El mensaje de Juan El Bautista y el sentido de su bautismo

juan-bautista-predicando«En el año decimoquinto del imperio de Tiberio César, siendo gobernador de Judea Poncio Pilato, y Herodes, tetrarca de Galilea, y su hermano Felipe, tetrarca de Iturea y de la provincia de Traconite, y Lisanias tetrarca de Abilinia, y siendo sumos sacerdotes Anás y Caifás, vino palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto» (Lucas 3, 1-2).

De esta manera tan sencilla, y, a la vez, tan exacta, nos cuenta Lucas el comienzo del ministerio profético de Juan el Bautista. El inicio es en torno al 25 d.C., y su duración poco más de seis meses. Sin embargo, a pesar de su escasa duración, Juan el Bautista tuvo una repercusión extraordinaria.

El mensaje de Juan enlazaba con la tradición propia de la historia religiosa de Israel. Sustancialmente, se centraba en un llamamiento a la conversión ( la teshuvah) porque la esperada consumación de los tiempos se hallaba cerca. Un anuncio, por utilizar los propios términos de Juan, era: «Arrepentíos porque el reino de los cielos se ha acercado» (Mateo 3, 1-2). El llamamiento a la teshuvah contaba con claros paralelos en los neviim (profetas). Sin embargo, en él se daba un aspecto novedoso, sin precedentes en los antiguos profetas: el rito del bautismo. De ahí su apodo Juan distintivo “El Bautista”.

El ritual del bautismo de Juan se realizaba con una inmersión total en agua. El origen del rito seguramente debe localizarse en la ceremonia que los judíos seguían para admitir a los conversos en el seno de Israel. En el caso de los varones, al bautismo precedía, como ordena la Torah, la circuncisión. El hecho de que Juan aplicara ese ritual no a gentiles que entraban en la religión de Israel sino a judíos que ya pertenecían a ella estaba cargado de un profundo y dramático significado.

Al contrario de lo que afirmaba el Pirke Avot, uno de los escritos esenciales de la literatura rabínica, que comenzaba diciendo que todo Israel tiene una parte en el mundo venidero (Sanhedrín 90ª), Juan rechazaba este “nacionalismo espiritual” de la época que garantizaba la salvación a cualquier judío por el hecho de serlo, como claramente se deduce de:

Y decía a las multitudes que acudían para ser bautizadas por él: «¡Oh generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? Llevad a cabo frutos propios de la conversión y no empecéis a decir en vuestro interior: “Tenemos como padre a Abraham”; porque os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras. Además el hacha ya está colocada sobre la raíz de los árboles; y todo árbol que no da buen fruto se corta y se arroja al fuego». (Lucas 3, 7-9; comp. Mateo 3, 7-10)

Juan afirmaba, de manera desagradable, pero inequívoca, que sólo podían contar con ser salvados aquellos que se volvieran hacia Dios. Desde la perspectiva de Juan, lo que establecía la diferencia entre los salvos y los réprobos, entre aquellos cuyos pecados recibían o no perdón, no era el hecho de pertenecer o no al pueblo de Israel, sino de volverse hacia Dios con el anhelo de cambiar de vida, un cambio que resultaba simbolizado públicamente por el bautismo. En ese sentido, el paralelo con profetas anteriores resultaba muy acusado: Amós había proferido invectivas contra distintos pueblos paganos para, al fin y a la postre, coronar su mensaje de juicio con terribles alegatos dirigidos contra Judá (Amós 2, 4-5) e Israel (2, 6 ss.). Isaías había comparado a la sociedad judía de su tiempo con las ciudades de Sodoma y Gomorra borradas de la faz de la tierra por el juicio de Dios (Isaías 1, 10 ss.). Ezequiel había calificado de abominación la práctica religiosa de los judíos de su época y se atrevió a anunciar la destrucción del Templo de Jerusalén (Ezequiel 8 y 10).

Frente a la idea de que todo Israel tendría lugar en el mundo por venir, la tesis de los profetas había sido que sólo un resto, un residuo de Israel, obtendría la salvación (Isaías 10, 22-23). Juan, sustancialmente, mantenía esa misma línea. La pertenencia a un grupo nacional no proporcionaba la salvación.

La predicación de Juan era también escatológica pues añadía un elemento de clara esperanza. La urgencia de adoptar una decisión que termine en la conversión es porque se acercaba la consumación de los tiempos. De hecho Juan asociaba su labor con la profecía contenida en el capítulo 40 del profeta Isaías, la que afirma:

Voz del que clama en el desierto: preparad el camino del Señor;
Enderezad sus sendas.
Todo valle se rellenará,
Y se bajará todo monte y collado;
Los caminos torcidos serán enderezados,
Y los caminos ásperos allanados;
Y verá toda carne la salvación de Dios.

Dios iba a manifestarse de manera especialmente clara. Resultaba, pues, totalmente lógico que la gente se preparara y que también, tras el bautismo, cambiara de forma de vivir. La enseñanza de Juan, al respecto, pretendía, sobre todo, evitar los abusos de poder, la corrupción, la mentira o la falta de compasión. El testimonio lucano es claro en ese sentido:

Y la gente le preguntaba: «Entonces, ¿qué debemos hacer?». Y les respondió: «El que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene de comer, que haga lo mismo». Acudieron también unos recaudadores de impuestos para ser bautizados, y le dijeron: «Maestro, ¿qué debemos hacer?». Él les dijo: «No exijáis más de lo que os ha sido prescrito». También le preguntaron unos soldados: «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?». Y les dijo: «No extorsionéis a nadie, ni calumniéis; y contentaos con vuestro salario». (Lucas 3, 10-14)

Por añadidura, Juan esperaba que muy pronto se produjera un cambio radical, un cambio que no vendría por obra del esfuerzo humano, sino en virtud de la intervención directa de Dios, que actuaría a través de su mesías. Éste se manifestaría pronto y entonces las promesas pronunciadas durante siglos por los profetas se harían realidad. Los que hubieran experimentado la conversión serían preservados cuando se ejecutara el juicio de Dios, mientras que los que no la hubieran abrazado, resultarían aniquilados. La alternativa sería verse inmersos en la acción del Espíritu Santo o en el fuego:

Y el pueblo estaba pendiente de un hilo, preguntándose todos en su corazón si Juan sería el mesías. Juan les respondió: «Yo ciertamente os sumerjo en agua; pero está en camino uno más poderoso que yo, de quien no soy digno de desatar la correa de su calzado; él os sumergirá en Espíritu Santo y fuego. Lleva el aventador en la mano, y limpiará su era, y recogerá el trigo en su granero, y quemará la paja en un fuego que no se extinguirá nunca». (Lucas 3, 15-17)

Fuente: Jesús, el judío, de Cesar Vidal

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