3.- Algunos temas que aparecen en el documento “El Pueblo de Dios y sus Escrituras Sagradas en la Biblia cristiana”

biblia abiertaTiene bastante interés considerar conjuntamente la interpretación de la Sagrada Escritura que tienen los judíos antes de la venida de Cristo con la de los cristianos tras su resurrección. Con este objeto, apoyándome en el segundo apartado del documento “El Pueblo de Dios y las Escrituras Sagradas en la Biblia cristiana”, escribo estas líneas.

Antiguo Testamento y Nuevo Testamento van de la mano. El primero conduce hacia el segundo, y el segundo lleva a plenitud el primero, cumpliéndose las promesas que en el primero aparecen. Desde el principio del cristianismo se realizaron incluso interpretaciones alegóricas del Antiguo, llevando a un enriquecimiento en aplicaciones a la vida cristiana. Pero muchas enseñanzas sacadas a partir de interpretaciones alegóricas no podían tener una base sólida de argumentación. Así lo percibió Sto. Tomás de Aquino, estableciendo que sólo a partir del sentido literal se puede argumentar válidamente. La teología contemporánea trabaja para refundar una interpretación cristiana del Antiguo Testamento, dado el riesgo que existe hoy en día de negar toda la exégesis patrística.

Entrando de lleno en el tema de la Revelación, Dios habla a los hombres transmitiéndoles lo que deben conocer para salvarse, de modo progresivo, como también progresivamente va hablando de sí mismo. Así, la expresión de Dios como único comienza a defenderse como monoteísmo radical (es decir, que no hay otros dioses) a partir del exilio. Antes, esta expresión no excluía la existencia de otros dioses. Dios se muestra como creador de todo lo que existe, y como providente, acompañando a su pueblo a lo largo de la historia, y siéndole siempre fiel, a pesar de las infidelidades que recibe a cambio. Con Cristo se da la nueva creación, y se da cumplimiento a las promesas de Dios en el Antiguo Testamento a través de los profetas (que por cierto, eran conscientes de ser instrumentos de Dios, y de transmitir su mensaje).

Desde el Génesis se deja clara la gran dignidad asociada a la persona humana, como hecha a imagen de Dios. Ésta llega a su plenitud con la venida de Cristo al mundo, que nos convierte en hijos de Dios en Cristo. Dicha venida era necesaria para librarnos del pecado, causa de la miseria humana en su apartarse de la Voluntad de Dios para con todas la cosas y de esta lamentable situación da buena cuenta S. Pablo en varias de sus cartas. Génesis, Exodo, Sabiduría… en todo momento queda patente la solicitud paternal de Dios para con su pueblo, liberándolo de la esclavitud, castigándolo para que vuelva a Él, prometiéndole la salvación, hablando directamente a los profetas, etc. En el NT, Dios mismo se hace carne para dejar claro su Amor por los hombres muriendo en la cruz. El título de Salvador se le aplica aquí sólo a Jesús o a Dios, y especialmente tras la resurrección. La promesa de salvación que Dios hace a su pueblo, se extiende con Cristo a toda la humanidad.

Dios elige a su pueblo y exige de él una respuesta. Escoge un pueblo pequeño situado entre grandes imperios, para dejar claro que Él es el que hace las cosas. Constituye a Israel como depositario de su promesa de salvación del mundo. La convicción de pueblo escogido por Dios es una base que se expresa también en el NT. Y a pesar de que esta salvación está dirigida en primer lugar a los judíos, y después al resto, la fuerte oposición que Dios encuentra por parte de los dirigentes del Pueblo de Israel hace que en muchas ocasiones la predicación se oriente antes a los gentiles (así lo atestigua S. Pablo). El nuevo Pueblo de Dios es la Iglesia, de la que es figura Israel en el AT, y de este modo habla S. Pedro en su carta. De todos modos, Israel no se convierte por ello en repudiado, y la Iglesia lo reconoce como “hermano mayor”, por encima de todas las demás religiones.

La Alianza de Dios es progresiva y unilateral: Noe, Abraham, Moisés… son depositarios de sendos compromisos que Dios, gratuitamente, hace con su Pueblo. Frente a esto, lo único que espera es agradecimiento y una respuesta de obediencia sincera, y esto no siempre se da. La historia de la relación entre Dios y su Pueblo es un continuo acercamiento y alejamiento de los hombres frente a Dios, que siempre es fiel. Nuevos compromisos en Deuteronomio, con el rey David, del que saldrá el salvador, y con Jeremías, para volver a empezar. En el NT, Cristo establece la nueva alianza con su sangre. Así lo atestiguan los numerosos textos de cartas que pertenecen al NT:

La conclusión que se deduce de todos esos textos es que los primeros cristianos tenían conciencia de encontrarse en profunda continuidad con el designio de alianza manifestado y realizado por el Dios de Israel en el Antiguo Testamento.

Israel sigue encontrándose en una relación de alianza con Dios, porque la alianza-promesa es definitiva y no puede ser abolida. Pero los primeros cristianos tenían también conciencia de vivir en una etapa nueva de aquel designio, etapa que había sido anunciada por los profetas y que acababa de ser inaugurada con la sangre de Jesús, “sangre de alianza”, en cuanto que derramada por amor (cf. Ap 1,5b-6).

Entrando ahora en el capítulo de la Ley, ésta la pone Dios para dar unas pautas de conducta encaminadas a la felicidad de los hombres. Dios no exige una obediencia para nada, sino para el bien del hombre. Acerca de la observancia de esta ley tiene S. Pablo grandes reflexiones, dada su gran experiencia personal en este campo. Como insiste Jesucristo, la ley debe ser observada a la luz del primer y principal mandamiento: Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo.

Dios escucha a su pueblo, y con este fin existe la oración: Para entrar en contacto con Dios. En el AT hay múltiples ejemplos de cómo Dios escucha las súplicas y cambia, aparentemente, de parecer en algunas de sus decisiones. También da pautas sobre lugares sagrados más apropiados para dirigirse a Él (santuarios), y de tiempos y días a Él consagrados. Espacios, posturas, objetos, etc. son objeto de instrucciones en este campo. Los salmos constituyen el núcleo del AT, y expresan en sus muy diversas formas el diálogo del hombre con Dios, y Dios con éste. En todo esto Jerusalén toma un lugar principal, dado que el templo se encontraba allí.

Los Evangelios muestran a menudo a Jesús en oración. Su amor filial a Dios, su Padre, le impulsaba a dedicar mucho tiempo a esta actividad. Se levantaba muy pronto para rezar, incluso después de una noche iniciada muy tarde a causa de la afluencia de gente con sus enfermos (Mc 1,32.35). A veces pasaba toda la noche en oración (Lc 6,12). Para orar mejor, se aislaba ” en lugares desiertos ” (Lc 5,16) o subía ” a la montaña ” (Mt 14,23). Lucas muestra cómo los momentos más decisivos del ministerio de Jesús fueron preparados o acompañados por una oración más intensa: su bautismo (Lc 3,21), la elección de los Doce (6,12), la cuestión planteada a los Doce sobre su identidad (9,18), su transfiguración (9,28), su Pasión (22,41-45).

La raíz de la oración en el NT está precisamente en Jesús, y su trato filial y continuado con Dios Padre. También aparece recitando salmos del AT, uniendo una vez más AT y NT. Y al mismo tiempo que aparece la oración de Jesús, aparece también la oración a Jesús, por parte de personas que aparecen en su camino. Desde el comienzo de la Iglesia se observa como los primeros cristianos sustentaban todo en la oración, y confiaban en ella ante cualquier dificultad y como necesidad para todo hombre.

Las infidelidades de los hombres para con Dios, y la respuesta de éste, siempre fiel, aparecen ampliamente retratadas en el AT, así como en el NT. Dios castiga a Israel, le manda nuevos profetas, le da pruebas de que Él es Dios, y trata siempre de dar nuevas oportunidades (Sin quitar el castigo, que muchas veces se manifiesta de forma indudable). En el NT, cuando algunos de las primeras comunidades cristianas se apartan de la verdad, se puede observar como S. Pablo les manda cartas exhortándoles a reportarse y volver al buen camino.

Dios promete a Abraham descendencia innumerable, y cumple su promesa. Aparecen muchas mas promesas, de las cuales la mas importante es la de enviar al Mesías, incluyendo de este modo la promesa de salvación. Así, los judíos cristianos son hijos de la carne y de la promesa, y los gentiles hijos de la promesa. Dios promete un lugar donde asentarse para su pueblo: la tierra prometida. Del mismo modo, en el NT Jesús promete la Tierra a los mansos en un sentido más amplio que el geográfico, refiriéndose al Reino de los Cielos.

Dicho tema del Reino de los cielos aparece en el AT sobre todo en el Salterio, presentando a Dios como Rey de todas las naciones. De esta importancia secundaria, pasa a ser un tema capital en el NT. La concepción material de este reinado arraigada en el pueblo de Israel, con centro en Jerusalén, da un giro radical con la predicación de Jesús: El Reino de Dios es de los que aman la Voluntad de éste y la cumplen.

El NT reconoce en Jesús de Nazaret al Mesías anunciado, al hijo de David, con el que se da plenitud a la promesa de salvación de Dios, y con el que se instaura la definitiva Alianza.

Conclusión:

Como ya indiqué en el comienzo del presente trabajo, AT y NT se complementan. Hay una triple relación entre ambos: de continuidad, discontinuidad y progreso en cuanto a Dios, el hombre y el pueblo. En el NT se cumplen las promesas de forma continuada con el AT, aparece una notable discontinuidad dado el alcance inimaginable de la Revelación, y el progreso de esta Revelación en cuanto a Dios como Padre, Hijo y Espíritu Santo, en cuanto al hombre mismo como hijo de Dios, y en cuanto al pueblo nuevo: la Iglesia.

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