¿Por qué son fiables los evangelios desde el punto de vista histórico?

17 marzo, 2013

Las razones que inspiran confianza en que los evangelios permiten conocer lo fundamental de la historia de Jesús, junto con su sentido teológico, son de diverso orden. Unas se refieren a aspectos externos de los mismos, como son la conservación de los textos o la autoría de las obras. Otras se basan más bien en sopesar sus mismos contenidos, comparando los que ofrecen las diversas fuentes neotestamentarias entre sí y con el contexto histórico del ámbito cristiano, judío o pagano.

La convergencia de todos esos datos permite pensar que los evangelios y los datos que ofrecen sobre Jesús no son el fruto de una mera imaginación religiosa más o menos exaltada, sino que reflejan una realidad histórica cierta, aunque el grado de certeza no sea en cada caso particular el mismo.

¿Qué quiere decir que los evangelios son textos bien conservados?

Una buena parte de escritores antiguos no son conocidos más que a través de copias de sus obras hechas en la Edad Media. Es el caso, por ejemplo, de autores tan famosos como Cicerón o

César. ¿Qué pasó en los siglos transcurridos sin testimonio escrito alguno de sus obras? ¿Cómo estamos seguros de la medida en que las obras que tenemos son las suyas? Nadie lo pone seriamente en duda por diversos motivos que no son aquí del caso.

En cambio, de los evangelios conservamos manuscritos antiquísimos, muy cercanos a la época de su composición. El llamado Códice Vaticano y el llamado Códice Sinaítico datan de en torno al año 350. Éste último contiene todo el Nuevo Testamento, el primero prácticamente, también. Por si fuera poco, contamos también con papiros, hallados en Egipto en el siglo XX, que traen fragmentos de escritos del Nuevo Testamento, y que se aproximan todavía más a las fechas de su composición. Así, por ejemplo, el papiro Rylands 457, trae cuatro versículos del evangelio de San Juan y data de en torno al año 135; y los papiros Chester Beatty, mucho más extensos, son, aproximadamente, de los años 205/215.

El trabajo de fijación del texto del Nuevo Testamento que se ha hecho a base de todos los papiros, códices y citas antiguas, no tiene parangón con ningún otro texto de la Antigüedad. De modo que, si leemos con confianza a Cicerón, con mucha más confianza podemos leer el Nuevo Testamento, en lo que toca a la autenticidad del texto.

Que se hayan conservado textos tan antiguos de los evangelios es una muestra significativa de la veneración y la fidelidad con que esos relatos fueron tratados por la tradición cristiana.

¿Y de los autores de los evangelios qué se puede decir?

No tenemos certeza plena sobre la persona que haya redactado cada uno de los evangelios en esa etapa del desarrollo del cristianismo en la que iban faltando los testigos de la vida de Jesús. Sí sabemos que en cada uno de los evangelios se presenta el único evangelio o buena noticia de Jesucristo, en cada caso, según Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Son cuatro versiones del mismo acontecimiento, según o de acuerdo con cuatro tradiciones diversas. Cada una de ellas es remitida por testimonios cristianos del siglo II (Papías y otros autores recogidos por el historiador Eusebio) a personajes importantes del cristianismo de los orígenes. Pero hemos de tener en cuenta que los evangelios no llevaban ellos mismos “la firma” de nadie: no dicen que sean “de” un autor determinado.

El testimonio de los autores antiguos parece más verosímil en el caso de Marcos y de Lucas. En cambio, según los conocimientos actuales de las tradiciones evangélicas, es menos probable que hayan sido Mateo y Juan en persona, los apóstoles del grupo de los Doce que siguieron a Jesús, quienes hubieran escrito los evangelios que llevan sus nombres.

San Marcos es presentado como un discípulo de San Pedro; y San Lucas, como discípulo y compañero de San Pablo. Son, pues, personajes importantes de la segunda generación cristiana que podían actuar bien como garantes de la transmisión del evangelio. Por lo demás, lo que sabemos de sus biografías no es incoherente con los escritos evangélicos que se les atribuyen: ambos habrían estado capacitados, por su lengua y cultura griegas, para la redacción de estas obras.

San Mateo y San Juan, en cambio, son discípulos inmediatos de Jesús, de lengua y cultura arameas y, sobre todo en el caso de Juan, con menos capacidad previa para escribir en un lenguaje teológico tan elevado: era un joven pescador galileo, sin formación especial ni conocimiento del griego. Pero esto no obsta para que los evangelios que llevan sus nombres hayan sido redactados por personas que se encontraban en estrecha relación de discipulado con aquellos testigos de la primera hora, garantes de la veracidad de lo atestiguado. Así, por ejemplo, se habla de los círculos joánicos, en los que los discípulos de San Juan habrían elaborado y profundizado en las enseñanzas de su maestro.

La fiabilidad del testimonio cuádruple acerca del único evangelio de Jesús se pone de relieve justamente cuando se presta atención al hecho incontrovertible de que en medio de la clara diversidad de las tradiciones evangélicas brilla una notoria unidad en lo fundamental, tanto en lo que toca a los hechos narrados como a su interpretación.

Fuente: Juan Antonio Martínez Camino, Jesús de Nazaret. La verdad de su historia, Edicel Centro Bíblico Católico, 4ª ed. 2010,

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Una respuesta to “¿Por qué son fiables los evangelios desde el punto de vista histórico?”


  1. [...] Pero, con el tiempo y con las investigaciones, también de los más críticos, ha ido aumentando la … Estas razones son (1) externas (conservación de los textos y autoría de los mismos) y (2) también internas. Respecto a estas últimas, los autores modernos han desarrollado los criterios de historicidad, cuya aplicación al estudio de los evangelios ha permitido confirmar la fiabilidad histórica de sus narraciones. Estos criterios son: [...]


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