Vida y contexto histórico del profeta Jeremías

16 julio, 2010

Aquí puedes ver un breve resumen de la vida y mensaje de Jeremías.

Jeremías es un nombre teóforo (Yirmeyahu) que puede significar “el Señor pone el fundamento” (de la raíz “rmh”), o “el Señor exalta” (de la raíz “rym”). No es el único personaje bíblico que lleva ese nombre (cfr Esd 10,33) y hay documentos extrabíblicos que mencionan a personas que se llaman así. De cualquier manera, ya en esta época el nombre no refleja la misión del personaje.

La introducción del libro de Jeremías (Jer 1,1-3) presenta al profeta, y su genealogía. Según esto ejerció su ministerio desde el final del reinado de Josías hasta la deportación. Fueron años especialmente importantes en la configuración política de la región porque tuvo lugar la caída del imperio Asirio, el resurgimiento del imperio neobabilónico y la desaparición del Reino de Judá con la deportación de los israelitas más preclaros a Babilonia. Al frente de los que quedaron fue colocado Godolías, pero como simple administrador, pues Judá fue anexionada a Samaría como provincia babilónica.

El imperio Asirio, obra de Teglatfalasar III (745-727), de Salmanasar V (727-722) y de Sargón II (722-705), conservó aún su poderío durante el reinado de Asurbanípal (699-633), el Sardanápalo de los griegos, apreciado por su inmensa biblioteca. Pero a la muerte de este rey comenzaron los problemas internos y externos: por el Norte, los Medos hacen frecuentes incursiones (hacia el año 620), aunque el nuevo rey de Babilonia es Nabopolasar, quien el año 612 se apodera de Nínive y de la capital, Asur. Con ello Asiria desaparece de la historia para siempre.

El nuevo imperio Babilónico nace con Nabopolasar (625-605) que se sublevó y se apoderó de Asiria, como se ha señalado, poniendo la capital en Babilonia. Su hijo el gran Nabucodonosor (605-562) alcanzó notables éxitos políticos y militares.

El único enemigo serio era Egipto, cuyo faraón Nekao le hizo frente; pero fue vencido estrepitosamente en la batalla de Karkemis (605), donde se habían refugiado los últimos asirios (cfr Jer 46,2-12). Nabucodonosor les obligó a retroceder al valle del Nilo y conquistó algunas ciudades marítimas de Palestina; pero volvió a su país para sofocar los problemas que le planteaban los Medos en la parte oriental.

El año 597 volvió a apoderarse de muchas otras ciudades de Judá, llevándose prisionero al joven rey Joaquín (Jeconías según el libro de Jeremías). Pero no atacó Jerusalén, sino que puso como rey vasallo a Sedecías. Al cabo de diez años Sedecías se negó a pagarle tributo provocando la invasión definitiva de Jerusalén. En efecto, Nabucodonosor se apoderó de la Ciudad Santa, destruyéndola y llevándose consigo a los principales del pueblo. Judá desaparece como reino y es anexionado a la provincia de Samaría. Al frente de la ciudad queda Godolías como gobernador

En Judá el rey Manasés (687-642) había permanecido como vasallo de Asiria; de este modo consiguió una relativa calma, a costa de un fuerte decaimiento religioso al permitir el culto a los dioses mesopotámicos y a las divinidades cananeas. La misma situación perduró durante los tres años del reinado de Amón (642-640) y los primeros de Josías (640-609) que subió al trono a los ocho años de edad. Pero este rey comenzó una gran reforma religiosa, cuyo centro fue el descubrimiento en el Templo del “Libro de la Ley” (el Deuteronomio), el año 622 (cfr 2 Reg 22-23). Junto con la reforma religiosa Josías consiguió extender sus dominios hasta el antiguo Reino del Norte, que era provincia de Asiria desde el 722. Todo hacía presagiar un gran esplendor: se renovó la Alianza de Moisés y se hizo de Jerusalén el único lugar de culto.

Pero los acontecimientos se precipitaron: Josías intentó detener al ejército egipcio de Nekao que se dirigía hacia Karkemis para luchar contra los babilonios, y murió trágicamente en Meggido (cfr 2 Reg 23,29-30). En su lugar comenzó a reinar su hijo Joacaz; pero a los tres meses Nekao consiguió derrocar a este rey judío y puso en su lugar a su hermano Joaquín o Yoyaquim (cambiándole su antiguo nombre de Eliaquim).

Así, pues, durante los diez años siguientes (609-598) el reino de Judá quedó bajo un severo vasallaje a Egipto. Fueron años difíciles porque el rey abusaba de sus súbditos (cfr Jer 22,13-19) y la reforma religiosa quedaba en el olvido.

Tras la victoria de Karkemis (605) el rey Joaquín abandonó el vasallaje de Egito y se sometió al tributo de Babilonia. Pero nunca lo hizo de buen grado e incluso llegó a rebelarse (2 Reg 24,1). Esto, junto con el afán expansionista de Nabucodonosor, provocó la invasión de Judá y el cerco de Jerusalén.

Durante el asedio murió Joaquín, siendo colocado en el trono su hijo de 18 años Joaquín o Yoyaquín (llamado Jeconías por Jeremías) que no pudo mantener la ciudad, invadida al fin por los babilonios. El joven rey, su madre, los altos oficiales, junto con un enorme botín fueron llevados a Babilonia.

Es la primera deportación llevada a cabo el año 597. En lugar de Joaquín comenzó a reinar Sedecías, hijo de Josías. Pero era un hombre débil que se debatía entre los partidarios de someterse a Babilonia y los partidarios de unirse a Egipto.

Fueron años de conspiraciones y revueltas hasta que Nabucodonosor volvió de nuevo, conquistó Jerusalén, depuso al rey (cfr 2 Reg 25,6ss; Jer 52,9-11) y se llevó deportados a los más importantes del pueblo. Desapareció así para siempre el Reino de Judá.

Jeremías nació hacia el año 650 a.C., según propio testimonio, en Anatot, una aldea situada a 6 km de Jerusalén: era de familia sacerdotal. Su procedencia rural queda reflejada en su predicación: observa las costumbres de los animales (Jer 8,7; 17,11), se inquieta por las consecuencias de la sequía (Jer 14,4-5), recoge las costumbres y los cantos de boda para explicar “el día de Yahwéh” (Jer 25,10), etc.

Su ascendencia sacerdotal se percibe por el conocimiento del ambiente del clero sadoquita del Templo (Jer 7,12). Por otra parte, su origen benjaminita como Oseas, es patente: como el profeta del siglo VIII ama profundamente a su pueblo contra el que tiene que proferir juicios muy severos. Ambos acuden a la historia del pueblo para deducir enseñanzas; como Oseas fundamenta su mensaje en las circunstancias familiares, difíciles también para Jeremías; y como él, conjuga la severidad de las amenazas con la delicadeza entrañable en el lenguaje.

En el relato de su vocación (Jer 1,4-10), Jeremías descubre cuatro momentos que reflejan las características de su predicación posterior: “Antes de formarte…, te conocí ,…, te consagré…, te destiné como profeta de las naciones…, pongo mis palabras en tu boca”. Conocimiento, consagración, misión profética y eficacia de la palabra de Dios aparecen frecuentemente en su mensaje. Por otra parte, es una escena sencilla y ordinaria, sin la solemnidad de la vocación de Isaías (Is 6) ni la grandiosidad de la visión de Ezequiel (Ez 1-2).

Ya en la respuesta de su vocación (“yo soy como un muchacho”: Jer 1,6) aparece Jeremías como un hombre tímido y sensible. Los acontecimientos del pueblo le afectarán sobre manera y él mismo, como símbolo del pueblo entero tendrá que superar su soledad y sus desalientos. Probablemente donde mejor traduce su carácter y su sufrimiento es en las denominadas “confesiones”: Jer 11,18-23; 12,1-6; 15,10-21; 17,12-18; 18,18-23; 20,7-18 Estos poemas fueron pronunciados probablemente en la época más delicada del profeta y del pueblo, durante el reinado de Joaquín, hacia el año 601.

Los comentaristas suelen hablar de cinco “confesiones”, pues la sección Jer 12,1-6 la consideran parte del primer poema del cap. 11. El nombre está tomado de las “Confesiones” de San Agustín.- Cfr Behler, G.M., Les Confessions de Jeremie, en “Lumière et Vie” 165 (1983) 45-58. Son poemas en primera persona que expresan el drama del profeta enviado por Dios a pronunciar un mensaje, que nadie acepta y que sólo le acarrea desgracias.

Tienen muchos puntos de contacto con los Salmos, generalmente llamados de “lamentación individual” y que expresan con crudeza el problema de las desgracias de los justos: Jeremías, en efecto, es un hombre delicado y sensible, dispuesto siempre a la concordia entre los hombres (cfr Jer 17,5-7); sin embargo, rodeado de violencias e injusticias, tiene que anunciar ruina, soledad y desgracia. Pero con tan escaso éxito que llega a plantearse si será él el equivocado, si su función profética carecerá de sentido.

En el fondo de este drama, de esta “noche oscura” brota la luz de la presencia divina y la certeza de una salvación: “Si te vuelves porque yo te hago volver, estarás en mi presencia; y si sacas lo precioso de lo vil, serás como mi boca (mi portavoz)” (Jer 15,19). Esta experiencia personal de su desgracia y de que la misma desgracia será el principio de la restauración, fundamenta su mensaje, puesto que también el pueblo pasará por la misma experiencia de desgracia en el destierro y de restauración posterior. Conviene hacer notar que Jeremías al igual que Moisés experimentó los mismos avatares del pueblo. En este sentido es tipo de Jesucristo que también sufre en su carne los horrores de los hombres y al resucitar consigue la justificación (cfr Rom 4,25).

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4 comentarios to “Vida y contexto histórico del profeta Jeremías”


  1. [...] estudiamos la vida del profeta enmarcándola en el contexto histórico que le toco vivir; así como la fecha más probable de su ministerio [...]

  2. mely peralta Says:

    Al igual que Jeremías no solo es anunciar lo que los demás desean escuchar es decir lo que Dios quiere que digas en el momento prudente y necesario, porque seremos juzgados por lo que no hicimos también. Bendiciones de Jesús ….Mely

  3. Jair Aponte Says:

    muy interasante la informacion, que bueno es saber la historia del pueblo de Dios.
    Tusrespuestasdeciencias.blogspot.com


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