El diluvio (Gen 6,1-9,17)

Haremos una división de la perícopa Gen 6-9,17 en dos partes:

  1. el preámbulo del diluvio: el pecado de los hijos de Dios (Gen 6,1-4)

  2. el diluvio mismo, cuyo efecto es la renovación del mundo (Gen 6,5-9,17)

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1) El Preámbulo del diluvio: el pecado de los hijos de Dios (Gen 6,1-4)

6, 1 Cuando la humanidad comenzó a multiplicarse sobre la faz de la tierra y les nacieron hijas, 2 vieron los hijos de Dios que las hijas de los hombres les venían bien, y tomaron por mujeres a las que preferían de entre todas ellas. 3 Entonces dijo Yahvé: «No permanecerá para siempre mi espíritu en el hombre, porque no es más que carne; que sus días sean ciento veinte años.» 4 Los nefilim existían en la tierra por aquel entonces (y también después), cuando los hijos de Dios se unían a las hijas de los hombres y ellas les daban hijos: éstos fueron los héroes de la antigüedad, hombres famosos.

Los hijos de Dios (6,1-2)

Con este pasaje el autor sagrado pretende describir la corrupción de la humanidad por ser esta la causa del diluvio (6,5.7.13).

¿Quiénes son los hijos de Dios? Esta expresión se usa en la Biblia (Sal 82,6; Sab 5,5) o expresiones análogas en (Jer 3,14-19; Os 11,1; Is 1,2; 30,1-9; Sal 73,15). Con esta expresión se quiere significar la parte más noble de la humanidad, la que constituía el pueblo elegido de aquellos remotos tiempos, la porción de la humanidad que mejor conocía a Dios y de la que Dios cuidaba más especialmente. ¿Quienes son las hijas de los hombres? Son sencillamente las jóvenes. Lo que que se quiere decir es que entre los elegidos se difundió una concepción totalmente hedonista del matrimonio; la elevada idea de la mujer (Cf. 2,23s), se había perdido: como consecuencia vino la poligamia y quizá se generalizaron las parejas de hecho o uniones inestables.  También hay otra idea que ve en los hijos de Dios a los varones en general, en cuanto que Adán fue creado directamente por Dios y las hijas de los hombres a las mujeres en general, en cuanto que proviene de Adán.

La interpretación más corriente es que los hijos de Dios son los descendientes de Set, mientras que las hijas de los hombres son los descendientes de Caín. Se indicaría así la fusión de las dos ramas y la consiguiente corrupción de los setitas. Esta es la opinión más unánimemente sostenida por la patrística antigua y medieval.

El límite de los 120 años (6,3)

Ante el panorama de corrupción generalizada, Dios pronuncia su juicio: el hombre no es más que carne (basar). Para el AT la carne (basar) no es algo malo, por eso no debe interpretarse en el sentido que a nosotros nos parece obvio de que el hombre se ha dejado llevar por los instintos y por eso ha quedado inmerso en el mal. No, a lo que se contrapone carne es a espíritu (Ez 10,12; Is 40,6s; 31,3); lo que se expresa el juicio de Dios es: el hombre sin el espíritu que proviene de Dios y le da la capacidad de hacer cosas grandes y hermosas vuelve a caer en el polvo, al haber renegado voluntariamente de lo que constituye su fuerza, ahora solamente es carne.

Juntamente con su juicio emite Dios su sentencia: No permanecerá para siempre mi espíritu en el hombre… que sus días sean 120 años. Se trata de una condena de muerte: el hombre, es decir el género humano, habrá de perecer dentro de 120 años; en este contexto está fuera de duda que este plazo de vencimiento se refiere al diluvio. Es un tiempo para el arrepentimiento, fruto de la misericordia de Dios.

Los gigantes (6,4)

Los gigantes o nefilim se encuentran también en Nm 13,33 y significan en aquel contexto una raza de hombres de gran estatura que habitaba en la tierra de Canaán. Se remacha su carácter humano y no mitológico.

Está claro que el texto actual no quiere presentar a estos gigantes como fruto de aquellas uniones (que quizá en un primer momento vino planteada como la fusión de seres sobrenaturales con las mujeres humanas). El autor sagrado quizá ha reelaborado el antiguo texto de un modo original y bastante radical. Más aún parece negar este origen mitológico al decir que existieron también después del diluvio sin tener nada que ver aquellos con estos, por lo que el origen debe ser otro al propuesto por esa tradición mitológica oriental.

Resumiendo, el pecado se atribuye exclusivamente a los hombres y no a seres divinos o angélicos, y el origen delos gigantes queda en la sombra


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