“Libertad”

Esta voz está en íntima relación con “Liberación“. Como ciertos textos bíblicos podrían dar la falsa sensación de desconocer en el hombre la existencia de una real libertad de elección, dado lo mucho que los autores sagrados insisten en la soberanía de la voluntad de Dios Is 6,9s Rom 8,28ss 9,10-21 11,33-36, Conviene aquí mucho tener en cuenta la tendencia que tiene el pensamiento semítico a enfocar directamente la causalidad divina, sin mencionar las causas segundas, que no por ello se niegan (Ex 4,21 7,13s, a propósito del endurecimiento del Faraón); por otra parte, conviene distinguir entre lo que Dios permite y lo que quiere con una voluntad formal (así a propósito de los «vasos de ira prontos para la perdición» y los «vasos de misericordia que ha preparado de antemano para la gloria»: Rom 9,22s). De la afirmación fundamental de «la libertad de elección divina» Rom 9,11, hay que guardarse bien de colegir el carácter ilusorio de la libertad del hombre. De hecho, toda la tradición bíblica considera al hombre capaz de ejercitar su libre albedrío. Por eso lo estudiamos con más detalle a continuación:

La libertad en el Antiguo testamento.

Inmediatamente después de haber creado al hombre, Dios le prescribe este mandato: «De todos los árboles del paraíso puedes comer, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas» (Gen 2,16-17). Adán goza de dominio sobre todo lo creado y nada se le impone como necesidad interior o por coacción externa. La prohibición divina tiene sólo una fuerza moral que presupone la libre aceptación por parte de la criatura. Por eso, desobedeciendo el precepto, Dios exige responsabilidades a Adán y a Eva (Gen 3,11-13) que pierden la condición privilegiada en la que habían sido creados, pero no su libertad. Más aún, como la hemos visto para llevar a cabo su plan redentor de liberación, Dios requiere la adhesión libre, primero de los patriarcas, después del pueblo elegido, con los que establece una alianza (Ex 24,3-8; 19,3-8): «Yo invoco hoy por testigos a los cielos y a la tierra de que os he propuesto la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Escoge la vida para que vivas, tú y tu descendencia» (Dt 30,19).
De hecho, la historia de Israel mostrará la debilidad de la libertad humana después del pecado, incapaz de mantenerse fiel a los compromisos contraídos con Dios (cfr. Jer 2,13), y de responder a sus invitaciones continuas al arrepentimiento: «Vuélvete, apóstata Israel… no apartaré mi rostro de vosotros, porque soy misericordioso» (Jer 3,12). Dios mismo tendrá que intervenir para reparar esa l. endurecida (cfr. Jer 31,33; 32,39; Ez 18,31; 36,25-26). Y si el hombre solicita la reconciliación: «Conviértenos a ti y nos convertiremos» (Lam 5,21; Jer 31,18), también Dios reclama el retorno libre del pecador: «Convertíos a Mí y Yo me convertiré a vosotros» (Mal 3,7; Zach 1,3). No se trata de una decisión colectiva, sino personal, causa por tanto de responsabilidad individual: «El alma que pecare, ésa perecerá» (Ez 18,4; 20-29).
Toda la exposición bíblica de la libertad es incompatible con el fatalismo: «No digas mi pecado viene de Dios, porque no hace Él lo que detesta… Dios hizo al hombre libre desde el principio, y le dejó en manos de su albedrío. Si tú quieres, puedes guardar sus mandamientos… Ante ti puso el fuego y el agua; a lo que tú quieras tenderás la mano» (Eccli 15,11-17). Esta afirmación de la libertad humana se acompaña de un anhelo de liberación de la servidumbre causada por el pecado. Las otras liberaciones -política, social, etc- son contempladas por la Escritura veterotestamentaria sólo en orden a la libertad moral y religiosa.
En efecto, Dios dispone la realización de sus planes redentores estableciendo un pacto con el pueblo elegido. Permite su entrada en Egipto, de donde más tarde lo sacará, liberándolo de la opresión injusta del Faraón (Dt 7,8). Instalados en la tierra prometida cada vez que se aleja de la alianza de Yahwéh, cae bajo el dominio o la tiranía de las naciones vecinas. Dios vuelve a liberarlo de los filisteos (1 Reg 7,3; 17,37), de la cautividad babilónica (Is 43,1-14; 44,22-23; 52,3; Ier 31,11; 42,11), de la servidumbre del rey Antíoco (1 Mach 4,9-11; 2 Mach 1,27), etc. Pero todas esas liberaciones políticas tienen un sentido religioso: Yahwéh sale en defensa de su pueblo para que éste pueda adorar y servirle según el pacto establecido en la alianza (Dt 6,4 ss.; 10,12 ss.; Ex 20,2 ss.), con vistas a preparar la llegada de la verdadera redención, interior, mesiánica, cuando el Señor librará a Israel de todas sus culpas (Ps 130,8).

La libertad en el Nuevo Testamento.

La liberación espiritual se realiza con el advenimiento del Mesías. Al leer en la sinagoga de Nazareth el pasaje de Isaías (61,1 ss.), que traza la figura del Ungido de Dios como liberador de los cautivos y oprimidos, Jesucristo comentó: «Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír» (Lc 4,21). El evangelio es una llamada a la libertad, pero a la auténtica, a la que rompe las ataduras del pecado que impedían que el hombre pudiera conocer y realizar su vocación sobrenatural. En el amor a Dios van unidos anuncio de la verdad y libertad: «Si permanecéis en mi palabra seréis en verdad discípulos míos y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. Ellos respondieron: Nosotros somos del linaje de Abraham y de nadie hemos sido jamás siervos, ¿cómo dices Tú: Seréis libres? Jesús les contestó: En verdad, en verdad os digo que todo el que comete pecado es siervo del pecado» (Jn 8,31-35). «Vosotros, hermanos, exhortará S. Pablo, sois llamados a la libertad…, pero sed siervos unos de otros por el amor» (Gal 5,13).

1. Cristo, nuestro libertador.

La liberación de Israel era sólo prefiguración de la redención cristiana. Cristo es, en efecto, quien instaura el régimen de la libertad perfecta y definitiva para todos, judíos y paganos, los que se adhieren a él en la fe y en la caridad.

Pablo y Juan son los principales heraldos de la libertad cristiana. El primero la proclama sobre todo en la epístola a los Gálatas «Para que fuéramos libres nos liberó Cristo… Hermanos, habéis sido llamados a la libertad» Gal 5,1.13 4,26.31 1Cor 7,22 2Cor 3,17. Juan, por su parte, insiste en el principio de la verdadera libertad, la fe que acoge la palabra de Jesús: «La verdad os hará libres;.. si el Hijo os librare, seréis verdaderamente libres» Jn 8,32.36.

2. Naturaleza de la libertad cristiana.

La libertad cristiana, aunque tiene repercusiones en el plano social, de lo cual da un testimonio espléndido la epístola a Filemón, se sitúa por encima de él. Accesible tanto a los esclavos como a los hombres libres, no presupone un cambio de condición 1Cor 7,21. En el mundo grecorromano, en el que la libertad civil constituía el fundamento mismo de la dignidad, este hecho sonaba a paradoja; pero así se manifestaba el valor mucho más radical de la emancipación ofrecida por Cristo. Esta emancipación no se confunde tampoco con el ideal de los sabios, los estoicos y otros, que con la reflexión y el esfuerzo moral trataban de adquirir el perfecto dominio de sí mismos y de establecerse en una inviolable tranquilidad interior. La liberación del cristiano, lejos de ser fruto de una doctrina abstracta e intemporal, resulta de un acontecimiento histórico, la muerte victoriosa de Jesús, y de un contacto personal, la adhesión a Cristo en el bautismo.

Son innumerables los testimonios del Nuevo Testamento que hablan de esa redención «de la servidumbre de la corrupción para alcanzar la libertad y gloria de los hijos de Dios» (Rom 8,21) (Lc 4,19; Jn 1,29; Rom 5,21; 6,6; 1 Cor 7,22; 2 Cor 3,17; Gal 5,1-13; 4,26-31; Heb 9,26; 1 Jn 3,5). San Pablo traza vigorosamente la triunfante acción de la gracia que destruye la tiranía universal del pecado: «todos pecaron y todos están privados de la gloria de Dios, y ahora son justificados gratuitamente por su gracia, por la redención de Cristo Jesús» (Rom 3,23-25; cfr. 5,15,21; 6,6; 8,2), pues el Señor «nos ha arrebatado del poder de las tinieblas y trasladado al reino de su Hijo muy amado, por cuya sangre hemos sido nosotros rescatados, y recibido la remisión de los pecados» (Col 1,13-14). La libertad cristiana es liberación de la muerte, por cuanto ésta es consecuencia del pecado. «Así como por un hombre vino la muerte, así por un hombre debe venir también la resurrección de los muertos. Que así como en Adán mueren todos, así en Cristo serán vivificados» (1 Cor 15,21-22). Al fin de los tiempos, la muerte será definitivamente vencida: será el último enemigo destruido (1 Cor 15,26,53-57), pero ya ahora el cristiano ha sido liberado de la muerte espiritual, para vivir la vida de la gracia con Cristo (Rom 5,12; 6,4; Heb 11,14; 1 lo 3,14), que le preserva de la agonía eterna (lo 8,51; 11,25-26). Además la libertad cristiana es es la liberación por superación de la Ley antigua. Pero en este caso, esa liberación de la ley no significa su destrucción, sino su perfeccionamiento y santificación por una ley nueva, la de Cristo.

3. El ejercicio de la libertad cristiana.

El cristiano liberado se ve lleno de una confianza intrépida, de un orgullo, al que el NT llama parresia. Esta palabra típicamente griega (literalmente: libertad para decir todo) designa sin duda una actitud característica del cristiano y todavía más del apóstol: delante de Dios, un comportamiento de hijo Ef 3,12 Heb 3,6 4,16 1Jn 2,28 3,21, pues en el bautismo se recibe un «espíritu de hijo adoptivo» y no un «espíritu de esclavo» Rom 8,14-17 y, por otra parte, ante los hombres una seguridad para anunciar el mensaje Act 2,29 4,13.

La libertad no es licencia o libertinaje. «Hermanos, habéis sido llamados a la libertad; pero que esta libertad no se convierta en pretexto para la carne» Gal 5,13. Desde los principios debieron los apóstoles denunciar ciertas falsificaciones de la libertad cristiana 1Pe 2,16 2Pe 2,19, y el peligro parece haber sido particularmente grave en la comunidad de Corinto. Los gnósticosde esta ciudad habían quizás adoptado como divisa una fórmula paulina, «todo me está permitido», pero falseaban su sentido, y Pablo se ve obligado a poner las cosas en su punto: el cristiano no puede olvidar que pertenece al Señor y que está destinado á la resurrección 1Cor 6,12ss.

4. El primado de la caridad.

«Todo está permitido, pero no todo edifica», precisa todavía el Apóstol 1Cor 10,23; es preciso renunciar a algunos de nuestros derechos si lo exige el bien de un hermano 1Cor 8-10 Rom 14. Esto no es, propiamente hablando, un límite impuesto a la libertad, sino una manera superior de ejercerla. Los cristianos, emancipados de su antigua esclavitud para el servicio de Dios Rom 6, se pondrán «por la caridad al servicio unos de otros» Gal 5,13, como les inclina a ello el Espíritu Santo Gal 5,16-26. Pablo, haciéndose servidor, y en cierto sentido esclavo de sus hermanos 1Cor 9,19, no cesaba de ser libre, pero era imitador de Cristo 1Cor 11,1, el Hijo que se hizo servidor.

En definitiva, la idea que vigorosamente queda trazada en la Escritura, y particularmente en el Nuevo testamento, es que con Cristo el hombre ha recuperado su verdadera libertad, ya que ha sido sanada su capacidad de decisión entre el bien y el mal, lo permitido y lo conveniente (1 Cor 10, 33) y elevada además a lo sobrenatural; una libertad que puede ya superar los condicionamientos de la debilidad humana (cfr. Gal 5,13; 1 Pt 2,16; Jud 4), y tender con la fuerza del amor que el Espíritu Santo ha infundido en el corazón (Rom 5,5), hacia su fin que es la posesión y goce de Dios.

BIBLIOGRAFÍA COMPLEMENTARIA:

  • GER, voz libertad, del autor J. CARRASCO DE PAULAS. AGUSTÍN,
  • S. TOMÁS, Suma Teológica, 1, q82 y 83; De Veritate, q22 y 24;
  • J. BAUCHER, Liberté, DTC IX, col. 661-703;
  • É. GILSON, El espíritu de la filosofía medieval, Buenos Aires 1952;
  • R. GUARDINI, Libertad, gracia, destino, San Sebastián 1954;
  • A. LANZA-P. PALAZZINI, Principios de Teología moral, I, Madrid 1958;
  • O. LOTTIN, Morale fondamentale, Tournai 1954;
  • J. MAUSBACH-G. ERMECKE, Teología moral católica, I, Pamplona 1971;
  • M. MEINERTZ, Teología del Nuevo Testamento, Madrid 1966;
  • M. REDING, Estructura de la existencia cristiana, Madrid 1961;
  • C. SpicQ, Teología moral del Nuevo Testamento, I, Pamplona 1970;
  • M. SCHMAUS, Teología dogmática, II, 2 ed. Madrid 1961, V, 2 ed. Madrid 1962;
  • G. THIBON, Cristianismo y libertad, Madrid 1954;
  • A. GÜEMEs, La libertad en S. Pablo, Pamplona 197l.

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