La noción de Culto, en el profeta Jeremías

Así como se duda del apoyo que Jeremías prestó a la reforma de Josías, también se discute su actitud ante el Templo. Algunos comentaristas, como Holladay, llegan a suponer que pronunció sus sermones en la celebración que cada siete años conmemoraba el hallazgo del Deuteronomio; otros como Rudolf, consideran a Jeremías como anónimo oponente del culto, basándose en algunas partes del discurso del Templo (cfr Jer 7,22-29).

Seguramente Jeremías, hijo de un sacerdote de Ananot (Jer 1,2) conocía bien el culto y lo fomentaba, aunque se oponía abiertamente a considerar las ceremonias y los objetos cultuales (por ej.: el Templo o el arca: Jer 3,14-18) como talismanes mágicos de una inmunidad política. Coincide también en este punto con la doctrina deuteronomista que supedita el culto a la obediencia a Dios. En efecto, el discurso del Templo (Jer 7,1-8,3) pronunciado probablemente en los primeros días del reinado de Joaquín, contiene la doctrina jeremiana sobre el culto:

  • a) Dios habita entre los suyos. Pero no tanto en templos edificados en Silo o Jerusalén, sino en el pueblo entero, siempre que su conducta sea perfecta (Jer 7,1-15; cfr Jer 26,1-10 y 22,1-5);
  • b) No puede compaginarse el templo con el culto idolátrico a dioses extraños, en concreto a Istar, la diosa de la fecundidad (Jer 7,16-20; cfr Jer 44,15-19);
  • c) Las ofrendas carecen de valor si no van acompañadas de la Palabra de Dios (Jer 7,21-29; cfr Jer 6,20 y 14,12);
  • d) El culto meramente externo conduce a las mayores aberraciones, como la inmolación de víctimas humanas a Molok. La condena será muy severa (Jer 7,30-8,3).

Jeremías, por tanto, no condena el culto, sino su falsa interpretación: ni son ritos mágicos que preservan del mal, ni pueden compaginarse con una conducta depravada.

c) La salvación gratuita.

Jeremías tiene conciencia de que el pecado implica la ruptura de las relaciones entre Dios y el hombre, y de que es la causa del desastre que va a sobrevenir. El, que ha sido enviado para exterminar y destruir, tiene también la misión de rehabilitar de nuevo, porque tiene autoridad para reconstruir y plantar (Jer 1,10). Con crudeza describe los pecados, grabados con buril de hierro en el corazón (Cfr Jer 17,1), que ni la lejía puede blanquear (Jer 2,21-22), como no puede cambiar el color el etíope (Cfr Jer 13,23).

El pecado causa la desgracia en los ignorantes y en los poderosos, en toda la nación (Cfr Jer 5,1-17); e incluso es el origen del caos en la naturaleza (Cfr Jer 4,23-26). Es el primer profeta que hace a los seres inanimados solidarios con la suerte de los hombres.

Puesto que el pecado conduce necesariamente al castigo y a la desgracia, sólo Dios puede conceder la salvación, y esto de modo gratuito. En efecto, la destrucción no es la última palabra de Dios, sino que es la restauración. Son muchos los oráculos de salvación de Jeremías: los contenidos en el Libro de la Consolación (Jer 30-33), aun en el supuesto de que fueran posteriores al profeta, recogen bien su pensamiento.

Hay otros muchos, cuyas ideas principales son las siguientes:

* los deportados por las diversas naciones se reunirán de nuevo y Dios los hará retornar a su país (Vid. el oráculo típico: Jer 16,14-15 = 23,7-8);

* la renovación de la Alianza (Jer 31,31-34), que lleva consigo el reconocimiento del Dios verdadero frente a los ídolos de los paganos (Cfr Jer 10,1-16);

* la renovación de la vida religiosa: el retorno no es fruto de un esfuerzo ético del pueblo, sino un don gratuito de Dios en un doble sentido: en cuanto que el castigo le ayuda a comprender la gravedad de su culpa (Jer 2,17-19) y en cuanto que jamás volverán a quebrantar el pacto eterno (Jer 32,36-41);

* ya no serán necesarios los viejos pastores, ni los sacerdotes, ni siquiera el rey. Los nuevos gobernantes obrarán la justicia y no engañarán (Jer 23,1-6).

d) El Mesianismo.-

La doctrina mesiánica de jeremías no se centra principalmente en un descendiente de David en el trono (mesianismo real). Más bien será Dios mismo quien guíe y salve al pueblo, como ha quedado ya dicho (Jer 31,31-34): los pastores de antaño han engañado al pueblo, pero los nuevos obrarán la justicia.

Sin embargo, todavía hay en el libro de Jeremías oráculos que pueden considerarse de mesianismo real, aunque cabe suponer que el énfasis no se pone en la Monarquía, sino en la herencia davídica que recibirá el futuro Mesías. En concreto, los textos mesiánicos son: * Jer 22,4; * Jer 17,23; * Jer 23,5-6; * Jer 30,9; * Jer 30,21; * Jer 33,15-16.

Analizaremos el oráculo contenido en Jer 23,5-6, paralelo a Jer 33,15-16 (éste último falta en los LXX):

1) Después de la condena de los pastores antiguos y de la promesa de otros nuevos (Jer 23,1-4), se introduce el oráculo salvífico, prometiendo un personaje excepcional;

2) La expresión “días vendrán, oráculo del Señor” es frecuente en oráculos de salvación con referencia al tiempo escatológico y mesiánico;

3) El “germen justo” que alude al Emmanuel de Isaías (cfr Is 11,1) vendrá a ser término técnico para designar al Mesías (cfr Zach 3,8; 6,12), y llegará hasta el NT;

4) La insistencia en la justicia como atributo del Mesías, puede venir sugerido por el nombre del último rey Sedecías (etimológicamente significa “justicia de Yahwéh”), pero indica la íntima relación del Mesías con Dios, porque la justicia es atributo exclusivo de Yahwéh: “Yahwéh es nuestra justicia”;

5) Es difícil concluir si Jeremías está pensando en un monarca, puesto que la frase “reinará un rey prudente” falta en el texto paralelo de Jer 33,15-16. Probablemente Jeremías anuncia un personaje que guiará al pueblo, asumiendo las características de David, pero sin hacer hincapié en que sea un descendiente suyo.

En suma, Jeremías puede considerarse el último profeta que habla del mesianismo real, pero con un horizonte más amplio donde ya no sea necesaria la presencia de un monarca, sino de un personaje que, heredando las mismas prerrogativas, ejerza con perfección sus funciones salvíficas.

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