1.- Señalar qué lugar se asigna en la Const. Dogm. Dei Verbum a la Sagrada Escritura en el marco de la Revelación (c.1-3) y en el marco de la vida de la Iglesia (c.4-6)

Para ubicar la Sagrada Escritura en el marco de la Revelación, conviene hacer una primera consideración: La Revelación se transmite a todos los hombres a través de la Sagrada Escritura (apoyada en la Tradición, y acotada por el Magisterio).

Dispuso Dios benignamente que todo lo que había revelado para la salvación de los hombres permaneciera íntegro para siempre y se fuera transmitiendo a todas las generaciones.

Con respecto a la Revelación, la Sagrada Escritura marcha de forma paralela, es decir, recogiendo la Palabra de Dios conforme ésta es revelada, y recogiendo los hechos que Dios hace entre los hombres. De este modo, Dios nos transmite lo que nos quiere transmitir antes de la venida de Cristo, e inspira a los escritores para que dejen constancia de ello a las futuras generaciones. Y con la venida de Cristo se culmina este proceso, es decir, la Revelación y la Sagrada Escritura. La Sagrada Escritura proviene de un pasado real, pero no solo de este pasado, sino que también viene de la eternidad de Dios, y nos conduce hacia esta.

La economía cristiana, por tanto, como alianza nueva y definitiva, nunca cesará, y no hay que esperar ya ninguna revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo (cf. 1 Tim., 6,14; Tit., 2,13).

Y para que la Palabra de Dios se transmita fielmente de generación en generación, los Apóstoles legaron sus poderes nombrando Obispos. La Sagrada Tradición es el vehículo de transmisión de la palabra de Dios a los sucesores de los Apóstoles. Sagrada Tradición y Sagrada Escritura son inseparables, pues la una se apoya en la otra. La canonicidad de los libros (es decir, los libros que se incluyen como parte de la Sagrada Escritura) viene determinada por la Tradición. Esta Tradición está iluminada también por el Espíritu Santo, para salvaguardarla de error.

La Iglesia, en su doctrina, en su vida y en su culto perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que ella es, todo lo que cree.

La Iglesia está viva, y su clara misión es mostrar a todos los hombres el camino a la Vida, y llevarlos a esta. Su mensaje, contenido en la Tradición y Escritura es y será siempre el mismo. Y el encargado de determinar qué es y qué no es Palabra de Dios es el Magisterio de la Iglesia, con la autoridad de Jesucristo, bajo la luz del Espíritu Santo.

El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios escrita o transmitida ha sido confiado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en el nombre de Jesucristo. Este Magisterio, evidentemente, no está sobre la palabra de Dios, sino que la sirve, enseñando solamente lo que le ha sido confiado, por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo la oye con piedad, la guarda con exactitud y la expone con fidelidad, y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como verdad revelada por Dios que se ha de creer.

De este modo podemos ver como los medios de transmisión de la Revelación a los hombres son tanto Tradición, Sagrada Escritura y Magisterio, siempre guiadas por el Espíritu Santo, buscando la salvación de los hombres.

Entrando en la importancia de la escritura en la vida de la Iglesia, ésta siempre ha mantenido la enorme importancia del conocimiento de esta. Junto con la Tradición, la Sagrada Escritura nos muestra el origen de los Sacramentos, cuyo fundador, Jesucristo, aparece retratado. Para todo cristiano es fundamental conocer la vida de Jesús, y esta se contiene en los Evangelios.

Siempre las ha considerado y considera, juntamente con la Sagrada Tradición, como la regla suprema de su fe, puesto que, inspiradas por Dios y escritas de una vez para siempre, comunican inmutablemente la palabra del mismo Dios, y hacen resonar la voz del Espíritu Santo en las palabras de los Profetas y de los Apóstoles.

El Antiguo Testamento es una preparación del Nuevo, y se palpa en toda su extensión ese encaminamiento hacia la plenitud, que llega con Cristo. Y en el Nuevo se puede observar la complementariedad con el Antiguo, llevándolo a su plenitud.

De igual forma el Santo Concilio exhorta con vehemencia a todos los cristianos en particular a los religiosos, a que aprendan “el sublime conocimiento de Jesucristo”, con la lectura frecuente de las divinas Escrituras

Todo cristiano debe conocer muy bien la vida del Maestro, para aplicarla a su vida y transmitirla a los demás. Y especialmente los que tienen misión específica de predicación pastoral o catequesis deben empaparse asiduamente de esta lectura.

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