Este oráculo es de los mejores de Ezequiel. Por su contenido se parece al de los dos palos unidos entre sí (cfr. 37,15-28). El texto forma parte de la gran visión del Templo (cc. 8-11) y es parte de la respuesta a la angustiosa pregunta del profeta sobre si Yahvé pretende aniquilar todo Israel, lo poco que ya queda. El oráculo se articula como sigue: tras la introducción (14), se condenan las pretensiones de los hebreos que han quedado en Palestina (15-16) y se anuncia el retorno de los dispersos a la tierra de Israel (17), la transformación religiosa interior (18-20) y el castigo contra los obstinados (21).

11,14 Entonces se dirigió a mí la palabra de Yahvé en estos términos: 15 “Hijo de hombre; de cada uno de tus hermanos, de tus parientes y de toda la casa de Israel, dicen los habitantes de Jerusalén: Seguid lejos de Yahvé; a nosotros se nos ha dado esta tierra en posesión. 16 Por eso, di: Así dice el Señor Yahvé: Sí, yo los he alejado entre las naciones, y los he dispersado por los países, pero yo he sido un santuario para ellos, por poco tiempo, en los países adonde han ido. 17 Por eso, di: Así dice el Señor Yahvé: Yo os recogeré de en medio de los pueblos, os congregaré de los países en los que habéis sido dispersados, y os daré la tierra de Israel. 18 Vendrán y quitarán de ella todos sus ídolos y abominaciones; 19 yo les daré un solo corazón y pondré en ellos un espíritu nuevo: quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne, 20 para que caminen según mis preceptos, observen mis normas y las pongan en práctica, y así sean mi pueblo y yo sea su Dios. 21 En cuanto a aquellos cuyo corazón va en pos de sus ídolos y abominaciones, yo haré recaer su conducta sobre su cabeza, oráculo del Señor Yahvé.”

Las pretensiones de los palestinos (15-16)

11,14 Entonces se dirigió a mí la palabra de Yahvé en estos términos: 15 “Hijo de hombre; de cada uno de tus hermanos, de tus parientes y de toda la casa de Israel, dicen los habitantes de Jerusalén: Seguid lejos de Yahvé; a nosotros se nos ha dado esta tierra en posesión. 16 Por eso, di: Así dice el Señor Yahvé: Sí, yo los he alejado entre las naciones, y los he dispersado por los países, pero yo he sido un santuario para ellos, por poco tiempo, en los países adonde han ido.

Los palestinos que quedaron en Israel tras la deportación hablaban con desprecio de los desterrados: dicen los habitantes de Jerusalén: a nosotros se nos ha dado esta tierra en posesión. Los habitantes de Jerusalén librados de la deportación se creían lo mejor del pueblo. Ya Jeremías combatió esta presunción, anunciando en Jer 24 que los deportados serían preferidos por Yahvé. Ezequiel añade que la posesión del Templo importa poco, porque Yahvé puede ser para los desterrados un santuario en tierra extraña: Yo he sido un santuario para ellos.

Efectivamente, la primera parte de la respuesta divina (16a) aclara que aunque los desterrados no tengan Templo (los palestinos lo tenían aunque destruido) Yahvé había sido su santuario. En segundo lugar se aclara que el reparto del país (y de las propiedades de los desterrados) que proponen los que han quedado en Palestina es solo provisional, porque la dispersión durará poco, por poco tiempo, en los países a donde han ido, y por tanto se dice implícitamente que volverán a la patria.

La promesa del retorno (17)

17 Por eso, di: Así dice el Señor Yahvé: Yo os recogeré de en medio de los pueblos, os congregaré de los países en los que habéis sido dispersados, y os daré la tierra de Israel.

La idea del retorno que se insinúa en el v.16 aparece aquí formalmente expresada como promesa: Yo os recogeré de en medio de los pueblos, os congregaré de los países en los que habéis sido dispersados y os daré la tierra de Israel. De la misma manera que Yahvé los ha dispersado (16) así será Yahvé quien los recogerá y reunirá. No se dice nada acerca de si los desterrados son más o menos culpables que los que se han quedado, pero el oráculo pone de manifiesto un tono de misericordiosa, benevolencia.

RENOVACION TOTAL (18-21)

Las frases que vienen a continuación son de las más bellas y expresivas acerca de la acción de Dios en la Obra de la salvación: se anuncia el fin de la idolatría (18) y la renovación del corazón (19) que traerá como consecuencia el fiel cumplimiento de la voluntad divina (20).

Fin de la idolatría (18)

18 Vendrán (los deportados) y quitarán de ella todos sus ídolos y abominaciones

Se refiere a las falsas divinidades y el culto tributado a las mismas. Así pues, la repatriación implicará el fin de la idolatría. Es una promesa, pero también un solemne mandato. El fin de la idolatría será la condición primaria y esencial para volver auténticamente al yavismo.

Corazón y espíritu nuevos (19)

19 yo les daré un solo corazón y pondré en ellos un espíritu nuevo: quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne

Garantía de esta fidelidad monoteísta será la profunda renovación interior que efectuará Yahvé: Yo les daré un solo corazón y pondré en ellos un espíritu nuevo. Los repatriados tendrán una nueva alma que les hará menos insensibles: quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. En este planteamiento comienza a prefigurarse la doctrina del NT sobre la gracia regeneradora. Podemos decir que es el primer texto del AT (quizá conjuntamente con Jer 32,16-44 y el Sal 51,12) en el que echa raíz la doctrina de la gracia del NT.

Para cumplir la voluntad de Dios (20)

20 para que caminen según mis preceptos, observen mis normas y las pongan en práctica, y así sean mi pueblo y yo sea su Dios.

Este corazón y espíritu nuevo se otorga para que caminen según mis preceptos, observen mis normas y las pongan en práctica. Solo mediante el don divino de su gracia será posible el cumplimiento de la Ley, que de hecho se llegará a cumplir. La relación entre obras y gracia, alcanza aquí una formulación perfecta y fecunda.

Finalmente, el pueblo de Israel al ser más observante de las prescripciones divinas, vendría a ser también lo que debía ser, el pueblo de Dios: y así sean mi pueblo y yo sea su Dios. Se establece así con los desterrados una renovación en términos de Alianza.

¿El resto?

Ezequiel al igual que Isaías con su doctrina sobre el resto (Is 1,9; 4,3; 6,13; 10,20-23) resolvió doctrinalmente el problema de Israel como nación y como comunidad de fieles: el problema entre el colectivismo nacional y el individualismo religioso, entre la voluntad salvífica de Yahvé mediante Israel (establecida mediante juramento) y la necesidad del castigo por razón de las infidelidades.

Israel no podía perecer del todo, habría un resto, pero este resto de donde procedía de ¿los palestinos o de los desterrados? La respuesta es de los que se conviertan de corazón independientemente de los elementos geográficos o externos.

El castigo contra los obstinados (21)

21 En cuanto a aquellos cuyo corazón va en pos de sus ídolos y abominaciones, yo haré recaer su conducta sobre su cabeza, oráculo del Señor Yahvé.”

Ezequiel aunque optimista es plenamente consciente (realista) de que no todo el pueblo le seguirá, más aún sabe que: en cuanto aquellos cuyo corazón va en pos de sus monstruos y abominaciones, yo haré recaer su conducta sobre su cabeza. La amenaza parece aplicarse tanto a los palestinos como a los desterrados, sino abandonan sus prácticas idolátricas.

Con anterioridad a Ezequiel ya Elías (1 Re 13,1-8), Isaías (1s 6,8s) y Jeremías (Jer 20,7-18) habían advertido de la responsabilidad que llevaba consigo el ejercicio del ministerio profético. Pero es Ezequiel el único que con términos inequívocos pone de relieve la culpabilidad moral del profeta que, por cansancio, desánimo o vergüenza, dejara de hablar y manifestar la voluntad de Dios. Este pensamiento se ha conservado en tres sitios: Ez 3,16-21, 33,1-6 y 33,7-9. En todos ellos se destaca el papel del profeta como centinela.

Estudiaremos el primero, pero considerando los otros también. El párrafo se articula según cuatro ideas: dos hacen referencia al comportamiento del profeta con los malos (3,18-19) y las otras dos con los justos (3,20-21). Nos encontramos sobre la base de un hábil juridicionismo simétrico.

3,16 Al cabo de los siete días, la palabra de Yahvé me fue dirigida en estos términos: 17 “Hijo de hombre, yo te he puesto como centinela de la casa de Israel. Oirás de mi boca la palabra y les advertirás de mi parte. 18 Cuando yo diga al malvado: “Vas a morir”, si tú no le adviertes, si no hablas para advertir al malvado que abandone su mala conducta, a fin de que viva, él, el malvado, morirá por su culpa, pero de su sangre yo te pediré cuentas a ti. 19 Si por el contrario adviertes al malvado y él no se aparta de su maldad y de su mala conducta, morirá él por su culpa, pero tú habrás salvado la vida.

20 Cuando el justo se aparte de su justicia para cometer injusticia, yo pondré un obstáculo ante él y morirá; por no haberle advertido tú, morirá él por su pecado y no se recordará la justicia que había practicado, pero de su sangre yo te pediré cuentas a ti. 21 Si por el contrario adviertes al justo que no peque, y él no peca, vivirá él por haber sido advertido, y tú habrás salvado tu vida”.

El profeta, vigía de Yahvé (16-17)

3,16 Al cabo de los siete días, la palabra de Yahvé me fue dirigida en estos términos: 17 “Hijo de hombre, yo te he puesto como centinela de la casa de Israel. Oirás de mi boca la palabra y les advertirás de mi parte.

Al cabo de siete días Ezequiel recibe el encargo de considerarse como un centinela de la casa de Israel. La relación entre el profeta y Dios queda caracterizada por la palabra sogeh, centinela. Los vigías o centinelas son de máxima importancia en las operaciones militares, pues vigilan los movimientos del enemigo (1 Sam 14,13; 2 Sam 13,34), así como controlan los movimientos de personas sospechosas o de asediantes (2 Sam 18,24-27; 2 Re 9,19-20; Is 52,8). Jeremías fue el primero que aplicó el término a los profetas -pues aunque Labán aplica a Dios la idea de centinela, al igual que hace Jacob en Gen 31,49, es Jeremías el primero en considerar a los profetas como los encargados por Yahvé de hacer las indicaciones necesarias acerca de la proximidad del enemigo (Jer 6,17). Pero será Ezequiel quién verá en el encargo más que un honor un deber grave.

El profeta no es una mera manifestación religiosa es más, porque no puede permanecer indiferente ante lo malo y engañoso que observe. Su responsabilidad es tanto ante Dios que le ha escogido para eso, como ante el pueblo para el que ha sido elegido.

Con Ezequiel el profetismo avanza en la línea del apostolado. Nos encontramos pues con una actitud nueva que se habría de ir formando en el exilio. Se está formando la nueva conciencia de activa responsabilidad religiosa, está surgiendo un movimiento de conquista pacífica, de persuasión y de proselitismo.

Aviso al malvado (18-19)

18 Cuando yo diga al malvado: “Vas a morir”, si tú no le adviertes, si no hablas para advertir al malvado que abandone su mala conducta, a fin de que viva, él, el malvado, morirá por su culpa, pero de su sangre yo te pediré cuentas a ti. 19 Si por el contrario adviertes al malvado y él no se aparta de su maldad y de su mala conducta, morirá él por su culpa, pero tú habrás salvado la vida.

El primer deber del centinela es hacer saber el querer de Dios acerca de la conversión de los rasa (singular colectivo: los malvados). Se presupone que hasta los hombres más degenerados pueden convertirse y llegar a ser justos y se le pide que sea capaz de superar el miedo a sufrir un fracaso total, y se le dice: si no hablas para advertir al malvado que abandone su mala conducta, a fin de que viva, él, el malvado, morirá por su culpa, pero de su sangre Yo te pediré cuentas a ti. La relación vida-muerte con bondad-maldad obedece a la tradición del Génesis en el que el pecado es causa de muerte.

El aviso a los justos (20-21)

20 Cuando el justo se aparte de su justicia para cometer injusticia, yo pondré un obstáculo ante él y morirá; por no haberle advertido tú, morirá él por su pecado y no se recordará la justicia que había practicado, pero de su sangre yo te pediré cuentas a ti. 21 Si por el contrario adviertes al justo que no peque, y él no peca, vivirá él por haber sido advertido, y tú habrás salvado tu vida”.

Es paralela a la anterior y se trata de la comunicación a los saddtiq (singular colectivo: los justos) de la posibilidad de su perversión sean lo buenos que sean. De nuevo, al igual que en el caso anterior, Ezequiel se adelanta a su tiempo al proponer una salvación individual contra los que pudieran pensar que bastaba ser judío para tener derecho a considerarse justos.

La justicia es un bien personal e interior, que se puede perder si se comete la injusticia, o sea el mal. También para estos habrá castigo, primero un tropiezo y después la muerte. Además debe de anunciar que no se recordará la justicia que había practicado. De este modo no se harán falsas ilusiones ni caerán en un colectivismo orgulloso y estéril; se trata de luchar y ahondar en una religiosidad cada vez más personal y enraizada. De este modo Ezequiel avanza, en el proceso de espiritualización de la religión y del culto iniciado tiempo atrás por los profetas.

Tras la indicación del tiempo en el que el profeta capta la infinita grandeza de Dios (1,1), comienza una descripción de elementos. Los estudiaremos en este orden y progresión:

  1. la tempestad que se acerca (1,4),
  2. los vivientes (1,5-14),
  3. las ruedas (1,15-21),
  4. el firmamento (1,22-25) y
  5. la gloria de Dios (1,26-28).

Este es el texto:

1, 1 El año treinta, el día cinco del cuarto mes, encontrándome yo entre los deportados, a orillas del río Quebar, se abrió el cielo y contemplé visiones divinas.

4 Yo miré: un viento huracanado venía del norte, una gran nube y fuego fulgurante con resplandores a su alrededor, y en su interior como el destello de un relámpago en medio del fuego. 5 Había en el centro la figura de cuatro seres cuyo aspecto era el siguiente: tenían figura humana. 6 Tenían cada uno cuatro caras y cuatro alas cada uno. 7 Sus piernas eran rectas y la planta de sus pies era como la pezuña del buey, y relucían como el fulgor del bronce bruñido. 8 Bajo sus alas había unas manos humanas por los cuatro costados; los cuatro tenían sus caras y sus alas. 9 Sus alas se tocaban unas a otras; al andar no se volvían; cada uno marchaba de frente. 10 La forma de sus caras era un rostro humano, y los cuatro tenían cara de león a la derecha, los cuatro tenían cara de toro a la izquierda, y los cuatro tenían cara de águila. 11 Sus alas estaban desplegadas hacia lo alto; cada dos alas se tocaban entre sí y otras dos les cubrían el cuerpo; 12 y cada uno marchaba de frente; donde el espíritu les hacía ir, allí iban, y no se volvían en su marcha.

13 Entre los seres había como brasas incandescentes, con aspecto de antorchas, que se movía entre los seres; el fuego despedía un resplandor, y del fuego salían rayos. 14 Y los seres iban y venían como el aspecto del rayo.

15 Miré entonces a los seres: había una rueda en el suelo al lado de los seres por los cuatro costados. 16 El aspecto de las ruedas y su estructura era como el destello del crisólito. Tenían las cuatro la misma forma y parecían dispuestas como si una rueda estuviese dentro de la otra. 17 En su marcha avanzaban en las cuatro direcciones; no se volvían en su marcha. 18 Su circunferencia era enorme, imponente, y la circunferencia de las cuatro estaba llena de destellos todo alrededor. 19 Cuando los seres avanzaban, avanzaban las ruedas junto a ellos, y cuando los seres se elevaban del suelo, se elevaban las ruedas. 20 Donde el espíritu les hacía ir, allí iban, y las ruedas se elevaban juntamente con ellos, porque el espíritu del ser estaba en las ruedas. 21 Cuando avanzaban ellos, avanzaban ellas, cuando ellos se paraban, se paraban ellas, y cuando ellos se elevaban del suelo, las ruedas se elevaban juntamente con ellos, porque el espíritu del ser estaba en las ruedas. 22 Sobre las cabezas del ser había una forma de bóveda como de cristal resplandeciente, extendida por encima de sus cabezas, 23 y bajo la bóveda sus alas estaban emparejadas una con otra; cada uno tenía dos que le cubrían el cuerpo.

24 Y oí el ruido de sus alas, como el de muchas aguas, como la voz de Sadday; cuando marchaban había un ruido atronador, como el estruendo de una batalla; cuando se paraban, replegaban sus alas. 25 Y se produjo un ruido.

26 Por encima de la bóveda que estaba sobre sus cabezas, había como una piedra de zafiro en forma de trono, y sobre esta forma de trono, por encima, en lo más alto, una figura de apariencia humana.

27 Vi luego como el destello de un relámpago, como un fuego que la envolvía alrededor, desde lo que parecía ser sus caderas para arriba; y desde lo que parecía ser sus caderas para abajo, vi como un fuego resplandeciente alrededor. 28 Era como el arco iris que aparece en las nubes los días de lluvia: tal era el aspecto de este resplandor a su alrededor. Parecía la gloria de Yahvé. A su vista caí rostro en tierra y oí una voz que hablaba.

La tempestad de la Teofanía (Ez 1,1.4)

Visiones divinas (1)

1,1 El año treinta, el día cinco del cuarto mes, encontrándome yo entre los deportados, a orillas del río Quebar, se abrió el cielo y contemplé visiones divinas.

La conciencia de hablar sobre un tema especialmente difícil e inaccesible a la inteligencia humana fue expresada por Ezequiel mediante una imagen y un superlativo. La imagen es ésta: que, un día del año treinta… se abrió el cielo, es decir, le fue quitado el velo (el cielo) que impide ver a Dios, de esta manera expresaba la idea de revelación divina. El superlativo se refiere al objeto de la revelación: visiones divinas, pero el plural no quiere decir que fueran varias visiones, se trata de un plural normal de generalización; quiere decirse que se trataba de una visión extraordinaria, se podría traducir por contemplé una visión sublime.

La tempestad (4)

4 Yo miré: un viento huracanado venía del norte, una gran nube y fuego fulgurante con resplandores a su alrededor, y en su interior como el destello de un relámpago en medio del fuego.

Lo primero que vio fue que se acercaba un gran tempestad que venía del norte (es decir de lo alto) integrada por viento huracanado, una gran nube y un fuego fulgurante y resplandores en torno y en medio de la tormenta, y desde de su interior algo parecido al fulgor del electro (?). Es común unir las teofanías con la tempestad: Ex 13,21; 19,9-16; 1 Re 8,10, etc… Pero el hecho de ver un espacio tranquilo en medio de la tormenta permite unir el otro elemento relativo a algunas teofanías según la cual Yahvé se manifiesta, no tanto en el tumulto cuanto en el silencio, Dios es también y ante todo silencio: 1 Re 19,9-13.

Los cuatro seres (Ez 1,5-14)

Descripción de los cuatro seres (o vivientes) (1,5-11.14).

5 Había en el centro la figura de cuatro seres cuyo aspecto era el siguiente: tenían figura humana. 6 Tenían cada uno cuatro caras y cuatro alas cada uno. 7 Sus piernas eran rectas y la planta de sus pies era como la pezuña del buey, y relucían como el fulgor del bronce bruñido. 8 Bajo sus alas había unas manos humanas por los cuatro costados; los cuatro tenían sus caras y sus alas. 9 Sus alas se tocaban unas a otras; al andar no se volvían; cada uno marchaba de frente. 10 La forma de sus caras era un rostro humano, y los cuatro tenían cara de león a la derecha, los cuatro tenían cara de toro a la izquierda, y los cuatro tenían cara de águila. 11 Sus alas estaban desplegadas hacia lo alto; cada dos alas se tocaban entre sí y otras dos les cubrían el cuerpo; (…) 14 Y los seres iban y venían como el aspecto del rayo.

Al acercarse gradualmente la nube, los primeros en hacerse visibles fueron cuatro seres. Se les describe con forma humana y con cuatro caras (de hombre, de león, de toro y de águila) y cuatro alas (dos hacia arriba y dos hacia abajo) con unas manos humanas; tenían también piernas y la planta era como la planta de la pezuña del buey. No tenemos claro si se trata de seres con cuatro caras o más bien como figuras compuestas, humanas (rostro) y al mismo tiempo variadamente animalescas (tronco y extremidades). Se trata de cuatro seres polimorfos y bípedos, es decir, en posición erguida y con movimiento similar al de los hombres.

Posición de marcha (12).

12 y cada uno marchaba de frente; donde el espíritu les hacía ir, allí iban, y no se volvían en su marcha.

¿Cual era su posición de marcha? No se trata como se ha pensado en una especie de cuadriga que arrastra la gloria de Yahvé sino más bien parece que cada uno avanza en su propia dirección, muy probablemente los cuatro puntos cardinales (1,17: en su marcha avanzaban en las cuatro direcciones) siempre bajo el constante impulso del viento de la tempestad. Se trata pues de un movimiento de expansión y no procesional.

Es fácil imaginar la visón: el profeta esta observando desde la tierra, el comienzo de la visión está en el cielo, en su punto más alto, desde donde debido a la rotura de la bóveda del cielo ha salido la nube tempestuosa y los cuatro vivientes expandiéndose en las cuatro direcciones de modo que impulsados por la tempestad van abriendo y sosteniendo el pabellón celeste, divino, que desciende a, través de la apertura de los cielos (al modo de un paraguas que se abre).

Fuego del sacrificio (13)

13 Entre los seres había como brasas incandescentes, con aspecto de antorchas, que se movía entre los seres; el fuego despedía un resplandor, y del fuego salían rayos.

Las brasas incandescentes, que había entre ellos, debido al vertiginoso movimiento rotatorio adquieren aspecto de antorchas y emitían fulgores: un resplandor, y del fuego salían rayos. Las brasas ardientes aunque no son elementos de las teofanías, reflejan muy bien el fuego sacrificial, cuya presencia en el pabellón celeste ya fue referida por Isaías (6,6). Por eso muy probablemente, los seres fueron considerados por el profeta como custodios de una actividad sacrificial: por eso los seres iban y venían con el aspecto del relámpago.

Las ruedas de los vivientes (Ez 1,15-21)

La descripción de los vivientes se completa con la descripción de cuatro ruedas que acompaña a cada uno.

15 Miré entonces a los seres: había una rueda en el suelo al lado de los seres por los cuatro costados. 16 El aspecto de las ruedas y su estructura era como el destello del crisólito. Tenían las cuatro la misma forma y parecían dispuestas como si una rueda estuviese dentro de la otra. 17 En su marcha avanzaban en las cuatro direcciones; no se volvían en su marcha. 18 Su circunferencia era enorme, imponente, y la circunferencia de las cuatro estaba llena de destellos todo alrededor. 19 Cuando los seres avanzaban, avanzaban las ruedas junto a ellos, y cuando los seres se elevaban del suelo, se elevaban las ruedas. 20 Donde el espíritu les hacía ir, allí iban, y las ruedas se elevaban juntamente con ellos, porque el espíritu del ser estaba en las ruedas. 21 Cuando avanzaban ellos, avanzaban ellas, cuando ellos se paraban, se paraban ellas, y cuando ellos se elevaban del suelo, las ruedas se elevaban juntamente con ellos, porque el espíritu del ser estaba en las ruedas.

Se trata de cuatro ruedas, pero no se trata de un carro (el carro de gloria de Yahvé). Las ruedas no están detrás de cada uno sino al lado de los seres. La descripción las diferencia de las ruedas de transporte: son idénticas entre sí: tenían la misma forma; son resplandecientes como el destello del crisolito (topacio); son grandes: su circunferencia tenía gran altura, era imponente; todas rodeadas de destellos. Tenían una estructura bastante extraña: parecían dispuestas como si una rueda estuviera dentro de la otra… Es decir, como si cada una estuviera cortada por otra en ángulo recto: en su marcha avanzaban en las cuatro direcciones. Aunque sincronizado el movimiento de los vivientes con el de las ruedas (19): donde el espíritu les hacía ir allí iban, y las ruedas se elevaban juntamente con ellos… queda claro que el movimiento de ambos es debido a la acción del viento (20 y 21): porque el espíritu del ser estaba en ellas.

Se ha sugerido que se trataría de las cuatro constelaciones conocidas por entonces: León, Toro, Escorpión (inicialmente entre los babilonios era hombre-escorpión) y Pegaso (un caballo alado que podía sugerir la idea de águila). Si fuera así, las ruedas o constelaciones descritas con un papel secundario realzarían el papel de los vivientes que representarían más el mundo de lo sobrenatural.

El firmamento de cristal de Ez 1,22-25

El firmamento (22)

22 Sobre las cabezas del ser había una forma de bóveda como de cristal resplandeciente, extendida por encima de sus cabezas…

Continua la descripción indicando lo que había por encima de los vivientes en su avanzar a los cuatro puntos cardinales del horizonte. Por encima de sus cabezas había una forma de bóveda resplandeciente como el cristal. Por encima había todo un firmamento, es decir algo semejante en la forma al cielo visible.

Sostenido por las alas (23-25)

23 … y bajo la bóveda sus alas estaban emparejadas una con otra; cada uno tenía dos que le cubrían el cuerpo.

24 Y oí el ruido de sus alas, como el de muchas aguas, como la voz de Sadday; cuando marchaban había un ruido atronador, como el estruendo de una batalla; cuando se paraban, replegaban sus alas. 25 Y se produjo un ruido.

No se dice explícitamente donde se apoya este cielo, pero se deja entender que es sobre uno de los dos pares de alas de cada viviente: y bajo la bóveda sus alas estaban rectas, una paralela a la otra; cada uno tenía dos que le cubrían el cuerpo. Estas alas que les cubrían el cuerpo eran las que al moverse producían un ruido: y oí el ruido de sus alas, como un ruido de muchas aguas, como la voz de Sadday. Así pues, como el cielo visible se apoyaba sobre columnas (Job 26,11), así el cielo superior se apoyaba sobre cuatro vivientes. En su movimiento de expansión los querubines aparecen como los que extienden el gran telón celeste: ellos, como sacándolo fuera de la nube de la teofanía, corren a sujetarlo en los cuatro puntos cardinales. Nos encontramos en un momento creacional en acto contemplado con fuerza representativa y sintética. El cielo superior aunque parecido al visible es bastante más brillante y transparente como el cristal, sin nubes ni nada, lo que le permite observar el mundo de Yahvé.

El mundo de Yahve en Ez 1,26-28

Forma del trono (26)

26 Por encima de la bóveda que estaba sobre sus cabezas, había como una piedra de zafiro en forma de trono, y sobre esta forma de trono, por encima, en lo más alto, una figura de apariencia humana.

Había algo como una piedra de zafiro en forma de trono… Y por encima, en lo más alto... Se procura evitar cualquier antropomorfismo de la, divinidad. La idea de Yahvé sentado en un trono no es nueva (1 Re 22,19 y Is 6,1). Ezequiel describe el trono como de zafiro es decir intensamente blanco y lo sitúa sumamente elevado

La figura de Yahvé (27-28abc)

27 Vi luego como el destello de un relámpago, como un fuego que la envolvía alrededor, desde lo que parecía ser sus caderas para arriba; y desde lo que parecía ser sus caderas para abajo, vi como un fuego resplandeciente alrededor. 28 Era como el arco iris que aparece en las nubes los días de lluvia: tal era el aspecto de este resplandor a su alrededor. Parecía la gloria de Yahvé.

Una figura de apariencia humana, como en Is 6,1 la figura de Yahvé es en el fondo una figura humana, dado que tiene espalda: lo que parecía ser sus caderas para arriba (27) como los hombres. La descripción con luces, colores del arco iris, resplandores, da la impresión de que Dios está solo, es luz y esplendor, se basta a sí mismo. Yahvé está solo y rodeado de silencio. Era algo como la forma de gloria de Yahvé (28c). En este silencio trascendente y soledad de plenitud conseguido por la descripción, Ezequiel da una idea de la gloria de Dios que es lo que pretende destacar.

Nadie como Ezequiel ha reunido y dispuesto los diversos elementos que con anterioridad a él se habían presentado para describir la trascendencia de la gloria de Dios (torbellino, nube, fuego, arco iris, luz, resplandor, seres celestes, fuego sacrificia.l, pluralidad de cielos, trono). Ezequiel conjuga en esta visión de modo perfecto los dos aspectos de Isaías, el de la santidad y el de la gloria.

El rostro en tierra (28d)

A su vista caí rostro en tierra y oí una voz que hablaba.

Las manifestaciones son tan excelsas que obligan a echarse por tierra y adorar. Este fue precisamente el acto por el que poseído por una sensación de profunda indignidad a su vista caí rostro en tierra y permaneció en esta posición hasta que oí una voz que hablaba. Se trata de Dios mismo que se dirigirá a él.

Aunque Ezequiel vive en un momento en que la dinastía davídica está en rápido declive, con Joaquín en el destierro y Sedecías en Jerusalén, opuesto a los planes de Dios, sin embargo mantiene viva la esperanza en un descendiente de David, con matices relevantes, dignos de ser tenidos en cuenta:

  • Al anunciar al monarca ideal, prefiere denominarle “príncipe” (nasî’) más que rey (melek) haciendo referencia a los tiempos predavídicos y subrayando que el monarca ideal vivirá más sometido al Señor, único que reina, y menos autónomo en sus decisiones;
  • La mención de David (Ez 34,24; 37,24-25) no pretende reforzar la sucesión dinástica, sino la función del príncipe ideal : llevar a cabo la alianza de paz;
  • A lo largo del libro hay frecuentes condenas tanto del monarca contemporáneo, Sedecías (Cfr 21,29-32), como de los anteriores que han pastoreado al pueblo (Ez 34,1-22). En resumen, Ezequiel proclama que es Dios mismo quien salva a su pueblo, aunque sigue anunciando la figura de un príncipe ideal. Dios es quien se asienta en el trono , quien infunde el espíritu a todo el pueblo, quien lo guía con su ley (Cfr Ez 43,7-9).

De los textos que se han considerado mesiánicos, unos contienen alusiones a la bendición de Jacob (Ez 49), otros a la dinastía davídica.

  • Los primeros (Ez 29,21 y 21,32) son demasiado genéricos; la mención del “vigor de la casa de Israel” (Ez 29,21), o “del que ha de venir” (Ez 21,32) no parece suficiente fundamento para encuadrarlos como oráculos mesiánicos.
  • En cambio, son claramente mesiánicos los que mencionan la dinastía davídica:
    • a) El retoño del cedro (Ez 17,22-24). Después de anunciar el castigo de Sedecías (Ez 17,11.21), el profeta pronuncia un oráculo en que bajo la imagen del cedro promete la restauración definitiva. Sin mencionarlo expresamente, el cedro es la dinastía davídica , pero identificada con el pueblo. Hay, por tanto, más énfasis en la restauración definitiva y proyección universal que en el monarca.
    • b) El nuevo David, pastor y príncipe (Ez 34,23-24). Dios condena a los pastores que han regido a su pueblo, y ejerce personalmente esa función (Ez 34,1-22). Suscitará un nuevo David que tendrá tres cualidades: único, siervo y príncipe. No tendrá las funciones de rey-ejecutor del derecho y la justicia (Cfr Jer 23,5), sino que será símbolo de la alianza que Dios ha sellado con su pueblo.
    • c) El nuevo David, símbolo de unidad (Ez 37,24-25). Ez 37 es un canto de esperanza: Dios hará revivir con su espíritu al pueblo muerto (Ez 37,1-14) y reunirá definitivamente los pueblos, Judá e Israel (Ez 37,15-23). El nuevo David, siervo y príncipe, será el único pastor como lo fue el primero. El será señal de unidad y de la alianza perpetua de paz.

La tercera parte del libro, como se ha señalado, es un conjunto de oráculos, visiones y símbolos de salvación; lo viejo ha pasado, todo ha de ser renovado: una nueva nación y un pueblo nuevo; un nuevo retorno más glorioso que el del Éxodo; una nueva tierra donde por la bendición de Dios habrá una fertilidad insospechada.

El pensamiento de Ezequiel queda bien reflejado en el oráculo sobre la transformación del pueblo (Ez 36,16-32): Israel ha contaminado con su conducta toda su tierra (Ez 36,17-18); puesto que aquella primera posesión era incondicionada, Dios tiene que expulsarlos (Ez 36,19-20). Pero ellos llevan en sí mismos la profanación del nombre divino, porque las naciones piensan que Dios no puede librarlos de la explotación y del destierro (Ez 36,20-21).

Nótese que el honor del nombre de Dios va unido a la suerte del pueblo. De ahí que Dios, no por el mérito de Israel, sino por su nombre, mostrará su santidad en ellos (Ez 36,22-24). Y establecerá con el pueblo una Nueva Alianza (sin mención de este término que podría interpretarse como jurídico), en la que Dios hará una donación generosa sin imponer correspondencia. La donación se articula en torno a cuatro pasos: 1) la tierra nuevamente habitada, 2) el agua purificadora, 3) el corazón sensible y tierno, 4) la infusión del espíritu que consumará y conservará la transformación interior (Ez 36,25-28).

La fecundidad de la tierra (Ez 36,29-32) es consecuencia lógica de estas bendiciones divinas. La esperanza de salvación se fundamenta, por tanto, en la santidad divina, en cuanto que necesariamente el pueblo y los demás pueblos sabrán “que Yo soy el Señor” (Ez 36,23.26.38).

El pueblo nunca ha aceptado la soberanía de Dios. Ezequiel es quizás el profeta más pesimista al valorar la condición pecadora del pueblo: el pueblo casi siempre fue rebelde con Dios (Cfr Ez 16,4-6).

El mayor pecado es la idolatría, que se refleja tanto en el culto como en las alianzas con otros pueblos. Pero casi siempre Ezequiel denuncia el pecado como “rebeldía” contra Dios; para referirse a Israel suele emplear la fórmula “casa de la rebelión” (Ez 2,5.6.8; 3,9) o el verbo rebelarse (Ez 20,8.13.21); describe así la actitud de un pueblo duro de corazón y de cabeza.

Denomina el pecado con términos ya conocidos, prostitución e impureza (Ez 20,30ss; 23,7.13.30), porque no sólo han sido infieles a la historia de amor divino que han recibido, sino que han mancillado su condición de “pueblo de culto”; han profanado el Templo (Ez 8) y no han cumplido los mandatos y normas del Señor.

Es también Ezequiel, el profeta que más hincapié hace en la necesidad de cumplir las leyes (Ez 18,5-9). El castigo era, por tanto, necesario para purificar al pueblo de sus pecados (Ez 20,33-37; cfr Ez 33,21-29). El pueblo renovado se convertirá de su idolatría (Ez 11,18; 36,29-32; 37,23), de la impureza (Ez 36,23-29,33), de la perversidad (Ez 18,27; 33,14).

No obstante, y como se ha indicado, insiste en la responsabilidad personal, puesto que cada individuo no es responsable ni de la culpa de sus antepasados ni de los pecados de sus contemporáneos (Ez 18; 14,12-33).

En la teofanía de la vocación, Ezequiel contempla “la gloria del Señor”. No es Dios en sí mismo, que es trascendente, sino su imagen que se aproxima a los hombres.

Podemos decir que “ningún otro libro nos da una visión tan sublime de la majestad de Dios” (Harford). Pero esto no quita que, a la vez, Dios interviega muy directamente en la historia de su pueblo. Le veremos también juzgar, castigar y salvar.

El centro del mensaje es el reconocimiento del nombre del Señor y de que está en medio de su pueblo; el nombre del Señor puede ser invocado y es garantía de vida y del honor del pueblo; nunca lo expondrá a la irrisión de las naciones (Cfr Ez 36,5.23).

Una de las fórmulas más típicas de Ezequiel es Y tú (vosotros) sabrás (sabréis) que Yo soy el Señor”. Aparece 54 veces, normalmente como conclusión de un oráculo o de una visión; esta expresión abre el significado del signo realizado o de las palabras pronunciadas, en cuanto que Dios se manifiesta en su acción y hay obligación de reconocerle por lo que hace.

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