Contenido doctrinal del Libro de Habacuc

El problema del mal es el caballo de batalla de la fe monoteísta (el politeísmo tiene la ventaja de atribuirlo a un dios malvado). A esto hay que añadir que en una religión ética y no meramente cultual la injusticia también mancha a Dios. El profeta deberá ir superando una serie de obstáculos en su confesión de fe. Primero descubre una situación de injusticia en la que el malo se impone al justo y esto como va contra su fe, apela a Dios. Dios le responde que un pueblo extranjero (los caldeos) dictará la ley; se pasa así a un nivel histórico, de política internacional, pero el problema sigue intacto. La visión de Hab 2,3-4 pretende dar la solución: sólo cabe esperar con fe en la intervención histórica del Señor a favor de su pueblo… Habrá que esperar hasta la Cruz de Cristo parece el culmen del problema (el sufrimiento del justo) y de la solución (Resurrección y redención… nueva creación).

Las ideas de Habacuc (aunque con variantes son parecidas a las enseñadas por Nahún) podemos resumirlas así: Dios es el Señor de la Historia y rige los destino de los pueblos rectamente, aunque en ocasiones origine el desconcierto entre los fieles.

A) Dios Señor de la Historia.- El problema del mal triunfando sobre el bien ha preocupado a los hombres de todas las épocas; los autores sagrados lo afrontan con audacia: el libro de Job contiene un tratamiento más especulativo, como corresponde a un libro sapiencial; muchos salmos plantean el problema de forma más individualizada.

Habacuc, en cambio, como en parte había hecho Isaías (cfr Is 14,24-27), aborda el tema con categorías históricas: El pueblo, que ha pecado, merece ciertamente un castigo; pero ¿cómo puede Dios utilizar como instrumento a un pueblo, el asirio, que es infiel y más impío? Y, ¿cómo puede servirse para castigar a Asiria de otro pueblo, Babilonia, que le supera en impiedad y maldad?

B) El problema del mal.- La respuesta profética a este enigma no alcanza la profundidad del NT, con Cristo muriendo en la Cruz. Pero supone un claro avance, con una llamada a la fidelidad ( ‘emunah ) a Dios: el profeta reconoce y acepta la acción divina (3,18-19), aunque no llegue a comprenderla. Dios es el único Soberano y el único Justo (3,3); el piadoso ha de mantener la esperanza, aferrándose a los designios del Señor: «He aquí que sucumbe quien no tiene el alma recta, pero el justo vive por su fe» (2,4).

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