Juan 20-21: “Hemos visto al Señor”

Los capítulos 20 21 del evangelio de Juan dan toda la impresión de no ser de una misma pluma. Además, ambos capítulos tienen su propia conclusión. Da la impresión que el cap. 21, situado tras la conclusión 20,30-31, fuera más bien una especie de segundo epílogo o mejor un apéndice redactado quizás por los discípulos de Juan.

Si hacemos una lectura global de ambos capítulos veremos mejor la coherencia y unidad de los acontecimientos que se nos narran. Se percibe así muy bien la dinámica del relato tan como nos ha llegado a nosotros. Las indicaciones de lugar y tiempo nos orientan muy bien. Primero sucede todo en torno al sepulcro. En un segundo momento, ya lejos de la tumba, ocurren los acontecimientos, primero en un lugar cerrado (una estancia) que se supone es en Jerusalén, y luego a las orillas del mar de Tiberiades en Galilea.

esquema gráfico de Jn 20-21

Alrededor de la tumba, todo lo que se nos narra, ocurre en el alba del primer día de la semana. Lejos de la tumba, lo que se narra ocurre primero en la tarde de ese mismo primer día y la siguiente escena es una semana después. Finalmente, se indica que “después de esto” (21,1) ocurre otro episodio con tres escenas en las orillas del lago de Galilea: la pesca milagrosa en el mar, la comida en tierra firme y la conversación entre Jesús resucitado y Pedro.

Los detalles de espacio y tiempo dan unidad a un relato sin fisuras y claro. ¿Qué quería decirnos Juan con un relato tan bien elaborado y armonizado? Veamos. En este relato hay que destacar la oposición entre los verbos de visión y los verbos de fe y adhesión. Por ejemplo, Jn 20 tiene: 13 verbos de visión [ver (7), apercibir (3) y mirar (3)]; y varios verbos de fe y adhesión: creer (6 veces) y los de adhesión expresados como: ir a, venir hacia, seguir, creer a. Podemos concluir que las palabras nos hablan del paso que se ha de dar del “ver” al Señor, al “creer y al seguirlo”. Los relatos de resurrección en Juan parecen así invitarnos a hacer un acto de fe en la realidad de Cristo resucitado aunque no lo veamos físicamente.

ACTO I: Un día nuevo

El Acto I, en esta ocasión, queda reducido a un mero comentario temporal, pero de gran valor simbólico. Ya vimos, como después del Prólogo Juan nos narraba lo que denominamos la semana inaugural, desde el testimonio de Juan Bautista hasta las bodas de Caná; pues bien, ahora Juan parece querer terminar con otra semana (20,1-29): ¡la semana inaugural de la naciente Iglesia!

20, 1a El primer día de la semana

Esta indicación nos recuerda a las primeras palabras de evangelio “Al principio” (Jn 1,1): se trata de un nuevo comienzo, “el primer día”. Se escucha el eco de la primera palabra del Génesis, se anuncia una nueva creación, una nueva etapa, una nueva vida.

ACTO II: Ausente, pero vivo

Escena 1

1b va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro.

María al pie  Magdalena entra en escena. Presente al pie de la Cruz (Jn 19,25) es la primera en llegar a la tumba. La piedra está quitada.

Escena 2

 2 Echa a correr (María Magdalena) y llega a Simón Pedro y al otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto.»

3 Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. 4 Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. 5 Se inclinó y vio los lienzos en el suelo; pero no entró.6 Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve los lienzos en el suelo, 7 y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a los lienzos, sino plegado en un lugar aparte. 8 Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, 9 pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos.10 Los discípulos, entonces, volvieron a casa.

Se trata de lo que María Magdalena dice a Pedro y al “otro discípulo que Jesús amaba”. La piedra quitada, o retirada, significa que la muerte ha sido vencida.

Los dos discípulos que ya estaban juntos en la Cena (Jn 13,23-24), van juntos también hacia la tumba. Hay dos observaciones precisas: el primero ve los lienzos están en el suelo, y luego Pedro ve además de los lienzos en el suelo, el sudario doblado aparte. Los dos ven, pero solo se dice que el otro discípulo que “vió y creyó” (la forma verbal es terminativa). No se dice de Pedro que creyera, aunque se puede suponer pues se dice de los dos, que hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos.

Con la seguridad de que está vivo Jesús, regresan a casa.

Esecana 3

11 Estaba María junto al sepulcro fuera llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, 12 y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. 13 Dícenle ellos: «Mujer, ¿por qué lloras?» Ella les respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto

 14 Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. 15 Le dice Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?» Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré.»

 16 Jesús le dice: «María.» Ella se vuelve y le dice en hebreo: «Rabbuní -que quiere decir: «Maestro»-. 17 Dícele Jesús: «Deja de tocarme, que todavía no he subido al Padre. Pero vete a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios.»

María Magdalena se ha quedado junto a la tumba y está llorando. Se inclina hacia la tumba y entonces dos mensajeros de blanco que están allí se dirigen a ella que piensa que alguien se ha llevado de allí al Señor (mi Señor: idea de posesión). En este momento surge la pregunta: ¿Dónde está el Señor? Se trata de un compás de espera: alguien ha de resolver esta cuestión.

Ahora María Magdalena se vuelve hacia atrás, y deja a la tumba de espaldas, quedando de frente a Jesús que está de pie, el cual le pregunta lo mismo que los ángeles: ¿por qué lloras? Pero añade: ¿a quién buscas? María no responde, y le pregunta ¿dime dónde lo has puesto? Nueva pregunta y nuevo compas de espera.

Entonces Jesús pronuncia su nombre y es cuando ella cambia: la traducción de ella se vuelve, no tiene mucho sentido pues quedaría de espaldas al Señor, más bien parece decir que “se volvió completamente”. Se nos dice que el discípulo primero “vio” y luego creyó; de María se nos dice que primero “escuchó” y luego creyó: “Rabonní” (mi Rabbí). Al Maestro se le escucha.

Jesús comienza una nueva etapa, la vuelta al Padre (la Ascensión). Jesús está vivo: María hace de primera mensajera, y Jesús transmite por ella, la nueva relación que tienen los hombres con su Padre Dios.

Escena 4

 18 Fue María Magdalena y dijo a los discípulos: «He visto al Señor» y que había dicho estas palabras.

Se trata del cumplimiento del envío misionero de María a sus hermanos. La postura un poco posesiva de María (mi Señor, mi Maestro) se transforma en responsabilidad: “He visto al Señor” (no a mi Señor), y me ha dicho estas palabras. Pero si les ha dicho que va a subir al Padre, a lo mejor ya no le vuelven a ver. El compas de espera es aquí muy intenso. ¿Qué va a pasar ahora?

ACTO III: Un viviente que comunica vida

Escena 1

19a Al atardecer de aquel día, el primero de la semana,

Escena 2

19b estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros.» 20 Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor.21 Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.» 22 Dicho esto, sopló y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. 23 A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»

24 Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor25 Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré

La escena transcurre en un lugar cerrado. Entonces, se presentó Jesús en medio de ellos. Estamos en el centro de todo este relato: Jesús se manifiesta por primera vez públicamente (no privadamente) a los discípulos. Esta escena rompe con la precedente, pues se trata de algo incongruente: ¿Cómo puede Jesús estar con el Padre y a la vez estar con ellos? La respuesta se insinúa en el hecho de que el domina el espacio y el tiempo (p.e. a pesar de estar las puertas cerradas, él entra); efectivamente, esta será la situación en adelante de la Iglesia: la presencia-ausencia del Señor resucitado, el reconocimiento por parte de los discípulos, la alegría de la comunidad, el don de la paz, el envío misionero, la efusión del Espíritu Santo, el perdón de los pecados. Todo queda aquí expresado de un modo sencillo.

Como el Padre me envió (apostellein), también yo os envío (pempein). El uso de dos verbos distintos para el envío quiere resaltar que aunque hay continuidad en la misión la naturaleza de cada envío es distinta.

Dicho esto, sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. El verbo insuflar (evnefu,shsen) solo se usa aquí en todo el Nuevo Testamento, y recuerda la creación de Adán cuando Dios sopló en su nariz un hálito de vida (Gn 2,7). El nuevo hombre, es el hombre redimido, al que se le han perdonados sus pecados.

Escena 3

 26 Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros.» 27 Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente28 Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío29 Dícele  Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído.»  

Tomás, uno de los Doce, se encuentra en la situación de incrédulo: no seas incrédulo sino creyente. Tomás quiere ver  tocas, pero le bastará la presencia del Señor y su palabra para creer: «Señor mío y Dios mío.». Se trata de la primera confesión de fe después de la Resurrección. Termina así la primera semana de la nueva Iglesia. El relato ha llevado al lector por su eje central, desde el “vió y creyó” hasta el: “Dichosos los que no han visto y han creído”. Desde el acto II escena II, hasta el acto III escena III, se han entrelazado continuamente y de modos diversos dos palabras: ver y creer.

Escena 4

30 Jesús realizó en presencia de los discípulos otros muchos signos que no están escritos en este libro. 31 Éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.

Juan añade al final que todo esto que él ha vivido y visto, se ha escrito para que creamos también nosotros.

ACTO IV: creyentes y testigos del que vive

Escena 1

21, 1a Después de esto, se manifestó Jesús otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades.

Empieza ahora la tercera y última manifestación de Jesús resucitado. Estamos en otro marco: en Galilea; y en la orilla del lago. El mismo sitio donde tuvo lugar la multiplicación de los panes (Jn 6) y otros muchos signos de Jesús. ¿Qué nos está planteando el relato? Parece, como si quisiera dar respuesta a dos preguntas: a partir de ahora y si no lo podemos ver ¿en qué signos podemos reconocer al resucitado? ¿cómo podemos ser nosotros testigos del resucitado? Veamos:

Escena 2

1b Se manifestó de esta manera. 2 Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. 3 Simón Pedro les dice: «Voy a pescar.» Le contestan ellos: «También nosotros vamos contigo.» Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada.

4 Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. 5 Díceles Jesús: «Muchachos, ¿no tenéis nada que comer?» Le contestaron: «No.» 6 Él les dijo: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.» La echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces. 7 El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: «Es el Señor». Cuando Simón Pedro oyó «es el Señor», se puso el vestido -pues estaba desnudo- y se lanzó al mar. 8 Los demás discípulos vinieron en la barca, arrastrando la red con los peces; pues no distaban mucho de tierra, sino unos doscientos codos.

Se trata de una pesca infructuosa y como ocurrió en Caná, tras seguir las indicaciones del Señor (llevad… llevaron = echad… echaron) se pasa de la carencia a la sobreabundancia. Es precisamente esta sobreabundancia la señal que permite al discípulo amado y a Pedro reconocer al Señor, los dos mismos que en el sepulcro vacio.

Escena 3

9 Nada más saltar a tierra, ven preparadas unas brasas y un pez sobre ellas y pan. 10 Díceles Jesús: «Traed algunos de los peces que acabáis de pescar.» 11 Subió Simón Pedro y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aun siendo tantos, no se rompió la red. 12 Jesús les dice: «Venid y comed.» Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres tú?», sabiendo que era el Señor. 13 Viene entonces Jesús, toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez. 14 Esta fue ya la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.

Una vez ya reconocido, Jesús toma la iniciativa para la comida. Una vez se destaca la sobreabundancia al referir que eran 153 peces grandes. Al parecer las especies de peces conocidas en esa época eran precisamente 153: signo de totalidad y de universalidad. Jesús también hace dos gestos para ser identificado: toma y da (cf. Jn 6,11 y 13,26). La forma intemporal de los verbos (en presente continuo) hace pensar en la actitud del que da.

Escena 4

15 Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón de Juan, ¿me amas (avgapa/|j) más que éstos?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero (filw/).» Le dice Jesús: «Apacienta mis corderos.» 16 Vuelve a decirle por segunda vez: «Simón de Juan, ¿me amas?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas.» 17 Le dice por tercera vez: «Simón de Juan, ¿me quieres?» Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: «¿Me quieres?» y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero.» Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas. 18 «En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven,  tú mismo te ceñías,  e ibas adonde querías;  pero cuando llegues a viejo,  extenderás tus manos  y otro te ceñirá  y te llevará adonde tú no quieras.» 19 Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme

20 Pedro se vuelve y ve, siguiéndoles detrás, al discípulo a quien Jesús amaba, que además durante la cena se había recostado en su pecho y le había dicho: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?» 21 Viéndole Pedro, dice a Jesús: «Señor, y éste, ¿qué?» 22 Jesús le respondió: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa? Tú, sígueme.» 23 Corrió, pues, entre los hermanos la voz de que este discípulo no moriría. Pero Jesús no había dicho a Pedro: «No morirá», sino: «Si quiero que se quede hasta que yo venga.» 24 Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito, y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero. 25 Hay además otras muchas cosas que hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni todo el mundo bastaría para contener los libros que se escribieran.

Este episodio final pone en escena a los dos primeros protagonistas del principio. Después de la comida, Jesús se vuelve hacia Pedro para precisarle su misión: cuidar del rebaño. Los verbos y el tiempo (imperativo presente) empleados, evocan la autoridad del pastor. Se le exigirá para cumplir esta misión abandono de sí y desposesión de su querer hacer.

Para curar la triple negación se exige una triple afirmación. Por cierto, avgapa/|j, hace referencia al amor que hay en Dios; mientras que filw/ hace más referencia al querer humano, con ternura o afecto.

En la época en que se pone por escrito este evangelio Pedro ya ha muerto mártir en Roma bajo Nerón (64 d.C). La vocación del otro discípulo será sin embargo quedarse, para dar su testimonio. Los dos caminan con el resucitado aunque por caminos diferentes.

Resumiendo, este capítulo parece describir la vida cotidiana de los cristianos, que fieles a la llamada del Señor de ser pescadores de hombres, alimentados con su presencia y con sus dones, están dispuestos a dar testimonio, cada uno según su vocación.

Fuente: PIERRE MOITEL, Grandes relatos del evangelio, Verbo divino, Cuadernos bíblicos 98.

 

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