Situación política, religiosa y social durante el tiempo del Exilio babilónico

Las adversidades profetizadas por Jeremías, como ya vimos, se cumplieron. Israel desoyó la predicación de Jeremías y se enfrentó a Nabucodonosor. Las consecuencia no pudieron ser más desastrosas. El monarca babilónico atacó Jerusalén y deportó a la población más influyente de la ciudad, junto con los artesanos y cerrajeros, a la capital del imperio. Parte del pueblo continuó en el territorio de Judá, cultivando las tierras que les repartió Nabuzardán, general de Nabucodonosor.

El tiempo del Exilio fue largo: unos 50 años; y duro. Pero este sufrimiento del destierro acrisoló a Israel, purificando y fortaleciéndose en la fe. Fue por medio de la reflexión acerca del porqué de aquella catástrofe, lo les llevó a advertir con claridad que la confianza en el poder del rey y en la falsa piedad del Tempo había sido el motivo de su desgracia: quedarse sin dinastía y sin Templo. Efectivamente, ni la monarquía ni el Templo podían, por si mismos, salvar a Israel. El pueblo aprendió, en la tristeza de la derrota, que la verdadera seguridad brota del cumplimiento de los preceptos divinos: No te olvides del Señor tu Dios, ni dejes de observar los mandamientos, los preceptos y las leyes que yo te prescribo hoy (…) Pero si te olvidas del Señor tu Dios y sigues otros dioses (…) os juro hoy que pereceréis sin remedio (Dt 8, 11-20), había dicho el Señor. El pueblo meditó sobre su historia y la revisó según el precepto Deuteronómico y descubrió que la ruina había venido como consecuencia del abandono del Señor para adorar ídolos inútiles.

La comunidad deportada soportó la dureza del exilio de Babilonia y alentó nuevas instituciones para seguir viviendo su fe durante la prueba del destierro. El resultado fue inesperado: el sufrimiento del destierro no solo no ahogó la fe de Israel, sino que alumbró una nueva manera más fecunda de vivir la fe. Al no carecer de una tierra propia buscaron una marca que los identificase: la circuncisión fue retoma. Al carecer de Templo donde celebrar el culto se reunieron en casas particulares para orar: es el embrión de lo que sería la sinagoga. Al no poder celebrar sus fiestas religiosas, por tener un calendario distinto al de los babilonios, comenzaron a valorar el sábado no solo como un día de descanso sino como un día especialmente religioso. Además se produjo un cambio muy interesante: el sacerdocio que hasta entonces había tenido un sentido predominantemente sacrificial, adquiere ahora un cariz marcadamente magisterial y pastoral. Por último, la pérdida de la institución monárquica provocó un salto cualitativo en la fe de Israel al considerar que sería el Señor su Rey y único Pastor: Así dice el Señor (…) Yo soy el Señor, vuestro Santo, el Creador de Israel, vuestro Rey (Is 43,14-15).

La confianza en que sólo Dios es rey de nuestra vida, el nacimiento de una comunidad más formada y mejor guiada por sus pastores y la aparición de tres nuevas instituciones: la sinagoga, la circuncisión y el sábado, generaron una forma nueva, más profunda y enérgica, de vivir la fe en Israel. Podemos concluir que fue el sufrimiento del exilio una ocasión privilegiada para un encuentro personal y fecundo entre Dios y su Pueblo.

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