Vocación de Isaías (Is 6,1-13)

24 mayo, 2010

Se trata de una de las páginas más impresionantes y profundas del Antiguo Testamento. Se distingue de los demás relatos de vocación profética en que no se trata de una vocación, sino más bien de una legitimación de la misión profética. Isaías no es llamado, sino que se ofrece a sí mismo como instrumento en las manos de Dios.

Este texto es como una síntesis de las ideas de Isaías.

La perícopa está construida con finísimo arte. La visión de Dios y la purificación del profeta sirven de introducción al coloquio durante el cual recibe Isaías el mandato profético. Lo que viene luego es una consecuencia y una puntualización sobre el encargo recibido. La descripción de la visión es acorde a las formas tradicionales. Podemos distinguir cuatro partes: 1) se describe la visión de Yahvé en su gloria (14); 2) viene la purificación del profeta y la aceptación del encargo (5-8); 3) se subraya la naturaleza de la predicación profética (9-10); 4) se narra el resultado final (11-13).

6,1 El año de la muerte del rey Ozías vi al Señor sentado en un trono excelso y elevado, y sus haldas llenaban el templo. 2 Unos serafines se mantenían erguidos por encima de él; cada uno tenía seis alas: con un par se cubrían la faz, con otro par se cubrían los pies, y con el otro par aleteaban.
3 Y se gritaban el uno al otro:
Santo, santo, santo, Yahvé Sebaot:
llena está toda la tierra de su gloria.”
4 Se conmovieron los quicios y los dinteles a la voz de los que clamaban, y el templo se llenó de humo. 5 Y dije:
¡Ay de mí, que estoy perdido,
pues soy un hombre de labios impuros,
y entre un pueblo de labios impuros habito:
que al rey Yahvé Sebaot han visto mis ojos!”
6 Entonces voló hacia mí uno de los serafines con una brasa en la mano, que con las tenazas había tomado de sobre el altar, 7 y tocó mi boca y dijo:
He aquí que esto ha tocado tus labios:
se ha retirado tu culpa,
tu pecado está expiado.”
8 Y percibí la voz del Señor que decía:
¿A quién enviaré?, ¿y quién irá de parte nuestra?”
Dije: “Heme aquí: envíame.”9 Dijo: “Ve y di a ese pueblo:
`Escuchad bien, pero no entendáis,
ved bien, pero no comprendáis.’
10 Engorda el corazón de ese pueblo,
hazle duro de oídos,
y pégale los ojos,
no sea que vea con sus ojos,
y oiga con sus oídos,
y entienda con su corazón,
y se convierta y se le cure.”
11 Yo pregunté: “¿Hasta dónde, Señor?” Dijo:
Hasta que se vacíen las ciudades y queden sin habitantes,
las casas sin hombres,
la campiña desolada,
12 y haya alejado Yahvé a las gentes,
y cunda el abandono dentro del país.
13 Aun el décimo que quede en él
volverá a ser devastado como la encina o el roble,
en cuya tala queda un tocón:
semilla santa será su tocón.”

La visión de Dios (1)

1 El año de la muerte del rey Ozías vi al Señor sentado en un trono excelso y elevado, y sus haldas llenaban el templo.

Comienza el relato con una nota cronológica, refiriéndose a la muerte del rey Ozías.

La visión fue para el profeta un hecho inolvidable. La mención más adelante de las tenazas y del altar parecen sugerir que se trató también de un hecho sensible externo. Isaías dice: vi al Señor, pero del texto se deduce que no lo vio directamente, sino que percibió la manifestación de su gloria, su viva presencia y su palabra. Se alude a este versículo en Ap 4,2.9; 5,1.7.13; 6,16; 7,10.17; 15,8; 19,4; 20,11; 21,5).

El Señor aparece como un rey sentado sobre su trono. Los adjetivos excelso y elevado pueden referirse directamente a Dios o al trono; parece preferible referirlos al trono, que está en alto, sobre unas gradas, como el de Salomón (1 Re 10,18s). Pero indirectamente ambos adjetivos se refieren a Dios, cuya grandeza subrayan. Las haldas o cola del vestido son las partes inferiores del vestido que cuelgan bajo el cíngulo; se trata pues de un largo manto real. (También en el Sal 104,1s y Ez 1,27 se habla de la indumentaria de Yahvé, para subrayar su trascendencia y su gloria. Muy probablemente en este texto las partes inferiores del vestido pretenden poner de manifiesto la majestad divina.

El Templo es, probablemente, el santuario de Jerusalén. Pero la visión no se circunscribe al templo salomónico. Por ejemplo, las partes superiores del palio (traje) real están sobre el templo; también el trono alto estaba sobre el santuario. Así pues Dios estaba sentado sobre el templo abierto y casi tocaba el templo celeste. Es frecuente designar al templo de Jerusalén como el escabel de los pies del Señor. Es este un signo de la trascendencia divina (cfr. Sal 74,25; Ez 43,7). En la visión el templo celeste está unido con el templo terrestre y así se explica la escena del v. 2.

La corte celeste (2)

2 Unos serafines se mantenían erguidos por encima de él; cada uno tenía seis alas: con un par se cubrían la faz, con otro par se cubrían los pies, y con el otro par aleteaban.

Como los reyes orientales, Dios tiene su corte. El nombre de serafín, viene del verbo saraf, quemar. Esta palabra aparece en Nm 21, 6 referido a las serpientes que destruyeron parte del pueblo de Israel y 21,8 referido al saraf que construyó Moisés para, que se curaran de las mordeduras. También en Dt 8,15 (alusión a Nm); Is 14,29 y 30,9 referido a un dragón volador.

En este contesto los serafines son seres celestes que están en relación con Yahvé; nada tienen de serpentino, sino que están de pie, tienen aspecto humano, rostro y pies (pies es un eufemismo para indicar el sexo masculino) y son seres inteligentes. Su título lit: abrasadores indica que son luminosos y que eliminan toda inmundicia, como el fuego ardiente. Su respeto a la presencia del Señor se pone de manifiesto en el hecho de cubrirse con sus alas. En cuanto criaturas los serafines tampoco pueden mirar directamente a Dios. Con las otras dos alas vuelan, esto es, mueven las alas aunque permanecen en su puesto; probablemente esto significa que están siempre dispuestos a ejecutar las órdenes divinas.

La santidad y la gloria de Dios (3-4)

3 Y se gritaban el uno al otro:
Santo, santo, santo, Yahvé Sebaot:
llena está toda la tierra de su gloria.”
4 Se conmovieron los quicios y los dinteles a la voz de los que clamaban, y el templo se llenó de humo.

Nada se dice del número, solo por el plural: se gritaban (eran al menos dos) el uno al otro. El canto permite entrever una acción cultual. Los serafines exaltan la santidad de Yahvé. Es de advertir la construcción de la frase: Santo, santo, santo, (es) Yahvé Sebaot. El predicado va delante del sujeto. Además se presenta en triple repetición, que equivale a un superlativo absoluto. La triple repetición es rara en el AT (cfr. Jer 7,4; 22,29; Ez 21,32), así como es frecuente la doble repetición.

Santo (qados de la raíz qds, separar) significa lo que produce terror y temor por su incomprensibilidad, aquello que es admirable, de sumo valor. Por consiguiente Dios es santo en sentido ontológico y moral. Es trascendente, completamente distinto de lo creado, sumamente perfecto y puro. Esta santidad de Dios será uno de los temas dominantes de la predicación de Isaías, que le denomina el Santo de Israel (unas 40 veces).

Yahvé Sebaot (Dios de los ejércitos) es un título divino antiguo y solemne, que expresa la excelsa y universal potencia de Dios. Este título está relacionado con el arca de la alianza, símbolo de la presencia de Dios entre el pueblo (1 Sam 4,4s; 2 Sam 6,2; Sal 24,7s). Expresa la soberanía de Dios sobre el cielo y la tierra, sobre la naturaleza, sobre Israel y sobre los pueblos paganos. Ejércitos comprende tanto el ejército de Israel como las estrellas.

La segunda frase que cantan los serafines: llena está toda la tierra de su gloria. La gloria es la manifestación externa de la majestad y santidad divinas. Los serafines presagian, probablemente un magnífico futuro: la gloria de Dios será como el sol, que no iluminará solamente Jerusalén y durante breve tiempo, sino toda la tierra y para siempre (Nm 14,21; Sal 72,19; Is 60,10s). Plantea así una relación muy estrecha entre la santidad y la gloria. La gloria es la revelación de la santidad.

En presencia de la gloria de Dios las puertas del templo vibran, de la misma manera que se estremecen los montes y la tierra (cfr. Jue 5,4; Sal 18,8; 68,8s; 96,4s; Miq 1,4; Habc 3,6.11). El humo es el signo de la presencia de Dios, equiparable a la nube de gloria que llenó el Tabernáculo durante su permanencia en el desierto (Ex 19,20; 1 Re 8,10s; Ez 10,4). El terremoto y el humo son elementos que forman parte de la teofanía.

La purificación (5-7)

5 Y dije:
¡Ay de mí, que estoy perdido,
pues soy un hombre de labios impuros,
y entre un pueblo de labios impuros habito:
que al rey Yahvé Sebaot han visto mis ojos!”
6 Entonces voló hacia mí uno de los serafines con una brasa en la mano, que con las tenazas había tomado de sobre el altar, 7 y tocó mi boca y dijo:
He aquí que esto ha tocado tus labios:
se ha retirado tu culpa,
tu pecado está expiado.”

La instintiva reacción del profeta (5) ante la extraordinaria visión es de terror: ¡ay de mi!; ´ô|y-lî, expresa a la vez dolor, angustia y miedo. El verbo hebreo nidmêºtî puede tener dos sentidos: estoy perdido o también callé. Ambos encajan con la situación. El primero depende de la concepción según la cual ninguna criatura puede ver el rostro de Dios (cfr. Ex 3,6; 19,21s; 33,18-23; Jue 13,22; 1 Re 19,13); el segundo está relacionado con la impureza de los labios, indignos de proferir plegarias. Los labios impuros, pues, significan el estado de culpa en que se encuentra la persona. La conciencia de ser culpable aumenta por el hecho de que Isaías se siente solidario con su pueblo, que también está en estado de impureza. La conciencia de ser pecador, él y su pueblo, y el hecho de haber visto a Dios, aterrorizan al profeta.

Viene ahora (6) un acto inesperado y escueto, de iniciativa divina: Entonces voló hacia mí uno de los serafines con una brasa en la mano, que con las tenazas había tomado de sobre el altar, (7) y tocó mi boca. El profeta es así purificado por un serafín y preparado para su misión. Se trata de un cuadro cultual. Delante del trono de Dios está el altar de los perfumes. El serafín toma de este altar un carbón encendido, que participa, de algún modo, de la santidad divina. El fuego es un elemento destructor y al mismo tiempo purificador (Cfr. Ex 24,17; Nm 11,1s). El hecho de tocarle los labios es un acto simbólico de carácter poco menos que sacramental. El contacto con el carbón encendido, vehículo de pureza, limpia y santifica a Isaías en la totalidad de su persona.

Las palabras del serafín (7) explican esta gracia: y dijo: “He aquí que esto ha tocado tus labios: se ha retirado tu culpa, tu pecado está expiado”. El verbo expiar es una palabra técnica que expresa el acto y el efecto del sacrificio expiatorio. Isaías ha quedado interiormente limpio y renovado (conviene recordar que también en Jer 1,9 Yahvé toca la boca del profeta y le pone en ella sus palabras; y que  en Ez 3,2 el profeta come el libro que contiene la palabra de Dios). En Isaías la acción simbólica está principalmente ordenada a la purificación.

La misión (8)

8 Y percibí la voz del Señor que decía:
¿A quién enviaré?, ¿y quién irá de parte nuestra?”
Dije: “Heme aquí: envíame.”

Se relata ahora el coloquio de Dios con Isaías, el cual, ya limpio, puede oír la pregunta celeste y responder prontamente. Dios no dirige directamente la palabra al profeta, sino que pregunta como pidiendo consejo, a quién enviará como su mensajero. De parte nuestra, parece un plural mayestático (recuérdese Gen 1,26; 3,22; 1 Re 22,19s; Job 1,6s). También puede hacer referencia a la corte celeste que al modo de una asamblea divina es consultada por Dios. Y también puede ser una referencia remota a la Trinidad de personas.

Dije: “Heme aquí: envíame”. Isaías comprende perfectamente el sentido de las palabras de Yahvé y de la visión. El mensajero que Dios quiere enviar tiene la tarea de alabar a Yahvé y de proclamar su santidad, para que la gloria divina llene toda la tierra. Isaías se presenta a sí mismo a Yahvé y, con firmeza y generosidad, se declara dispuesto a aceptar el encargo de profeta de la santidad divina. Y aunque quede un poco mal decirlo, esta actitud contrasta con la resistencia tímida de Jeremías (Jer 1,6) y la obstinada de Moisés (Ex 4,10). Se parece sin embargo más a la prontitud de Abraham (Gen 12,1-4).

La obstinación del pueblo (9-10)

9 Dijo: “Ve y di a ese pueblo:
’Escuchad bien, pero no entendáis,
ved bien, pero no comprendáis.’
10 Engorda el corazón de ese pueblo,
hazle duro de oídos,
y pégale los ojos,
no sea que vea con sus ojos,
y oiga con sus oídos,
y entienda con su corazón,
y se convierta y se le cure.”

Estos versículos son difíciles por su marcada forma semítica. Dios envía a Isaías en misión: Ve (y di). En esta orden divina está la garantía del profeta. El Señor añade lo que debe predicar: y di a ese pueblo: aquí hay un deje de desprecio, especialmente al contrastarlo con la expresión pueblo mío (cfr. Is 3,12; 10,2). Israel es considerado aquí como cualquier otro pueblo. El pueblo es todo Israel, el reino del Norte y el del Sur.

Las palabras que Isaías debe anunciar al pueblo, ofrecen en hebreo, la forma de un imperativo absoluto. La versión literal es: continuad escuchando, pero no comprendáis; continuad viendo, pero no reconozcáis. Estas expresiones, tomadas a la letra, parecen como si quisieran decir que Dios mismo y el profeta mandan al pueblo que no comprenda ni capte el mensaje divino. Pero los orientales hacen remontar a la causa primera todo lo que sucede, pasando por alto las causas segundas; y no distinguen entre lo que Dios manda y lo que permite. De todos modos la forma es paradójica e invita a la reflexión. Estas palabras de Yahvé son algo insospechado y terrible, después de la magnífica visión.

En el v. 10 encontramos otros tres imperativos Hifil, seguidos de una frase final negativa. Isaías recibe la orden de entorpecer el corazón del pueblo, es decir, de hacerlo insensible para que comprenda el mensaje divino. El corazón es para los hebreos la sede de la inteligencia y de los sentimientos. Además, el profeta es invitado a endurecer los oídos y a velar los ojos. También estas frases significan la falta de percepción espiritual. Es de advertir que los tres miembros: corazón, oídos y ojos se mencionan las dos veces en forma de quiasmo.

El proceso de salvación, entendido como curación, comienza con la comprensión de la palabra divina y se concreta en la conversión. Isaías recibe el mandato de predicar y de obstinar al pueblo para que no se salve. Es una orden que expresa tan solo una permisión. Dios es mera ocasión del mal, en cuanto que lo permite. Lo que Dios le está diciendo es: tu predica, a pesar de que ello se ocasión de obstinación. Dios no busca la obstinación de su Pueblo como finalidad directa de la predicación de Isaías, pero si qué quede evidente por ella la actitud culpable del pueblo. Además, aunque se habla del efecto negativo, no se descarta el positivo: éste se calla y así al resultar la orden más paradójica se expresa con más fuerza la obstinación humana.

Resulta evidente que la orden de predicar al pueblo que no se convierta es una ironía. Se trata en realidad de una amenaza; de una última gran llamada a un pueblo que ya estaba obstinado. Por eso las palabras de Yahvé pretenden significar que la ceguera del pueblo está dentro de lo previsto y no debe desanimar al profeta. Isaías es así colocado ante la dura realidad de la poca eficacia de su predicación.

Por parte de Dios se trata de un don más hecho a su pueblo, el cual, voluntariamente, trueca un favor divino en agravante del castigo. Sin embargo, lo veremos ahora, termina el capítulo diciendo que aprovechará un resto (v. 13): Como la encina o el roble, en cuya tala queda un tocón: semilla santa será su tocón.

Resultado final (11-13)

11 Yo pregunté: “¿Hasta dónde, Señor?” Dijo:
Hasta que se vacíen las ciudades y queden sin habitantes,
las casas sin hombres,
la campiña desolada,
12 y haya alejado Yahvé a las gentes,
y cunda el abandono dentro del país.
13 Aun el décimo que quede en él
volverá a ser devastado como la encina o el roble,
en cuya tala queda un tocón:
semilla santa será su tocón.”

Al profeta le parece casi imposible de creer lo que Dios le está mandando. La pregunta que hace al Señor: 11 Yo pregunté: “¿Hasta dónde, Señor?”, esconde una sombra de protesta, pero expresa también esperanza (cfr. Jer 4,14; Sal 74,10; 79,5; 90,13). La respuesta del Señor sigue siendo dura. Anuncia una catástrofe causada por la guerra, acompañada de la deportación de los habitantes y de la desolación del país. Esto de hecho se cumplió para Samaría en el 721 y para Judá en el 701. Hasta aquí el alegato dirigido por Yahvé.

En efecto, el v.12 se habla ya de Yahvé en tercera persona y se repite la misma idea. Parece un añadido a lo anterior. En el v.13 el décimo que quedé parece referirse a Judá (Sur) después de la destrucción de Israel (Norte). El décimo: en efecto Judá era la décima parte con respecto al reino de Israel /cfr. 1 Sam 12,8; 2 Sam 19,44). Esta profecía es muy importante porque se acaba con la ilusión de que sólo Israel, no Judá, esté abocado a la destrucción. También Judá sufrirá el juicio, pero su destrucción no será total. Cuando Judá quede diezmado, una parte escapará a la ruina. El pueblo es comparado a un árbol alto y frondoso, -como el roble o la encina-, que es abatido. Queda solo la cepa (tocón), es decir, un residuo. Pero esta pequeña parte purificada, será el principio vital y santo del nuevo pueblo de Dios.

La idea de la semilla santa recuerda el canto de los serafines. Es el concepto del sagrado resto, fundamental en la doctrina de Isaías. Gracias a ese resto, las promesas salvíficas no quedan invalidadas (no podían serlo) por la catástrofe, sino que se aplazan, se realizarán en el futuro. La misión del profeta termina con un resquicio de esperanza.

Resumiendo

El c. 6 es esencial para la concepción teológica de Isaías.

  • Dios aparece como un rey supremo, al que obedecen los espíritus celestes los hombres y las cosas. Vive en un mundo inaccesible, pero también en el templo de Jerusalén. Le sirven los serafines, que no se atreven a mirarle y proclaman su infinita santidad.
  • En su presencia el profeta y el pueblo son pecadores. Pero Dios tiene el poder de purificar al profeta y hacerle partícipe de su santidad. Dios está presente por doquier con su gloria, especialmente entre su pueblo.
  • Aunque omnipotente, Dios pide la cooperación libre y espontánea del hombre, del profeta, para llevar a cabo su obra.
  • Esta obra se concreta en el caso de Isaías, principalmente en el juicio sobre el pueblo obstinado. Pero la destrucción no es la última palabra. Sobrevive un resto, que participando de su santidad le será fiel. Este resto es presentado como la primera manifestación de la gloria divina que, en la época escatológica, terminará por llenar toda la tierra.
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2 comentarios to “Vocación de Isaías (Is 6,1-13)”


  1. “Escuchad bien, pero no entendáis,
    ved bien, pero no compren …dáis.’
    Engorda el corazón de ese pueblo,
    hazle duro de oídos,
    y pégale los ojos,
    no sea que vea con sus ojos,
    y oiga con sus oídos,
    y entienda con su corazón,
    y se convierta y se le cure.”

    Parece que hagan refirencia a la España de Zapatero.

    Gracias. Un saludo
    Alicia A

  2. Pablo Romero Huerta Says:

    Los textos de Isaías son siempre actuales, este en especial, nos permite ver que para Dios todos los hombres tienen una mistión que cumplir y que muchas veces para poder llevarlas a cabo tenemos que purificarnos primero, sobre todo para transmitir su palabra, con los labios y con las obras.

    gracias


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