¿Quién es el autor del cuarto Evengalio?

El mismo Evangelio, en el relato de la pasión, hace una afirmación clara al respecto. Se cuenta que uno de los soldados le traspasó a Jesús el costado con una lanza “y al punto salió sangre y agua“. Y después vienen unas palabras decisivas: “El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis” (Jn 19, 35). El Evangelio afirma que se remonta a un testigo ocular, y está claro que este testigo ocular es precisamente aquel discípulo del que antes se cuenta que estaba junto a la cruz, el discípulo al que Jesús tanto quería (cf. Jn 19, 26). En Jn 21, 24 se menciona nuevamente a este discípulo como autor del Evangelio: “este es el discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito, y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero”. Su figura aparece además en Jn 13, 23; Jn 20, 2-10; Jn 21, 7 y tal vez también en Jn 1, 35.40; Jn 18, 15-16. Aunque nunca se le nombra.

En el relato del lavatorio de los pies, estas afirmaciones sobre el origen externo del Evangelio se profundizan hasta convertirse en una alusión a su fuente interna. Allí se dice que, durante la Cena, este discípulo estaba sentado al lado de Jesús y, “apoyándose en el pecho de Jesús” (Jn 13, 25), preguntó quién era el traidor. Estas palabras están formuladas en un paralelismo intencionado con el final del Prólogo de Juan, donde se dice sobre Jesús: A Dios nadie lo ha visto jamás: El Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer” (Jn 1, 18). Como Jesús, el Hijo, conoce el misterio del Padre porque descansa en su corazón, de la misma manera el evangelista, por decirlo así, adquiere también su conocimiento del corazón de Jesús, al apoyarse en su pecho.

Pero entonces ¿quién es este discípulo?

El Evangelio nunca lo identifica directamente con el nombre. Confrontando la vocación de Pedro y la elección de los otros discípulos, el texto nos guía a la figura de Juan Zebedeo, pero no lo indica explícitamente. Es obvio que mantiene el secreto a propósito.

Es cierto que el Apocalipsis menciona expresamente a Juan como su autor (cf. Ap 1, 1.4), pero a pesar de la estrecha relación entre el Apocalipsis, el Evangelio y las Cartas, queda abierta la pregunta de si el autor es el mismo.

Es verdad que recientemente, en su voluminosa Theologie des Neuen Testaments, Ulrich Wilckens ha formulado de nuevo la tesis de que el “discípulo amadono ha de ser considerado como una figura histórica, sino que representa básicamente una estructura de la fe:

“La “Escritura sola” no existe sin la “voz viva” del Evangelio, ésta última no existe sin el testimonio personal de un cristiano con la función y la autoridad del “discípulo amado”, en el que la función y el espíritu se unen y se presuponen mutuamente” (I 4, p. 158).

Esta afirmación estructural es tan correcta como insuficiente. Si en el Evangelio el discípulo amado asume expresamente la función de testigo de la verdad de lo ocurrido, se presenta como una persona viva: responde como testigo de los hechos históricos y, con ello, reivindica para sí la condición de figura histórica; en caso contrario, quedarían vacías de significado estas frases que determinan el objetivo y la cualidad de todo el Evangelio.

Desde Ireneo de Lyon (+c. 202), la tradición de la Iglesia reconoce unánimemente a Juan, el Zebedeo, como el discípulo predilecto y el autor del Evangelio. Esto se ajusta a los indicios de identificación del Evangelio que, en cualquier caso, remiten a un apóstol y compañero de camino de Jesús desde el bautismo en el Jordán hasta la Ultima Cena, la cruz y la resurrección.

A las dudas que en la época moderna han surgido sobre esta identificación.:¿Pudo el pescador del lago de Genesaret haber escrito este sublime Evangelio de las visiones que penetran hasta lo más profundo del misterio de Dios? ¿Pudo él, galileo y artesano, haber estado tan vinculado con la aristocracia sacerdotal de Jerusalén, a su lenguaje, a su pensamiento, como de hecho lo está el evangelista? ¿Pudo haber estado emparentado con la familia del sumo sacerdote, tal y como parece sugerir el texto (cf. Jn 18, 15)? A estas preguntas se puede responder como sigue:

Tras los estudios de Jean Colson, Jacques Winandy y MarieEmile Boismard, el exegeta francés Henri Cazelles ha demostrado, con un estudio sociológico sobre el sacerdocio del templo antes de su destrucción, que una identificación de este tipo es sin duda plausible. Los sacerdotes ejercían su servicio por turnos semanales dos veces al año. Al finalizar dicho servicio el sacerdote regresaba a su tierra; por ello, no era inusual que ejerciera otra profesión para ganarse la vida. Además, del Evangelio se desprende que Zebedeo no era un simple pescador, sino que daba trabajo a diversos jornaleros, lo que hacía posible el que sus hijos pudieran dejarlo.

Zebedeo, pues, puede ser muy bien un sacerdote, pero al mismo tiempo tener también una propiedad en Galilea, mientras la pesca en el lago le ayuda a ganarse la vida. Tal vez tenía sólo una casa de paso en el barrio de Jerusalén habitado por esenios o en sus cercanías…” (Communio 2002, p. 481). “Precisamente, esa cena durante la cual este discípulo se apoya en el pecho de Jesús tuvo lugar, con toda probabilidad, en un sector de la ciudad habitado por esenios“, en la “casa de paso” del sacerdote Zebedeo, que “cedió el cuarto superior a Jesús y los Doce” (pp. 480 s).

En este contexto, resulta interesante otro dato de la obra de Gazelles: según la costumbre judía, el dueño de la casa o en su ausencia, como en este caso, “su hijo primogénito se sentaba a la derecha del invitado, apoyando la cabeza en su pecho(p. 480).

El estado actual de la investigación, y precisamente gracias a ella, es posible ver en Juan el Zebedeo al testigo que defiende solemnemente su testimonio ocular (cf. Jn 19, 35), identificándose de este modo como el verdadero autor del Evangelio

No obstante la complejidad en la redacción del Evangelio plantea además otras preguntas. Por eso, también, es importante tener en cuenta un dato que aporta el historiador de la Iglesia Eusebio de Cesarea (muerto c. 338). Eusebio nos informa sobre una obra en cinco volúmenes del obispo Papías de Hierápolis, fallecido hacia el año 120, en la que habría mencionado que él no había llegado a ver o a conocer a los santos apóstoles, pero que había recibido la doctrina de aquellos que habían estado próximos a ellos. Habla de otros que también habían sido discípulos del Señor y cita los nombres de Aristión y un “presbítero Juan”. Lo que importa es que distingue entre el apóstol y evangelista Juan, por un lado, y el “presbítero Juan”, por otro. Mientras que al primero no llegó a conocerlo personalmente, sí tuvo algún encuentro con el segundo (Eusebio, Historia de la Iglesia, III, 39).

Esta información es verdaderamente digna de atención; de ella y de otros indicios afines, se desprende que en Efeso hubo una especie de escuela joánica, que hacía remontar su origen al discípulo predilecto de Jesús, y en la cual había, además, un “presbítero Juan”, que era la autoridad decisiva. Este “presbítero” Juan aparece en la Segunda y en la Tercera Carta de Juan (en ambas, 1, 1: 2Jn 1, 1, 3Jn 1, 1) como remitente y autor, y sólo con el título de “el presbítero” (sin mencionar el nombre de Juan). Es evidente que él mismo no es el apóstol, de manera que aquí, en este paso del texto canónico, encontramos explícitamente la enigmática figura del presbítero. Tiene que haber estado estrechamente relacionado con él, quizá llegó a conocer incluso a Jesús. A la muerte del apóstol se le consideró el depositario de su legado; y en el recuerdo, ambas figuras se han entremezclado finalmente cada vez más.

En cualquier caso, podemos atribuir al “presbítero Juan” una función esencial en la redacción definitiva del texto evangélico, durante la cual él se consideró indudablemente siempre como administrador de la tradición recibida del hijo de Zebedeo.

Puedo suscribir -dice Benedicto XVI- la conclusión final que Peter Stuhlmacher ha sacado de los datos aquí expuestos.

Para él, “los contenidos del Evangelio se remontan al discípulo a quien Jesús (de modo especial) amaba. Al presbítero hay que verlo como su transmisor y su portavoz” (II, p. 206).

En el mismo sentido se expresan Eugen Ruckstuhl y Peter Dschulnigg:

“El autor del Evangelio de Juan es, por así decirlo, el administrador de la herencia del discípulo predilecto” (ibid. p. 207).

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