(b) La boda en Caná: los discípulos contemplan su gloria (Jn 2,1-12)

7 junio, 2011

El contexto es claramente judío pues se usan tinajas de piedra para las purificaciones y se emplea el signo del vino tan característico del banquete mesiánico (Is 54,4-8 y 62,4-5).

2, 1 Tres días después se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús.

“Tres días después”. No está muy claro a qué fecha anterior hace referencia con la indicación del tercer día; pero precisamente por eso parece evidente que el evangelista otorga una gran importancia a esta indicación temporal simbólica que él nos ofrece como clave para entender el episodio. En el Antiguo Testamento, el tercer día hace referencia al día de la teofanía como, por ejemplo, en el relato central del encuentro entre Dios e Israel en el Sinaí: “Al amanecer del tercer día, hubo truenos y relámpagos… El Señor había bajado sobre él en medio del fuego” (Ex 19, 16-18). Al mismo tiempo, es posible percibir aquí una referencia anticipada a la teofanía final y decisiva de la historia: la resurrección de Cristo al tercer día, en la cual los anteriores encuentros con Dios dejan paso a la irrupción definitiva de Dios en la tierra; la resurrección en la cual se rasga la tierra de una vez por todas, sumida en la vida misma de Dios. Se encuentra aquí una alusión a que se trata de una primera manifestación de Dios que está en continuidad con los acontecimientos del Antiguo Testamento, los cuales llevan consigo un carácter de promesa y tienden a su cumplimiento. Los exegetas han contado los días precedentes en los que, según el Evangelio de Juan, había tenido lugar la elección de los discípulos (p. ej. Barrett, p. 213); concluyen que este “tercer día” sería al mismo tiempo el sexto o séptimo desde el comienzo de las llamadas; como séptimo día sería, por así decirlo, el día de la fiesta de Dios para la humanidad, anticipo del sábado definitivo descrito, por ejemplo, en la profecía de Isaías que se cita poco antes en el texto. (Cfr.  Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, I, p. 295 ss).

“Había una boda”. El marco del episodio -la boda- se convierte así en la imagen que, más allá de sí misma, señala la hora mesiánica: la hora de las nupcias de Dios con su pueblo ha comenzado con la venida de Jesús. La promesa escatológica irrumpe en el presente. En esto, la historia de Caná tiene un punto en común con el relato de san Marcos sobre la pregunta que los discípulos de Juan y los fariseos hacen a Jesús: “¿Por qué tus discípulos no guardan el ayuno?”. La respuesta de Jesús dice así: “¿Es que pueden ayunar los amigos del novio, mientras el novio está con ellos?” (cf. Mc 2, 18 s). Jesús se presenta aquí como el “novio” de las nupcias prometidas de Dios con su pueblo, introduciendo así misteriosamente su existencia, El mismo, en el misterio de Dios. En Jesús, de manera insospechada, Dios y el hombre se hacen uno, se celebran las “bodas“, las cuales, sin embargo -y esto es lo que Jesús subraya en su respuesta-, pasan por la cruz, por el momento en que el novio “será arrebatado“. Cfr Ritual de una boda judía en tiempos de Jesús.

“En Caná de Galilea”: En hebreo qanah significa «caña», «junco». Recibió el nombre de Caná de Galilea para distinguirla de otra Caná existente en Aser, a pocos kilómetros de Tiro. Cfr. Este enlace para precisar la situación geográfica y estudios arqueológicos.

2 Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos.3 Y no tenían vino, porque se había acabado el vino de la boda. Le dice a Jesús su madre: «No tienen vino.» 4 Jesús le responde: «¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora

¿Qué tengo yo contigo? (o ¿que nos va a ti y a mí? Corresponde a una manera proverbial de hablar en Oriente. La respuesta de Cristo, que ha sido interpretada de varias maneras, ha provocado una larga discusión, y no puede decirse que esté propiamente entendida

Mujer. En el evangelio de San Juan, la Virgen aparece solamente dos veces: en este episodio y en el Calvario. En ambas ocasiones Jesús se dirige a su Madre llamándola “mujer”, palabra de respeto como cuando la usó en Jn 19, 26; equivale a “señora”, una manera solemne y a la vez afectuosa.

Mi hora. Jesús dice a María, su madre, que todavía no le ha llegado su “hora“. Eso significa, en primer lugar, que El no actúa ni decide simplemente por iniciativa suya, sino en consonancia con la voluntad del Padre, siempre a partir del designio del Padre. De modo más preciso, la “hora” hace referencia a su “glorificación“, en que cruz y resurrección, así como su presencia universal a través de la palabra y el sacramento, se ven como un todo único. La hora de Jesús, la hora de su “gloria“, comienza en el momento de la cruz y tiene su exacta localización histórica: cuando los corderos de la Pascua son sacrificados, Jesús derrama su sangre como el verdadero Cordero. Su hora procede de Dios, pero está fijada con extrema precisión en el contexto de la historia, unida a una fecha litúrgica y, precisamente por ello, es el comienzo de la nueva liturgia en “espíritu y verdad”. Cuando en aquel instante Jesús habla a María de su hora, está relacionando precisamente ese momento con el del misterio de la cruz concebido como su glorificación. Esa hora no había llegado todavía, esto se debía precisar antes de nada. Y, no obstante, Jesús tiene el poder de anticipar esta “hora” misteriosamente con signos. Por tanto, el milagro de Caná se caracteriza como una anticipación de la hora y está interiormente relacionado con ella.

¿Cómo podríamos olvidar que este conmovedor misterio de la anticipación de la hora se sigue produciendo todavía? Así como Jesús, ante el ruego de su madre, anticipa simbólicamente su hora y, al mismo tiempo, se remite a ella, lo mismo ocurre siempre de nuevo en la Eucaristía: ante la oración de la Iglesia, el Señor anticipa en ella su segunda venida, viene ya, celebra ahora la boda con nosotros, nos hace salir de nuestro tiempo lanzándonos hacia aquella “hora“.  (Cfr.  Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, I, p. 295 ss).

5 Dice su madre a los sirvientes: «Haced lo que él os diga.»

La ambigüedad de la pregunta de la Virgen María y de la respuesta de Jesús deja abierta distintas interpretaciones. Una podría ser que María expone esta inquietud «No tienen vino.» y Jesús aprovecha la ocasión para preguntarle si quiere formar parte de “su hora” «¿Qué tengo yo contigo, mujer? Y ella, al tomar la decisión de intervenir directamente: Dice su madre a los sirvientes: «Haced lo que él os diga.», le da a entender al Señor, que puede contar también con ella para su misión y para “su hora”. Se trataría de un nuevo fiat (el hágase de la Encarnación) dicho ahora en esta nueva etapa de la Redención.

6 Había allí seis tinajas de piedra, puestas para las purificaciones de los judíos, de dos o tres medidas cada una.

“¿Qué sentido puede tener que Jesús proporcione una gran cantidad de vino -unos 520 litros- para una fiesta privada? – se pregunta Benedicto XVI- Debemos, pues, analizar el asunto con más detalle, para comprender que en modo alguno se trata de un lujo privado, sino de algo con mucho más alcance…  De esta manera comenzamos a entender lo sucedido en Caná. La señal de Dios es la sobreabundancia. Lo vemos en la multiplicación de los panes, lo volvemos a ver siempre, pero sobre todo en el centro de la historia de la salvación: en el hecho de que se derrocha a sí mismo por la mísera criatura que es el hombre. Este exceso es su “gloria“. La sobreabundancia de Caná es, por ello, un signo de que ha comenzado la fiesta de Dios con la humanidad, su entregarse a sí mismo por los hombres. (Cfr.  Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, I, p. 295 ss).

7 Les dice Jesús: «Llenad las tinajas de agua.» Y las llenaron hasta arriba. 8 «Sacadlo ahora, les dice, y llevadlo al maestresala.» Ellos lo llevaron. 9 Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, como ignoraba de dónde era (los sirvientes, los que habían sacado el agua, sí que lo sabían), llama el maestresala al novio 10 y le dice: «Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora.»

El agua convertida en vino“. Hay que considerar todavía otros dos aspectos del relato de Caná para sondear en cierta medida su profundidad cristológica: la autorrevelación de Jesús y su “gloria”, que se nos ofrece. El agua, que sirve para la purificación ritual, se convierte en vino, en signo y don de la alegría nupcial. Aquí aparece algo del cumplimiento de la Ley, que llega a su culminación en el ser y actuar de Jesús. No se niega la Ley, no se deja a un lado, sino que se lleva a cumplimiento su intrínseca expectativa. La purificación ritual queda al fin y al cabo como un rito, como un gesto de esperanza. Sigue siendo “agua“, al igual que lo sigue siendo ante Dios todo lo que el hombre hace sólo con sus fuerzas humanas. La pureza ritual nunca es suficiente para hacer al hombre “capaz” de Dios, para dejarlo realmente “puro” ante Dios. El agua se convierte en vino. El don de Dios, que se entrega a sí mismo, viene ahora en ayuda de los esfuerzos del hombre, y con ello crea la fiesta de la alegría, una fiesta que solamente la presencia de Dios y de su don pueden instituir. (Cfr.  Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, I, p. 295 ss).

11 Tal comienzo de los signos hizo Jesús, en Caná de Galilea, y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos. 12 Después bajó a Cafarnaún con su madre y sus hermanos y sus discípulos, pero no se quedaron allí muchos días.

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2 comentarios to “(b) La boda en Caná: los discípulos contemplan su gloria (Jn 2,1-12)”


  1. [...] (a) Jesús como Cordero y Mesías: testimonio de Juan y llamada de discípulos (1,19-51); (b) comienzo de las señales: en las bodas de Caná: [...]


  2. [...] (b) La boda en Caná: los discípulos contemplan su gloria (Jn 2,1-12) [...]


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