas para describir a esos adversarios, los cuales constituyen el signo del mal que contamina la historia, son de dos tipos.

  • Por un lado, parece que hay una imagen de caza feroz:  los malvados son como fieras que avanzan para atrapar a su presa y desgarrar su carne, pero tropiezan y caen (cf. v. 2).
  • Por otro lado, está el símbolo militar de un asalto, realizado por un ejército entero:  es una batalla que se libra con gran ímpetu, sembrando terror y muerte (cf. v. 3).

La vida del creyente con frecuencia se encuentra sometida a  tensiones y contestaciones; a veces también a un rechazo e incluso a la persecución. El comportamiento del justo molesta, porque los prepotentes y los perversos lo sienten como un reproche. Lo reconocen claramente  los  malvados descritos en el libro de la Sabiduríael justo “es un reproche de nuestros criterios; su  sola  presencia  nos es insufrible; lleva una vida distinta de todos y sus caminos son extraños” (Sb 2, 14-15).

3. El fiel es consciente de que la coherencia crea aislamiento y provoca incluso desprecio y hostilidad en una sociedad que a menudo busca a toda costa el beneficio personal, el éxito exterior, la riqueza o el goce desenfrenado. Sin embargo, no está solo y su corazón conserva una sorprendente paz interior, porque, como dice la espléndida “antífona” inicial del salmo, “el Señor es mi luz y mi salvación (…); es la defensa de mi vida” (Sal 26, 1). Continuamente repite:  “¿A quién temeré? (…) ¿Quién me hará temblar? (…) Mi corazón no tiembla. (…) Me siento tranquilo” (vv. 1-3). Casi nos parece estar escuchando la voz de san Pablo, el cual proclama:  “Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Rm 8, 31). Pero la serenidad interior, la fortaleza de espíritu y la paz son un don que se obtiene refugiándose en el templo, es decir, recurriendo a la oración personal y comunitaria.

4. En efecto, el orante se encomienda a Dios, y su sueño se halla expresado también en otro salmo:  “Habitar en la casa del Señor por años sin término” (cf. Sal 22, 6). Allí podrá “gozar de la dulzura del Señor” (Sal 26, 4), contemplar y admirar el misterio divino, participar en la liturgia del sacrificio y elevar su alabanza al Dios liberador (cf. v. 6). El Señor crea en torno a sus fieles un horizonte de paz, que deja fuera el estrépito del mal. La comunión con Dios es manantial de serenidad, de alegría, de tranquilidad; es como entrar en un oasis de luz y amor.

5. Escuchemos ahora, para concluir nuestra reflexión, las palabras del monje Isaías, originario de Siria, que vivió en el desierto egipcio y murió en Gaza alrededor del año 491. En su Asceticon aplica este salmo a la oración durante la tentación:  “Si vemos que los enemigos nos rodean con su astucia, es decir, con la acidia, sea debilitando nuestra alma con los placeres, sea haciendo que no reprimamos nuestra cólera contra el prójimo cuando no obra como debiera; si agravan nuestros ojos para que busquemos la concupiscencia; si quieren inducirnos a gustar los placeres de la gula; si hacen que la palabra del prójimo sea para nosotros como un veneno; si nos impulsan a devaluar la palabra de los demás; si nos inducen a establecer diferencias entre nuestros hermanos, diciendo:  “Este es bueno; ese es malo”; por tanto, si todas estas cosas nos rodean, no nos desanimemos; al contrario, gritemos como David, con corazón firme, clamando:  “Señor, defensa de mi vida” (Sal 26, 1)” (Recueil ascétique, Bellefontaine 1976, p. 211).

Cfr. JUAN PABLO II, AUDIENCIA GENERAL, Miércoles 21 de abril de 2004

Oración del inocente perseguido

1. … La segunda parte de este canto de confianza que se eleva al Señor en el día tenebroso del asalto del mal: son los versículos 7-14 del salmo:

  • comienzan con un grito dirigido al Señor: “Escúchame, Señor, que te llamo” (v. 7);
  • luego expresan una intensa búsqueda del Señor, con el temor doloroso a ser abandonado por él (cf. vv. 8-9);
  • y, por último, trazan ante nuestros ojos un horizonte dramático donde fallan incluso los afectos familiares (cf. v. 10), mientras actúan “enemigos” (v. 11), “adversarios” y “testigos falsos” (v. 12).

Pero también ahora, como en la primera parte del salmo, el elemento decisivo es la confianza del orante en el Señor, que salva en la prueba y sostiene durante la tempestad. Es muy bella, al respecto, la invitación que el salmista se dirige a sí mismo al final: “Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor” (v. 14; cf. Sal 41, 6. 12 y 42, 5). También en otros salmos era viva la certeza de que el Señor da fortaleza y esperanza: “El Señor guarda a sus leales y paga con creces a los soberbios. Sed fuertes y valientes de corazón, los que esperáis en el Señor” (Sal 30, 24-25). Y ya el profeta Oseas exhorta así a Israel: “Observa el amor y el derecho, y espera en tu Dios siempre” (Os 12, 7).

2. Ahora nos limitamos a poner de relieve tres elementos simbólicos de gran intensidad espiritual.

  • El primero es negativo: la pesadilla de los enemigos (cf. Sal 26, 12). Son descritos como una fiera que “cerca” a su presa y luego, de modo más directo, como “testigos falsos” que parecen respirar violencia, precisamente como las fieras ante sus víctimas. Así pues, en el mundo hay un mal agresivo, que tiene a Satanás por guía e inspirador, como recuerda san Pedro: “Vuestro adversario, el diablo, ronda como león rugiente, buscando a quién devorar” (1 P 5, 8).
  • 3. La segunda imagen ilustra claramente la confianza serena del fiel, a pesar de verse abandonado hasta por sus padres: “Si mi padre y mi madre me abandonan, el Señor me recogerá” (Sal 26, 10). Incluso en la soledad y en la pérdida de los afectos más entrañables, el orante nunca está totalmente solo, porque sobre él se inclina Dios misericordioso. El pensamiento va a un célebre pasaje del profeta Isaías, que atribuye a Dios sentimientos de mayor compasión y ternura que los de una madre: “¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide, yo no te olvidaré” (Is 49, 15). A todas las personas ancianas, enfermas, olvidadas por todos, a las que nadie hará nunca una caricia, recordémosles estas palabras del salmista y del profeta, para que sientan cómo la mano paterna y materna del Señor toca silenciosamente y con amor su rostro sufriente y tal vez bañado en lágrimas.
  • 4. Así llegamos al tercer símbolo -y último-, reiterado varias veces por el salmo: “Tu rostro buscaré, Señor; no me escondas tu rostro” (vv. 8-9). Por tanto, el rostro de Dios es la meta de la búsqueda espiritual del orante. Al final emerge una certeza indiscutible: la de poder “gozar de la dicha del Señor” (v. 13). En el lenguaje de los salmos, a menudo “buscar el rostro del Señor” es sinónimo de entrar en el templo para celebrar y experimentar la comunión con el Dios de Sión. Pero la expresión incluye también la exigencia mística de la intimidad divina mediante la oración. Por consiguiente, en la liturgia y en la oración personal se nos concede la gracia de intuir ese rostro, que nunca podremos ver directamente durante nuestra existencia terrena (cf. Ex 33, 20). Pero Cristo nos ha revelado, de una forma accesible, el rostro divino y ha prometido que en el encuentro definitivo de la eternidad -como nos recuerda san Juan- “lo veremos tal cual es” (1 Jn 3, 2). Y san Pablo añade: “Entonces lo veremos cara a cara” (1 Co 13, 12).

5. Comentando este salmo, Orígenes, el gran escritor cristiano del siglo III, escribe: “Si un hombre busca el rostro del Señor, verá sin velos la gloria del Señor y, hecho igual a los ángeles, verá siempre el rostro del Padre que está en los cielos” (PG 12, 1281). Y san Agustín, en su comentario a los salmos, continúa así la oración del salmista: “No he buscado de ti ningún premio que esté fuera de ti, sino tu rostro. “Tu rostro buscaré, Señor”. Con perseverancia insistiré en esta búsqueda; en efecto, no buscaré algo de poco valor, sino tu rostro, Señor, para amarte gratuitamente, dado que no encuentro nada más valioso. (…) “No rechaces con ira a tu siervo“, para que, al buscarte, no encuentre otra cosa. ¿Puede haber una tristeza más grande que esta para quien ama y busca la verdad de tu rostro?” (Esposizioni sui Salmi, 26, 1, 8-9, Roma 1967, pp. 355. 357).

Cfr. JUAN PABLO II, AUDIENCIA GENERAL, Miércoles 28 de abril de 2004

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4 comentarios to “Comentario al Salmo 27 (26)”


  1. […] Cfr. Comentario del Salmo 27 (26) Escrito por rsanzcarrera Archivado en Libros sapienciales Etiquetado: Salmo 27 (26) Deja un comentario » […]

  2. Dolores Rita Says:

    Excelente, esta interpretación de los salmos nos permite tener un mayor acercamiento al Dios que da la vida, gracias muchas gracias.

  3. Ivonne Says:

    Muy buena interpretación, cuando la lees sientes una paz y entiendes muchas cosas que a veces te son confusas. Muchas Gracias, que el señor los siga bendiciendo siempre.


  4. EL ES MI LUZ Y EN EL TENEMOS SALVACION..


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