No se ha conservado ningún documento oficial ni escrito sobre el proceso realizado en contra de Jesús. Ciertamente era una costumbre entre los romanos hacer reportes oficiales de estos hechos, como lo atestiguan algunas actas de los mártires en las cuales se conserva más o menos el proceso seguido contra ellos, pero en esos casos fueron los mismos cristianos quienes consiguieron copias de los documentos oficiales y luego escribieron las actas del mártir a partir de ellos. Del proceso de Jesús no se conserva ningún documento oficial; Poncio Pilato o algún otro funcionario debieron haberlo hecho, pero tal vez porque se escribía entonces en materiales de corta duración habrá desaparecido.

San Justino Mártir daba por seguro que existía un reporte de este juicio en los archivos imperiales, pues en su obra “Apología”, dirigida al emperador Antonino Pío, escrita alrededor del año 150, dice: “Lo de que taladraron mis manos y mis pies significa los clavos que tras-pasaron en la cruz pies y manos. Y después de crucificarle, los que le crucificaron echaron suertes sobre sus vestiduras y se las repartieron entre sí. Podéis comprobarlo por las actas redactadas en tiempo de Poncio Pilato” (1). En la misma obra dice: “Y todo esto lo hizo Cristo, podéis comprobarlo por las actas redactadas en tiempo de Poncio Pilato” (2).

Con el tiempo se escribieron “actas de Pilato” falsas con una doble intención: unas trataban de atacar al cristianismo y otras de defenderlo. Entre las que lo atacaban están las redactadas en el año 311 por el emperador Maximino II, uno de los últimos emperadores paganos. Maximino se basaba en errores históricos para sus ataques, por ejemplo situaba la muerte de Jesús en el año 20 d.C., siendo que Pilato llegó a Judea como procurador hasta el año 26. Estas actas falsas de Maximino fueron mencionadas por Eusebio, el padre la la Historia Eclesiástica, en su obra (I,9,3-4): “Por lo tanto, claramente queda refutada la patraña de los que ahora últimamente han divulgado unas memorias contra nuestro Salvador, en las cuales la misma fecha anotada es la primera prueba de la mentira de tales infundios. Efectivamente, sitúan sus atrevidas invenciones acerca de la pasión del Salvador en el cuarto consulado de Tiberio (años 14-37), que coincidió con el séptimo de su reinado, tiempo en el que se demuestra que Pilato ni siquiera había hecho acto de presencia todavía en Judea, al menos si hay que echar mano de Josefo como testigo, quien claramente señala en su libro citado que Tiberio instituyó a Pilato gobernador de Judea justamente en el año duodécimo de su imperio“.

El objeto de estas actas de Maximino era para que sirvieran como propaganda anticristiana al confundir a los lectores de ellas sobre las fechas históricas de su fundador.

Justino y Tertuliano (3) recuerdan en sus escritos también el censo ordenado por Augusto en el tiempo en que nació Jesús. Justino dice: “Y es de saber que hay en el país de los judíos una aldea distante de Jerusalén treinta y cinco estadios y en ella nació Jesucristo, como podéis comprobarlo por las listas del censo hechas bajo Cirino, que fue nuestro primer procurador de Judea“.

Ambos tipos de actas nacieron precisamente cuando ya no era posible encontrar las actas oficiales porque se habían perdido. Así pues, no hay ningún documento oficial de la época que de testimonio de Jesús; el único camino de información que nos queda es el de los escritores romanos de ese tiempo o posteriores a él.

____________

(1) Apol. 35,7-9.

(2) Apol. 48,3.

(3) Tertuliano: Ad Marc IV,7,19.

3) Pentecostés (Hch 2,1-36).

 

En el centro entre estos dos cuadros está la escena de Pentecostés. Viento y fuego: Espíritu Santo. La Iglesia aparece así como una creación u obra sobrenatural con fin y medios sobrenaturales, no es una obra humana nacida de la decisión o de la voluntad humana. Precisamente es su antítesis. La voluntad humana de poder expresada en el relato de la torre de Babel es superada por el Espíritu de Dios, Amor creador de unidad, expresada en la aceptación de la diversidad y la multiplicidad de lenguas que se comprenden recíprocamente.

Para expresar la universalidad de la Iglesia generada por el Espíritu Santo, Lucas, se ha servido de un esquema de doce pueblos (recuérdese que los Estados que sucedieron al imperio de Alejandro fueron también doce). Pero al añadir un decimotercer pueblo: los romanos, supera el esquema en el sentido de que el camino que va de Jerusalén a Roma es la imagen del camino que va del pueblo judío a los paganos, y por tanto allí termina el la tarea encomendada por Jesús a sus discípulos: ser sus testigos “hasta el confín de la tierra” (Hch 1,8)

Vemos aquí, a esta Iglesia primitiva, como queda pintada con cuatro pinceladas maestras:

  • 1) “acudían asíduamente a la enseñanza de los apóstoles”, de algún modo aquí se intuye la idea del discípulo como testigos del testimonio de los apóstoles;
  • 2) “a la comunión“: se refiere a la entrega de los bienes a la comunidad como expresión y refuerzo de la unión de corazones;
  • 3) “a la fracción del pan“: se refiere al rito eucarístico y el término expresa también la dimensión social de la eucaristía;
  • 4) “a las oraciones”: son las oraciones que hacían en común presididas por los apóstoles.

Texto completo: Hechos 2:42-47

42 Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones.

43 Todos estaban asombrados por los muchos prodigios y señales que realizaban los apóstoles.

44 Todos los creyentes estaban juntos y tenían todo en común:45 vendían sus propiedades y posesiones, y compartían sus bienes entre sí según la necesidad de cada uno.

46 No dejaban de reunirse en el Templo ni un solo día. De casa en casa partían el pan y compartían la comida con alegría y generosidad,47 alabando a Dios y disfrutando de la estimación general del pueblo. Y cada día el Señor añadía al grupo los que iban siendo salvos.

1) La permanencia de los discípulos en la sala de la cena (Hch 1,12-26).

 

El cuadro de esta reunión de los apóstoles y de la pequeña comunidad de los fieles discípulos de Jesús junto a María en una unánime perseverancia de oración define muy bien a la Iglesia. Todos los detalle de este cuadro son importantes: el lugar de la futura Iglesia: la sala de la cena, el “piso superior”; el que se nombre uno a uno el grupo de los Once apóstoles; nombrar a María, a las mujeres y a los hermanos, evoca que se trata de un verdadero qahal. La actividad central de esta asamblea es la oración en una actitud de disponibilidad a su querer. El número de 120 evoca el de los 12, en una llamada implícita a crecer, a desarrollarse. Finalmente aparece la figura de Pedro que toma la palabra para cumplir el encargo que recibió del Señor: confirmar a los hermanos (Lc 22,32).

 

En la elección de Matías se confirma de un modo gráfico como opera la comunidad: permanece en oración y se deja la decisión última al querer de Dios (se hecha a suertes); y  además se constituye la apertura a la sucesión apostólica.

Respecto a la relación que existe entre el Reino de Dios y la Iglesia los autores se dividen. Unos se inclinan por la identificación total o parcial, mientras que otros hablan de una diferencia absoluta o parcial. Para solucionar la cuestión es necesario ver antes la relación que se daba en el AT entre el antiguo pueblo de Dios y el Reino de Dios, para de este modo ver la relación entre el nuevo pueblo de Dios y ese mismo Reino.

 

El Reino de Dios en el AT vimos que Dios venía presentado como el dueño absoluto de cuanto existe, con una potestad soberana sobre todas las criaturas. Veíamos también como esa soberanía se ejercía de forma particular sobre el pueblo escogido, sobre Israel, que viene a ser el Reino de Dios. Según los profetas ese Reino extendería sus fronteras hasta los confines más remotos del universo. Así llegaría un momento en que el Reino de Dios, entendido como reinado de Dios o aceptación rendida de ese dominio, sería universal.

 

Pues análoga relación se da entre el Reino de Dios y la Iglesia. El nuevo Rey de Israel ha fundado su Iglesia, su pueblo, a través de la cual el reinado de Dios se irá extendiendo a todos los hombres, para que así se salven. Por tanto, llegará un momento en que todo quedará sometido a Cristo (1 Cor 15,24; Apc 12,10). Entonces toda la creación será partícipe de esa salvación y surgirán «los cielos nuevos y la tierra nueva en que tiene su morada la justicia, según la promesa» (2 Pet 3,13; cfr. Rom 8,22).

 

Esto nos introduce en la fase escatológica del Reino de Dios. En la predicación del Reino de Dios se apunta a veces a su fase definitiva. Pero también está muy claro que el triunfo de Cristo, la llegada del Reino de Dios, es ya una realidad actual que los justos que mueren en el Señor están ahora gozando (Apc 14,13; 18,20). Ya vimos cómo Jesús en la cruz promete al buen ladrón la entrada inmediata en su Reino (Lc 23, 43). Así, pues, se habla de que los tiempos se han cumplido (Mc 1,15) y de que el Reino de Dios está cerca (Mc 13,29; Lc 10,9; 12,54), incluso de que ya está presente (Lc 17,21). En algunos momentos se tiene la impresión de que la Parusía es algo inminente (Lc 21,32 y par.). Pero por otra parte Jesús habla de que esa hora sólo es conocida por el Padre (Mc 13,32 y par.; Act 1,8). Se da, pues, una aparente contradicción. Para resolverla unos dicen que son expresiones correspondientes a distintos estados de ánimo de Jesús. Otros opinan que los pasajes referentes a la inminencia son del Señor, mientras los que hablan de un futuro lejano e incierto son interpolaciones de la comunidad. Ninguna de esas soluciones es convincente. Más bien hay que pensar en la intención de poner en sobre aviso a los cristianos de la llegada del Reino de Dios. Por una parte insistiendo en su inminencia, incluso en su presencia actual como fase intermedia, y por otra parte hablando de la Incertidumbre del último momento. Con todo esto se da una poderosa razón para vivir en actitud vigilante, con el anhelo de quien espera la llegada del esposo, con la pronta disposición del criado bueno y fiel (Mt 24,42-51; 25,1-12). Ese deseo se concreta en la segunda petición del Padrenuestro, que implora la llegada del Reino de Dios (Mt 6,10).

Con esa esperanza ha de vivir el creyente, en un continuo adviento que le recuerde siempre la promesa de la venida del Reino. Los primeros cristianos expresan esa actitud de espera vigilante en esta breve jaculatoria: Marana tha, ven Señor (1 Cor 16,22). Así en medio de las persecuciones viven serenos, confían oír al séptimo ángel que anuncie la llegada del Reino de Dios, la soberanía universal de Cristo (Apc 11,15; 12,10).

La Iglesia apostólica

Tras la consideración de los hechos fundantes de la Iglesia por parte de Jesús hemos de dirigir nuestra atención a la formación de la Iglesia apostólica.

Siguiendo a J. Ratzinger (La Iglesia, Edic. Paulinas, 1991, p.17ss), seguiremos dos pistas textuales: 1) la expresión “pueblo de Dios” y 2) la idea paulina “cuerpo de Cristo”.

1) La expresión “pueblo de Dios”

De suyo esta expresión designa en el NT casi exclusivamente al pueblo de Israel, no a la Iglesia. Para esta se emplea otro término el de ecclesia que fue el que se convirtió en la denominación específica de la nueva comunidad nacida de la obra de Jesús. ¿porqué este término y no otro?. El vocablo se deriva de qahal (cfr….): se trata de una “asamblea del pueblo” e la que se constituye éste como entidad cultual y, a partir del culto, como entidad jurídica y política.

Esta tipo de asambleas existían tanto en el mundo griego como en el semita (cfr. H. Schlier, Eclesiología del Nuevo Testamento, en MS. IV/1, 1973, 107-223). Pero había una diferencia entre ellas, en la qahal participaban también las mujeres y los niños, que en Grecia no podían al no ser sujetos activos de la vida pública. Mientras que en Grecia eran los hombres los que se reunían y decidían lo que había que hacer, en Israel se reúne la asamblea para escuchar el anuncio de Dios y darle asentimiento. La asamblea del Sinaí fue así y la que realizó Esdras como acto de refundación del pueblo también fue así. Era pues un modelo y norma de todas las sucesivas reuniones tras la del Sinaí. Formaba parte del judaísmo tardío del tiempo del Señor la oración por la convocación de una qahal que haría el mismo Dios, una nueva convocación y fundación del pueblo. Es asombroso pero la oración por el nacimiento de la Iglesia pertenece al patrimonio fuerte del judaísmo judío (Cfr. O. Linton, Ekklesia, en RAC IV, 905-921).

Este fue el motivo por el que la Iglesia naciente escogió precisamente este término. Así viene a declarar que esa oración judía se ha cumplido (cfr. Heb 12,18-24).

Se entiende así por qué se prefirió este término al de pueblo de Dios, porque el aspecto escatológico (de cumplimiento de lo esperado) y espiritual del pueblo quedaba así más claro. Por eso podemos decir que con esta auto designación el nuevo pueblo se define así mismo en la continuidad histórico-salvífica de la alianza, pero a la vez, en la clara novedad del misterio de Cristo (Cristo muerto y resucitado es el Sínaí vivo: los que se acercan a él son los que forman la asamblea definitiva del pueblo de Dios; el centro de esta reunión es el Señor mismo, que se comunica en su cuerpo y en su sangre: EUCARISTÍA). Si para un judío la noción de “alianza” conlleva esencialmente el concepto de ley y justicia, para el cristiano “la nueva alianza” conlleva la nueva ley, el amor, que se convierte en el centro decisivo, y cuya medida suprema fue establecida por Cristo en su entrega total en la Cruz.

Una última aclaración, Pablo en la carta a los Gálatas expone con técnicas exegéticas típicamente rabínicas que la promesa de salvación hecha a Abrahán se dirige a una persona singular: “a tu descendencia”, y en consecuencia afirma que hay un solo titular de la promesa de salvación y un solo portador de dicha salvación: Cristo. Pero ¿cómo entonces se concilia esto con la voluntad salvífica universal de Dios? A través del BAUTISMO, dice Pablo, somos injertados en Cristo, constituidos en un solo sujeto con él: “uno solo en Cristo Jesús” (Gal 3,16.26-29). Solo la identificación con Cristo nos hace portadores de la promesa; la meta última de la asamblea es la de la completa unidad: para que Dios sea todo en todos (1 Cor 15,28).

Este es el momento de entrar en la segunda idea: la doctrina paulina de la Iglesia como cuerpo de Cristo.

La noción del NT de pueblo de Dios como hemos visto antes, es plenamente cristológica. Y también hemos visto que no es una noción teórica sino un acontecimiento que se concreta en los sacramentos del bautismo y de la eucaristía.

La idea de que la iglesia es “cuerpo de Cristo” no añade sustancialmente nada nuevo a lo ya visto, pues somos incorporados a Cristo en el Bautismo e identificados con él por la Eucaristía, y participamos de un Espíritu del que dice: “El Señor es el Espíritu” (2 Cor 3,17) y en el Espíritu decimos nosotros con Cristo: “Abba”, porque nos hemos convertido en sus hijos (cfr. Rom 8,15; Gal 4,5).

Evidentemente Pablo conoció (1 Cor 12, 16ss) la doctrina filosófica estoica de la alegoría en la que se compara al estado con un organismo en el que todos los miembros deben cooperar. Pero es totalmente falso que Pablo se limitara a aplicar a la Iglesia dicha alegoría (cfr. E. Schweizer, σομα, GLNT XIII, 610-790), porque el origen, en Pablo, de esta expresión “cuerpo de Cristo es bíblica”. Veámoslo.

1) Late la noción semita de “personalidad corporativa”, por ejemplo, cuando afirma que todos somos Adán, un único hombre en grande.

2) “El pan que partimos, ¿no es la comunión con el cuerpo de Cristo? Puesto que sólo hay un pan, todos formamos un solo cuerpo, pues todos participamos del mismo pan” afirma en (1 Cor 10,16ss). Para Pablo, si Cristo nos da su cuerpo (en la mentalidad semita el cuerpo es el yo) es que se da a sí mismo. Esto implica que por medio de la comunión se está significando que la barrera aparentemente insuperable de mi yo es superada porque Cristo ha querido él primero abrirse a nosotros. Comunión es fusión de existencias como en el alimento existe un proceso de asimilación igualmente mi yo es “asimilado” al mismo Jesús, hecho semejante a él: somos asimilados a este “pan”, haciéndonos un solo cuerpo. La eucaristía edifica la Iglesia así. Es el lugar del nacimiento continuo de la Iglesia. En la Eucaristía Jesús funda constantemente de nuevo la Iglesia.

3) Existe una tercera idea encerrada en la expresión: Iglesia “cuerpo de Cristo”. Es la idea de la relación esponsal. La teología eucarística es inseparable de la filosofía bíblica del amor. Si nos fijamos ya en Gen 2,24 se dice: “por eso el hombre abandonará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne”. Una carne, una nueva única existencia. Lo dicho anteriormente sobre la eucaristía se hace ahora más claro en el lenguaje del amor. Esta idea esponsal de la eucaristía constituye el núcleo del concepto de Iglesia (esposa de Cristo) y de su definición mediante la fórmula “cuerpo de Cristo”. La Iglesia es cuerpo de Cristo a la manera en que la mujer con el marido es un solo cuerpo y una sola carne. Cristo y la Iglesia son un cuerpo en el sentido en que marido y mujer son una sola carne.

Pero esta unión esponsal no despersonaliza, ni confunde a los sujetos, es decir la Iglesia sigue siendo la esclava que él en su amor eleva a la condición de esposa, esposa que busca su rostro hasta el fin de los tiempos, que tiene siempre necesidad de renovarse. Siempre en camino hacia la unión con Cristo.

La crítica liberal ha pretendido desvirtuar los textos en los que Jesús alude a una futura sociedad jerárquicamente fundada por él y continuada por sus discípulos. Es famosa la frase de A. Loisy: «Jesús anunciaba el Reino de Dios, y la Iglesia es lo que ha venido» (L’Évangile et l’Église, París 1902, 111). Y más suave, pero en la misma línea M. Goguel afirma a su vez: «Jesús no ha instituido ni previsto la Iglesia como ha comenzado a existir al día siguiente de su muerte… No obstante, el nacimiento de la Iglesia no ha sido debido a causas extrañas que hubieran ejercido una influencia perturbadora sobre el desarrollo de las consecuencias de la acción de Jesús. Ha sido debida al dinamismo mismo de esta acción» (Jésus et l′Église, «Rev. d’Histoire et de Philosophie Religieuses», 1933, 238 ss.).

Hay que partir del hecho de que el anuncio de Jesús se refiere directamente no a la Iglesia, sino al reino de Dios (o reino de los cielos). De hecho el reino de Dios aparece 122 veces en el NT (de ellas 99 en los sinópticos, y de estas, 90 son palabras de Jesús). Esto pudo hacer que autores como Loisy dijeran la famosa frase. Pero ya vimos como una lectura histórica de los textos demuestra que esta contraposición entre el reino y la Iglesia no es objetiva.

Una vez visto como se produce la identificación entre el reino de Dios y el reino que anuncia Jesús,  y como se establece la relación entre Jesús y el nuevo pueblo de Dios (nueva sociedad teocrática), debemos tener en cuenta el hecho de que la comunidad de los discípulos de Jesús no es un grupo amorfo.  Están los Discípulos en general, de entre ellos sobresalen los Doce y según Lc 10,1-20 existe otro grupo más amplio de los 72 discípulos. El número Doce es importante pues tras la muerte de Judas se requiere completar su puesto. Es el número de los hijos de Jacob y de las tribus de Israel. No se podía expresar más gráficamente el nacimiento de un nuevo Israel, cuyo origen no es la sangre ni la carne sino de “estar con él”, incorporados a él (Bautismo). El número 72 (o 70) era el número simbólico de los pueblos del mundo (Gen 10; Ex 1,5; Dt 32,8). El nuevo Israel abarcaba pues a todos los pueblos del mundo, tiene pretensiones universales.

- Jesús tomó parte junto con los Doce en el culto del templo de Israel. Pero en la última Cena Jesús dio un paso definitivo en la dirección de creación de un pueblo nuevo. Jesús transforma la pascua judía de Israel en un culto tan nuevo, que deja atrás para siempre la “comunidad del templo”, fundando así definitivamente el pueblo de la “nueva alianza”: el nuevo pueblo de Dios.

Cfr. La última Cena: la idea de rito y marco pascual

Jesús tomó parte junto con los Doce en el culto del templo de Israel. Pero en la última Cena Jesús dio un paso definitivo en la dirección de creación de un pueblo nuevo. Jesús transforma la pascua judía de Israel en un culto tan nuevo, que deja atrás para siempre la “comunidad del templo”, fundando así definitivamente el pueblo de la “nueva alianza”.

Las palabras de la institución de la eucaristía (en la versión de Marcos y paulina) se refieren siempre a la alianza: remiten al Sinaí y a la nueva alianza anunciada por Jeremías. También resulta evidente la conexión con el acontecimiento Pascual (ofrecida en Sinópticos y Juan), así como el eco que resuena de las palabras del Siervo paciente de Isaías. Pues bien, con la incorporación de la pascua y el rito de la alianza sinaítica se aceptan los dos hechos fundantes de Israel, a través de los cuales se convirtió en pueblo y sigue haciéndolo. Jesús al usar este trasfondo cultual fundante de Israel usando las palabras claves de la tradición profética, está fundiendo, pasado, presente y futuro, en una realidad nueva, en la perspectiva de la “nueva alianza”. Es como si el Señor dijera a sus discípulos: “Al igual que en el pasado el antiguo Israel veneraba en el templo su propio centro y la garantía de su unidad, y en la celebración comunitaria de la pascua realizaba de manera viva esa unidad, así ahora este nuevo banquete debe ser el vínculo de unidad de un nuevo pueblo de Dios. Ya no hay necesidad de un lugar central constituido por el único templo exterior… El cuerpo de Cristo, que es el centro del banquete del Señor, es el único nuevo templo que congrega en unidad a los cristianos mucho más realmente de cuanto pueda hacerlo un templo de piedras” (cf. J. Ratzinger, Il nuovo popolo di Dios, Queriniana, Brescia 1971, p.87). Recuérdese las afirmaciones de Jesús en torno a la destrucción en tres días del templo y referidas a su cuerpo (Mc 14,58 y Mt 26,61; Mc 15,29 y Mt 27,40; Jn 2,19; cf. Mc 11,15-19 par.; Mt 12,6).

De todo se deduce que la institución de la sagrada eucaristía tiene una importancia decisiva. Deben comprenderse como lo que son. Estamos ante la estipulación de un pacto, y como tal, la fundación concreta de un pueblo nuevo, que se convierte en tal a través de su relación con la alianza con Dios.

Los discípulos se convierten en “pueblo” a través de la comunión con el cuerpo y con la sangre de Jesús, y porque esa comunión con Cristo es al mismo tiempo comunión con Dios, se le puede llamar “pueblo de Dios”

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