Marco histórico y teológico de la narración del nacimiento en el Evangelio de Lucas

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La conexión entre Jesús y Augusto

«En aquellos días salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero» (2,1).

Lucas introduce con estas palabras su relato sobre el nacimiento de Jesús, y explica por qué ha tenido lugar en Belén. Un censo cuyo objeto era determinar y recaudar los impuestos es la razón por la cual José, con María, su esposa encinta, van de Nazaret a Belén. El nacimiento de Jesús en la ciudad de David se coloca en el marco de la gran historia universal, aunque el emperador nada sabe de esta gente sencilla que por causa suya está en viaje en un momento difícil; y así, aparentemente por casualidad, el Niño Jesús nacerá en el lugar de la promesa.

Para Lucas es importante el contexto histórico universal. Por primera vez se empadrona «al mundo entero», a la «ecúmene» en su totalidad. Por primera vez hay un gobierno y un reino que abarca el orbe. Y por vez primera hay una gran área pacificada, donde se registran los bienes de todos y se ponen al servicio de la comunidad. Sólo en este momento, en el que se da una comunión de derechos y bienes en gran escala, y hay una lengua universal que permite a una comunidad cultural entenderse en el modo de pensar y actuar, puede entrar en el mundo un mensaje universal de salvación, un portador universal de salvación: es, en efecto, «la plenitud de los tiempos».

Pero la conexión entre Jesús y Augusto es más profunda. Augusto no quería ser sólo un soberano cualquiera como los hubo antes de él y los que vendrían después. La inscripción de Priene, que se remonta al año 9 a.C., nos muestra cómo quiso él que lo vieran y lo comprendieran. Allí se dice que:

el día en que nació el emperador «ha dado al mundo entero un nuevo aspecto: éste se habría derrumbado si no hubiera surgido en el que ahora nace una felicidad común… La providencia que divinamente dispone nuestra vida ha colmado a este hombre, para la salvación de los hombres, de tales dotes, que nos lo envié como salvador (soter), a nosotros y a las generaciones futuras… El día natalicio del dios fue para el mundo el principio de los “evangelios” que con él se relacionan. Con su nacimiento debe comenzar un nuevo cómputo del tiempo» (cf. Stöger, p. 74).

Con un texto como éste, resulta claro que Augusto no solamente era visto como político, sino como una figura teológica, aunque se ha de tener en cuenta que en el mundo antiguo no existía la separación que nosotros hacemos entre política y religión, entre política y teología. Ya en el año 27 a.C., tres años después de su toma de posesión, el senado romano le otorgó el título de augustus (en griego sebastos), «el adorable». En la inscripción de Priene se le llama salvador (soter). Este título, que en la literatura se atribuía a Zeus, pero también a Epicuro y a Esculapio, en la traducción griega del Antiguo Testamento está reservado exclusivamente a Dios. También para Augusto tiene una connotación divina: el emperador ha suscitado un cambio radical del mundo, ha introducido un nuevo tiempo.

En la cuarta égloga de Virgilio hemos encontrado ya esta esperanza de un mundo nuevo, la espera del retorno del paraíso. Aun cuando en Virgilio, como hemos visto, el trasfondo es más amplio, esto influye también en el modo en que se percibía la vida en la era de Augusto: «Ahora todo tiene que cambiar…».

Quisiera todavía resaltar particularmente dos aspectos relevantes de la percepción que tenía Augusto de sí mismo, compartida por sus contemporáneos. El «salvador» ha llevado al mundo sobre todo la paz. Él mismo ha hecho representar esta misión suya de portador de paz de manera monumental y para todos los tiempos en el Ara Pacis Augusti: en los restos que se han conservado se manifiesta claramente todavía hoy de manera impresionante cómo la paz universal, que él aseguraba por un cierto tiempo, permitía a la gente dar un profundo suspiro de alivio y esperanza.

A este respecto, Marius Reiser, haciendo referencia a Antonie Wlosok, escribe:

«El 23 de septiembre (día natalicio del emperador), la sombra de este reloj de sol se proyectaba desde la mañana hasta la tarde por unos 150 metros, ajustándose a la línea equinoccial precisamente hasta el centro del Ara Pacis; hay, pues, una línea directa que va desde el nacimiento de este hombre hasta la pax, y de este modo se demuestra visiblemente que él es natus ad pacem –nacido para la paz–. La sombra proviene de una bola y la bola… es a la vez como la esfera del cielo, y también como el globo terráqueo, símbolo del dominio sobre el mundo que ahora ha sido pacificado» (Wie wahr ist die Weihnachtsgeschichte?, p. 459).

En esto se refleja el segundo aspecto de la autoconciencia de Augusto: la universalidad, que él mismo ha documentado con datos concretos y realzado con énfasis en el llamado Monumentum Ancyranum, una especie de balance de su vida y su obra.

La cuestión del Censo

Con esto llegamos de nuevo al empadronamiento de todos los habitantes del reino, que pone en relación el nacimiento de Jesús de Nazaret con el emperador Augusto. Sobre esta recaudación de los impuestos (el censo), hay una gran discusión entre los eruditos, cuyos pormenores no vienen al caso aquí.

Pero es bastante fácil aclarar un primer problema: el censo tiene lugar en los tiempos del rey Herodes el Grande que, sin embargo, ya había muerto en el año 4 a.C. El comienzo de nuestro cómputo del tiempo –la fijación del nacimiento de Jesús– se remonta al monje Dionysius Exiguus († ca. 550), que evidentemente se equivocó de algunos años en sus cálculos. La fecha histórica del nacimiento de Jesús se ha de fijar por tanto algún año antes.

Hay otras dos fechas que han causado grandes controversias. Según Flavio Josefo, al que debemos sobre todo nuestros conocimientos de la historia judía en los tiempos de Jesús, el censo tuvo lugar el año 6 d.C., bajo el gobernador Cirino y –puesto que se trataba en último término de dinero– llevó a la insurrección de Judas el Galileo (cf. Hch 5,37). Además, Cirino sólo estuvo activo en el entorno siríaco-judío en aquel período, y no antes. Pero estos hechos, a su vez, son de nuevo inseguros; en todo caso hay indicios según los cuales Cirino había intervenido en Siria también en torno al año 9 a.C. por encargo del emperador. Así resultan ciertamente convincentes las indicaciones de diversos estudiosos, como Alois Stöger, en el sentido de que, en las circunstancias de entonces, el «censo» se desarrollaba a duras penas y se prolongaba por algunos años. Por lo demás, se llevaba a cabo en dos etapas: primero se procedía a registrar toda propiedad de tierras e inmuebles y luego –como un segundo momento– con la determinación de los impuestos que efectivamente se debían pagar. La primera etapa tuvo lugar por tanto en el tiempo del nacimiento de Jesús; la segunda, mucho más lacerante para el pueblo, suscitó la insurrección (cf. Stöger, p. 373).

Por último, también se ha objetado que para un recuento como éste no habría sido necesario un viaje de «cada cual a su ciudad» (Lc 2,3). Pero sabemos por diversas fuentes que los interesados debían presentarse allí donde poseyeran tierras. Según esto, podemos suponer que José, de la casa de David, disponía de una propiedad de tierra en Belén, de manera que debía ir allí para la recaudación de los impuestos.

Siempre se podrá discutir sobre muchos detalles. Sigue siendo difícil escudriñar en la vida cotidiana de un organismo tan complejo y lejos de nosotros como el del Imperio romano. Sin embargo, el contenido esencial de los hechos referidos por Lucas continúa siendo a pesar de todo históricamente creíble: él había decidido –como dice en el prólogo de su Evangelio– «comprobarlo todo exactamente» (1,3). Obviamente, hizo esto con los medios a su alcance. Al fin y al cabo, él estaba más cerca de las fuentes y de los acontecimientos de lo que nosotros podemos pretender estarlo, no obstante toda la erudición histórica.

Significado teológico del Marco histórico del Nacimiento de Jesús

Volvamos al gran contexto del momento histórico en que ha tenido lugar el nacimiento de Jesús. Con la referencia al emperador Augusto y a toda la «ecúmene», Lucas ha trazado conscientemente un cuadro histórico y teológico a la vez para los acontecimientos que debía exponer.

Jesús ha nacido en una época que se puede determinar con precisión. Al comienzo de la actividad pública de Jesús, Lucas ofrece una vez más una datación detallada y cuidadosa de aquel momento histórico: es el decimoquinto año del imperio de Tiberio. Se menciona además al gobernador romano de aquel año y a los tetrarcas de Galilea, Iturea y Traconítide, así como también al de Abilene, y luego a los jefes de los sacerdotes (cf. Lc 3,1s).

Jesús no ha nacido y comparecido en público en un tiempo indeterminado, en la intemporalidad del mito. Él pertenece a un tiempo que se puede determinar con precisión y a un entorno geográfico indicado con exactitud: lo universal y lo concreto se tocan recíprocamente. En él, el Logos, la Razón creadora de todas las cosas, ha entrado en el mundo. El Logos eterno se ha hecho hombre, y esto requiere el contexto del lugar y del tiempo. La fe está ligada a esta realidad concreta, aunque luego se supera el espacio temporal y geográfico por la Resurrección, y el «ir por delante a Galilea» (cf. Mt 28,7) del Señor se introduce en la inmensidad abierta de la humanidad entera (cf. Mt 28,16ss).

También es importante otro elemento. El decreto de Augusto para registrar fiscalmente a todos los ciudadanos de la ecúmene lleva a José, junto con su esposa María, a Belén, a la ciudad de David, y así sirve para que se cumpliera la promesa del profeta Miqueas, según la cual el Pastor de Israel habría de nacer en aquella ciudad (cf. 5,1-3). Sin saberlo, el emperador contribuye al cumplimiento de la promesa: la historia del Imperio romano y la historia de la salvación, iniciadas por Dios con Israel, se compenetran recíprocamente. La historia de la elección de Dios, limitada hasta entonces a Israel, entra en toda la amplitud del mundo, de la historia universal. Dios, que es el Dios de Israel y de todos los pueblos, se demuestra como el verdadero guía de toda la historia.

Una nota aclaratoria

Acreditados representantes de la exégesis moderna opinan que la información de los dos evangelistas, Mateo y Lucas, según la cual Jesús nació en Belén, sería una afirmación teológica, no histórica. En realidad, Jesús habría nacido en Nazaret. Con los relatos del nacimiento de Jesús en Belén, la historia habría sido reelaborada teológicamente para hacerla concordar con las promesas, y poder indicar así a Jesús –fundándose en el lugar de su nacimiento– como el Pastor esperado de Israel (cf. Mi 5,1-3; Mt 2,6).

No veo cómo se puedan aducir verdaderas fuentes en apoyo de esta teoría. En efecto, sobre el nacimiento de Jesús no tenemos más fuentes que las narraciones de la infancia de Mateo y Lucas. Los dos dependen evidentemente de representantes de tradiciones muy diferentes. Están influidos por visiones teológicas diversas, de la misma manera que difieren también en parte sus noticias históricas.

Está claro que Mateo no sabía que tanto José como María residían inicialmente en Nazaret. Por eso José, al volver de Egipto, quiere ir en un primer momento a Belén, y sólo la noticia de que en Judea reina un hijo de Herodes le induce a desviarse hacia Galilea. Para Lucas, en cambio, está claro desde el principio que la Sagrada Familia retornó a Nazaret tras los acontecimientos del nacimiento. Las dos diferentes líneas de tradición concuerdan en que el lugar del nacimiento de Jesús fue Belén. Si nos atenemos a las fuentes y no nos dejamos llevar por conjeturas personales, queda claro que Jesús nació en Belén y creció en Nazaret.

Fuente: Benedicto XVI, en “La infancia de Jesús”

7 comentarios en “Marco histórico y teológico de la narración del nacimiento en el Evangelio de Lucas”

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