Algo sobre los nn. 6-13 de la Exhort. Ap. Verbum Domini

Siguiendo con este resumen muy esquemático de la Exhotación Apostólica postsinodal Verbum Domini de Benedicto XVI, es evidente que en los nn. 6-13 de la Exhortación Verbum Domini, cuyo tema es la Palabra de Dios, son un desarrollo del primer capítulo de Dei Verbum (nn. 1-4) dedicado a la “Revelación en sí misma”. La diferencia está en que ahora el tema se aborda desde la perspectiva de la Palabra de Dios. El comienzo de Dei Verbum era la Revelación de Dios, su Palabra que la Iglesia escucha y proclama (Dei verbum audiens et proclamans…). Por eso, afirmaba enseguida que en la revelación, Dios “movido de amor, habla a los hombres como amigos, trata con ellos para invitarlos y recibirlos en su compañía” (DV 2). En la Exhortación, este motivo se enriquece un poco. Ahora se dice que “no podemos quedarnos en la constatación de que Dios se nos comunica amorosamente” (VD 6). Desde la perspectiva de la Palabra de Dios, lo primero no es el  salir del Dios al encuentro del hombre, sino el Logos en la vida intratrinitaria: esa vida es la que se nos manifiesta y se nos comunica: “el Verbo, que desde el principio está junto a Dios y es Dios, nos revela al mismo Dios en el diálogo de amor de las Personas divinas y nos invita a participar en él. Así pues, creados a imagen y semejanza de Dios amor, solo podemos comprendernos a nosotros mismos en la acogida del Verbo y en la docilidad a la obra del Espíritu Santo. El enigma de la condición humana se esclarece definitivamente a la luz de la revelación realizada por el Verbo divino” (VD 6).

Una de las cosas que señaló la literatura posterior a Dei Verbum era que las dualidades que se presentaron en los primeros esquemas del Documento –Escritura y Tradición, Antiguo y Nuevo Testamento, etc.­– se resolvieron en la unidad: Jesucristo, el Evangelio, etc. En lo que aquí nos ocupa, la unidad es la “unicidad” de la Palabra de Dios: Dios no tiene más que una Palabra y esa es la que nos ha entregado.

Ahora bien, la expresión “Palabra de Dios” tiene tantas ventajas como inconvenientes. Tiene dos inconvenientes, por lo demás, bastante comunes en la teología contemporánea, que hay que superar. En primer lugar, la polisemia: como ya decía Sócrates, “cuando las personas quieren conversar de manera amigable es necesario (…) no sólo que las respuestas sean verdaderas, sino que se empleen los términos que sean familiares a la otra persona (…). Me parece que todos rechazamos una respuesta que emplea términos que todavía están cuestionados, sobre los que todavía no estamos de acuerdo” (Menón, 75d y 79d). En segundo lugar, el peso de la historia: la expresión tiene un uso muy constante en la Teología de la Reforma, y, aunque hay muy buenos trabajos de autores católicos (por ejemplo, en dos exposiciones brillantes y breves, una dogmática y otra exegética: L. Scheffczyk, «La Sagrada Escritura: Palabra de Dios y de la Iglesia», Communio (ed. española) 23 (2001/2) 154-166 (puede consultarse aquí); H. Schlier, «Palabra II: Sagrada Escritura (palabra de Dios)», en H. Fries (ed.), Conceptos fundamentales de Teología III, Cristiandad, Madrid 1966, 295-321), y la misma Exhortación pide captar el “uso analógico de la expresión” y alienta a “educar a los fieles para que capten mejor sus diversos significados y comprendan su sentido unitario. Es preciso también que, desde el punto de vista teológico, se profundice en la articulación de los diferentes significados de esta expresión (VD 7).

Ventajas de la expresión “Palabra de Dios”. Con estas precauciones, la categoría es iluminante. La Palabra de Dios es una aunque toma diversas formas. Es, primero, el Logos con el que Dios Uno y Trino se auto-comprende y se auto-expresa (VD 6). Es la misma Palabra que originó todo lo creado, que de este modo manifiesta de alguna manera a su Creador y revela así la dignidad de su obra (VD 8). Pero, dentro de lo creado, el hombre es singular, ya que es “imagen” del Creador. Esta singularidad es la que, según afirma la Exhortación, permite al hombre encontrar en sí y en lo creado lo que “la tradición filosófica llama ley natural” (VD 9). Pero, el hombre en esta singularidad suya descubre que el conocimiento de sus certezas se debilita y que la verdad sobre sí mismo y sobre el sentido de  las cosas, no puede alcanzarla en los vestigios de la Palabra. Necesita un encuentro personal con la Palabra de Dios (VD 10). Es lo que trata en los párrafos siguientes que agrupa con el título “Cristología de la Palabra” (VD 11-13).

Ahora bien, la Palabra eterna de Dios, lo mismo que la Palabra pronunciada por Dios con la que crea todas las cosas, no son palabras en “lenguaje humano” (aunque los hombres no tengamos otra forma de expresarlas que con nuestro lenguaje humano). En cambio, la palabra con la que Dios se dirige a los hombres es palabra de Dios en lenguaje humano: sea en la forma de la historia de la salvación (las alianzas con los hombres, desde Adán), sea con las mismas palabras humanas: las de Moisés y los profetas (Santo Tomás, por ejemplo, en el comentario al  Peri hermeneias distingue en el lenguaje humano que significa de modo “naturaliter”, por ejemplo, el niño o el hombre, que se queja cuando se hace daño, o la misma oración predicativa; y el lenguaje que es “ex institutione humana”, que es, obviamente, convencional. Esto tiene sus consecuencias para la teología de la revelación. En la palabra que Dios dirige a los hombres se manifiesta en lenguaje humano; en las palabras que les dirige a través de sus mediadores, se somete a un lenguaje inventado por los hombres). En la historia, en el tiempo de los padres, la Palabra de Dios aconteció muchas veces y de muchas maneras; en el Hijo en una sola vez (cfr Hb 1,1-2). Ahora bien, Jesucristo, muerto y resucitado, es un “momento histórico” de la historia de la salvación, el momento de la plenitud de los tiempos (Ga 4,1) que da sentido a los anteriores, pero es a la vez el momento que inaugura el nuevo tiempo. De ahí que todos los hechos y dichos de Jesucristo, por ser manifestación del Verbo, sean revelación de la intimidad de Dios Uno y Trino (Jn 1,14.19); y por inaugurar el “hoy” de la salvación sean también la Palabra que Dios que se dirigió a sus oyentes, y sean la Palabra que se  dirige hoy a nosotros y se dirigirá siempre a los hombres (VD 11-13). La Exhortación en este punto detalla cómo Dios se dirige a los hombres con cada gesto de Cristo, hasta con el silencio. Pero, ciertamente, esto es mejor leerlo en Verbum Domini que parafrasearlo.

En el pensamiento de Benedicto XVI la unión de esta dimensión cristológica de la palabra con la dimensión cósmica y antropológica, reclama de parte del hombre moderno una apertura de su noción de naturaleza –de modo que ésta no quede reducida a sus aspectos funcionales– y otra apertura de su noción de razón, que no quede reducida a las medidas de sus métodos de conocimiento. Pero esto es algo que se expresa mejor en el conjunto de esta Primera parte de la Exhortación. Los números siguientes (VD 14-21) se dedican sobre todo a la Sagrada Escritura.

Autor: Vicente Balaguer

Bibliografía

Además de los nn. 14-21 de la Exh. apost. Verbum Domini de 30-IX-2010, puede ser de utilidad la siguiente bibliografía:

— Concilio Vaticano II, Const. Dogm. Dei Verbum, cap. I-II.

— Sínodo de Obispos, Mensaje al Pueblo de Dios, 24-X-2008, §§ III y IV.

M. TÁBET, La Parola di Dio nella Chiesa e per il mondo, en «Studi Cattolici» 602 (2011) 244-250.

C. JÓDAR, Il Dio che parla, en M. TÁBET- G. DE VIRGILIO (ED.), Commento teologico all’Esortazione apostolica post-sinodale «Verbum Domini» di Benedetto XVI, Rogate, Roma 2011, pp. 35-48.

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