Comentario al Salmo 42-43 (41-42)

20 julio, 2009

Cfr. Texto del Salmo 42-43  (41-42)

El deseo del Señor y de su templo

1. Una cierva sedienta, con la garganta seca, lanza su lamento ante el desierto árido, anhelando las frescas aguas de un arroyo. Con esta célebre imagen comienza el salmo 41… En ella podemos ver casi el símbolo de la profunda espiritualidad de esta composición, auténtica joya de fe y poesía.

En realidad, según los estudiosos del Salterio, nuestro salmo se debe unir estrechamente al sucesivo, el 42, del que se separó cuando los salmos fueron ordenados para formar el libro de oración del pueblo de Dios. En efecto, ambos salmos, además de estar unidos por su tema y su desarrollo, contienen la misma antífona:  “¿Por qué te acongojas, alma mía?, ¿por qué te me turbas? Espera en Dios, que volverás a alabarlo:  Salud de mi rostro, Dios mío” (Sal 41, 6. 12; 42, 5). Este llamamiento, repetido dos veces en nuestro salmo, y una tercera vez en el salmo sucesivo, es una invitación que el orante se hace a sí mismo a evitar la melancolía por medio de la confianza en Dios, que con seguridad se manifestará de nuevo como Salvador.

2. … La cierva sedienta es el símbolo del orante que tiende con todo su ser, cuerpo y espíritu, hacia el Señor, al que siente lejano pero a la vez necesario:  “Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo” (Sal 41, 3). En hebraico una sola palabra, nefesh, indica a la vez el “alma” y la “garganta”. Por eso, podemos decir que el alma y el cuerpo del orante están implicados en el deseo primario, espontáneo, sustancial de Dios (cf. Sal 62, 2). No es de extrañar que una larga tradición describa la oración como “respiración”:  es originaria, necesaria, fundamental  como  el aliento vital. Orígenes, gran autor cristiano del siglo III, explicaba que la búsqueda de Dios por parte del hombre es una empresa que nunca termina, porque siempre son posibles y necesarios nuevos progresos. En una de sus homilías sobre el libro de los Números, escribe:  “Los que recorren el camino de la búsqueda de la sabiduría de Dios no construyen casas estables, sino tiendas de campaña, porque realizan un viaje continuo, progresando siempre, y cuanto más progresan tanto más se abre ante ellos el camino, proyectándose un horizonte que se pierde en la inmensidad” (Homilía XVII in Numeros, GCS VII, 159-160).
3. Tratemos ahora de intuir la trama de esta súplica, que podríamos imaginar compuesta de tres actos, dos de los cuales se hallan en nuestro salmo, mientras el último se abrirá en el salmo sucesivo, el 42, que comentaremos seguidamente.

  • La primera escena (cf. Sal 41, 2-6) expresa la profunda nostalgia suscitada por el recuerdo de un pasado feliz a causa de las hermosas celebraciones litúrgicas ya inaccesibles:  “Recuerdo otros tiempos, y desahogo mi alma conmigo:  cómo marchaba a la cabeza del grupo hacia la casa de Dios, entre cantos de júbilo y alabanza, en el bullicio de la fiesta” (v. 5). “La casa de Dios“, con su liturgia, es el templo de Jerusalén que el fiel frecuentaba en otro tiempo, pero es también la sed de intimidad con Dios, “manantial de aguas vivas“, como canta Jeremías (Jr 2, 13). Ahora la única agua que aflora a sus pupilas es la de las lágrimas (cf. Sal 41, 4) por la lejanía de la fuente de la vida. La oración festiva de entonces, elevada al Señor durante el culto en el templo, ha sido sustituida ahora por el llanto, el lamento y la imploración.
  • 4. Por desgracia, un presente triste se opone a aquel pasado alegre y sereno. El salmista se encuentra ahora lejos de Sión:  el horizonte de su entorno es el de Galilea, la región septentrional de Tierra Santa, como sugiere la mención de las fuentes del Jordán, de la cima del Hermón, de la que brota este río, y de otro monte, desconocido para nosotros, el Misar (cf. v. 7). Por tanto, nos encontramos más o menos en el área en que se hallan las cataratas del Jordán, las pequeñas cascadas con las que se inicia el recorrido de este río que atraviesa toda la Tierra prometida. Sin embargo, estas aguas no quitan la sed como las de Sión. A los ojos del salmista, más bien, son semejantes a las aguas caóticas del diluvio, que lo destruyen todo. Las siente caer sobre él como un torrente impetuoso que aniquila la vida:  “tus torrentes y tus olas me han arrollado” (v. 8). En efecto, en la Biblia el caos y el mal, e incluso el juicio divino, se suelen representar como un diluvio que engendra destrucción y muerte (cf. Gn 6, 5-8; Sal 68, 2-3). 5. Esta irrupción es definida sucesivamente en su valor simbólico:  son los malvados, los adversarios del orante, tal vez también los paganos que habitan en esa región remota donde el fiel está relegado. Desprecian al justo y se burlan de su fe, preguntándole irónicamente:  “¿Dónde está tu Dios?” (v. 11; cf. v. 4). Y él lanza a Dios su angustiosa pregunta:  “¿Por qué me olvidas?” (v. 10). Ese “¿por qué?” dirigido al Señor, que parece ausente en el día de la prueba, es típico de las súplicas bíblicas. Frente a estos labios secos que gritan, frente a esta alma atormentada, frente a este rostro que está a punto de ser arrollado por un mar de fango, ¿podrá Dios quedar en silencio? Ciertamente, no. Por eso, el orante se anima de nuevo a la esperanza (cf. vv. 6 y 12).

Cfr. JUAN PABLO II, AUDIENCIA GENERAL , Miércoles 16 de enero de 2002

Comentario al Salmo 43 (42)

Deseo del templo de Dios

  • El tercer acto, que se halla en el salmo sucesivo, el 42, será una confiada invocación dirigida a Dios (cf. Sal 42, 1. 2a. 3a. 4b) y usará expresiones alegres y llenas de gratitud:  “Me acercaré al altar de Dios, al Dios de mi alegría, de mi júbilo“. En el salmo 42, en vez de hablar sólo consigo mismo como en el salmo anterior, el salmista se dirige a Dios y le suplica que lo defienda contra los adversarios. Repitiendo casi literalmente la invocación anunciada en el salmo anterior (cf. Sal 41, 10), el orante dirige esta vez efectivamente a Dios su grito desolado:  “¿Por qué me rechazas? ¿Por qué voy andando sombrío, hostigado por mi enemigo?” (Sal 42, 2). 2. Con todo, presiente ya que el paréntesis oscuro de la lejanía está a punto de cerrarse y expresa la certeza del regreso a Sión para volver al templo de Dios. La ciudad santa ya no es la patria perdida, como acontecía en el lamento del salmo anterior (cf. Sal 41, 3-4); ahora es la meta alegre, hacia la cual está en camino. La guía del regreso a Sión será la “verdad” de Dios y su “luz” (cf. Sal 42, 3). El Señor mismo será el fin último del viaje. Es invocado como juez y defensor (cf. vv. 1-2). Tres verbos marcan su intervención implorada:  “Hazme justicia”, “defiende mi causa” y “sálvame” (v. 1). Son como tres estrellas de esperanza, que resplandecen en el cielo tenebroso de la prueba y anuncian la inminente aurora de la salvación. Es significativa la interpretación que san Ambrosio hace de esta experiencia del salmista, aplicándola a Jesús que ora en Getsemaní:  “No quiero que te sorprendas de que el profeta diga que su alma estaba turbada, puesto que el mismo Señor Jesús dijo:  “Ahora mi alma está turbada”. En efecto, quien tomó sobre sí nuestras debilidades, tomó también nuestra sensibilidad, por efecto de la cual estaba triste hasta la muerte, pero no por la muerte. No habría podido provocar tristeza una muerte voluntaria, de la que dependía la felicidad de todos los hombres. (…) Por tanto, estaba triste hasta la muerte, a la espera de que la gracia llegara a cumplirse. Lo demuestra su mismo testimonio, cuando dice de su muerte:  “Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla!”” (Las Lamentaciones de Job y de David, VII, 28, Roma 1980, p. 233).

3. Ahora, en la continuación del salmo 42, ante los ojos del salmista está a punto de aparecer la solución tan anhelada:  el regreso al manantial de la vida y de la comunión con Dios. La “verdad”, o sea, la fidelidad amorosa del Señor, y la “luz”, es decir, la revelación de su benevolencia, se representan como mensajeras que Dios mismo enviará del cielo para tomar de la mano al fiel y llevarlo a la meta deseada (cf. Sal 42, 3). Es muy elocuente la secuencia de las etapas de acercamiento a Sión y a su centro espiritual.

  • Primero aparece “el monte santo“, la colina donde se levantan el templo y la ciudadela de David.
  • Luego entra en el campo “la Morada“, es decir, el santuario de Sión, con todos los diversos espacios y edificios que lo componen.
  • Por último, viene “el altar de Dios“, la sede de los sacrificios y del culto oficial de todo el pueblo. La meta última y decisiva es el Dios de la alegría, el abrazo, la intimidad recuperada con él, antes lejano y silencioso.

4. En ese momento todo se transforma en canto, alegría y fiesta (cf. v. 4). En el original hebraico se habla del “Dios que es alegría de mi júbilo“. Se trata de un modo semítico de hablar para expresar el superlativo:  el salmista quiere subrayar que el Señor es la fuente de toda felicidad, la alegría suprema, la plenitud de la paz. La traducción griega de los Setenta recurrió, al parecer, a un término arameo equivalente, que indica la juventud, y tradujo:  “al Dios que alegra mi juventud“, introduciendo así la idea de la lozanía y la intensidad de la alegría que da el Señor. Por eso, el Salterio latino de la Vulgata, que es traducción del griego, dice:  “ad Deum qui laetificat juventutem meam”. De esta forma el salmo se rezaba al pie del altar, en la anterior liturgia eucarística, como invocación de introducción al encuentro con el Señor.

5. El  lamento inicial de la antífona de los salmos 41-42 resuena por última vez al final (cf. Sal 42, 5). El orante no ha llegado aún al templo de Dios; todavía se halla en la oscuridad de la prueba; pero ya brilla ante sus ojos la luz del encuentro futuro, y sus labios ya gustan el tono del canto de alegría. En este momento la llamada está más marcada por la esperanza. En efecto, san Agustín, comentando nuestro salmo, observa:  “Espera en Dios, responderá a su alma aquel que por ella está turbado. (…) Mientras tanto, vive en la esperanza. La esperanza que se ve no es esperanza; pero, si esperamos lo que no vemos, por la paciencia esperamos (cf. Rm 8, 24-25)” (Exposición sobre los salmos I, Roma 1982, p. 1019).

Entonces el Salmo se transforma en la oración  del que es peregrino en la tierra y se halla aún en contacto con el mal y el sufrimiento, pero tiene la certeza de que la meta de la historia no es un abismo de muerte, sino el encuentro salvífico con Dios.

Esta certeza es aún más fuerte para los cristianos, a los que la carta a los Hebreos proclama: “Vosotros os habéis acercado al monte Sión, a la ciudad  del  Dios  vivo, a la  Jerusalén celestial, y a miríadas de ángeles, reunión solemne y asamblea de los primogénitos inscritos en los cielos, y a   Dios,  juez universal, y a los espíritus de los justos llegados ya a su consumación, y a Jesús, mediador de la  nueva  Alianza,  y  a  la  aspersión  purificadora de una  sangre  que  habla  mejor  que  la de Abel” (Hb 12, 22-24).

Cfr. JUAN PABLO II, AUDIENCIA GENERAL, Miércoles 6 de febrero de 2002

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3 comentarios to “Comentario al Salmo 42-43 (41-42)”


  1. [...] Cfr. Comentario al Salmo 42-43  (41-42) Escrito por rsanzcarrera Archivado en Libros sapienciales Deja un comentario » [...]

  2. oscar matute Ortiz Dice:

    Este salmo 43 se esta utlizando actualmente contra la iniquidad Chavista que teiene azotado a Venzuela con el babalao, la delicuencia y la muertes cotidianas. Es un salmo de la defenza nacioanal. Hay que buscar añ templo y la presencia de Dios

  3. NORA OCHOA Dice:

    YO TUVE UNA EXPERICIA MUY BELLA CON EL SALMO 42 PORQUE AL PRINCIPIO DE ESTE AñO MI MADRE MURIO COJI MI BIBLIA Y ACLAMANDO A DIOS UN CONSUELO COJI LA PARTE DE LOS SALMOS Y JUSTO HABRI EN EL SALMO 42 CUANDO LO LEI ROMPI EN LLANTO ERA INCREIBLE EL MENSAJE DE DIOS NO NO….DIOS NO ES INCREIBLE ES SORPRENDENTE CUANDO LEI PORQUE TE AFLIJES ALMA MIA PORQUE JIMES EN MI…..WOW QUE PALABRAS


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