Sentido teológico de los libros de las Crónicas

En primer lugar observamos, la centralidad de la figura de David que es presentado como el rey ideal del pueblo de Dios, en estos libros desempeña un papel análogo al de Moisés en el Pentateuco. David es el prototipo ideal de monarca para el reino de Dios, que ha convertido a su capital Jerusalén en una ciudad santa a la vez que ha dado a Israel todas sus instituciones cultuales en plena coherencia con la Ley. La fidelidad a esta Ley no es algo opresivo sino alegre porque llena el corazón de un gozo interior y profundo. Este gozo en la fidelidad produce una esperanza inquebrantable: la dinastía davídica pudo desaparecer del poder político, pero sus instituciones cultuales y la hondura de su sentido religioso permanecen siempre llenos de vitalidad. Así pues, al poner la figura de David en el centro, en realidad se tiene la mirada puesta en el rey ideal, en el Mesías esperado. Al resaltar a David lo que se subraya en realidad es la soberanía de Dios de la que David es su lugarteniente (2 Cr 9,8), ya que el trono de David es el “trono del Señor” (1 Cr 29,23).

En la redacción de los libros de las Crónicas se insiste una y otra vez en que la presencia de Dios junto a su pueblo y en la ciudad santa es constante. El Señor siempre está con los suyos. Dios está con David (1 Cr 11,9; 17, 2.8; 22,11.16; 28,20), Salomón (2 Cr 1,1), Josafat (2 Cr 17,3) y con todo el pueblo, sobre todo en los momentos difíciles, como por ejemplo durante el asedio que sufrió Jerusalén durante el reinado de Ezequías (2 Cr 32,7‑8).

También se insiste en diversas ocasiones en la idea de que Dios siempre premia el bien y castiga el mal. Si acontecen males es porque algo se ha obrado mal. Como ejemplo significativo puede verse la distinta versión de la muerte de Josías que ofrece 2 Cr 35,19‑25 frente a 2 R 23,28‑30. En 2 Reyes Josías muere prontamente, a pesar de ser un rey piadoso. Como este mal parece inmotivado, el cronista explica al lector que Josías murió por no prestar a atención a la voz de Dios que le hablaba por medio del faraón Nekao pidiéndole que no se interpusiera en su camino.

Junto a todo esto es necesario señalar la expresión gozosa y festiva del culto a Dios que se refleja en ambos libros, gracias a los sones de los “instrumentos musicales del Señor” (2 Cr 7,6). También bajo este aspecto es señalada la figura de David, ya que a él se atribuyen muchas composiciones poéticas para cantar las alabanzas del Señor (Cf. 1 Cr 23,5). Los grandes momentos de la historia como la consagración del Templo, la entronización de los reyes, las reformas religiosas o las celebraciones pascuales son festejadas con el canto litúrgico que expresa ante Dios los sentimientos de oración personales y de todo el pueblo (Cf. 2 Cr 23,13.-18; 29,25‑28; 30,21; 35,15).

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