Acerca de la traducción griega de los «Setenta» (LXX)

22 abril, 2012

Sobre estos códices griego de los “Setenta” (LXX) se ha ejercido, a lo largo de varios siglos y a pesar de las dificultades enormes que su estudio ofrece, una intensa labor crítica culminada en dos ediciones complementarias:

  • la edición de los Setenta de Cambridge, que ha publicado entre 1906 y 1940, con presentación de un texto base y distintas series de variantes en el aparato, ediciones del Pentateuco, Josué, Jueces, Rut, Reinos, Paralipómenos, Esdras, Ester (en dos textos; el más largo se ha embellecido con adiciones que ya conoció Flavio Josefo), Judit y Tobit;
  • y la edición de los Setenta de Gotinga, que produce textos críticos basados al menos en repartos de códices por recensiones y de la que tenemos ya, por obra principalmente del benemérito Joseph Ziegler, ediciones aparecidas entre 1931 y 1965, de los Salmos (con el 151 que no está en el hebreo y fue quizá redactado ya en griego combinando varios textos bíblicos), Profetas menores, Isaías, Jeremías, Baruc, Trenos, Epístola de Jeremías, Ezequiel, Daniel (con sus anexos: Susana y Bel), I-III Macabeos, Sabiduría y Eclesiástico.
  • Faltan, pues, cinco textos para los que es menester recurrir a la edición manual y resultante de A. Rahlfs, aparecida en 1935 (Septuaginta, 3 ed. Stuttgart 1949): Proverbios (con muchas interpolaciones griegas y en algún caso cristianas), Job (sigue en pie el problema de por qué el griego de los LXX es más corto que el hebreo, lo cual hace que los códices ofrezcan suplementos hexaplares o de Teodoción), Cantar de los Cantares y Eclesiastés (véase lo que luego decimos sobre Aquila) y IV Macabeos.

El más antiguo testimonio sobre las circunstancias en que se produjo la traducción de los LXX es la bien conocida Carta de Aristeas a su hermano Filócrates, escrita no mucho antes del 170 a. C. En ella se cuenta, muy ampulosamente, cómo Tolomeo II Filadelfo (285-247 a.C.) encargó a Demetrio de Fáleron, la formación de la inmensa Biblioteca de Alejandría y cómo, a petición de éste, el propio Aristeas fue a Jerusalén para pedir al sumo sacerdote Eleazar traductores competentes de la Biblia hebrea. Luis Vives dudó ya de la veracidad de esta fábula en que 72 traductores, seis por cada una de las tribus (aunque más tarde se habló, para abreviar, de los Setenta o LXX), instalados en Alejandría, dejaron traducido el Pentateuco en setenta y dos días, y, desde luego, hoy no se duda de que el autor de la carta no era un funcionario greco-egipcio, sino un judío de la capital, aunque lo que se dice en ella pueda tener algún fundamento histórico (de hecho el Pentateuco fue traducido al griego ca. el 250 a.C., en el reinado de Tolomeo II Filadelfo).

Las dificultades del texto griego de los LXX residen en el hecho de que no se trata del texto original de un autor, en cuyo caso, pese a las corrupciones de la tradición textual, sería posible teóricamente llegar al arquetipo y aun al autógrafo. Se trata, pues, de textos griegos traducidos del hebreo, sobre los cuales, a su vez, se ha hecho la traducción al latín llamada Vulgata (s.IV), y la traducción del A.T. al cocto, gótico, armenio y eslavónico. El Pentateuco samaritano parece tener un antecesor común con los LXX, de quienes se muestra afín a veces frente al hebreo; la Pésittâ o versión siriaca sigue al hebreo, pero con influencia de los LXX en ciertos libros; sobre la Vetus Latina, se duda entre un original hebreo o griego; la versión georgiana está tomada del armenio, del siriaco y en parte de los LXX; la etiópica, de los LXX con influjos directos del griego; la árabe, según los casos, del hebreo, del siriaco o del griego.

Efectivamente, los LXX son una obra sumamente heterogénea en la que han intervenido, en diferentes tiempos, multitud de manos con otros tantos criterios. Además su cuerpo principal, especialmente el Pentateuco, debió de ser redactado por judíos de Egipto con miras a las necesidades pastorales de una comunidad que había olvidado ya su lengua. Probablemente jamás hubo ninguna versión autoritaria ni oficial de los libros sagrados en griego; y, si bien puede ser exagerada la tesis de P. Kahle, que cree que, como en el caso de los Targumim arameos, coexistieron siempre muchos textos de cada libro empleados independientemente y entre los cuales no es posible llegar al arquetipo (por ejemplo, en Jueces, el texto A y B discrepan mucho entre sí), la verdad es que creyéndose cada cual autorizado a mejorarla en un sentido u otro, se explica que los resultados críticos obtenidos, incluso por la edición de Gotinga, hayan sido escasos en cuanto a determinar un texto primitivo de los LXX. Parece, de todos modos, que es posible establecer distinciones; por ejemplo, la de un primer núcleo en que figurarían el Pentateuco, relativamente fiel en su buen griego de la koine (salvo en el final del Éxodo, cuyo traductor parafrasea y abrevia en una materia muy técnica) y cuya composición se remontaría a pleno s. III a.C., y algunos textos proféticos e históricos; más tarde irían rellenándose las lagunas con menos elegancia literaria y mayor fidelidad respecto al texto hebreo.

En conjunto, el texto de los LXX es desigual, tanto más cuanto que en muchos libros parece haber intervenido más de un traductor. Se ha afirmado de los LXX que, más que una versión, son un comentario teológico, pero hay, en cambio, libros que pecan de excesiva literalidad y en ningún caso llega el texto a adquirir los más rudimentarios valores estéticos. Ahora bien, no olvidemos tampoco que los manuscritos, precisamente por la misma índole de la materia, están llenos de corruptelas: al irse sanando éstas va también ganando tantos el traductor o traductores, inocentes muchas veces de los errores que se les imputaban.

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3 comentarios to “Acerca de la traducción griega de los «Setenta» (LXX)”


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  3. [...] Vetus Latina es una traducción hecha sobre el texto griego de los Setenta, utilizando buenos códices griegos de la llamada forma occidental. En cuanto traducción se [...]


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