Relación entre Magisterio de la Iglesia y exégesis (y 2)

Esta entrada es continuación de Relación entre Magisterio de la Iglesia y exégesis.

En la ponencia que Joseph Ratzinger dirigió a la Pontificia Comisión Bíblica, con ocasión de los 100 años desde su puesta en marcha, hacía el autor un recorrido histórico de las vicisitudes que la exegesis católica ha tenido que sortear para llegar al momento actual. Casi al final del discurso, Ratzinger, afirmaba:

“Con el motu proprio Sedula cura, Pablo VI reorganizó completamente la Comisión Bíblica, de modo que dejó de ser un órgano del Magisterio, y pasó a ser un lugar de encuentro entre el Magisterio y los exegetas, un lugar de diálogo en el que pudieran encontrarse representantes del Magisterio y exegetas cualificados, para hallar juntos, por decirlo así, los criterios intrínsecos de la libertad que le impiden autodestruirse, elevándola así al nivel de una libertad verdadera”. (El énfasis y subrayado es nuestro)

¿Qué había sucedido para llegar hasta el punto de poder “autodestruirse”? El mismo Ratzinger señalaba la raíz del problema cuando al recordar aquella libertad exegética que soñada por su viejo profesor de seminario Friedrich Wilhelm Maier, afirmaba:

“Él -Maier- consideraba indiscutible que el método histórico era digno de consideración e inequívoco; ni se le pasaba por la mente la idea de que también en ese método entraban en juego presupuestos filosóficos y de que podría resultar necesaria una reflexión sobre las implicaciones filosóficas del método histórico. A él, como a muchos de sus compañeros, la filosofía le parecía un elemento perturbador, algo que sólo podía contaminar la pura objetividad del trabajo histórico. No se planteaba la cuestión hermenéutica…”.

Ya en Informe sobre la fe, Ratzinger afirmaba, que tras el Concilio la comprensión de la Escritura seguía en crisis:

cuando se presentan una infinidad de lecturas dispersas e incluso contradictorias entre sí, nos encontramos en ‘el laberinto de los espejos de las interpretaciones’… Se acaba por leer la Biblia no a partir de la tradición de la Iglesia y con la Iglesia, sino de acuerdo con el último método que se presenta (a sí mismo) como ‘científico’”. De modo que la Escritura se convierte en coto de los expertos, que aparecen como el “nuevo magisterio” bíblico: La ciencia de los especialistas levanta una valla entorno al jardín de la Escritura, que lo ha hecho inaccesible a los nos expertos”.

Ratzinger se opuso a esto desde el principio porque la Biblia ha de entenderse tal como ella es, es decir, tal como fue escrita, vivida y leída siempre en la Iglesia. No puede quedar subsumida en la mera subjetividad de unos expertos más o menos competentes del momento.

Era pues urgente encontrar el modo en el que Magisterio y Exegesis se entendieran ya que una Iglesia sin Biblia no es más que un producto histórico casual, una organización como tantas otras. Y, por otro lado, una Biblia sin Iglesia es solo un conjunto de fuentes históricas, una colección de libros heterogéneos, una arqueología donde los muertos entierran a sus muertos. El dilema “exégesis dogmática” o “exégesis científica” debía resolverse cuanto antes.

El concilio Vaticano II y, sobre todo, la constitución conciliar Dei Verbum, de 1965, sobre la divina Revelación, abrió un nuevo capítulo en la relación entre el Magisterio y la exégesis científica. Dice Ratzinger:

“No hace falta subrayar aquí la importancia de este texto fundamental. Ante todo, define el concepto de Revelación, que no se identifica en absoluto con su testimonio escrito, que es la Biblia, y así abre el vasto horizonte, histórico y a la vez teológico, en el que se mueve la interpretación de la Biblia, una interpretación que considera las Escrituras no sólo como libros humanos, sino también como el testimonio de que Dios ha hablado. De este modo resulta posible determinar el concepto de Tradición, el cual también va más allá de la Escritura, aunque tiene en ella su centro, puesto que la Escritura es ante todo y por naturaleza “tradición”. Esto lleva al tercer capítulo de la Constitución, dedicado a la interpretación de la Escritura.”

La solución vendría por la interpretación de la Escritura (Hermenéutica). Es decir por la forma de leer la Biblia. Ya que como afirmaba Ratzinger:

“sin la Escritura la fe se convierte entonces en una especie de filosofía de la vida que cada uno, como puede, intenta extraer de la Biblia. El Dogma privado de la base de la Escritura no aguanta más”. Y por otro lado, “La Biblia que se ha separado del dogma, se convierte en un documento del pasado; pertenece ella misma al pasado”.

El presupuesto que sirvió de común denominador para los diversos métodos exegéticos fue la solución: “La hermenéutica en la fe de la Iglesia”. Se trataba pues, no en leer el Dogma por medio de una enésima relectura de la Biblia, sino más bien en leer la Biblia en el Dogma elaborado en la Iglesia asistida por el Espíritu Santo. No olvidemos algo clave, que ha sido esta última lectura la que ha aportado santos a la Iglesia; muchas veces  gente de poca cultura:

“La ‘sintonía’ de los santos por la Biblia, por sus sufrimientos compartidos con la palabra, le ayudan (a la Iglesia) a comprenderla (la Escritura) más profundamente a como lo hacen los sabios de la Ilustración. (…) Esta fuente  no es accesible de otro modo que dentro del organismo viviente que ella ha creado y que mantiene viva. En este organismo, los libros de la Escritura y las declaraciones de la Iglesia que explican la fe no son testimonios muertos de acontecimientos del pasado, sino elementos portadores de una vida comunitaria. (…) Pasado y futuro se encuentran en el hoy de la fe”.

Los santos son también verdaderos intérpretes de la Escritura, por eso la Iglesia se constituye en el organismo, la comunidad hermenéutica y el contexto interpretativo en el que debe ser leída la Biblia.

Todo lo anterior, como ya hemos dicho, conduce a lo que actualmente se denomina Hermenéutica de la fe, que incluye tradiciones doctrinales, litúrgicas y espirituales (carismas y santos), todas ellas con frecuencia rechazadas por el método histórico-crítico. Se trata, así, de alcanzar el “sensus plenior” de la Escritura:

“La Sagrada Escritura hay que leerla e interpretarla con el mismo Espíritu con que se escribió para sacar el sentido exacto de los textos sagrados, hay que atender no menos diligentemente al contenido y a la unidad de toda la Sagrada Escritura, teniendo en cuenta la tradición viva de toda la Iglesia y la analogía de la fe” (Dei Verbum 12)

Unidad entre AT y NT; unidad entre Biblia y Dogma; unidad entre exégesis y teología. En definitiva, se trata de la aplicación del principio de la analogía de la fe, según el texto conciliar.

Una última aclaración. El Concilio Vaticano II al ampliar los conceptos de Tradición e Interpretación como hemos dicho más arriba, permitió también integrar mejor la Tradición en la hermenéutica de la fe. En este sentido Ratzinger afirma:

precisamente aquello de la Revelación que trasciende a las Escrituras –y que a su vez no puede ser expresado en una serie de fórmulas– es lo que llamamos “Tradición”. Tradición y Escritura no forman dos fuentes (de la fe) distintas, sino que ambas forman una sola fuente, y en la que ambas están íntimamente unidas. No hay nada en la Tradición que no se contenga ya en la Escritura; y la tradición es “siempre, por esencia, interpretación; no existe independiente, sino como explicación, como exposición: “según la Escritura””. La Tradición aunque es algo subordinado a la Escritura, porque ayuda a su comprensión, es inseparable a Ella. “La Escritura y los Padres forman un todo, como la pregunta y la respuesta. Estas dos realidades son distintas, no tienen el mismo rango, no poseen la misma fuerza normativa. La pregunta es lo primero, la respuesta es lo segundo, y esta secuencia es irreversible. Pero aunque sean diversas, aunque no admitan mezcla, tampoco admiten separación. Solo cuando la palabra encuentra respuesta, puede ser eficaz”.

La anterior idea de las dos fuentes unidas, es clave, porque si fuera solo una fuente en el sentido que le da el método histórico, solo el historiador y el filólogo tendrías autoridad y competencia para interpretarla, pero al estar unidas las dos fuentes y no ser independientes la una de la otra resulta que: “La Biblia es expresión e instrumento de aquella comunión en la que el “Yo” divino y el “tú” humano se tocan en el “nosotros” de la Iglesia fundada por Cristo”… La Biblia es un libro que pertenece a la Iglesia, no a la filología o a la historia.

Concluimos este tema con la afirmación del Card. Ratzinger en el discurso al que nos hemos referido al principio:

“la exégesis ha constituido el centro de mi trabajo teológico… el “alma de los estudios teológicos”, tal como pide el Concilio Vaticano II”. “Para mí lo primero de todo, el punto de partida es el Verbo. Creer en la palabra de Dios y poner empeño en conocerla a fondo, ahondar en ella y comprenderla, para después profundizar junto a los principales maestros de la fe”. 

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