Algo sobre los nn. 14-21 de la Exhort. Ap. Verbum Domini

Conviene recordar que Verbum Domini, consta de tres partes, Verbum Dei (nn. 6-49), Verbum in EcclesiaVerbum mundo. La primera parte, Verbum Dei, se divide a su vez en tres apartados: “El Dios que habla” (VD 6-21), “La respuesta del hombre al Dios que habla” (VD 22-27) “La hermenéutica de la Sagrada Escritura en la Iglesia” (VD 28-49). Hay que decir que, en cuanto a espacio dedicado, Verbum Dei ocupa casi la mitad del Documento, y su tercer apartado –el referido a la hermenéutica– es también la mitad de la primera parte. Con esto se subraya también la actualidad de los contenidos que se abordan. Como ya dijimos al hablar de los nn 6-13, mientras que esos números, se referían a los lenguajes en los que se expresa la palabra de Dios, ahora en los nn. 14-21, se tratará de cómo nos habla Dios personalmente, hoy.

El punto de partida es VD 14: “Dimensión escatológica de la palabra de Dios”. En ocasiones el adjetivo “escatológico” puede entenderse en un sentido excesivamente restrictivo, como referido al “más allá” o a las realidades “inmediatamente” anteriores al más allá. Además, a comienzos del siglo pasado, una corriente teológica influyente calificó la predicación de Jesucristo y de la primitiva cristiandad como escatología inminente, en el sentido de que esperaban, equivocadamente, el inminente fin de la historia y la aparición del Reino de Dios: por tanto, sus palabras no podrían ser relevantes para quien no viva en esa actitud de tensión. No es extraño así que el calificativo haya llegado a tener mala prensa. Sin embargo, en VD 14, como en muchos documentos de la Iglesia, con el calificativo “escatológica” lo que se quiere decir es que la Palabra de Dios, que es Jesucristo –Evangelio prometido por los profetas y proclamado por los apóstoles–, que vino al mundo en un momento determinado de la historia, para los hombres es, desde entonces, la única Palabra de Dios para siempre. De aquí se saca una consecuencia pastoral –y, obviamente, secundaria– acerca del valor y del criterio con que han de juzgarse las  revelaciones privadas.

Los números siguientes (VD 15-19) tratan de la acción del Espíritu Santo en el hablar de Dios a los hombres. La exhortación se refiere a la inspiración de la Biblia (recoge así la sugerencia de una de las proposiciones finales conclusiones del Sínodo donde ser recomendaba estudiar a fondo para explicar mejor la inspiración de la Sagrada Escritura. La Pontificia Comisión Bíblica está trabajando ahora en este tema), pues la Sagrada Escritura es instrumento con el que Dios habla ahora en la Iglesia, pero lo hace desde una perspectiva más amplia: desde la acción del Espíritu Santo. La comunicación de la Palabra divina implica siempre la relación del Hijo y el Espíritu Santo. El Espíritu Santo es quien actúa en la Encarnación, y el Espíritu dirige cada uno de los pasos de Jesús en la tierra. El Espíritu Santo desciende sobre los Apóstoles y los lleva a proclamar la Palabra de Dios. De este modo, “la Palabra de Dios, pues, se expresa con palabras humanas gracias a la obra del Espíritu Santo”. Finalmente, “el mismo Espíritu, que habló por los profetas, sostiene e inspira a la Iglesia en la tarea de anunciar la Palabra de Dios y en la predicación de los Apóstoles; es el mismo Espíritu, finalmente, quien inspira a los autores de las Sagradas Escrituras” (VD 15).

Ahora bien, la obra del Espíritu Santo respecto de la palabra de Dios, no acaba en la inspiración de los profetas, los apóstoles o los escritores sagrados, sino en la comprensión de la Palabra en la Iglesia. Sin la acción del Espíritu en el destinatario,  no hay comprensión de la Palabra de Dios. VD 16 ilustra de diversas maneras cómo “no se puede comprender el sentido de la Palabra si no se tiene en cuenta la acción del Paráclito en la Iglesia y en los corazones de los creyentes”.

Con esto, dice el texto de la exhortación, “hemos sentado también las bases para comprender el sentido y el valor decisivo de la Tradición viva y de las Sagradas Escrituras en la Iglesia” (VD 17). En efecto, Palabra de Dios para el pueblo y sus descendientes era la palabra que Dios entregó a través de Moisés; también era palabra de Dios para sus respectivos oyentes, la palabra que pronunciaron los profetas. La palabra de Dios queda unificada en Jesucristo cumplimiento de Evangelio que Dios “de antemano prometió por sus profetas en las Santas Escritura” (Rm 1,1). Y fue el mismo Jesucristo  quien “mandó a los Apóstoles predicar a todos los hombres el Evangelio como fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de conducta” (Dei Verbum, 7; VD 17). Es decir, el destino del Evangelio proclamado por los apóstoles es  universal y su vigencia perenne (subrayados míos).

Se puede decir por tanto –el Compendio del Catecismo de Iglesia Católica lo expresa con más claridad incluso– que la Tradición apostólica es palabra de Dios. Los Apóstoles al proclamar el Evangelio proclaman la palabra de Dios. Ya desde la Iglesia post-apostólica se distinguía entre la tradición “de los apóstoles” (creadora de formas de la palabra de Dios) y la tradición que “venía de los apóstoles”, es decir, la “tradición viva” de la Iglesia, que es “esencial para que la Iglesia vaya creciendo con el tiempo en la comprensión de las Escrituras”. En efecto, en la Tradición recibida de los apóstoles “la Sagrada Escritura es la palabra de Dios en cuanto se consigna por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo, y la Sagrada Tradición transmite íntegramente a los sucesores de los Apóstoles la palabra de Dios a ellos confiada por Cristo Señor y por el Espíritu Santo” (Dei Verbum, n. 9; cfr VD 17.19). Aunque Escritura y Tradición no pueden separarse de ningún modo, ni teológica, ni fenomenológicamente, pues “están íntimamente unidas y compenetradas. Porque, procediendo ambas de la misma fuente divina, se funden en cierto modo y tienden a un mismo fin”, la inspiración coloca a la Sagrada Escritura en un lugar muy especial: “es la Tradición viva de la Iglesia la que nos hace comprender de modo adecuado la Sagrada Escritura como palabra de Dios. Aunque el Verbo de Dios precede y trasciende la Sagrada Escritura, en cuanto inspirada por Dios, contiene la palabra divina (cf. 2 Tm 3,16) «en modo muy singular».” (VD 17).

En este contexto Verbum Domini, trata de la inspiración de la Sagrada Escritura de manera expresa. La Iglesia necesita de una seria reflexión sobre la inspiración de la Sagrada Escritura. (…) La Exhortación invita a resolver este vacío (VD 19) de modo que se pueda explicar adecuadamente la “verdad” de la Sagrada Escritura y se justifique una “hermenéutica no secularizada” de la misma.

Autor: Vicente Balaguer


Bibliografía

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Un comentario en “Algo sobre los nn. 14-21 de la Exhort. Ap. Verbum Domini”

  1. Rafael Sanz, Vicente Balaguer muy buen día, reciban un cordial y afectuoso saludo.
    Gracias por su información ya que en lo personal me ha ayudaddo bastante, como es el reconocer lo que fui, quien está en mi y mi relación directa para con el CREADOR.
    Las bendiciones del CREADOR se sigan derramando en ustedes y todods sus seres queridos

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