Jesús se revela sacerdote en las palabras que hacen referencia al Templo

También en las palabras de Jesús que hacen referencia al Templo. Estas expresiones se refieren más directamente al Templo y al culto que al sacerdocio, pero en buena lógica, la novedad del Templo y la novedad del culto debían suponer una novedad en el sacerdocio.

Así las palabras del mismo Jesús, recogidas en Jn 2, 19-22: Jesús respondió: Destruid este Templo y en tres días lo levantaré. Los judíos contestaron: ¿En cuarenta y seis años ha sido construido este Templo, y tú lo vas a levantar en tres días? Pero él se refería al Templo de su cuerpo. Cuando resucitó de entre los muertos, recordaron sus discípulos que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había pronunciado Jesús. La frase del Señor es correlativa a otras expresiones anotadas en los evangelios sinópticos: “Nosotros le hemos oído decir: Yo destruiré este Templo, hecho por mano de hombre, y en tres días edificaré otro no hecho por mano de hombre” (Mc 14,58; cfr Mc 15,29.37-39: “Los que pasaban le injuriaban, moviendo la cabeza y diciendo: ¡Eh! Tú que destruyes el Templo y lo edificas de nuevo en tres días…/… Pero Jesús, dando una gran voz, expiró. Y el velo del Templo se rasgó en dos de arriba abajo… El centurión… dijo: En verdad este hombre era Hijo de Dios). El significado de estos textos se podría prolongar, por ejemplo, con las palabras de Jesús a la samaritana. En la conversación entre los dos, la mujer le dice a Jesús: Vosotros decís que el lugar donde se debe adorar está en Jerusalén” (Jn 4,20). A lo que Jesús contesta: “Pero llega la hora, y es ésta, en la que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad (cfr Jn, 3,23ss).

En realidad, según el parecer de la mayoría de los exegetas, estas palabras de Jesús tienen que ver más directamente con el Mesías, Hijo de David, suscitado por Dios. En efecto, la profecía de Natán a David recogida en el segundo libro de Samuel (2 S 7,12-14) decía: “Cuando hayas completado los días de tu vida y descanses con tus padres, suscitaré después de ti un linaje salido de tus entrañas y consolidaré su reino. Él edificará una casa en honor de mi nombre y yo mantendré el trono de su realeza para siempre. Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo”. Es claro que la promesa no podía referirse a Salomón: porque nació antes de que David muriera, porque su realeza no fue eterna, etc. Por eso, se aplicaba al Mesías. Según las palabras del Nuevo Testamento, quien es del linaje de David y edifica el Templo, la nueva casa de Dios, es Jesús resucitado.

Además, según la promesa, el Mesías era más que Hijo de David, era Hijo de Dios. La unión de los dos predicados no dejaba de ser misteriosa, pero Jesús mismo lo enseñó así: “¿Cómo es que dicen los escribas que el Cristo es hijo de David? El mismo David, movido por el Espíritu Santo, ha dicho: «Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos bajo tus pies». El mismo David le llama «Señor». Entonces, ¿cómo va a ser hijo suyo?” (Mc 12,35-37). En nuestro contexto, lo más interesante del texto de Jesús es que cita Sal 110,1, un salmo real. Pero es el mismo que un poco después (Sal 110,4) dice: “El Señor lo ha jurado y no se arrepiente: Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec”, es decir, quizás el texto más determinante con el que argumenta el autor de Hebreos el sacerdocio de Jesucristo. Y, según el parecer de la mayoría de la exégesis, parece que el primer versículo del salmo es lo que está detrás lo que dice Jesús (tras ser acusado falsamente de pretender destruir el Templo) y que le vale precisamente la condena a muerte: Veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo (Mc 14,62).

Por tanto, no se puede descartar que en las palabras de Jesús con las que sugería su ministerio mesiánico como hijo de David se incluyera también alguna mediación de orden cultual; es decir, sacerdotal

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