La fe de Israel y su relación con la presencia de Israel en Egipto y la Alianza del Sinaí.

Poco antes del 1700 a.C. entró Egipto en una Edad que habría de perdurar unos 150 años. Se trata de la invasión de unos asiáticos a los que los egipcios dieron el nombre de hicsos. Establecieron su capital en Avaris, ciudad situada en la zona del delta del Nilo (esta ciudad se llamó después “Casa de Ramsés” y posteriormente Tanis o Soán), que fue fundada entre 1720 y 1700 a.C. Dos inscripciones egipcias testimonian que ciertos funcionarios fronterizos egipcios dejaban pasar a beduinos de Palestina o del Sinaí para que se instalaran en la región del delta en tiempos de escasez en la zona. Una de ellas, fechada hacia el 1350 a.C. dice de uno de esos grupos “que no sabe cómo iban a subsistir, han venido suplicando un hogar en el dominio del faraón…, según la costumbre de los padres de tus padres desde el principio”. Así pues, era muy antigua esta costumbre de los faraones de permitir a extranjeros la instalación en su territorio.

Antes de la llegada de los hicsos la tierra egipcia era en gran parte propiedad de poderosos nobles. Durante la dinastía 18 (hicsos) desapareció esa nobleza de terratenientes para dejar paso a una burocracia de funcionarios del gobierno, pues la tierra fue “nacionalizada”. Esto concuerda muy bien con lo que dice Gen 47,20‑21: José compró para el faraón toda la tierra de Egipto, pues todos los egipcios vendían sus campos, porque apretaba el hambre; así la tierra vino a ser propiedad del faraón; y a todo el pueblo lo hizo siervo, de un extremo a otro del país.

Gen 39,7‑20 ofrece un relato sobre José y la esposa de Putifar que presenta un paralelismo extraordinario con el relato egipcio de la historia de dos hermanos, Anubis y Bitiu. De otra parte, en Egipto la interpretación de sueños era uno de los oficios más estimados. Según un relato legendario, el príncipe Tutmosis, que pasaría a la historia como Tutmosis IV, cuando estaba de caza se durmió a la sombra de una esfinge. Entonces se le apareció un dios quejándose de que la esfinge estaba cubierta por la arena, y le prometió la realeza si se la quitaba. Al subir al trono se acordó de su sueño y cumplió lo que le pedía el dios, dejando una estela grabada a los pies de la esfinge en la que habla de esta labor de desescombro que realizó. En el Imperio Nuevo circulaba un escrito con claves para interpretar sueños para los seguidores de Horus y Seth. Frecuentemente la clave procede por analogía: un buen sueño anuncia una ganancia, un mal sueño una desgracia. Si el soñador recibe pan blanco, puede esperar aceptaciones; si bebe cerveza caliente, tiene pérdidas de bienes; si se pincha con una espina, se dirán contra él mentiras; si tiene las uñas arrancadas, será frustrado el trabajo de sus brazos; si es sumergido en el Nilo, será lavado de sus males.

La riqueza del país del Nilo era proverbial en toda la región, ya que sus cosechas no dependían de las lluvias, que podían ser muy escasas en los años de sequía, sino de las crecidas del Nilo que hacían fecundas las tierras. En bastantes ocasiones los nómadas de la estepa acudían a Egipto para poder encontrar alimento. Así se manifiesta, por ejemplo, en el elogio del faraón Amenhemet (siglo XX a.C.): “He dado al pobre, he alimentado al huérfano, he admitido al que no tenía nada lo mismo que al que tenía algo…, he favorecido el cultivo del trigo y amo al dios de la cosecha. El Nilo me saluda en todo el valle. No hay hambrientos en mi tiempo y nadie tiene sed” (A. Mallon, Les hébreux en Égipte, 81‑82). A pesar de la riqueza natural había unos años mejores que otros, y por eso estaba bien organizada la administración de los bienes agrarios, de modo que se pudiera almacenar en tiempos de abundancia para comer en los años de escasez. Algunas inscripciones, como la del gobernador Ameni en Beni‑Hasan, testimonian la tarea realizada por estos administradores: “Cuando tuvo lugar un Nilo bajo en el año 25 no dejé a mi circunscripción hambrienta. Le he dado trigo del sur y cebada. No dejé que se produjera la escasez hasta el retorno de los grandes Nilos”.  No obstante, también hay testimonios de periodos de gran escasez, como aquel que describe el sacerdote Heqa‑nejti a su familia: “Vosotros sois como un hombre que come hasta saciarse pero ahora tiene hambre hasta el momento en que cierre los ojos. Yo he llegado al sur y he reunido para vosotros todos los alimentos posibles… ¿No está bajo el Nilo?… Aquí se ha comenzado a comer a los hombres y a las mujeres. En ninguna parte existen gentes a los que se dé a comer una comida semejante” (P. Montet, L’Égipte et la Bible, Neuchatel 1959, 86-87). Incluso hay una inscripción grabada en piedra cerca de la primera catarata que habla de un periodo de siete años de hambre. La redacción es del siglo II a.C., pero refiere una tradición de un personaje del tercer milenio a.C. “En el año decimoctavo de Horus… le fue presentado un decreto real: Yo estaba muy apesadumbrado sobre mi gran trono, y los que estaban en el palacio estaban muy afligidos, y mi corazón estaba apenado porque el Nilo no había crecido en mi tiempo durante un periodo de siete años; los cereales están flácidos, los frutos secos, y todos los comestibles resultaban insuficientes” (ANET 31‑32, SAO 2*9‑30). Sin embargo hay que hacer notar que la coincidencia de los “siete años” con el texto bíblico puede ser accidental, ya que esa cifra es común en varias literaturas antiguas para expresar un periodo largo y continuado de tiempo.

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