Las grandes etapas de la redacción del pentateuco

Este apartado nos permitirá entender mejor el sentido interpretativo de este pasaje de la caída. Israel como cualquier otro pueblo contaba desde tiempo inmemorial con relatos para rememorar sus historia. Disponía de leyes para regular su vida social y poseía textos litúrgicos para celebrar el culto. Disfrutaba con las enseñanzas sapienciales trasmitidas por los sabios y recordaba los oráculos proféticos que exigían fidelidad a los preceptos divinos. Nabucodonosor, rey de Babilonia en tres ocasiones atacó Jerusalén (597; 587; 582; cf. Jr 52,30) y deportó a parte de la población a la capital del imperio, Babilonia. Allí los deportados meditaron sobre las causas de sus desgracias. En el año 538 Ciro conquistó Babilonia y permitió a los judíos que lo desearan regresar a su patria. Asentados de nuevo en Israel, los judíos emprendieron la tarea de escribir su historia de nuevo, para lo cual contaron con tres tipos de elementos: 1) las tradiciones anteriores al exilio, consistentes en materiales históricos, jurídicos y cultuales, sapienciales y proféticos; 2) habían aprendido también muchas cosas nuevas de la cultura babilónica durante su estancia allí; 3) y sobre todo, habían comprendido que la razón última o religiosa del desastre israelita radicaba en la desobediencia a los preceptos divinos. La primera generación retornada de Babilonia a Jerusalén comenzó a componer la historia del pueblo para evitar una nueva caída en los mismos errores. La historia se fue enriqueciendo gracias a las aportaciones de sacerdotes e historiadores durante la época persa (538-333). La historia redactada alcanzó un volumen considerale: comenzaba en Gn 12,1 (bendición de Abrán) y terminaba en 2 R 25,27-30 (cuando el rey de Babilonia rehabilita a Jeconías dándole un trato preferencial). Tenía un buen origen y un buen final. Se ponía de manifiesto que a pesar de los pesares Dios no deja de preocuparse por su pueblo.

Imaginemos ahora la lectura solemne de esta historia ante el pueblo. Los israelitas la escuchan con atención y quedan admirados de la actuación salvadora de Dios, pues aunque los pecados de los israelitas fueran innumerables, el Señor llamó a Abrán, liberó a Israel de la esclavitud de Egipto, estableció un pacto con el pueblo en el Sinaí, regaló a Israel la tierra prometida, trabó una alianza con David y al final incluso Jeconías, rey deportado, recibió un trato favorable. La conclusión era clara: Dios es tan bueno que ni siquiera el pecado humano puede eclipsar su misericordia. Pero enseguida surgió una pregunta: ¿Cómo es posible que, si Dios es tan bueno, exista el mal en el mundo? Efectivamente la historia estaba incompleta y los autores carecen de respuesta inmediata. Es probablemente entonces cuando surge la idea de colocar un prólogo a su historia , una introducción que describa las verdades fundamentales de hombre y del mundo. Los autores inspirados de Gn 1-11 recogieron materiales y tradiciones antiguas también de los pueblos vecinos y las reelaboraron profundamente hasta adaptarlas a su función de prólogo de la historia de Israel. Este prólogo tiene la misma idea de fondo que el resto de la historia de Israel: pone de manifiesto que la misericordia de Dios es más fuerte que el aguijón del pecado: a pesar del pecado de Adán y Eva Dios les cuida regalándoles túnicas de piel y tras la dispersión de Babel el Señor se fijará en Abrán para reiniciar su proyecto.

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