Los milagros y la autoridad de Jesús

En los evangelios se relata que Jesús hace milagros.

En el Antiguo Testamento ya se narraban prodigios realizados por profetas como Elías y Eliseo, por no hablar de los protagonizados por Moisés o Josué.

También en la literatura antigua, tanto judía como helenística, se cuentan portentos de algunos personajes. Quienes buscan negar la veracidad de los milagros de Cristo -y, en general, de todos los que aparecen en la Escritura-, suelen apoyarse en estos últimos para afirmar que los relatos de hechos milagrosos implican un género literario de ficción, tal vez dirigido a exaltar un personaje histórico. Pero las similitudes dejan pronto paso a profundas divergencias, que constituyen signos de la credibilidad y de autenticidad de los evangelios.

  • En primer lugar, los milagros de Jesús sorprenden por su verosimilitud respecto a los de otras tradiciones. Los evangelios hablan, sí, de portentos; pero nada hay de exagerado en cómo los describen. Un ciego recobra la vista; un cojo empieza a andar… Se aprecia, en la sencillez del relato, que se está muy lejos de pretender exaltar una figura; son relatos ajenos a toda aparatosidad, y en los que se refleja la vida cotidiana de los protagonistas.
  • También llama la atención la autoridad que Jesús ejerce cuando los realiza. Los prodigios narrados en la literatura rabínica se obtienen después de largas oraciones. Él, en cambio, los hace con su propio poder, con una palabra o un gesto, y el efecto se sigue casi siempre de modo inmediato.
  • Otra característica única es la discreción de Jesús: rara vez toma la iniciativa, se muestra reticente, manda que no se divulgue… Incluso en ocasiones dice el texto sagrado que no pudo hacer milagros (cfr. Mt 13,18; Mc 6,50), porque no encontró en los interesados las disposiciones espirituales adecuadas.
  • Por último, es importante notar cómo los milagros de Cristo poseen siempre un sentido que trasciende el mero efecto físico. El Señor no cede al gusto de los hombres por lo maravilloso, o a la curiosidad: busca la conversión del alma, quiere atestiguar su misión. Jesús hace ver que no son simples prodigios; para realizarlos, exige la fe en su Persona, en la misión que el Padre le ha confiado.

La autoridad de Jesús, sin embargo, no se manifiesta sólo en su modo de hacer milagros. Aparece todavía más límpidamente en su modo de disponer de La Ley y de la Tradición: las interpreta, profundiza y corrige.

Éste es otro rasgo diferenciador, que no se encuentra en ningún otro testimonio de la época; la originalidad de esta actitud, patente en las enseñanzas recogidas en los evangelios, sólo se explica por el carácter único del Maestro, por su fuerte personalidad y doctrina.

Este poder sobre la Ley se percibe cuando se examina cómo Él la cumple fidelísimamente. Por una parte, en ese cumplimiento Cristo muestra unas exigencias que van hasta lo más profundo del corazón, trascendiendo cualquier asomo de formalismo. Es cierto que Jesús mantiene la ley, pero la interpreta según un espíritu nuevo que, al mismo tiempo que la cumple, la supera; trae un vino nuevo que rechaza componendas con los odres viejos. Por otra parte, esto lo hace como un legislador que habla en nombre propio, superando a Moisés. Lo que Dios había dicho a través de Moisés, lo perfecciona su Hijo Unigénito.

Jesús inaugura una nueva era, la del Reino anunciado desde hacía mucho tiempo por los profetas: destruye el Reino de satanás arrojando los espíritus con el dedo de Dios (cfr. Lc 11,20). La mesianidad de Jesús no puede ser una invención de sus discípulos ideada después de la Pascua: la tradición evangélica contiene tantos recuerdos sólidos y armónicos de su vida pública que no es posible rechazarlos diciendo sencillamente que se trata de una creación póstuma, fruto de una presunta ideologización apologética. Las enseñanzas de Cristo son inseparables de la autoridad con que las proclama.

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