La Gran Luz (Is 8,23b-9,6)

Este párrafo representa uno de los más grandes textos mesiánicos de Isaías. La ocasión del oráculo es la ocupación del reino del Norte por los asirios (732), y se les hace saber su liberación coincidiendo con la llegada de un nuevo rey y la instauración de un nuevo reino.

El comienzo (8,23b) presenta el oscuro cuadro de la ocupación asiria. Se describe luego el júbilo de los salvados (9,1-2), porque se ha instaurado el reino de la libertad y de la paz (9,3-4). De hecho ha nacido ya el niño real, que lleva nombres maravillosos (9,5). El vaticinio se cierra con la descripción de las características del nuevo reino davídico (9,6).

23b Como el tiempo primero ultrajó a la tierra de Zabulón y a la tierra de Neftalí, así el postrero honró el camino del mar, allende el Jordán, el distrito de los Gentiles.
9, 1 El pueblo que andaba a oscuras
vio una luz grande.
Los que vivían en tierra de sombras,
una luz brilló sobre ellos.
2 Acrecentaste el regocijo,
hiciste grande la alegría.
Alegría por tu presencia,
cual la alegría en la siega,
como se regocijan
repartiendo botín.
3 Porque el yugo que les pesaba
y la pinga de su hombro
-la vara de su tirano-
has roto, como el día de Madián.
4 Porque toda bota que taconea con ruido,
y el manto rebozado en sangre
serán para la quema,
pasto del fuego.
5 Porque una criatura nos ha nacido,
un hijo se nos ha dado.
Estará el señorío sobre su hombro,
y se llamará su nombre
“Maravilla de Consejero”,
“Dios Fuerte”,
“Siempre Padre”,
“Príncipe de Paz”.
6 Grande es su señorío, y la paz no tendrá fin
sobre el trono de David y sobre su reino,
para restaurarlo y consolidarlo
por la equidad y la justicia.
Desde ahora y hasta siempre,
el celo de Yahvé Sebaot hará eso.

Pasado y porvenir (8,23b)

23b Como el tiempo primero ultrajó a la tierra de Zabulón y a la tierra de Neftalí, así el postrero honró el camino del mar, allende el Jordán, el distrito de los Gentiles. Se trata de un contraste entre el pasado y el futuro, la humillación y la glorificación. Se alude aquí a los dolorosos hechos del 732, cuando Teglatfalasar III, rey de Asur, (a quien pidió ayuda el temeroso rey Ajaz de Judá), invadió y ocupó el reino de Damasco y las regiones del norte del reino de Israel. Las tribus de Zabulón y Neftalí estaban allí establecidas.

Como el tiempo primero, está en oposición con así el postrero. De igual modo se oponen ultrajó, referido a la invasión asiria, y honró, en el futuro.

Se dan tres títulos a esta región: el camino del mar (puede referirse a la gran vía de comunicación que desde Damasco, cruzando la Galilea, llegaba a Akko, en el Mediterráneo; aunque para otros mar podría referirse al lago de Tiberiades y entonces este camino sería el que rodeaba al mismo lago), allende el Jordán, el distrito de los Gentiles (el nombre de Galilea proviene de esta expresión, Gentiles = goyim).

Conviene recordar que Mt 4,15s ve en la proclamación del reino de Dios en Galilea el cumplimiento de este oráculo; esta sería la honra profetizada por Isaías, que Dios daría a esta tierra.

Tinieblas, luz y alegría (9,1-3)

9, 1 El pueblo que andaba a oscuras
vio una luz grande.
Los que vivían en tierra de sombras,
una luz brilló sobre ellos.
2 Acrecentaste el regocijo,
hiciste grande la alegría.
Alegría por tu presencia,
cual la alegría en la siega,
como se regocijan
repartiendo botín.
3 Porque el yugo que les pesaba
y la pinga de su hombro
-la vara de su tirano-
has roto, como el día de Madián.

9,1 se construye también a base de un contraste entre tinieblas y luz. El pueblo es el mismo del que se habla anteriormente; pero por los versículos siguientes se ve que el profeta, se refiere a todo el pueblo hebreo; es más, va más allá del concepto de nación particular. Tinieblas y luz son dos metáforas. Las tinieblas significan el estado de desolación y de angustia en que se encuentra el pueblo oprimido y acosado por el extranjero. La tierra de sombras trae a la memoria el Seol, el mundo subterráneo. La gran luz que el pueblo ve es la salvación llevada a cabo por Yahvé. Implica ésta la liberación del enemigo y la abundancia de bienes. En algunos textos se identifica la luz con la presencia de Dios, luz que aniquila a los enemigos (cfr. Is 10,17: Sa127,1; 50,2; 104,2). El tono hímnico del versículo anticipa ya la celebración de la gran obra de Yahvé. La antítesis tinieblas-luz es frecuente en Isaías (cfr. Is 5,20; 13,10; 58,9.10; 60,20) y, en general, en el AT (cfr. Lam 3,2; Job 15,22, etc.). Recuérdese que en el NT la luz, especialmente en el evangelio de Juan, se identifica con Cristo (cfr. Lc 2,32; Jn 1,4s; 3,19; 9,5; 12,35).

El concepto de luz se continúa con el de alegría (2). La aparición de la luz provoca una gran alegría. Esta viene comparada con la que acompaña a la cosecha y al reparto del botín. Los hebreos celebran la recolección con el ritual de alegría (cfr. Lev 23,40; Dt 16,14; Sal 4,8; 126,6). La fiesta de la recolección era la segunda fiesta anual, después de la Pascua y antes de los Tabernáculos. Se llamaba también fiesta de las semanas y su característica era la alegría (Dt 16,11). La misma nota de alegría era el reparto del botín por parte de los victoriosos (cfr. Jos 5,30; Sal 68,13; 119,162).

El motivo, porque, del gran júbilo es la liberación de la opresión extranjera: 3 Porque el yugo que les pesaba y la pinga de su hombro -la vara de su tirano- has roto, como el día de Madián. Vemos como para referirse al dominio asirio se emplean tres figuras tomadas de la agricultura: 1) el yugo era un instrumento de madera, pero a veces también de metal, colocado sobre el cuello de los bueyes para domarlos (cfr. Jer 23,13); 2) la vara y 3) la pinga eran instrumentos mediante los cuales se sujeta el yugo al cuello. En la práctica ambos términos son sinónimo de yugo y sirven para, describir, como figuras de dureza y vigilancia, la dura tiranía del vencedor asirio. Este yugo es directamente roto por Yahvé. Y se compara la victoria con la estrepitosa victoria de Gedeón sobre los madianitas en llanura de Jezreel (cfr. Jos 7,16-25). Efectivamente, aquella guerra se había vuelto proverbial entre los israelitas (Is 10,26; Sal 83,10s), porque se había conseguido sin luchar y, por consiguiente, se atribuía únicamente a la ayuda de Yahvé.

133Fin de la guerra (9,4)

4 Porque toda bota que taconea con ruido,
y el manto rebozado en sangre
serán para la quema,
pasto del fuego.

El v. 4 comienza con otro porque y sirve también para justificar la gran alegría del v. 2. En los tiempos futuros terminará no sólo la opresión, consecuencia de las guerras de ocupación, sino la guerra misma. Toda bota que taconea con ruido y todo manto rebozado en sangre serán para la quema, pasto del fuego. Se habla así de un desarme general, no impuesto por el vencedor (cfr. 1 Sam 13,19-22), sino querido por Yahvé, que extenderá su reino pacífico sobre toda la tierra (cfr. Is 2,4; 11,6-9; Zac 9,10).

El niño admirable (9,5)

5 Porque una criatura nos ha nacido,
un hijo se nos ha dado.
Estará el señorío sobre su hombro,
y se llamará su nombre
“Maravilla de Consejero”,
“Dios Fuerte”,
“Siempre Padre”,
“Príncipe de Paz”.

El verdadero y definitivo porque de la paz universal, de la alegría y de la liberación de toda opresión se da en este v. 5, en el que culmina la perícopa. Se trata del nacimiento de un niño prodigioso. Los términos criaturahijo se entienden obviamente de la venida al mundo de un recién nacido. Es de advertir que no se habla ni del padre ni de la madre, sino que el nacimiento es considerado como un don de Dios. Este es también el significado de los verbos en estado pasivo. El profeta se une al pueblo (nos) para saludar al recién nacido portador de salvación para él y para sus contemporáneos.

El niño es un príncipe y, dado que en Judá no existía sino la descendencia davídica, se trata de obviamente de un descendiente de estirpe davídica. El término hammiSrâ, que aparece también en el v. 6, tiene el significado concreto de gobierno, soberanía, imperio, señorío.

Los títulos que se dan al niño significan sus cualidades personales y las prerrogativas de su reino. Los títulos son cuatro, compuestos cada uno de dos palabras: Maravilloso Consejero, Dios Fuerte, Siempre Padre, Príncipe de la Paz. Los títulos emparejados no forman una frase que pudiera descomponerse en sujeto y predicado, sino que guardan la relación de nombre y adjetivo.

  • El 1º título: Consejero: quiere decir que el niño no necesitará de ningún consejero. Es tan rico en prudencia y sabiduría para hacer proyectos extraordinarios, que obtienen su objetivo, porque Dios guía sus pensamientos (cfr. Is 25,1; Sal 20,5). Este título es un atributo divino (cfr Is 29,14) y el nombre Maravilloso hace referencia a actos reservados al poder divino, como ocurrió en el éxodo (cfr. Sal 27,12; 29,14; Jue 13,18).
  • El 2º título: Dios Fuerte, significa que Dios es un héroe, que posee poder divino. Se presenta al rey como un perfecto comandante militar protegido por Dios. Esta frase, en otros pasajes, se refiere siempre a Yahvé, cuyo poder se celebra (cfr. Is 10,21; Jer 32,18; Nehem 9,32)
  • El 3º título: Siempre Padre, es de significado algo más ambiguo. Padre, puede significar: administrador de la casa real (cfr. Is 22,2; Jer 45,8), causa, productor (cfr. Job 38,28) o también fundador de una dinastía que no tiene fin, administrador paterno y celoso, cuyo cargo dura siempre.
  • El 4º título es Príncipe de la Paz. El término Príncipe se utiliza de ordinario para los funcionarios (cfr. 2 Sam 24,2; 1 Re 15,20; Dt 20,9, etc). La palabra Príncipe en este caso es sinónimo de Rey. La paz significa el conjunto de todos los bienes. El niño será, por tanto, el agente de Yahvé, encargado de asegurar el bienestar, la paz y la seguridad para su pueblo (cfr. Is 2,2s; 11,6-9).

En estos títulos se sintetizan y atribuyen al glorioso descendiente de David las máximas virtudes administrativas, militares y regias de los grandes de Israel (Consejero = Salomón; Fuerte = David; Padre = Patriarcas; Príncipe = Moisés). Los dos primeros títulos, reservados a Dios, reconocen al rey privilegios que se acercan, por así decirlo, a los de la divinidad. Por eso, los Padres de la Iglesia y la Liturgia cristiana aplican estos títulos directamente a Cristo.

El reino (9,6)

6 Grande es su señorío, y la paz no tendrá fin
sobre el trono de David y sobre su reino,
para restaurarlo y consolidarlo
por la equidad y la justicia.
Desde ahora y hasta siempre,
el celo de Yahvé Sebaot hará eso.

El v. 6 nos da el motivo por el que el niño recibe esos magníficos títulos. Tal vez se trata de una amplia perspectiva de gobierno. El reino de David se afirmará sobre sus fundamentos. La dinastía será consolidada; la paz, fruto del derecho y de la justicia, durará para siempre. El juicio y la justicia aparecen con frecuencia como fundamentos del Reino de Yahvé (cfr. Sa1 89,15; 97,2). En Israel el rey no tenía poder legislativo, porque la única ley era la Torá, de origen divino. El rey debía limitarse a procurar su recta aplicación.

En la persona de este niño se verifican perfectamente y para siempre las promesas hechas por Dios a la dinastía davídica. El trono queda consolidado para siempre; el descendiente prodigioso de David es garantía de victoria y perpetuidad; el dominio aumenta en poder y en amplitud; la ley divina reinará soberana y los habitantes gozarán de paz y prosperidad para siempre. El último éstico afirma la seguridad de que el oráculo se cumplirá, porque el Dios poderoso intervendrá de manera especial: el celo de Yahvé hará eso. La palabra celo aquí significa el amor de Dios que cumple sus promesas.

El futuro rey ideal

Hay indicios de que el oráculo se refiere a un rey no contemporáneo sino futuro. No se habla de los padres del monarca, que aquí aparece como un don de Dios, fuera del marco concreto de la casa real contemporánea. Los tiempos verbales expresan la certeza del acontecimiento futuro, es decir, de la instauración de la era definitiva de paz y de justicia.

Con este oráculo tenemos la primera afirmación clara de la esperanza mesiánica individual. Estamos ante una síntesis creadora en la que se conjugan admirablemente la fe en un Dios que interviene en la historia para realizar sus planes de salvación y el oráculo de Natán, que prevé la permanencia de la dinastía davídica.

La dificultad de la interpretación mesiánica literal radica en la yuxtaposición del nacimiento del niño y la liberación de las regiones del norte. Se ha observado que el nexo entre 8,23-9,4 y 9,5 es fluido (el “porque” del v. 5 enlaza directamente con el v. 4).  El profeta, dentro de su perspectiva, ha puesto juntos dos acontecimientos que distan entre sí en cuanto al tiempo, pero que idealmente son próximos.

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