El sacerdocio como mediación

Si intentamos captar el motivo más profundo de la institución del sacerdocio judío, descubrimos que se trata de una cuestión de relaciones entre las personas y Dios. La Sagrada Escritura nos hace tomar conciencia de la importancia fundamental que tienen las relaciones interpersonales para la existencia humana.

Pues bien entre las relaciones constitutivas de la persona hay una realmente fundamental: la relación con Dios. Todas las demás afectan a algún sector de la existencia y se sitúa en algún nivel, pero la relación con Dios al situarse en lo más profundo del ser humano tiene una extensión en todo el resto. Algo así como es el tronco para las ramas del árbol.

El hombre es un ser creado para dar una respuesta a la llamada de Dios, para entrar en relación con Dios y no hay nada tan importante para él como la respuesta que da a esta vocación aún cuando no se tenga clara conciencia de ello.

Ante esto existen tres posibles actitudes: 1) la repulsa  de la dimensión religiosa de la existencia humana, llegando incluso hasta negar la existencia de Dios (el humanismo ateo); 2) el individualismo religioso que pretendiendo restringir la relación con Dios a la vida psicológica individual y subjetivo, impide que fecunde las demás facetas de la existencia, pero no puede ser auténtica la relación que niega el lugar central que le corresponde a Dios, por lo que resulta una respuesta incoherente e insuficiente; y 3) tercera respuesta es la figura del mediador, es decir, del sacerdote. Solo esta tercera solución se corresponde plenamente con la vocación humana, al abrir la existencia entera a relación vivificante con Dios. A esta necesidad quiere responder la institución del sacerdocio. Es sacerdote es alguien que tiene la responsabilidad social de las relaciones con Dios, de todo aquello que toca de algún modo a las relaciones con Dios, gracias a su papel de mediador.

Israel captó muy bien donde estaba la dificultad de semejante proyecto. El pueblo de Israel, captó con agudo realismo la enorme distancia que separa al hombre de Dios: ¿Cómo relacionarse con el “fuego devorador”? (cfr. Dt 4,24; Heb 12,29 o también: Is 6,5; Ex 20,18-19). El problema era: esta infinita distancia solo puede ser salvada por medio de una transformación radical en su ser, y que concibe como un paso del nivel profano al sagrado: Dios es santo y para poder entrar en relación con él se necesita primero impregnarse de su santidad, por medio de una “consagración”.

La solución propuesta para lograr esto fue una solución ritual: que consiste en un sistema de separaciones rituales. 1) Separación personal. Del pueblo se separa una tribu (Levi); de la tribu una familia (Aarón); de esa familia se escogerá al sacerdote encargado de asegurar las buenas relaciones entre el pueblo y Dios. El sacerdote queda separado del mundo terreno por la consagración (Ex 29 y Lv 9) que conlleva: un baño ritual, una unción de santidad, unas vestiduras especiales, y unos sacrificios de consagración. Esta “santidad” que le ha sido conferida ha de ser mantenida cuidadosamente para poder seguir acercándose a Dios (Lev 21; y también su gravedad: Nm 1,51; 3,10.38; Hech 21,27-31). 2) Separación del espacio y del tiempo. Su encuentro con Dios solamente se realizará en un lugar santo (el Templo). Este lugar es un espacio reservado al culto y prohibido al público. Y para entrar a este lugar ha de seguir un ritual: realizar unas ceremonias sagradas en unos tiempos sagrados.

La más significativa de estas ceremonias es el “sacrificio”. Si para nosotros, la palabra sacrificio significa “privación”, para los ellos significaba una transformación, es decir, “sacri-ficar” (sacri-facere) era hacer sagrado (al igual que “puri-ficar” es hacer puro; o “paci-ficar” es hacer la paz). El sacrificio era el acto por el que en última instancia se pretendía pasar la ofrenda del mundo profano al mundo sagrado. La razón última por la que los sacerdotes debían presentar sacrificios, era porque le resulta imposible a él mismo pasar enteramente al mundo divino (sin morir), pues a pesar de todas la ceremonias de consagración sigue siendo un hombre terreno. Y no tiene más remedio que elegir otro ser vivo, que sea capaz de dar ese paso en su lugar (recodar el sacrificio de Isaac por Abrahán y la sustitución del cordero). El ritual prescribe el animal que ha de ser, sin defecto, y será totalmente inmolado y ofrecido sobre el altar del templo: para ser consumido por el fuego subirá hasta el cielo transformado en humareda (cfr. Gn 8,20-21; Lev 1,9.17) o para ser su sangre como lanzada hasta el trono de Dios (Lev 16,14.15). Nota: El uso de la sangre en los sacrificios y la insistencia de los hebreos en la sangre puede resultar extraña si olvidamos que para la Biblia “la sangre es la vida”. En los sacrificios no se ofrece la víctima (que no es más que un cuerpo muerto), sino la “sangre caliente” o “vida”; la vida de la víctima es así: “vida ofrecida a Dios”.

Después de este movimiento que podríamos denominar ascendente, cuyo elemento central es cuando el sacerdote es admitido en la morada de Dios por el sacrificio, se espera evidentemente un movimiento descendente de los favores divinos. Si el sacrificio ha sido agradable a Dios, el sacerdote que lo ha ofrecido podrá entrar en contacto con Dios y exponerle sus plegarias por el pueblo, el cual por mediación del sacerdote espera obtener las gracias deseadas: a) el perdón de los pecados y el fin de las calamidades que por ellas padece (cfr. Lev 1-9 y 16); b) las instrucciones divinas que le permitan encontrar el camino recto (cfr. Dt 33,9-10; 31,9.26); c) las bendiciones divinas que llenen todos los sectores de la existencia humana de la influencia bienhechora que genera una buena relación con Dios (cfr. Nm 6,22-27; Sir 45,15).

Esta larga introducción nos permite entender mejor el sentido de la exposición de la Carta a los Hebreos y el por qué de su división interna. El autor someterá este culto de Israel a un análisis riguroso, dejándose guiar por la misma Biblia. Este análisis le llevó a distinguir en el culto antiguo entre el proyecto fundamental y su realización concreta. Nos dirá que el proyecto era válido pero la realización era insuficiente, como ya hemos visto. De igual modo procede el autor de Hebreos, con los acontecimientos en torno a la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesús, y descubre en estos acontecimientos que Cristo no solo asumió el proyecto fundamental del sacerdocio sino que lo lleva a término de un modo eficaz y perfecto.

Ahora cfr el esquema gráfico visual de la estructura de la Carta y cfr. también el esquema propiamente dicho de la Carta a los Hebreos

Ahora convendría lee el Encuentro con el clero de la diócesis de Roma: “Lectio divina” (18 de febrero de 2010), donde Benedicto XVI concreta y actualiza las motivaciones profundas de la consagración sacerdotal como lo hizo y hace Cristo en nosotros hoy.

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