Noción y existencia de la inspiración bíblica

NOCIÓN

Como una primera aproximación, podría decirse que la inspiración bíblica es un carisma sobrenatural, dado por Dios a ciertos hombres en el seno del Pueblo de Dios del A.T. y del N.T., para consignar por escrito, con validez general y pública, aquellos misterios de Dios y de su intervención en la historia de la salvación humana, que Dios ha querido que fuesen de ese modo entregados a su Iglesia, por causa de nuestra salud y santificación.

La inspiración divina es, pues, el constitutivo necesario para que un libro forme parte de la Biblia. La inspiración divina de un escrito es previa y necesaria para que ese escrito sea canónico, es decir, perteneciente (canon) a la Biblia. 

Constatación de la existencia de la inspiración

Consta documentalmente que, al menos desde los últimos siglos del A.T., en el pueblo de Israel se había recibido una colección de libros con el nombre de libros santos o Escritura Sagrada (cfr. 1 Mac 12,9; 2 Mac 8,23). En tiempo de Jesús, los escribas o doctores judíos reconocían pacífica y unánimemente un valor absoluto y sagrado a tales libros. En el uso litúrgico (ceremonias del Templo de Jerusalén y reuniones en las sinagogas) se leían, comentaban y veneraban tales libros, con inclusión de ritos purificatorios tras su lectura. Todo ello implica el reconocimiento de que tales libros tienen origen y carácter divinos.

Toda la Tradición de la Iglesia, contenida en 1) los testimonios literarios de los Santos Padres, en 2) los documentos del Magisterio eclesiástico desde los orígenes hasta nuestros días, en 3) los teólogos y expositores de la fe cristiana de todos los siglos, así como en 4) algunos textos de la misma S.E., etc., es unánimemente concorde en tener como cierto el hecho de la inspiración divina de unos libros determinados. La cadena de citaciones a este respecto sería casi interminable. Esta seguridad es la que se transmite en cánones como este del conc. Vaticano I:

«si alguien no recibiere como sagrados y canónicos los libros de la Sagrada Escritura, íntegros, con todas sus partes, según recensionó el Santo Concilio Tridentino, o negare que tales libros han sido divinamente inspirados, sea anatema» (cfr. Denz.Sch. 3029).

Y es que la aceptación de la inspiración y carácter divino de los libros que integran la S.E., es una cuestión de fe divina y católica, es decir, parte integrante del dogma católico.

Las declaraciones al respecto de la Tradición son tan constantes y numerosas, que nos eximimos de toda cita. Limitémonos a reproducir dos textos de la misma S.E.:

«Toda Escritura divinamente inspirada (theopneustos) es útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia» (2 Tim 3,16).

«Ninguna profecía de la Escritura es de interpretación particular, pues la profecía no ha sido proferida en los tiempos pasados por voluntad humana, antes bien, movidos por el Espíritu Santo, hablaron de parte de Dios los hombres» (2 Pet 1,20-21).


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