Muerte en la Cruz.

Cuando hubieron crucificado a Jesús y a los dos malhechores compañeros de suplicio, uno a cada lado, los soldados hicieron cuatro partes de los vestidos de Jesús (probablemente el cinto, las sandalias, el pañuelo que cubría la cabeza y la capa o mantón); su túnica, tejida de una sola pieza, fue sorteada para no echarla a perder: «partieron entre sí mis vestiduras -había profetizado el Ps 21,19- y sortearon mi túnica».

Cristo quedaba entre el cielo y la tierra en el más terrible desamparo, manifestado incluso en el despoje de sus vestidos y la desnudez de sus miembros; solo, entre Dios y los hombres, se ofrecía por sus verdugos y hermanos al Padre, con gesto y sentimientos de Sacerdote y Mediador Eterno. «Padre, perdónales porque no saben lo que se hacen» (Lc 23,34). Mientras, verdugos y curiosos siguen blasfemando.

Uno de los ladrones que le acompañan en el suplicio, admitiendo su culpa, conmovido por la paciencia y caridad del Señor, dirige a Jesús una petición llena de fe y confianza, y le arranca la promesa de su salvación: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43).

Una piadosa tradición narra un encuentro de Jesús con su Madre camino del Calvario; ahora son los mismos Evangelios los que nos hablan de la dolorida pero animosa presencia de la Virgen al pie de la Cruz «junto a la cual, no sin designio divino, se mantuvo erguida (cfr. lo 19,25), sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de Madre a su sacrificio, consiguiendo amorosamente a la inmolación de la Víctima que Ella misma había engendrado» (LG 58).

Todos los actos de la vida de Santa María tuvieron valor corredentor. Esta mediación de María entre los hombres y Dios encuentra su más hondo fundamento en una verdad profesada firmemente por todo el pueblo cristiano. María es Madre espiritual de todos los hombres y especialmente de los cristianos. Esta maternidad espiritual de la Virgen fue confirmada por Cristo mismo desde la Cruz: «Después dice al discípulo: ahí tienes a tu Madre. Y, desde aquel momento la recibió el discípulo por suya» (Jn 19,27).

Una queja expresión de su enorme sufrimiento, sale ahora de los labios de Jesús. «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mt 27,46; Mc 15,34). Son las mismas palabras con que comienza el Salmo 21, que quizá rezó Jesús en la Cruz, precisamente cuando se estaba cumpliendo esa profecía.

Ya desde la hora sexta -las doce del mediodía- se había oscurecido la tierra, probablemente sólo en aquella región del globo; el sol permanecerá escondido hasta la hora de nona, hacia las tres de la tarde. Jesús, «sabiendo que todas las cosas habían sido cumplidas, para que se cumpliera la Escritura (cfr. Salmo 68,22), dijo: Tengo sed» (Jn 19,28). Y, habiendo probado el vinagre, que obraba como calmante, y sin quererlo beber para sumir hasta las heces el cáliz del dolor de la crucifixión, «exclamó: Todo está consumado» (Jn 19,30): consumada toda su obra de Redención y todo lo que de ÉI habían anunciado los Libros Sagrados. Y, clamando de nuevo con gran voz, «dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46). «E, inclinando la cabeza, expiró» (Jn 19,30).

Cfr. Por qué la muerte de Cristo forma parte del designio divino

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