El diálogo de Jesús con la samaritana (Jn 4, 1-45): Jesús se revela como el salvador del mundo

10 junio, 2011

Vamos ahora a estudiar este diálogo entre jesús y la Samaritana del comienzo del capítulo 4 del evangelio de Juan, de una gran belleza literaria:

4,1 Cuando Jesús se enteró de que había llegado a oídos de los fariseos que él hacía más discípulos y bautizaba más que Juan -2 aunque no era Jesús mismo el que bautizaba, sino sus discípulos-, 3 abandonó Judea y volvió a Galilea. 4 Tenía que pasar por Samaría.

Jesús «tenía que pasar por Samaría» (v. 4). Parece una simple razón de conveniencia. Aunque es verdad que era el camino más corto para ir a Galilea, la intención del evangelista es indicar el deseo de Jesús de revelarse a los samaritanos. Forma parte de la intencionalidad teológica que preside todo el evangelio de Juan. De ahí que el encuentro y posterior diálogo con la Samaritana no tenga por finalidad principal su conversión, sino más bien mostrar que Jesús decide revelarse como Salvador del mundo y por tanto lo hace también a un pueblo cismático como era el samaritano. Cfr. Acerca del origen histórico de Samaría y de los samaritanos del tiempo de Jesús

5 Fue, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, junto a la heredad que Jacob dio a su hijo José.  6 Y estaba allí el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del viaje, se sentó junto al pozo. Era como la hora sexta. 

Sicar. Algunos identifican Sicar con la aldea de Askar, al norte del pozo que lleva su nombre, en la falda oriental del monte Eval. Al llamarla Juan en su evangelio «ciudad», algunos pensaron que se trataba de la antigua Siquem, identificada por las excavaciones de comienzos del s. XX como Tell Balata, a la entrada oriental del valle y cercana al pozo donde se reclinó Jesús. En ese tiempo aún permanecía habitada y recibía el nombre arameo de Sychora, coincidente con la Sicar del Evangelio. Se dice también que «Sicar estaba próxima a la heredad que Jacob dio a su hijo José» (v. 5). Es el campo que Jacob compró al llegar de Mesopotamia, en el que edificó un altar a Yahvéh (Gen 33, 18-20) y que más tarde daría como mejora a su hijo José (Gen 48 21-22). En este mismo lugar había acampado Abraham, y allí recibió la bendición del Señor  antes de llegar a Betel (Gen 12, 6-8). Aquí fue enterrado el propio José (Jos 24, 32).

El pozo.  Literalmente, según el v. 6 se trataría de una fuente (pegé), y según el v. 11 de un pozo (fréar). Pozo porque sus aguas eran muy profundas, y fuente por el simple hecho de manar agua. No era una cisterna, pues éstas sólo acumulaban el agua de las lluvias. El Antiguo Testamento no se hace mención de este pozo. «Jesús, fatigado del camino, se sentó junto al pozo» (v. 6). Llegaba cansado, porque el camino desde Jerusalén tenía una cierta dificultad y también por ser un día caluroso. Había salido temprano y puede ser que incluso no hubiera tomado ningún alimento. Los judíos no solían desayunar (Mc 11, 12). La fatiga representa las fatigas misioneras del predicador evangélico a las que se aludirá al final del pasaje. “Yo os he enviado a segar donde vosotros no os habéis fatigado. Otros se fatigaron y vosotros os aprovecháis de su fatiga” (4,38). En todos estos casos aparece el mismo término -kopia’n- que también utiliza mucho S. Pablo para referirse a las fatigas apostólicas (Rm 16,6.12; 1 Co 4,12; 15,10; Ga 4,11…).

«Era alrededor de la hora sexta». Es decir al medio día. La mención de la hora al mismo tiempo que sirve para ambientar el calor y el cansancio de Jesús recuerda el encuentro entre Jacob y Raquel junto al pozo, el Génesis contaba el detalle de que “todavía era muy de día” (Gn 29,7). Otra explicación al dato de la hora sexta puede ser el relacionarla con la hora sexta en que Pilato hizo sentar a Jesús, lo declaró rey y lo condenó a muerte. En Samaría a la hora sexta, Jesús se sienta en el pozo como Salvador; en el Pretorio de Pilato, como rey (19,14) (En griego, Juan puede decir que Jesús no se sentó junto al pozo, sino sobre el pozo). La sed de Jesús también está relacionada con la sed de la cruz (19,28).

7 Llega una mujer de Samaría a sacar agua. Jesús le dice: «Dame de beber.» 8 Pues sus discípulos se habían ido a la ciudad a comprar comida

La Samaritana «Llega una mujer de Samaría a sacar agua» (v. 7). No tiene que ser necesariamente de la ciudad de Samaría, algo retirada de aquel lugar, sino quizás de la misma Sicar, a pocos minutos del pozo. La psicología de esta mujer, así como sus costumbres, reflejan la mezcla de su sangre y religión. Llega al pozo para sacar agua. No se sabe por qué. Porque tanto en Askar como en la vieja Siquem había varias fuentes. ¿Por qué vino a este pozo? Se desconoce la razón. Sólo cabe pensar que así estaba dispuesto en los planes de Dios. Todo parece preparado para el encuentro de esta mujer con Jesús.

Los discípulos habían ido al pueblo a comprar provisiones. Jesús se queda solo. Era el mediodía. Las mujeres del lugar solían madrugar para ir en busca de agua a las fuentes. No sabemos tampoco por qué esta mujer se retrasa tanto en ir a buscar agua. Otra “casualidad” que explicaría la finalidad teológica del encuentro.

(Jesús le dice: «Dame de beber) Le dice la mujer samaritana: 9 «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?» (Porque los judíos no se tratan con los samaritanos.) 10 Jesús le respondió:
«Si conocieras el don de Dios,
y quién es el que te dice:
Dame de beber,
tú le habrías pedido a él,
y él te habría dado agua viva.»

El diálogo se inicia con la frase «dame de beber» (v. 7). Llama la atención que sea Jesús el quien «pida», cuando es precisamente él el que viene a «dar». La respuesta de la mujer revela su orgullo de raza, la rivalidad entre samaritanos y judíos: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» Contrasta también la dureza de la respuesta de la mujer con la sencillez y amabilidad de Jesús. Recuerda el lavatorio de los pies, cuando Pedro responde: «¿Tú me vas a lavar a mí los pies?» La mujer no se extraña de la petición sino de que sea precisamente un judío quien le pida que le dé de beber. Se da cuenta de que Jesús es judío, por su modo de hablar o por su atuendo o por la dirección que llevaba.

«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, tú le habrías pedido y él te habría dado agua viva» (v. 10). El genitivo en este caso hace de sujeto: el don de Dios. ¿En qué consiste ese don? El nexo con la proposición inmediata «y quién es…» inclina a pensar que el don del que aquí se habla es la presencia de Jesús, el que dialoga con esta mujer y le pide de beber. Es el arranque de la revelación que hace a la Samaritana: el agua viva del espíritu, origen y fuente de los demás dones. La mujer no comprende por qué Jesús le pide de beber. De haberlo sabido, tal vez le habría pedido ella… y él le habría dado… El contraste es fuerte, y Juan lo subraya en paralelismo antitético: la reacción displicente de la mujer frente al amor benevolente de Jesús.

El agua viva. Esta agua viva tiene un doble sentido: uno material, simbolizado por el agua que mana y corre, en oposición al agua estancada de las cisternas (Gen 26, 19; Jer 2, 13; Zac 14, 8), y otro espiritual y trascendente, el agua que da la vida, a semejanza del pan vivo anunciado en Cafarnaúm.

11 Le dice la mujer: «Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo;  ¿de dónde, pues, tienes esa agua viva? 12 ¿Acaso eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?» 13 Jesús le respondió:
«Todo el que beba de esta agua,
volverá a tener sed;
14 pero el que beba del agua que yo le dé,
no tendrá sed jamás,
sino que el agua que yo le dé
se convertirá en él en fuente de agua
que brota para vida eterna.»
15 Le dice la mujer: «Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla.»

Los versículos siguientes ahondan en el misterio del agua viva, y lo hacen a partir de la pregunta de la mujer: «Señor, no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?» (v. 11). Jesús explica el origen de esa agua, de efectos muy superiores a los del agua del pozo. El que beba del agua que él ofrece no tendrá sed. De modo similar al pan de vida que sacia el hambre del que lo come (6, 35). Así como en el discurso de Cafarnaúm se contraponen dos tipos de panes, aquí se trata de dos aguas. La metáfora indica la perfección del agua, como la del pan, alimento que da la vida eterna. Esto sólo puede provenir de Dios. Lo mismo lo expresa Jesús con la metáfora de la fuente.

«El Señor promete a la Samaritana un agua que será, para quien beba de ella, fuente que salta hasta la vida eterna (v. 14). Ya nunca más tendrá sed. En este caso, comenta Benedicto XVI en Jesús de Nazaret (pp. 285-286), «el simbolismo del pozo está relacionado con la historia salvífica de Israel. Cuando Jesús llama a Natanael se da a conocer como el nuevo y más grande Jacob […] Aquí, junto al pozo, encontramos a Jacob como el gran patriarca que, precisamente con el pozo, ha dado el agua, el elemento esencial para la vida. Pero el hombre tiene una sed mucho mayor aún, una sed que va más allá del agua del pozo, pues busca una vida que sobrepase el ámbito de los biológico […] Juan distingue entre bíos y zoé, la vida biológica y esa vida completa que, siendo manantial ella misma, no está sometida al principio de muerte y transformación que caracteriza a toda la creación. Así, en la conversación con la Samaritana, el agua –si bien ahora de otra forma- se convierte en símbolo del Pneuma, de la verdadera fuerza vital que apaga la sed más profunda del hombre y le da la vida plena, que él espera aun sin conocerla».

El agua viva tiene por tanto dos simbolismos: uno general, que abarca todos los dones mesiánicos, y otro más particular, el del Espíritu que por Cristo se da a los que creen en Él. El que esa agua salte hasta lo más alto no ha de tomarse en un sentido localista, el cielo, sino terminativo. Es decir, Cristo pone en el corazón del creyente una fuerza vital cuyo término final es la vida eterna. La nueva vida inspirada por el Espíritu, que actúa ya en la tierra, en el tiempo presente. Decir por tanto «fuente que mana» es lo mismo que decir «agua viva», vida que no se agota, por tener su origen en el Espíritu y por fin la vida eterna.

La reacción de la mujer es similar a los que oyeron a Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm hablar del pan de vida (6, 27, ss). Como ellos, también la Samaritana piensa en un primer momento a lo humano, esperando que Jesús le dé el agua que necesita. Pero Jesús le hablaba desde un ángulo bien distinto, el sobrenatural. De ahí que al decirle que llame a su marido, pretende dos cosas: a) prepararla para que reciba el agua que le ofrece y su revelación a ella como el Mesías; b) tras su conversión, ella misma será instrumento de salvación para la gente de su pueblo. El don que recibe debe comunicarlo.

16 Él le dice: «Vete, llama a tu marido y vuelve acá.» 17 Respondió la mujer: «No tengo marido.» Jesús le dice: «Bien has dicho que no tienes marido, 18 porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es marido tuyo; en eso has dicho la verdad.» 19 Le dice la mujer: «Señor, veo que eres un profeta. 20 Nuestros padres adoraron en este monte y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar

Pedagogía divina: primero soluciona el problema moral y después el doctrinal. Jesús en su diálogo va llevando a la Samaritana como por un plano inclinado. «Has dicho bien, “no tengo marido”, porque tuviste cinco y el que ahora tienes no es tu marido» (v. 17). Alaba a la mujer porque reconoce la verdad, pero se abstiene de enjuiciarla por su vida anterior. Ella se da cuenta de que habla con un profeta, pues lo que le dice sólo puede conocerlo Dios. El reconocimiento de la verdad es condición indispensable para que pueda recibir la gracia que Jesús le ofrece.

Tras esto, la mujer le plantea el problema doctrinal, y dice: «Nuestros padres adoraron a Dios en este monte y vosotros decís que en Jerusalén está el lugar donde se ha de adorar» (v. 20). Toca ahora un tema candente y muy controvertido entre judíos y samaritanos, por cuanto afectaba a la unidad de santuario prescrita en Dt 12, 5. El templo del Garizim ya no existía, pero en aquel lugar se seguían ofreciendo sacrificios a Yahvéh. Esto explica que fuera aún rival encarnecido del templo de Jerusalén. Recordar que la unidad de santuario había quedado rota con la fundación del reino del norte. «Vosotros –le dice Jesús- adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación procede de los judíos» (v. 22). La salvación mesiánica anunciada por los profetas era el centro de la esperanza nacional judía (Lc 1, 69-78; Hch 13, 26.47). La religión judía era en este sentido muy superior a la practicada por los samaritanos. Sin embargo, acabarán reconociendo ahora que Jesús es «el Salvador del mundo» (v. 42). Por estar profetizado que el Mesías nacería de la tribu de Judá (Gen 49, 10; Is 59, 20; Rom 11, 26), el pueblo elegido veía en ello la legitimidad de su culto. En este pasaje se presenta a los judíos como el pueblo elegido, aun cuando en el resto del Evangelio se considere a sus dirigentes religiosos como infieles de tal elección.

21 Jesús le dice:
«Créeme, mujer, que llega la hora
en que, ni en este monte, ni en Jerusalén
adoraréis al Padre.
22 Vosotros adoráis lo que no conocéis;
nosotros adoramos lo que conocemos,
porque la salvación viene de los judíos.
23 Pero llega la hora (ya estamos en ella)
en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad,
porque así quiere el Padre que sean los que le adoren.
24 Dios es espíritu,
y los que adoran,
deben adorar en espíritu y verdad.»

Adorar en espíritu y en verdad. En este contexto se entiende que Jesús casi ruegue a la Samaritana: «Créeme, mujer» (v.21). Le pide que crea en él al verla preparada para hacer un acto de fe explícita en su persona. «Llega la hora, y es ésta –sigue diciéndole-, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad» (v. 23). La hora ha llegado con Jesús, el Mesías. Por lo tanto, ni en el Garizim ni en Jerusalén se dará culto a Dios. Pues «Dios es espíritu, y los que lo adoran han de adorarlo en espíritu y en verdad» (v. 24). Entre los orientales, adorar supone inclinarse o prosternarse, como expresión de un acto interior de fe y de amor. Se tiende a exteriorizar lo que se siente, de modo que la adoración no se quede en un simple acto interior. La teoría protestante del culto meramente interior no es bíblica. El mismo Cristo, al adorar, se postra en tierra, como en Getsemaní. El apóstol Pablo también dobla sus rodillas y ora junto con todos los hermanos (Hch 20, 36). No obstante, entre los judíos el culto externo había degenerado. Jesús no venía a suprimirlo, sino a vivificarlo por el Espíritu (Zac 12, 9ss; Ez 11, 19; 36, 27).

Los verdaderos adoradores adorarán «en espíritu y en verdad». Esta expresión tiene varias interpretaciones. En espíritu equivaldría a desde el fondo del corazón, o sea, que se debe adorar a Dios con toda el alma y toda la mente. Es este uno de los sentidos que da Juan al pneuma en su evangelio (11, 33), cuando dice que Jesús se estremeció en su espíritu ante la tumba de Lázaro. El culto oficial hebreo carecía de esta dimensión de interioridad, pues se había convertido como decimos en un culto meramente externo. De otra parte, Juan da al término pneuma un sentido aún más alto, al presentarlo como el Espíritu divino increado, autor y principio de la nueva vida del espíritu. Por el contexto próximo del nuevo nacimiento y la referencia explícita al don que habían de recibir los que creyeran en Jesús, parece congruente esta interpretación (3, 5; 7, 39). Este Espíritu divino como principio de adoración, se halla también en las cartas de san Pablo (Gal 4, 6; Rom 8, 15). Es el Espíritu por medio del cual invocamos a Dios llamándole Abbá. La vida cristiana está toda ella dirigida por el Espíritu que habita en cada hombre como en un templo. Se trata, pues, de un verdadero culto interior, de un sacrificio espiritual (Rom 12, 1; Flp 2, 17; 1 Pe 2, 5). Así lo refieren, entre otros, Brawn, Knabenbauer, Bultmann, Hoskyns, Cullmann, Wikenhauser y Overne.

Con la expresión en espíritu (dativo personal) se refiere Juan tanto al autor de la gracia como a la causa de la adoración (17, 10; Col 1, 16). Los Sinópticos emplean esta misma expresión para atribuir las mociones divinas al Espíritu Santo (Mt 22, 43; Mc 12, 36; Lc 2, 27; 4,1). De Cristo mismo dice el Bautista que bautizará en el Espíritu Santo (1, 33). Y añade: y en verdad, expresión que al estar regida por la misma preposición no se repite. La palabra alétheia (ser verdad o decir verdad) significa en su origen semita realidad, firmeza o fidelidad. Precedida de un sustantivo regido por la misma preposición, indica de verdad o verdaderamente. Esto quiere decir que los verdaderos adoradores lo serán con el concurso del Espíritu. Y así, tanto «espíritu» como «verdad» determinan el verbo adorar, expresión de la adoración que había sido anunciada para la era mesiánica. «El Espíritu de verdad» (16, 13) hará que el nuevo culto tenga su origen y transcurra a la vez dentro la verdad revelada.

Nota: «Dios es espíritu» (v. 24). El sujeto aquí es Dios, con artículo; en cambio, como predicado carece de artículo: Dios es luz o Dios es amor (1 Jn 1, 5; 4, 8). La adoración se debe a Dios; y se dice auténtica en el creyente cuando es el Espíritu de Dios quien opera en él. A esta interioridad se refiere Benedicto XVI en Jesús de Nazaret (I) al citar a san Cipriano. «Cuando rezamos el Padrenuestro, rezamos a Dios con las palabras que Dios mismo nos ha transmitido. Y añade: cuando recitamos el Padrenuestro se cumple en nosotros la promesa de Jesús respecto a los verdaderos adoradores, a los que adoran al Padre “en espíritu y en verdad”. Cristo, que es la Verdad, nos ha dado estas palabras y en ellas nos da el Espíritu Santo». De esta manera, sigue diciendo el Papa, «se destaca un elemento propio de la mística cristiana. Ésta no es en primer lugar un sumergirse en sí mismo, sino un encuentro con el Espíritu de Dios en la palabra que nos precede, un encuentro con el Hijo y con el Espíritu Santo y, así, un entrar en unión con el Dios vivo, que está siempre tanto en nosotros como por encima de nosotros» (p. 165).

La mujer entiende perfectamente que se le está hablando de los tiempos mesiánicos, por eso le sigue perfectamente en su diálogo cuando:

25 Le dice la mujer: «Sé que va a venir el Mesías, el llamado Cristo. Cuando venga, nos lo desvelará todo.» 26 Jesús le dice: «Yo soy, el que está hablando contigo.»

La revelación de Jesú. La mujer dice: «Sé que el Mesías, el llamado Cristo, está al llegar» (v. 25). Con esta afirmación expresa la honda esperanza mesiánica que existía también entre los samaritanos. Flavio Josefo, en las Antigüedades judaicas (XVIII, 4,1), dice que los samaritanos esperaban al Mesías con el nombre de Ta´eb, el que viene. La Samaritana estaba ya preparada para recibir la gran revelación que le va a hacer Jesús. Emplea aquí el evangelista una frase similar a la usada en el pasaje del ciego (9, 37). Al decir que cuando venga el Mesías lo manifestará todo, Jesús le responde: «Yo soy, el que habla contigo» (v. 26). Es el mismo «yo» que pone Isaías en labios de Yahvéh (52, 6). En el evangelio de san Juan aparece el «yo» en boca de Jesús 134 veces. Unas veces para indicar al que habla, su persona y doctrina; otras, para manifestar su divinidad.

Benedicto XVI afirma en su libro que «Jesús emplea el «Yo soy» como imagen de la verdad que quiere transmitir. Así por ejemplo, Juan emplea, con toda intencionalidad y no por simple casualidad, siete de estas imágenes: «Yo soy el pan de vida, la luz del mundo, la puerta, el buen pastor, la resurrección y la vida, el camino, la verdad y la vida, la vid verdadera. Schnakenburg subraya justamente que se puede añadir a estas grandes imágenes la del manantial de agua que, si bien no guarda relación directa con el típico «Yo soy», se encuentra en expresiones de Jesús en las que se presenta como este manantial (4, 14)» (pp. 407-408).

27 En esto llegaron sus discípulos y se sorprendían de que hablara con una mujer. Pero nadie le dijo: «¿Qué quieres?» o «¿Qué hablas con ella?» 28 La mujer, dejando su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: 29 «Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Cristo?» 30 Salieron de la ciudad e iban hacia él.
31 Entretanto, los discípulos le insistían diciendo: «Rabbí, come.» 32 Pero él les dijo: «Yo tengo para comer un alimento que vosotros no sabéis.» 33 Los discípulos se decían unos a otros: «¿Le habrá traído alguien de comer?» 34 Les dice Jesús:
«Mi alimento
es hacer la voluntad del que me ha enviado
y llevar a cabo su obra.
35 ¿No decís vosotros:
Cuatro meses más y llega la siega?
Pues bien, yo os digo:
Alzad vuestros ojos y ved los campos,
que blanquean ya para la siega.
Ya 36 el segador recibe el salario,
y recoge fruto para vida eterna,
de modo que el sembrador se alegra igual que el segador.
37 Porque en esto resulta verdadero el refrán
de que uno es el sembrador y otro el segador:
38 yo os he enviado a segar
donde vosotros no os habéis fatigado.
Otros se fatigaron
y vosotros os aprovecháis de su fatiga.»
39 Muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por las palabras de la mujer que atestiguaba: «Me ha dicho todo lo que he hecho.» 40 Cuando llegaron a él los samaritanos, le rogaron que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. 41 Y fueron muchos más los que creyeron por sus palabras, 42 y decían a la mujer: «Ya no creemos por tus palabras; que nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo.»

La mujer proclama lo que ha oído.  La Samaritana había venido a sacar agua del pozo. No se esperaba la sorprendente revelación Jesús que le acaba de hacer. Allí mismo deja el cántaro y llena de gozo corre a anunciar a los suyos lo que ha oído (v. 28). También ellos acaban creyendo. En su fe influye lo que les comunica la mujer, pero también lo que ven con sus propios ojos. Al verle y escucharle, creyeron (v.30). Permaneció en aquel lugar dos días (v.40). «Y muchos más creyeron al oírle. Y decían a la mujer: “no creemos ya por tu palabra, pues nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo» (v. 41-42). Jesús se manifiesta por tanto como salvador, no sólo de Israel, sino también de los samaritanos, del mundo entero. Una manifestación más del universalismo del evangelio de san Juan (1, 39; 3, 16; 11, 52). El título de Salvador se aplica también a Cristo en la predicación de los apóstoles (Hch 5, 31; 13, 23; Flp 3, 20; Tt 2, 14; Lc 2, 11; 1 Jn 4, 14), el mismo que empleó el ángel para anunciar a los pastores: «Hoy os ha nacido un Salvador, que es el Cristo Señor, en la ciudad de David» (Lc 2, 11).

El relato termina con esta puntualización del término del viaje con el que había empezado:

43Después de los dos días, salió de allí para Galilea. 44Porque Jesús mismo dio testimonio de que a un profeta no se le honra en su propia tierra. 45Así que cuando llegó a Galilea, los galileos le recibieron, pues habían visto todo lo que hizo en Jerusalén durante la fiesta; porque ellos también habían ido a la fiesta.

Nos ha sido de mucha ayuda para este trabajo las notas e ideas de D. Antonio Fuentes.

Bibliografía

  • Rudolf Schnackenburg. Comentario al Evangelio de Juan (volumen 1), Herder.
  • Raymond Brawn, Herder, El Evangelio según Juan.
  • Max Meinertz, Teología del Nuevo Testamento, edic. Fax.
  • La Sagrada Escritura, Nuevo Testamento, B.A.C., Profesores de la Cía. de Jesús.
  • Benedicto XVI, Jesús de Nazaret (I).
  • Haag-V. D. Born-Ausejo, Diccionario de la Biblia, Herder.
  • F. Spadafora, Diccionario bíblico, Ed. Litúrgica Española.


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8 comentarios to “El diálogo de Jesús con la samaritana (Jn 4, 1-45): Jesús se revela como el salvador del mundo”


  1. [...] (3-4): (1) revelación a los judíos (de Jerusalén: Nicodemo 3,1-21 y de Judea: 3,22-36), (2) a los samaritanos (4,1-45) y (3) a los gentiles [...]

  2. Rafael Says:

    Las mujeres que tenían una vida libertina y que se conocía situación se les prohibía juntarse con las doncellas y mujeres consideradas de sociedad. Por tal razón la mujer samaritana y la su que eran igual que ella debían ir al pozo en las proximidades del mediodía. Las doncelllas y mujeres consideradas serias asistìan a buscar agua en horas tempranas para que no se juntaran con las que eran colegas de “La Samaritana”.

  3. verohalley Says:

    Muy bella historia

    • rsanzcarrera Says:

      Gracias a ti verohalley. Saludos

      • VILLANUEVA URUETA Danya Consuelo Says:

        EL DIALOGO QUE JESUS TIENE CON LA SAMARITANA ME HACE RECORDAR AL ENCUENTRO PERSONAL QUE YO TUVE CON EL EN MI RETIRO HACE 17 AÑOS. SON LAS MISMAS PALABRAS, LAS QUE EL ME DIJO … GRACIAS A DIOS QUE EL RENUEVA ESA PREGUNTA SIEMPRE EN MI. QUE BUENO ES CONTAR CON UN AMIGO COMO JESUS … QUE SE HACE EL ENCONTRADIZO EN NUESTRA LEJANIA.
        MUCHAS BENDICIONES.
        CONSUELO

      • rsanzcarrera Says:

        Muchas gracias Villanueva por tu aportación y testimonio. Que Dios te bendiga

  4. vivian farnum Says:

    La mujer tuvo 5 marido y el que tenía no era suyo
    es simple, no es que ella hubiere tenido una vida libertina, los maridos se refieren a los placeres del mundo, a los sentido, a la conscuspiscencia, el actual marido se refiere a el conocimiento, a la sabiduría, que es Jesús, ella dejo todo para casarse con la sabiduría, sin saber, solo la ama, y viene a medio del día, en plena luz,(las obras de Dios son en medio de la Luz, porque él es la Luz) a sacarla del pozo, de sus padres Abraham, Isaac y Jacob, la saca en medio de la fatiga del día, de la vida, se renueva y apaga su sed con el recuerdo imperfecto de sus padres espirituales. en el momento y con el conocimiento necesario, llega Jesús nuestro señor, a renovar y a vivificar el conocimiento, dándole vida eterna a toda la escritura


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