Sentido teológico de los denominados “últimos libros históricos”

Aportación de estos escritos a la fe de la Iglesia

Una lectura atenta de estos libros permite descubrir que las diferencias que se aprecian con respecto a los libros históricos de épocas anteriores no se limitan sólo a aspectos formales o de estilo literario, sino que son más profundos. Este progreso constituye una prueba de la vitalidad del pueblo de Dios: un desarrollo de las virtualidades que se poseían realizado bajo el impulso del Espíritu Santo.

Un ejemplo de este avance se puede encontrar en la doctrina sobre la retribución. Sigue vigente la enseñanza de que Dios retribuye a cada uno según sus obras, buenas o malas. Sin embargo, esa retribución se enseña ahora no siempre se alcanza en esta vida. A veces los justos encuentran la muerte por permanecer fieles, y Dios no es injusto por eso, ya que los retribuirá después. Así se entienden las palabras que dirige al rey uno de los hermanos que va a sufrir el martirio: “Tú, criminal, nos privas de la vida presente, pero el rey del mundo a nosotros que morimos por sus leyes, nos resucitará a una vida eterna” (2 M 7, 9).

El paso adelante en el conocimiento de que hay una vida después de la muerte está ligado a las nuevas luces que el Espíritu fue proporcionando sobre la teología de la creación. En Tobías, por ejemplo, se proclama: “Que te bendigan los cielos y toda la creación, por los siglos de los siglos” (To 8, 5 (7)). Es posible afirmar esto porque existe el convencimiento de que todas las criaturas dependen totalmente de Dios, ya que Él hizo todas las cosas “a partir de la nada” (2 M 7, 28).

Precisamente la comprensión que se alcanzó del poder creador de Dios forma parte de los presupuestos de fe que hacen posible admitir la posibilidad de la resurrección. Así lo atestigua otro de los hermanos que iban a ser martirizados: “por don del cielo poseo estos miembros, por sus leyes los desdeño y de Él espero recibirlos de nuevo” (2 M 7,11; cf. 2 M 7, 22‑23).

La manifestación de que el horizonte de la vida humana no se cierra con la muerte abrió nuevas y sugerentes perspectivas para la antropología y permitió una mejor comprensión del problema del sufrimiento. Este puede tener un sentido expiatorio y cabe aceptarlo de buen grado por el bien de los demás. Así lo manifiesta otro de los hermanos mártires: “Yo, como mis hermanos, entrego mi cuerpo y mi vida por las leyes de mis padres invocando a Dios para que pronto se muestre propicio con nuestra nación” (2 M 7, 37).

De este modo, poco a poco y de un modo gradual se fue recorriendo el camino de preparación necesaria para que se pudiera entender la figura y la misión de Jesús. El avance en la Revelación que testimonian estos libros permitió entender que los sufrimientos de un justo, Jesús, tenían un sentido para el bien de los hombres; hizo posible hablar de la resurrección, no sólo de Jesús sino también de todos los hombres; permitió que se pudiera alimentar el deseo de “estar con Cristo” (Fil 1,23) sin esperar a la resurrección universal.

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