Antigüedades de los judíos, capítulo XVIII (Flavio Josefo)

Como resulta difícil encontrarlo en la red, aquí te pongo el capítulo XVIII completo de Antigüedades judaicas de Flavio Josefo (aparece resalto donde aparece el texto que hace referencia a Jesús: capitulo III, apartado 3):

LIBRO XVIII

(Abarca un espacio de tiempo de treinta y dos años)

9788476451298CAPITULO I Quirino práctica un censo en Siria. Coponio, procurador de Judea. Oposición de Judas de Galilea. El sumo pontífice Joazar induce a los judíos a la obediencia

1. Entretanto Quirino, un senador que ya había ejercido todas las magistraturas y que luego de pasar por todos los grados honrosos obtuvo el consulado, además de haber ejercido otras dignidades, llegó a Siria, enviado por César, para administrar justicia en esta provincia y hacer el censo de los bienes. Lo acompañaba Coponio, de la orden ecuestre, para que quedara al frente de los judíos con plenos poderes. Quirino pasó a Judea, que había sido anexada a Siria, para llevar a cabo el censo de los bienes y liquidar los de Arquelao. Aunque los judíos al principio no quisieron acceder a la declaración, luego, por consejo del pontífice Joazar, dejaron de oponerse. Aceptando las razones de Joazar, permitieron que se hiciera el censo de los bienes.

Sin embargo, Judas, un gaulanita nacido en el pueblo de Gamalis, con la adhesión del fariseo Saduco, incitó al pueblo a que se opusiera. El censo, decían, era una servidumbre manifiesta, y exhortaron a la multitud a luchar por la libertad. Si tenían éxito, se aseguraban sus bienes; y en el caso de que lo tuvieran, conseguirían gloria y alabanza por la grandeza de su alma. Además la divinidad colaboraría en la obtención de estos designios, si emprendían grandes obras convencidos de su honorabilidad, y no dejaban nada de hacer para lograrla. Y en esta forma se aventuraron a algo sumamente temerario, pues sus palabras fueron aceptadas ávidamente. A causa de su predicación, no hubo desgracia que no provocaran, sumiendo al pueblo en infortunios con mucha mayor intensidad de lo que pueda imaginarse: guerras de violencia continua inevitable, pérdida de amigos que hacían más llevaderas las penas, acrecentamiento de los latrocinios, muerte de los mejores hombres, todo con el pretexto del bienestar común, pero en realidad con la esperanza de lucro personal. Se originaron sublevaciones, y por su causa numerosos asesinatos, en parte entre la misma gente del pueblo, pues estaban tan enfurecidos unos contra otros que no querían ceder ante el adversario, y en parte también por la acción de los enemigos. A ello siguió el hambre, que llevó a extremos vergonzosos, con capturas y destrucciones de ciudades, hasta que el mismo Templo de Dios fue sometido al fuego del enemigo. Fué tan grande el afán de novedades que llegó a perder a aquellos que fueron sus causantes. Judas y Saduco, que introdujeron entre nosotros la cuarta secta filosófica y contaron con muchos seguidores, no solamente perturbaron al país con esta sedición, sino que pusieron las raíces de futuros males con un sistema filosófico antes desconocido. Quiero decir algo sobre el particular, tanto más cuanto que la adhesión de la juventud a esta secta causó la ruina del país.

2. Desde muy antiguo había entre los judíos tres sectas filosóficas nacionales: la de los esenios, la de los saduceos y la tercera que se denominaba de los fariseos. Aunque hablamos de ellas en el segundo libro de la guerra judía, queremos ahora recordarlas en pocas palabras.

3. Los fariseos viven parcamente, sin acceder en nada a los placeres. Se atienen como regla a las prescripciones que la razón ha enseñado y transmitido como buenas, esforzándose en practicarlas. Honran a los de más edad, ajenos a aquella arrogancia que contradice lo que ellos introdujeron. A pesar de que enseñan que todo se realiza por la fatalidad, sin embargo no privan a la voluntad del hombre de impulso propio. Creen que Dios ha templado las decisiones de la fatalidad con la voluntad del hombre, para que éste se incline por la virtud o por el vicio. Creen también que al alma le pertenece un poder inmortal, de tal modo que, más allá de esta tierra, tendrá premios o castigos, según que se haya consagrado a la virtud o al vicio; en cuanto a los que practiquen lo último, eternamente estarán encerrados en una cárcel; pero los primeros gozarán de la facultad de volver a esta vida. A causa de todo esto disfrutan de tanta autoridad ante el pueblo que todo lo perteneciente a la religión, súplicas y sacrificios, se lleva a cabo según su interpretación. Los pueblos han dado testimonio de sus muchas virtudes, rindiendo homenaje a sus esfuerzos, tanto por la vida que llevan como por sus doctrinas.

4. Los saduceos enseñan que el alma perece con el cuerpo; y se limitan a la observancia de la ley. A su juicio es una virtud discutir con los maestros que se consideran sabios. Su doctrina sólo es seguida por un pequeño número, aunque son los primeros en dignidad. No realizan acto especial ninguno; si alguna vez llegan a la magistratura, contra su voluntad y por necesidad, se atienen a las opiniones de los fariseos, ya que el pueblo no toleraría otra cosa.

5. Los esenios consideran que todo debe dejarse en las manos de Dios. Enseñan que las almas son inmortales y estiman que se debe luchar para obtener los frutos de la justicia. Envían ofrendas al Templo, pero no hacen sacrificios, pues practican otros medios de purificación. Por este motivo se alejan del recinto sagrado, para hacer aparte sus sacrificios. Por otra parte son hombres muy virtuosos y se entregan por completo a la agricultura. Hay que admirarlos por encima de todos los que practican la virtud, por su apego a la justicia, que no la practicaron nunca los griegos ni los bárbaros, y que no es una novedad entre ellos, sino cosa antigua. Los bienes entre ellos son comunes, de tal manera que los ricos no disfrutan de sus propiedades más que los que no poseen nada. Hay más de cuatro mil hombres que viven así.

No se casan, ni tienen esclavos, pues creen que lo último es inicuo, y lo primero conduce a la discordia; viven en común y se ayudan mutuamente. Eligen a hombres justos encargados de percibir los réditos y los productos de la tierra, y seleccionan sacerdotes para la preparación de la comida y la bebida. Su existencia no tiene nada de inusitado, pero recuerda en el más alto grado la de los dacas, llamados los Πολισταῖς (Polistoe, ciudadanos).

6. Además de estas tres sectas, el galileo Judas introdujo una cuarta. Sus seguidores imitan a los fariseos, pero aman de tal manera la libertad que la defienden violentamente, considerando que sólo Dios es su gobernante y señor. No les importa que se produzcan muchas muertes o suplicios de parientes y amigos, con tal de no admitir a ningún hombre como amo. Puesto que se trata de hechos que muchos han comprobado, he considerado conveniente no agregar nada más sobre su inquebrantable firmeza frente a la adversidad; no temo que mis explicaciones sean puestas en duda, sino que al contrario temo que mis expresiones den una idea demasiado débil de su gran resistencia y su menosprecio del dolor. Esta locura empezó a manifestarse en nuestro pueblo bajo el gobierno de Gesio Floro, durante el cual, por los excesos de sus violencias, determinaron rebelarse contra los romanos. Estas son las sectas filosóficas existentes entre los judíos.

CAPITULO II Fundación de pueblos por los tetrarcas Herodes y Filipo en honor del emperador. Los samaritanos profanan el Templo y ocasionan siete días de impureza.

1. Quirino liquidó los bienes de Arquelao y puso fin al censo, en el año treinta y siete después de la victoria de César en Accio contra Antonio. Joazar, que se había enemistado con el pueblo, fué destituído y en su lugar fué nombrado Anán, hijo de Set. Herodes y Filipo se hicieron cargo de sus respectivas tetrarquías. Herodes fortificó Séforis, adorno de la Galilea, y la llamó Autocratoria (imperial); también, después de haber rodeado de murallas a Bezaramita, otra población, la denominó Julias en memoria de la emperatriz. Filipo hizo levantar Paneas cerca de las fuentes del Jordán, y la llamó Cesárea; el poblado de Bezaida, al lado del lago de Genezaret, fué elevado a la dignidad de ciudad por el número de sus habitantes y recibió el nombre de Julias, en honor de la hija del César.

2. Durante la administración de Coponio, procurador de Judea, quien, como dijimos, fué enviado con Quirino, ocurrió lo siguiente. Durante la fiesta de los ácimos, que denominamos Pascua, los sacerdotes acostumbraban abrir las puertas del Templo después de medianoche. En esta ocasión, habiendo sido abiertas, algunos samaritanos que se habían introducido clandestinamente en la ciudad, esparcieron huesos humanos por todo el Templo y los pórticos. Desde entonces se prohibió a todos los samaritanos la entrada al Templo, lo cual no se acostumbraba a hacer anteriormente, y además fué más severa la vigilancia. Poco después Coponio regresó a Roma, y lo reemplazó Marco Ambivio. Durante su gobierno falleció Salomé, la hermana del rey Herodes, que legó a Julia Jamnia y toda la toparquía, Fasalis, en la llanura, y Arqueláis, donde se encuentra una gran plantación de palmeras cuyos frutos son excelentes.

A Marco Ambivio le sucedió Anio Rufo, durante cuyo gobierno murió Augusto César, segundo emperador romano que reinó cincuenta y siete años, seis meses y dos días, habiendo compartido el poder durante catorce años con Antonio. Vivió setenta y siete años. Le sucedió en el gobierno Tiberio Nerón, hijo de su esposa Julia. Fue el tercer emperador romano. Nerón envió como gobernador a Judea, después de Anio Rufo, a Valerio Grato. Este destituyó a Anán del pontificado y puso en su lugar a Ismael, hijo de Fab. Poco después lo destituyó y nombró a Eleazar, hijo del pontífice Anán. Un año después, habiéndolo privado igualmente de sus funciones, entregó el pontificado a Simón, hijo de Camit. Este no había ejercido sus funciones ni un año, cuando lo sucedió José, a quien llamaban también Caifás. En cuanto a Grato, después de haber estado en Judea once años, le sucedió Poncio Pilatos.

3. El tetrarca Herodes edificó una ciudad que llamó Tiberíades, por su gran amistad con Tiberio; estaba ubicada en la mejor parte de Galilea, en el lago de Genezaret. En su vecindad hay un poblado de nombre Emaús que tiene fuentes termales. Fueron a vivir allí gran número de personas de Galilea, así como todos aquellos habitantes del país de Herodes que eran obligados por la fuerza a radicarse en él, entre ellos algunos de los principales. Herodes instaló también a muchos pobres para que vivieran allí y a otros cuya condición de libres no estaba claramente establecida; les otorgó muchos privilegios e inmunidades, para que se sintieran alentados a quedarse en aquella ciudad. Levantóles casas y les asignó campos. Todo esto porque sabía que el residir allí era contrario a las costumbres judías, pues para levantar la ciudad fueron destruidos muchos sepulcros, retirando los huesos. Nuestra ley declara impuros durante siete días a los que viven en tales lugares.

4. Por la misma época murió Fraates rey de los partos, a consecuencia de las intrigas fraguadas por su hijo Fraataces, por el motivo siguiente. Fraates, que tenía hijos legítimos, recibió de Julio César, entre otros regalos, una esclava de raza italiana, cuyo nombre era Termusa. Al principio, la trató sólo como concubina; pero cautivado por su belleza, algún tiempo después se casó con ella y la dignificó, aceptando también al hijo que tuviera con ella. Termusa obtenía del rey todo lo que quería, y como aspiraba a que su hijo ocupara el trono de los partos, pensó que sólo lo conseguiría si lograba imaginar algún medio para desplazar a los hijos legítimos de Fraates. Persuadió a su marido de que enviara a Roma como rehenes a los demás hijos. Así lo hizo el rey, pues no le era fácil oponerse a la voluntad de Termusa. En cuanto a Fraataces, que había sido educado para el gobierno, consideró molesto y demasiado largo esperar a que se le entregara el reino a la muerte de su padre. Con ayuda de su madre, de la cual según se decía era amante, intrigó contra su padre. Por ambos motivos se concitó el odio del pueblo, pues los súbditos consideraron que su incesto era un crimen tan grande como su parricidio. Antes de que se acrecentara su poder, en una sedición fué expulsado del reino y muerto. Los más nobles de los partos determinaron que sin rey no era posible el gobierno del estado, y que el rey debía ser de la familia de los Arsacidas. No era lícito que otros gobernaran; bastante habían sufrido a causa del matrimonio con una concubina italiana y del hijo que naciera del mismo. Enviaron mensajeros para que invitaran a ocupar el reino a Orodes, que era de estirpe real, a pesar de no ser bien visto por el pueblo por su excesiva crueldad, su genio intratable y su inclinación a la ira.

También a éste lo mataron durante una conjuración; según algunos, mientras comían y bebían, pues todos tienen por costumbre llevar siempre las espadas; aunque, según otros, mientras se dedicaba a la caza. Es así que enviaron una legación a Roma, pidiendo que se les otorgara como rey a uno de los rehenes. Fué enviado Vonones, preferido a los otros hermanos. Parecía que la suerte le favorecía, pues tenía en su favor a las dos potencias más grandes del universo, la suya y la extranjera. Pero muy pronto los bárbaros cambiaron de opinión, por ser de naturaleza inconstantes, contra la indignidad de este trato, pues se negaban a obedecer a un esclavo extranjero, considerando a los rehenes como esclavos; y creían vergonzosa la designación, pues el rey no había sido impuesto por derecho bélico, sino, lo que era mucho peor, a consecuencia de una paz ultrajante. Sin tardanza enviaron legados para que hicieran venir a Artabano, que reinaba en la Media, de la familia de los Arsacidas. Lo convencieron y se presentó con el ejército. Vonones le salió al encuentro, pues al principio estaban en su favor la mayor parte de los partos, imponiéndose a Artabano, que se vió obligado a escapar a las fronteras de Media. Sin embargo, poco después, con un gran ejército, se trabó en lucha con Vonones a quien venció, de modo que éste, con algunos de sus soldados de caballería, escapó a Seleucia. Artabano, después de hacer una gran matanza entre los bárbaros, con el objeto de atemorizarlos, con sus tropas se dirigió a Ctesifón. Y así empezó a gobernar a los partos.

Vonones se refugió en Armenia e inmediatamente reivindicó el derecho al gobierno en este país, y envió legados a Roma con este propósito. Pero Tiberio se lo negó, tanto por su negligencia como por sus amenazas, pues por intermedio de sus legados había amenazado con la guerra; como no disponía de otro medio para conservar el reino, ya que los más poderosos de la región de Nifates se habían unido a Artabano, se entregó a Silano, gobernador de Siria. Fué guardado con deferencia en Siria a causa de haber sido educado en Roma. Armenia fué dada por Artabano a Orodes, uno de sus hijos.

5. Por este tiempo murió Antíoco, rey de Comagena. Se originó una discordia entre el pueblo y los nobles, y ambas partes enviaron legados a Roma. Los nobles pedían que el reino fuera reducido a provincia, pero los del pueblo exigían que, de acuerdo con la costumbre nacional, continuara la forma del gobierno real. Un senadoconsulto designó a Germánico para que fuera a poner en orden los asuntos del oriente; era la ocasión que el destino le deparaba para que muriera. Encontrándose en el oriente, después de haber arreglado todos los asuntos, fué envenenado por Pisón, según cuentan otros historiadores.

CAPITULO III Poncio Pilatos introduce clandestinamente imágenes del emperador en Jerusalén. Los judíos se sublevan. Tribulaciones de los judíos en Roma

1. Pilatos, pretor de Judea, salió de Samaria con su ejército para invernar en Jerusalén. Concibió la idea, para abolir las leyes judías, de introducir en la ciudad las efigies del emperador que estaban en las insignias militares, pues la ley nos prohíbe tener imágenes. Por este motivo los pretores que lo precedieron, acostumbraban a entrar en la ciudad con insignias que carecían de imágenes. Pero Pilatos fué el primero que, a espaldas del pueblo, pues lo llevó a cabo durante la noche, instaló las imágenes en Jerusalén. Cuando el pueblo se enteró, se dirigió a Cesárea en gran número y pidió a Pilatos durante muchos días que trasladara las imágenes a otro lugar. El se negó, diciendo que sería ofender al César; pero puesto que no cesaban en su pedido, el día sexto, después de armar ocultamente a sus soldados, subió al tribunal, establecido en el estadio, para disimular al ejército oculto. En vista de que los judíos insistían en su pedido, dió una señal para que los soldados los rodearan; y los amenazó con la muerte, si no regresaban tranquilamente a sus casas. Pero ellos se echaron al suelo y descubrieron sus gargantas, diciendo que preferían antes morir que admitir algo en contra de sus sabias leyes. Pilatos, admirado de su firmeza y constancia en la observancia de la ley, ordenó que de inmediato las imágenes fueran transferidas de Jerusalén a Cesárea.

2. También dispuso Pilatos llevar agua a Jerusalén, a expensas del tesoro sagrado, desde una distancia de doscientos estadios. Pero los judíos quedaron descontentos por las medidas tomadas; se reunieron muchos miles de hombres que pidieron a gritos que se desistiera de lo ordenado; algunos, como suelen hacerlo las multitudes, profirieron palabras ofensivas. Pilatos envió un gran número de soldados vestidos con ropa judía, pero que bajo los vestidos ocultaban las armas, a fin de que rodearan a los judíos; luego ordenó a éstos que se retiraran. Como los judíos dieron muestras de querer injuriarlo, hizo la señal convenida a los soldados; éstos castigaron mucho más violentamente de lo que se les había ordenado tanto a los que estaban tranquilos, como a los sediciosos. Pero los judíos no mostraron señal ninguna de debilidad, de tal modo que sorprendidos de improviso por gente que los atacaba a sabiendas, murieron en gran número en el lugar, o se retiraron cubiertos de heridas. Así fué reprimida la sedición.

3. Por aquel tiempo existió un hombre sabio, llamado Jesús, si es lícito llamarlo hombre, porque realizó grandes milagros y fue maestro de aquellos hombres que aceptan con placer la verdad. Atrajo a muchos judíos y muchos gentiles. Era el Cristo. Delatado por los principales de los judíos, Pilatos lo condenó a la crucifixión. Aquellos que antes lo habían amado no dejaron de hacerlo, porque se les apareció al tercer día resucitado; los profetas habían anunciado éste y mil otros hechos maravillosos acerca de él. Desde entonces hasta la actualidad existe la agrupación de los cristianos.

4. Por la misma época los judíos sufrieron otra tribulación. Acontecieron en Roma algunos hechos en el templo de Isis, que se consideraron escandalosos. Recordaré primeramente el crimen que se cometió en dicho templo, y luego referiré lo acontecido a los judíos. Había en Roma una cierta Paulina, de ilustre nacimiento y de gran prestigio por su afán en la práctica de la virtud además abundaba en riquezas, era de una gran belleza y estaba en aquella edad en que las mujeres son más coquetas; pero ella llevaba una vida virtuosa. Estaba casada con Saturnino, que rivalizaba con ella por sus buenas cualidades. Se enamoró de ella Decio Mundo, caballero de la más alta dignidad. En vano trató de seducirla mediante numerosos regalos, pues ella rechazó todos los que le ofrecía. Su amor aumentó cada vez más, hasta que llegó a ofrecerle doscientas mil dracmas áticas por una sola noche. En vista de que ni aun con esta suma pudo doblegar su ánimo, no pudiendo soportar más su pasión, determiné dejarse morir de hambre para poner fin a sus sufrimientos. Decidido a morir así, se preparó para hacerlo. Pero había una liberta de su padre, de nombre Ide, experta en toda clase de crímenes. Se lamentó que el joven persistiera en morir, pues era evidente que realizaría su propósito. Se acercó a él y lo animó, asegurándole que gozaría de los abrazos de Paulina. El accedió a su propuesta, y ella le aseguró que le bastaban cincuenta mil dracmas para la conquista de aquella mujer. Después que infundió esperanzas en el joven y recibido el dinero solicitado, adoptó medios diferentes de los utilizados hasta entonces; pues veía que Paulina no podía ser seducida mediante dinero. Informada de que era muy dada al culto de Isis decidió realizar lo siguiente.

Habiendo reunido a algunos de sus sacerdotes a quienes obligó con juramentos, y sobre todo luego de ofrecerles dinero, por el momento veinticinco mil, y otro tanto cuando el asunto se hubiera llevado a cabo, les expuso el amor del joven y los incité a que de todos modos procuraran apoderarse de la joven. Ellos, inducidos por el oro, prometieron hacerlo. El mayor de ellos se acercó a Paulina y pidió hablar con ella a solas. Habiéndosele concedido, dijo que venía en nombre de Anubis, pues el dios, a causa del amor que sentía por ella, la invitaba a que fuera a él. Estas noticias le resultaron agradables y deseables y se jactó ante sus familiares del honor que Anubis le otorgaba; anunció también a su marido que había sido invitada a comer y a acostarse con Anubis. El recibió estas noticias alegremente, pues conocía muy bien la honestidad de su mujer.

Paulina se dirigió al templo, y después de haber cenado, siendo hora de acostarse, habiendo el sacerdote cerrado las puertas, dentro del templo se apagaron las luces. Mundo, que se había escondido, se unió con ella, y ella se entregó durante toda la noche, creyendo que se trataba del dios.

El se fué antes de que se levantaran los sacerdotes que conocían la intriga. Paulina por la mañana se presentó ante su esposo a quien narró la aparición de Anubis, relatándola también orgullosamente a sus familiares. De éstos, unos no la creyeron, considerando la naturaleza del asunto; otros se admiraron de ello, pues no podían, sin ser injustos, dudar de su palabra, sí tenían en cuenta su honestidad y nobleza. Al tercer día después del hecho, Mundo se presentó a Paulina y le dijo:

—Paulina, me has ahorrado doscientas mil dracmas, que pudiste agregar a tu fortuna; y sin embargo, me concediste lo que te pedí. Poco importa que te hayas esforzado en injuriar a Mundo; pues hiciste lo que yo deseaba bajo el nombre de Anubis. Dichas estas palabras, se fué. Ella, informada de la afrenta inferida, se rasgó los vestidos y relaté a su esposo la magnitud de la ofensa, pidiéndole que la vengara. Este presentó el asunto ante César. Tiberio, habiendo hecho averiguar lo acontecido entre los sacerdotes, los condenó a ser crucificados e hizo morir también a Ide, culpable de todo lo que había pasado a aquella mujer. Además destruyó el templo e hizo arrojar al agua del Tíber la imagen de Isis. A Mundo lo castigó con el destierro, considerando que no tenía por qué castigarlo más, pues había delinquido por la vehemencia de su amor. Estos fueron los actos vergonzosos con los que sacerdotes de Isis infamaron su templo. Ahora voy a referir lo que aconteció a los judíos que vivían en Roma, como dije antes.

5. Había un hombre de raza judía, que había huido de su patria, pues estaba acusado de proceder en contra de la ley y temía el castigo. Era un hombre perverso en todos los aspectos. Vivía en Roma y se decía intérprete de la ley de Moisés. Habiéndosele unido otros tres en todo semejantes a él, lograron persuadir a una mujer noble, Fulvia, que se había convertido a la ley mosaica y era su discípula, que enviara púrpura y oro al Templo de Jerusalén. Cuando lo recibieron, lo gastaron en sus cosas, pues en realidad lo habían pedido para este fin. Tiberio, a quien los denunció su amigo Saturnino, esposo de Fulvia, a instancias de su mujer, ordenó expulsar de Roma a todos los judíos. Los cónsules, habiendo primeramente seleccionado cuatro mil hombres, los enviaron como soldados a la isla de Cerdeña, y entregaron a los suplicios a un número mucho mayor, que rehusaban el servicio militar por fidelidad a las leyes de su patria. Y es así, como por la maldad de cuatro hombres, los judíos fueron expulsados de la ciudad.

CAPITULO IV Perturbaciones en Samaria. Pilatos ordena numerosas ejecuciones. Vitelio envía a Pilatos a Roma. Tiberio ordena a Vitelio pactar con Aristóbulo. Muerte de Filipo

1. Tampoco a los samaritanos les faltaron agitaciones. Los excitó un hombre que no daba importancia ninguna a la mentira y que nada dejaba de hacer para conquistarse la simpatía del pueblo. Ordenó que subieran con él al monte Garizim, que para ellos es el más célebre de todos los montes, por morar en él la divinidad. Aseguraba que una vez allí les mostraría los vasos sagrados que Moisés escondió y enterró. El pueblo, que dió crédito a lo que decía, tomó las armas y reunióse en un pueblo llamado Tiratana donde se les agregaron otros en gran número, para subir al monte. Pero Pilatos se anticipó y ocupó el camino con soldados de caballería e infantería. Estos mataron a algunos, a otros pusieron en fuga e hicieron muchos cautivos. Pilatos hizo matar a los principales.

2. Apaciguada la sedición, el senado de los samaritanos se presentó ante Vitelio, varón consular y gobernador de Siria, y acusó a Pilatos de las muertes. No se habían reunido en Tiratana para rebelarse contra los romanos, sino para escapar a la violencia de Pilatos. Entonces Vitelio, luego de enviar a Marcelo, su amigo, para que se informara sobre los problemas de los judíos, ordenó a Pilatos que regresara a Roma, para responder ante el César por los crímenes de que se lo acusaba. Así es como Pilatos, después de pasar diez años en Judea, se dirigió a Roma, por orden de Vitelio, a quien no podía oponerse. Antes de llegar a Roma, falleció Tiberio.

3. Vitelio, que se dirigía a Judea, pasó a Jerusalén en la oportunidad de la fiesta de Pascua. Fué recibido magníficamente por los judíos, a quienes perdonó los impuestos sobre la venta de las cosechas. Permitió también que las vestiduras del sumo pontífice y todos sus ornamentos fueran guardados en el Templo por los sacerdotes, como se hacía anteriormente. En aquel tiempo eran depositados en la fortaleza llamada Antonia, por el siguiente motivo. Uno de los pontífices llamado Hircano, el primero de este nombre, pues hubo muchos que se llamaron así, habiendo hecho construir una fortaleza en las cercanías del Templo, pasaba allí gran parte de su vida; las vestiduras, que estaban bajo su vigilancia, pues sólo él podía usarlas, eran guardadas en el mismo lugar; todas las veces que se dirigía a la ciudad vestía de particular. Lo mismo acostumbraron a hacer sus hijos y nietos. Durante el reinado de Herodes, viendo éste que la fortaleza estaba ubicada en un lugar muy adecuado, hizo muchos gastos en su refección, dándole el nombre de Antonia en honor de Antonio, que era su amigo. Retuvo las vestiduras sacerdotales que se encontraban allí, confiando en que por este motivo el pueblo dejaría de complotar.

De igual modo obró Arquelao, su hijo, quien lo sucedió en el mando. Al tomar los romanos el gobierno por su cuenta, encontraron que las vestiduras sacerdotales estaban depositadas en una construcción de piedra, sellada por los sacerdotes y los guardianes del tesoro, donde el comandante de la guarnición encendía todos los días una lámpara. Siete días antes de la fiesta, el último enviaba las vestiduras a los sacerdotes, y el sumo sacerdote se servía de las mismas después de purificarlas. Después de la solemnidad de nuevo las reponían en el lugar donde se guardaban. Esto se realizaba todos los años, con motivo de los tres días festivos y el día de ayuno.

Vitelio ordenó, de acuerdo con la costumbre nacional, que las vestiduras fueran guardadas por los sacerdotes, con mandato al comandante de la fortaleza de que no investigara dónde se guardaban ni en qué días se utilizaban. Procedió así para conquistaras la simpatía del pueblo. Privó del sumo sacerdocio a José, llamado también Caifás, y puso en su lugar a Jonatás, hijo del sumo pontífice Anán. Después se retiró a Antioquía.

4. Por este tiempo Tiberio escribió a Vitelio ordenándole que hiciera un pacto de amistad con Artabano, rey de los partos. Temía que, como enemigo y por haber ocupado a Armenia, cometiera daños todavía mayores. Pero la única forma de dar crédito a su amistad sería que entregara rehenes, especialmente al hijo de Artabano. Después de escribir estas instrucciones a Vitelio, Tiberio persuadió, mediante la donación de grandes cantidades de dinero, al rey de los iberos y al de los albanos, que atacaran sin demora a Artabano. Rehusaron hacerlo, pero dieron paso libre a los escitas a través de su territorio, abriéndoles las puertas caspias, para lanzarlos contra Artabano. Con esto los partos perdieron de nuevo Armenia. La guerra se extendió por su territorio; murieron muchos de los hombres más nobles, y todo el país quedó devastado. En la guerra fallecieron muchos miles, incluso el hijo del rey.

Vitelio intrigó para eliminar al rey Artabano, sirviéndose de parientes y amigos a quienes ofreció grandes regalos. Artabano comprendió que no podría eludir las intrigas tramadas por muchos hombres muy bien ubicados y que, al final, conseguirían su objetivo; pensaba en aquellos que todavía aparentemente eran sus partidarios, a pesar de que estaban corrompidos, de tal modo que si algo se intentaba en su contra, se pasarían a los que lo habían traicionado. Por este motivo se retiró a las satrapías de las partes superiores del país. Luego, habiendo reunido un gran ejército de dahos y sacos, venció a sus enemigos y reconquisté el reino.

5. Enterado Tiberio, ordenó que se hiciera amistad con Artabano. Este aceptó alegremente la conferencia a que se lo invitaba con este motivo. El rey y Vitelio se reunieron en el río Eufrates; se encontraron en medio de un puente tendido sobre el río, acompañado cada uno de ellos por sus guardias. Después de hacer el pacto de amistad, Herodes, el tetrarca, los invitó a un banquete en una tienda lujosa extendida en medio del puente. Poco después Artabano envió su hijo Darío a Tiberio como rehén, con muchos dones. Entre estos dones había un hombre de siete codos de altura, de raza judía, llamado Eleazar, a quien le decían el Gigante.

Después Vitelio regresó a Antioquía y Artabano a Babilonia. Herodes, que quería ser el primero en anunciar a César la obtención de los rehenes, envió correos y escribió una carta en la cual le exponía todo detalladamente, de modo que el procónsul no tuviera nada que agregar. Este también envió cartas, pero cuando el César las recibió ya estaba informado de todo, pues lo había sabido por intermedio de Herodes. Vitelio se indignó grandemente, considerándose más injuriado de lo que realmente había sido; pero ocultó su indignación hasta su retorno bajo el gobierno de Cayo.

6. Por entonces falleció Filipo, hermano de Herodes, en el año vigésimo del gobierno de Tiberio, y en el trigesimoséptimo desde que estuviera al frente de la Traconítida, Gaulanítida y Batanea. Fué un hombre de carácter suave con los súbditos y de ingenio apacible. Pasaba todo el año en el territorio que le pertenecía. En sus viajes, llevaba sólo unos pocos acompañantes. Hacía transportar consigo el trono en el que se sentaba para hacer justicia, por si alguien se le presentara pidiendo su ayuda; en este caso sin demora alguna se dirigía al lugar donde se encontraba el trono, y sentado en él decidía la causa. Castigaba a los culpables y absolvía a aquellos que eran acusados injustamente. Murió en Julias y fué sepultado magníficamente en el monumento que previamente se había construido. Su territorio, pues murió sin hijos, pasó a poder de Tiberio, que lo unió a la provincia de Siria, pero ordené que los impuestos de la tetrarquía quedaran en la misma.

CAPITULO V El tetrarca Herodes hace la guerra a Aretas, y es vencido. Historia de Juan Bautista. Vitelio, al informarse de la muerte de Tiberio, detiene las hostilidades

1. Por este tiempo surgieron disensiones entre Aretas, el rey de Petra y Herodes, por el siguiente motivo. Herodes el tetrarca casóse con la hija de Aretas, y vivió con ella durante mucho tiempo. En viaje a Roma, fué a visitar a su hermano Herodes, hijo de otra madre, pues Herodes el tetrarca era hijo de la hija de Simón el sumo pontífice. Enamoróse de Herodias, la mujer de su hermano, hija de Aristóbulo, otro de sus hermanos, y hermana de Agripa el grande. Tuvo la audacia de hablarle de matrimonio. No le disgustó a ella la propuesta; se convino entre los dos que ella iría a su casa así que él regresara de Roma; además él prometió repudiar a la hija de Aretas.

Después de formalizar estas promesas, él marchó a Roma. Cuando estaba ya de regreso, concluidos los asuntos para los cuales había ido a Roma, su esposa, informada de lo pactado con Herodias, antes de que él supiera que ella lo sabía, se dirigió a Maquero, fortaleza que se encuentra en los límites del territorio de Herodes y Aretas, sin que él sospechara sus propósitos. Herodes le envió a donde pedía ir, ignorando que su esposa estaba bien informada. Pero ella, que había enviado algún tiempo antes emisarios a Maquero, lugar que entonces dependía de su padre, encontró allí todo preparado por su comandante para el viaje. De allí pasó a Arabia haciéndose escoltar por comandantes de los puestos sucesivos, para llegar cuanto antes a presencia de su padre, y descubrirle las intenciones de Herodes. Aretas buscó un pretexto de hostilidad a propósito de las fronteras del territorio de Gamala. Los dos reunieron sus ejércitos con fines bélicos y enviaron a sus generales. Iniciadas las hostilidades, todo el ejército de Herodes fué vencido y muerto, pues fué traicionado por algunos prófugos que estaban al servicio dé Herodes, aunque eran de la tetrarquía de Filipo. Sobre esto Herodes informó por carta a Tiberio. Este, indignado con Aretas, escribió a Vitelio que le hiciera la guerra y se lo enviara vivo, encadenado, o, si era muerto, la cabeza. Tales fueron las órdenes de Tiberio al procónsul de Siria.

2. Algunos judíos creyeron que el ejército de Herodes había perecido por la ira de Dios, sufriendo el condigno castigo por haber muerto a Juan, llamado el Bautista. Herodes lo hizo matar, a pesar de ser un hombre justo que predicaba la práctica de la virtud, incitando a vivir con justicia mutua y con piedad hacia Dios, para así poder recibir el bautismo. Era con esta condición que Dios consideraba agradable el bautismo; se servían de él no para hacerse perdonar ciertas faltas, sino para purificar el cuerpo, con tal que previamente el alma hubiera sido purificada por la rectitud. Hombres de todos lados se habían reunido con él, pues se entusiasmaban al oírlo hablar. Sin embargo, Herodes, temeroso de que su gran autoridad indujera a los súbditos a rebelarse, pues el pueblo parecía estar dispuesto a seguir sus consejos, consideró más seguro, antes de que surgiera alguna novedad, quitarlo de en medio, de lo contrario quizá tendría que arrepentirse más tarde, si se produjera alguna conjuración. Es así como por estas sospechas de Herodes fué encarcelado y enviado a la fortaleza de Maquero, de la que hemos hablado antes, y allí fué muerto. Los judíos creían que en venganza de su muerte, fué derrotado el ejército de Herodes, queriendo Dios castigarlo.

3. Vitelio se aprestó a hacer la guerra a Aretas; tomó consigo dos legiones y todas las tropas ligeras y de caballería que tenía agregadas, guiadas por los reyes sometidos a los romanos. Yendo hacia Petra, llegó a Ptolemáis. Al querer pasar con su ejército por Judea, los principales le pidieron que no lo hiciera; adujeron que sus costumbres nacionales no permitían las imágenes y que había muchas en las insignias. Vitelio accedió al pedido, y ordenó que el ejército avanzara por una gran llanura. El con Herodes y sus amigos ascendió a Jerusalén, para ofrecer sacrificios a Dios, estando próxima la fiesta de los judíos. Llegó para la fiesta y fué recibido magníficamente por el pueblo, permaneciendo tres días. Entretanto destituyó a Jonatás del pontificado y puso en su lugar a su hermano Teófilo.

Al cuarto día recibió una carta comunicándole que Tiberio había fallecido; hizo entonces jurar al pueblo fidelidad a Cayo. También dió orden de retroceder a los soldados que estaban en camino, para que se retiraran a sus cuarteles de invierno, pues no tenía el mismo poder de antes para hacer la guerra, por haber pasado el imperio a las manos de Cayo. Se cuenta también, que Aretas, al informarse que se acercaba la expedición de Vitelio, consulté a un adivino, el cual dijo que aquél no entraría en Petra; pues en breve moriría el jefe que había ordenado la guerra, o aquel que se disponía a cumplir las órdenes o aquel en cuyo favor se había preparado la expedición. Vitelio se retiró a Antioquía.

Agripa, hijo de Aristóbulo, un año antes de fallecer Tiberio, se dirigió a Roma para tratar de sus asuntos con el César, en la medida que le fuera posible. Quiero tratar más extensamente la situación de Herodes y su familia, por de pronto porque interesa a la historia, y además porque es una manifestación de la providencia divina, que demuestra que no importan ni el número ni las fuerzas que los hombres emplean, cuando falta la piedad hacia Dios, puesto que en el espacio de un siglo casi todos los descendientes de Herodes, a pesar de ser muy numerosos, desaparecieron. El conocimiento de su mala suerte servirá para que el género humano sea más prudente, como también la vida admirable de Agripa, el cual, de simple particular, se elevó contra lo que todos esperaban, a un grado tal de poder. Ya lo he mencionado anteriormente, pero lo trataré en forma más precisa.

4. Herodes tuvo dos hijas con Mariamne, la hija de Hircano: una de ellas, Salampsio, casó con su primo Fasael, hijo de Fasael, el hermano de Herodes, habiendo éste dispuesto el matrimonio. La otra, Cipros, se casó también con su primo Antipáter, hijo de Salomé, hermana de Herodes. Fasael tuvo cinco hijos con Salampsio: Antipáter, Herodes, Alejandro y dos hijas, Alejandra y Cipros, que se casó, con Agripa, hijo de Aristóbulo. Alejandra contrajo matrimonio con Timio, uno de los principales ciudadanos de Chipre, muriendo sin haber dejado hijos. En cambio, Cipros dió dos hijos y tres hijas a Agripa. Estas eran Berenice, Mariamne y Drusila. Los hijos fueron Agripa y Druso; el último murió antes de llegar a la pubertad. Su padre Agripa fué educado a la par de los otros hermanos, Herodes y Aristóbulo, que también eran hijos de Herodes el Grande y de Berenice; Berenice era hija de Costobaro y Salomé, la hermana de Herodes. Estos fueron dejados por el padre siendo muy niños, cuando Aristóbulo fué muerto con su hermano Alejandro, como dijimos. Una vez adolescente este Herodes, hermano de Agripa, casó con Mariamne hija de Olimpias, hija del rey Herodes, y de José, hijo de José, que era hermano del rey Herodes; con ella tuvo un hijo, Aristóbulo. El tercer hermano de Agripa, Aristóbulo, casó con Jotape, hija de Sampsigeramo, rey de Emeso; tuvieron una hija sorda, cuyo nombre era también Jotape. Estos fueron los hijos de los hijos. Herodias, su hermana, casó con Herodes (Filipo), el hijo de Herodes el Grande que éste tuvo con Mariamne, la hija del pontífice Simón. Tuvieron una hija, Salomé; después del nacimiento de ésta, Herodias, que se propuso violar las leyes nacionales, casó con Herodes (Antipas), hermano de su esposo del mismo padre, apartándose del primer marido mientras éste vivía. Ejerció la tetrarquía de Galilea. Su hija Salomé estaba casada con Filipo, hijo de Herodes, que ejerció la tetrarquía de Traconítida. Habiendo éste fallecido sin hijos, se casó con ella Aritóbulo hijo de Herodes, hermano de Agripa; nacieron tres hijos, Herodes, Agripa y Aristóbulo. Estos son los descendientes de Fasael y Salampsio. Cipros tuvo con Antipáter una hija llamada Cipros, casó con Alexas Helcias, hijo de Alexas. Tuvieron una hija llamada Cipros. Pero Herodes y Alejandro los cuales, como dije, fueron hermanos de Antipáter, murieron sin descendientes. Además Alejandro, hijo del rey Herodes, que fué muerto por el padre, tuvo dos hijos, Alejandro y Tigranes, con la hija de Arquelao, rey de los capadocios. Tígranes, rey de Armenia, murió sin hijos, mientras era acusado en Roma. Alejandro tuvo un hijo llamado Tigranes, como su hermano, el que fué enviado por Nerón para que gobernara en Armenia. Tuvo un hijo llamado Alejandro. Este casó con Jotape, hija de Antíoco, rey de Contagena; fué hecho por Vespasiano rey de una isla de Cilicia. Los descendientes de Alejandro ya desde la primera infancia se apartaron de las leyes de los judíos, pasando a las costumbres y ritos de los griegos. Las demás hijas de Herodes murieron sin hijos. Los descendientes de Herodes que acabo de enumerar vivían en el momento en que Agripa el Grande recibió el título de rey, y ya expuse su parentesco. Quiero ahora enumerar las desventuras a las que pudo escapar Agripa para ascender a la cima del poder y de las dignidades.

CAPITULO VI Agripa se traslada a Roma para presentarse ante Tiberio. Acusado por uno de sus libertos, es encarcelado. Recobra la libertad con la muerte de Tiberio; Calígula lo nombra rey de la tetrarquía de Filipo.

1. Poco antes de la muerte del rey Herodes, Agripa vivía en Roma. Fué educado junto con el hijo de Tiberio, Druso, con quien tenía gran amistad, así como también con Antonia, esposa de Druso el Grande, pues su madre, Berenice, a la que aquélla apreciaba, le pidió que la ayudara a hacer progresar a su hijo en los honores. Agripa era magnánimo y pródigo. Mientras vivió su madre, disimuló sus intenciones, para no disgustarla. Fallecida Berenice, no habiendo nada que lo trabara, gastó sus bienes en parte viviendo lujosamente y en parte con donaciones desmedidas, especialmente entre los libertos de César, a la espera de poder contar con su ayuda.

Al poco tiempo quedó reducido a la indigencia, de manera que ya no se pudo quedar en Roma por más tiempo. Además, Tiberio había prohibido que los amigos de su hijo se presentaran como antes a su presencia, para que no se le renovara el dolor de su muerte.

2. Por este motivo, Agripa se embarcó hacia Judea, muy afligido y desanimado por haber gastado todo su dinero y no disponer de nada para pagar a sus acreedores, que eran muchos y estaban a la expectativa de todos sus movimientos para que no se les escapara. Quedó reducido a una situación en la cual no sabía qué hacer. Entonces se retiró a una fortaleza idumea de Malata, pensando quitarse la vida. Lo adivinó Cipros, su mujer, que trató por todos los medios de apartarlo de esta idea. Escribió a su hermana Herodias, casada con el tetrarca Herodes, indicándole las intenciones de Agripa en vista del estado de sus asuntos y los extremos de indigencia a que había llegado. Le pedía que, a causa del parentesco, la ayudara y que indujera a su esposo a hacer lo mismo. Viendo que ella procuraba ayudarlo, a pesar de no abundar en riquezas, Herodes y Herodías llamaron a Agripa y le asignaron como lugar de residencia Tiberíades, con una cantidad limitada para vivir, y lo nombraron edil de la zona. Herodes no mantuvo mucho tiempo esta decisión, a pesar de que ni aun así satisfacía las necesidades de Agripa. Mientras celebraban un banquete en Tiro, el vino desató las lenguas, y Herodes le reprochó su pobreza, pues le tenía que suministrar lo necesario para vivir. Agripa no pudo soportarlo; entonces se dirigió a Flaco, varón consular, que por entonces estaba al frente de Siria y con quien ya antes, en Roma, había tenido gran amistad.

3. Flaco lo recibió muy bien, admitiéndolo a su lado junto con Aristóbulo, hermano de Agripa con el cual éste estaba en desacuerdo. Su disentimiento, sin embargo, no obstaculizaba la amistad de ambos con el procónsul, quien los trataba honrosamente. Pero Aristóbulo no abandonaba su odio y procuró por todos los medios enemistar a Flaco con Agripa, arbitrando la siguiente oportunidad para ello.

Estando en contienda los de Damasco con los de Sidón a causa de las fronteras, fué árbitro en la decisión Flaco; pero conociendo aquéllos la influencia de Agripa le pidieron que se pusiera de su lado, ofreciéndole gran cantidad de dinero. Él, entonces, procuró ansiosamente auxiliar a los de Damasco. Pero Aristóbulo lo delató a Flaco, pues no se le ocultaba que le habían ofrecido dinero. Habiéndose comprobado que era así, después de haberse investigado, Flaco le retiró su amistad. Reducido a extrema necesidad dirigióse a Ptolemáis, y no sabiendo dónde vivir, determinó navegar a Italia. Falto de dinero para este viaje, ordenó a Marsias, su liberto, que de todas maneras se lo procurara prestado. Marsias rogó a Petro, liberto de Berenice, madre de Agripa, traspasado legalmente por testamento a manos de Antonia, que por lo menos le prestara este dinero bajo su propia firma y garantía. Pero el otro, reclamando cierta cantidad de la cual había sido despojado por Agripa, obligó a Marsias a firmar un vale por veinte mil dracmas áticas, cuando solamente entregaba dos mil quinientas. Lo firmó, puesto que no tenía otra salida. Con este dinero Agripa fletó un navío, llegó a Antedón y se preparó para levar anclas.

Cuando lo supo Herenio Capito, gobernador de Jamnia, envióle soldados para exigirle trescientas mil piezas de plata que Agripa había quedado debiendo al tesoro imperial cuando vivía en Roma; y lo obligaron a quedarse allí. Agripa simuló cumplir la orden; pero, durante la noche, cortó las amarras y se dirigió a Alejandría. Allí pidió a Alejandro el alabarca que le prestara doscientas mil dracmas. Alejandro se negó a prestárselas, pero no se las negó a Cipros, admirado de su amor conyugal y de sus demás virtudes. Cipros aceptó y Alejandro, habiéndole entregado cinco talentos en Alejandría, prometió darle el resto cuando llegaran a Dicearquía, puesto que desconfiaba de la prodigalidad de Agripa. Cipros, después de despedir a su esposo en viaje a Italia, regresó con sus hijos a Judea.

4. Habiendo Agripa llegado a Puteoli, escribió una carta al emperador Tiberio, que residía en Capri; había ido a rendirle homenaje, verlo y pedirle permiso para dirigirse a Capri. Tiberio le contestó muy amablemente y, entre otras cosas, le dijo que se alegraría de verlo en Capri. Una vez allí, lo recibió con no menor amabilidad de la que le manifestó en la carta, lo abrazó y le ofreció hospedaje. Pero al día siguiente César recibió una carta de Herenio Capito en la que le decía que Agripa, después de haber recibido prestadas trescientas mil dracmas, que no pagó a su debido tiempo, a pesar de habérsele amonestado a que las devolviera, escapó del lugar de su territorio, de modo que quedó privado de toda posibilidad de exigirle el dinero. Al leer esta carta, el César se indignó mucho, y prohibió a Agripa que se presentara ante él sin antes haber arreglado sus deudas.

Agripa se alteró por la ira del César; pidió a Antonia, madre de Germánico y de Claudio, el futuro César, un préstamo de trescientas mil dracmas, para no perder la amistad de Tiberio. Ella, en recuerdo de su madre Berenice, pues había unido a las dos mujeres una profunda amistad, y además por haber sido Agripa educado junto con Claudio, le facilitó el dinero.

Pagada la deuda, quedóle expedito el camino para la amistad con el César. Más adelante el mismo Tiberio le encomendó a su nieto, ordenándole que lo acompañara en todas las salidas.

Agripa, por haber sido aceptado favorablemente por Antonia, atendió diligentemente a Cayo, su nieto, tenido en gran honor por el afecto de que gozaba su padre. Había un cierto Talo, de raza samaritana, liberto de César. Luego de pedirle prestado un millón de dracmas, pagó a Antonia lo que le debía, y gastó el resto para servir a Cayo, a fin de aumentar su crédito ante él.

5. Agripa hizo grandes progresos en su amistad con Cayo. En cierta oportunidad, mientras iban en el carro, empezaron a hablar sobre Tiberio; aconteció que Agripa, pues se encontraban solos, rogó a Dios que Tiberio se fuera pronto, y dejara el imperio a Cayo, por ser el más digno. Oyólo Eutico, liberto de Agripa y auriga; y por entonces se calló. Acusado por Agripa de haberle sustraído un vestido, lo que así era, se fugó. Llevado ante Pisón, el prefecto de la ciudad, cuando le preguntaron por qué se había fugado, dijo que tenía algunos secretos que confiar al César, referentes a su seguridad. Por este motivo fué enviado a Capri, encadenado. Pero Tiberio, de acuerdo con su costumbre, lo retuvo encarcelado, pues era más contemporizador que ningún otro rey o tirano.

Tiberio no recibía jamás de inmediato a las embajadas; y los generales y gobernadores nombrados por él no eran reemplazados, a menos que murieran. También demoraba en atender a los encarcelados. Los amigos en cierta oportunidad le preguntaron la razón de que hiciera esperar a las embajadas; contestó que si las atendía pronto se presentarían nuevos legados y en esta forma no tendría otra cosa que hacer más que recibir y despedir embajadas. Dijo también que permitía que retuvieran mucho tiempo el mando aquellos que había nombrado, a fin de que manifestaran cierta honorabilidad en la administración de los asuntos. Todos los hombres elevados a la magistratura se inclinaban por la codicia; los que no son perpetuos, sino nombrados por un tiempo breve, puesto que no saben cuándo se los privará del poder, se dan al robo con mayor avidez. Si lo retienen por largo tiempo, satisfechos con lo robado, por haber conseguido lo bastante y estar saciados, son más lentos para la rapiña. Al contrario, si se les nombraba inmediatamente sucesores, los súbditos que serían sus víctimas no lograrían satisfacer a los funcionarios; éstos no verían repetirse la Ocasión que permitió a sus antecesores hartarse, porque serían desplazados antes de aprovechar la oportunidad. Les explicó lo siguiente a manera de ejemplo. Un gran número de moscas cubría la herida de un hombre que yacía en el suelo. Un caminante que pasó por casualidad se compadeció de su suerte, y pensando que su debilidad era tan extrema que no las podía alejar, se acercó y se las espantó. El herido le pidió que no lo hiciera, y al preguntarle por qué motivo no quería que lo librara de la molestia, dijo:

—Al apartarlas, me pones en situación más grave. Porque estas moscas, una vez llenas de mi sangre, no me molestarán como antes, se contendrán un poco. Pero si vienen otras, con las fuerzas intactas y atraídas por el hambre, se apoderarán de mi cuerpo ya agotado y no pararán hasta que me maten.

Es por estas razones que Tiberio, puesto que los tributarios estaban castigados por múltiples malversaciones, no les enviaba con frecuencia gobernadores, uno después de otro, que procedieran con ellos a la manera de las moscas, temeroso de que a su naturaleza inclinada a la avidez se agregara la perspectiva de que muy pronto se vieran privados del provecho que sacaban. Los hechos confirman lo que he dicho de Tiberio, pues habiendo sido emperador durante veintidós años, en total sólo envió dos hombres a los judíos para que los gobernaran, Grato y su sucesor Pilatos. Se comportó de igual modo que con los judíos con los demás súbditos del imperio. En cuanto a los encarcelados, daba a entender que sí demoraba su interrogatorio, era para que una condena a muerte no fuera a aliviar sus males presentes, pues no se encontraban en tal situación a causa de su virtud, y de esa forma quedarían sometidos a una pena mayor.

6. Por esta razón Eutico no era juzgado, y seguía aguardando en la cárcel. Poco .después Tiberio pasó de Capri a Túsculo, a una distancia de cien estadios de Roma. Agripa rogó a Antonia que intercediera ante Tiberio para que oyera a Eutico sobre aquello de que lo acusaba. Antonia gozaba de gran prestigio ante Tiberio, tanto por el parentesco, pues había sido esposa de su hermano Druso, como por su honestidad; quedó viuda siendo todavía joven, y rehusó casarse de nuevo, a pesar de que Augusto le aconsejaba que lo hiciera, llevando una vida libre de reproches. Además había prestado un gran servicio a Tiberio. Sejano, que fuera amigo del esposo de Antonia, había tramado una conspiración, en una época en la que gozaba de gran poder por estar al frente de los soldados pretorianos; muchos senadores con sus libertos se unieron con él. Además el ejército estaba corrompido y la conjuración aumentaba día a día. Sejano habría logrado éxito, si Antonia con su audaz prudencia no se hubiese impuesto a su malicia.

Así que supo lo que se estaba urdiendo contra Tiberio, se lo escribió detalladamente y entregó la carta a Palas, el más fiel de sus siervos, enviándolo a Capri. Enterado Tiberio, hizo morir a Sejano y sus cómplices. En cuanto a Antonia, a la que ya anteriormente apreciaba mucho, todavía la honró más y le tuvo plena confianza en todo. Tiberio, pues, fué rogado por Antonia que oyera a Eutico.

—Si Eutico ha mentido al acusar a Agripa —dijo Tiberio—, el castigo que le he infligido es suficiente; pero si, sometido al tormento, reconoce que ha dicho la verdad, que tema Agripa, al querer castigar a su liberto, pues será él quien recibirá un justo castigo. Cuando Antonia se lo explicó a Agripa, éste insistió en que se hiciera la investigación. Antonia no dejó de interceder y aprovechó una oportunidad que se le presentó. Tiberio iba en la litera, precedido por su nieto Cayo y por Agripa, después de haber comido. Junto a la litera marchaba Antonia, la cual pidió al emperador que hiciera comparecer a Eutico y lo interrogara.

—Pongo por testigos a los dioses, oh Antonia —respondió Tiberio—, que hago tal cosa, no por mi voluntad, sino obligado por tu pedido.

Dicho esto ordenó a Macro, el sucesor de Sejano, que hiciera comparecer a Eutico. Lo que se cumplió sin demora. Tiberio le preguntó qué era lo que tenía que decir contra un hombre que ia había otorgado la libertad. Eutico respondió:

—Mientras yo me encontraba sentado a los pies de Cayo y Agripa, después de hablar sobre diversos asuntos, Agripa dijo a Cayo: “Ojalá llegue el día en que muera ese anciano y te designe a ti señor del mundo; porque su nieto Tiberio no nos molestará en lo más mínimo, si tú lo haces morir, y entonces la tierra gozará de felicidad, y yo el primero de todos”. Tiberio consideró dignas de crédito estas palabras, y en su ánimo se renovó la indignación que sentía contra Agripa, pues habiéndole ordenado que se ocupara de su nieto Tiberio hijo de Druso, no se había atenido a su orden, consagrándose en cambio totalmente a Cayo. Volviéndose hacia Macro le ordenó:

—Haz encadenar a este hombre. Pero Macro, en parte por no haber entendido a quién tenía que encadenar y en parte porque no se imaginaba que pudiera referirse a Agripa, esperó hasta que pudiera asegurarse de cuál había sido la orden de Tiberio. Pero cuando el César dió vuelta al hipódromo y vió todavía a Agripa, dijo:

— Macro, te he ordenado que encadenaras a este hombre. Entonces le preguntó a quién se refería.

—A Agripa —dijo. Agripa empezó a rogar, recordándole al hijo junto con quien había sido educado. Pero nada consiguió, sino que tal como estaba, vestido de púrpura, fué encadenado. Como el calor era excesivo y le habían dado poco vino en la comida, estaba sediento; se desesperaba y lo consideraba una indignidad. Habiendo visto a uno de los esclavos de Cayo, de nombre Taumasto, que llevaba una vasija con agua, le pidió que le diera de beber. El esclavo le dió la vasija y Agripa, después de haber bebido, le dijo:

—Ciertamente ha sido para tu bien, oh esclavo, el servicio que me has hecho. Cuando me libre de estas cadenas, sin demora pediré a Cayo que te otorgue la libertad, pues no tuviste a menos servirme mientras estaba encadenado, como antes cuando ocupaba puestos de dignidad.

Y no mintió en lo que dijo, pues lo gratificó. Cuando obtuvo el reino, pidió a Cayo, ya César, que otorgara la libertad a Taumasto; y lo nombró administrador de su fortuna. Al morir, lo dejó al servicio de su hijo Agripa y de su hija Berenice; y así honrado murió de edad avanzada. Pero esto aconteció más tarde.

7. Por el momento, Agripa estaba encadenado frente al palacio, apoyado en un árbol, descorazonado, junto con muchos otros prisioneros. Un pájaro se posó en el árbol, en el que se apoyaba Agripa (pájaro al que los romanos llaman bubo, buho); uno de los encadenados, de raza germana, habiendo visto el ave, preguntó a uno de los soldados quién era el que estaba vestido de púrpura. Informado de que era Agripa, de raza judía, uno de los hombres más nobles de ese pueblo, pidió al soldado que lo custodiaba, atado a la misma cadena, que se le acercara para hablarle, pues quería interrogarle sobre asuntos de su patria. Habiéndosele otorgado, cuando estuvo cerca le dijo mediante un intérprete:

—Oh joven, te contrista una mudanza tan súbita, que significa para ti una gran calamidad; por eso no otorgarás fácilmente crédito a mis palabras, que explicarán lo que Dios ha dispuesto para que escapes a las desgracias presentes. Debes saber, y pongo por testigos a los dioses de mi patria y a los que presiden este lugar, y por cuyos designios estamos encadenados, que estoy dispuesto a decirlo todo, no para halagar petulantemente tus oídos ni para infundirte una yana esperanza; pues estas predicciones, si no se comprueban con los hechos, son causa antes bien de tristeza, más aún que si nada se hubiera anunciado. He considerado justo y aun con peligro propio declarar lo que los dioses han dispuesto sobre tu futuro. Necesariamente la liberación de estas cadenas redundará en tu buena suerte; luego ascenderás y gozarás de gran poder y dignidad. Todos los que antes te compadecían, te proclamarán feliz; tendrás un final exitoso y dejarás a tus hijos las riquezas que habrás acumulado. Sin embargo, acuérdate que, cuando veas de nuevo esta ave, morirás cinco días después. Estos hechos acontecerán tal como los ha indicado el dios, que se ha dignado enviarte el ave. Puesto que yo los sabía de antemano, consideré injusto no comunicártelos, a fin de que, seguro de la futura felicidad, consideres liviano lo que estás sufriendo actualmente. Cuando obtengas éxito, acuérdate de nosotros, para que podamos escapar a la infelicidad a que nos vemos ahora sometidos.

Este presagio del germano le pareció en aquel momento tan ridículo como más tarde lo encontró admirable. A Antonia le angustió la situación de Agripa; pero sabía que era difícil hablar de ella con Tiberio; además había cerrado la oportunidad a todo ruego. Pero obtuvo de Macro que los soldados lo trataran más humanamente, y que encargara su custodia a hombres apacibles, mandados por un centurión que le tuviera afecto; que se le concediera que todos los días pudiera bañarse, que pudieran verlo sus libertos y amigos, y que se le otorgaran otros privilegios referentes al cuidado del cuerpo. Podían verlo su amigo Silas y sus libertos Marsias y Estequeo, que le traían las comidas de su agrado y lo rodeaban de todos los cuidados, y le suministraban vestidos, con el pretexto de venderlos, gracias a la complicidad de los soldados advertidos por Macro. Esta situación duró seis meses, y en estas condiciones pasó Agripa ese tiempo.

8. Tiberio, a su regreso de Capri, enfermó levemente; cuando se agravó su mal, desconfiando de que pudiera recuperar la salud, ordenó a Evodo, el liberto que contaba con su mayor aprecio, que le trajera a sus hijos. Quería hablarles antes de morir. Sus hijos legítimos ya no estaban entre los vivos, pues había muerto Druso, el único que tuvo. Pero vivía el hijo de éste, Tiberio, por sobrenombre Gemelo; así como el hijo de su hermano Germanico, Cayo. Este era un joven que había recibido muy buena educación y contaba con el favor del pueblo, que lo honraba a causa de las virtudes de su padre Germánico. El pueblo había tenido en gran estima a Germánico por sus costumbres moderadas, por su afabilidad y modestia y por querer ser equitativo con todos. Por todos estos motivos tanto el senado como el pueblo lo tenían en gran estima y veneración. También lo apreciaban los pueblos de las provincias, unos por su gentileza en el trato y en el hablar, otros por lo que habían sabido acerca de él. Cuando murió hubo una gran aflicción, no por simulación, como cuando muere quien fué una calamidad para el imperio, sino afectados por una verdadera tristeza, pues cada uno creía que su muerte era algo que le tocaba de cerca. Todo esto contribuyó a concentrar la benevolencia en su hijo. Entre otros los soldados se sintieron tan obligados hacia él, que estaban dispuestos a morir, si fuera necesario, para que pudiera obtener el imperio.

9. Tiberio, que ordenó a Evodo que le trajera a sus hijos al día siguiente a primera hora, rogó a los dioses patrios que le dieran algún indicio por el cual supiera quién de ellos debía sucederle en el trono, pues él se esforzaba en dejar el poder al hijo de su hijo, pero se fiaría del signo que la divinidad hiciera aparecer acerca de sus herederos más que de su opinión y sus deseos personales. Adoptó, como presagio, el de que sería el señalado para dejarle el imperio, aquel que fuera el primero en presentarse al día siguiente. Después de pensarlo, hizo decir al maestro de su nieto que se lo trajera al día siguiente a primera hora de la mañana, creyendo engañar a Dios con esta estratagema. Pero Dios demostró que era contrario a la elección de Tiberio.

Tomada su decisión, así que amaneció ordenó a Evodo que hiciera entrar al primero de sus hijos. Evodo salió y encontró a Cayo frente al palacio. Tiberio todavía no estaba presente, pues se habían retardado en servirle de comer; y Evodo ignoraba las intenciones de su señor.

—Tu padre te llama, —dijo a Cayo. Y lo hizo entrar. Tiberio, así que vió a Cayo, empezó a pensar en el poder de Dios, que le había arrebatado el suyo, pues no lo dejaba proceder de acuerdo con sus propios designios. Se lamentó muchísimo al verse impedido de ratificar sus resoluciones y al comprobar que su nieto se vería despojado del imperio romano y que, al mismo tiempo, se encontraría en peligro, puesto que su seguridad dependería de personas más poderosas que verían su presencia intolerable, sin que pudiera servirle de nada su parentesco, pues su superior lo temería y odiaría por creer que aspiraría al poder y que conspiraría sin cesar contra su seguridad para apoderarse del trono. Tiberio era muy adicto a los horóscopos y se gobernaba por ellos, con empeño mucho mayor que todos los que se entregan a las predicciones. Habiendo visto en cierta oportunidad a Galba que se le acercaba, dijo a algunos de sus amigos más íntimos:

—Este es el hombre que algún día será honrado con el imperio. Entre los emperadores fué el más inclinado a creer en los vaticinios, por no haberse engañado jamás; y así los utilizó en sus asuntos. Ahora estaba angustiado por lo que le había acontecido, lamentándose, como su nieto ya no existiera, y reprochándose por utilizar los augurios para adivinar lo futuro. Efectivamente, habría podido morir libre de toda aflicción si hubiera ignorado lo porvenir, pero se comportó de tal manera que moría con el conocimiento previo de los males que iban a acontecer a sus parientes más queridos. A pesar de estar conturbado, por haber acontecido inopinadamente que el imperio pasara a quien no esperaba, dijo a Cayo, de mala gana y contra su voluntad:

—Hijo, a pesar de que Tiberio es mi pariente más próximo, sin embargo por mi voluntad y decisión de los dioses te entrego el imperio de los romanos. Te pido que, cuando lo hayas obtenido, no te olvides de mi benevolencia, que te ha elevado a tan alto honor, ni de tu parentesco con Tiberio; ten en cuenta que por voluntad de los dioses y de acuerdo con los mismos te he otorgado este gran beneficio, y espero que me agradezcas mi voluntad propicia y recuerdes tu parentesco con Tiberio. Además has de saber que mientras viva Tiberio, puede ser un amparo para ti y para el imperio, pero su muerte originaría calamidades. El aislamiento es peligroso para los que se encuentran en tan altos puestos; y los dioses no toleran pacientemente ni dejan sin venganza a los que obran fuera de la ley y de lo justo. Estas fueron las palabras de Tiberio. Pero no persuadió a Cayo, a pesar de las promesas de éste; pues después de ascender al trono condenó a muerte a Tiberio, como lo había sospechado el César.

Y poco después pereció él mismo víctima de una conjuración.

10. Tiberio, después de declarar a Cayo sucesor en el imperio, sobrevivió pocos días, habiendo gobernado durante veintidós años, cinco meses y tres días. Cayo fué el cuarto César. Cuando los romanos supieron la muerte de Tiberio, se alegraron por tan buena noticia, pero sólo interiormente; no se atrevían a creerlo, a pesar de que hubieran pagado mucho para que fuera verdad, pero temían que si se entusiasmaban abiertamente y resultara solamente un rumor, perecerían luego a causa de las acusaciones. Tiberio fué uno de los hombres que más perjuicios ocasionó a los patricios romanos; se inflamaba de indignación por cualquier motivo, sin que se pudiera reprimir, aunque la causa del odio fuera intempestiva. Además, por su natural se inclinaba a encarnizarse contra aquellos que juzgaba, y castigaba con pena de muerte aun los delitos más ligeros. De modo que, a pesar de que se alegraron ante la noticia de que había muerto, no expresaron su alegría tal como querían por miedo a los males que les podían acontecer si su esperanza resultara defraudada. Marsias, liberto de Agripa, habiendo sabido la muerte de Tiberio, corrió a anunciársela a su amo. Lo encontró mientras se dirigía al baño; se acercó y le dijo en hebreo:

—Ha muerto el león. El, que sabía muy bien lo que quería indicar con estas palabras, lleno de alegría contestó:

—Mil gracias te sean dadas, tanto por los muchos servicios como por esta buena noticia, con tal que sea verdad lo que me dices. El centurión que estaba al frente de los guardias de Agripa advirtió la prisa con que se había acercado Marsias, y la gran alegría que por sus palabras recibió Agripa; sospechó que se trataba de alguna novedad y les preguntó de qué estaban hablando. Al principio esquivaron la respuesta; pero como insistiera, Agripa, que ya lo consideraba como un amigo, se lo descubrió todo. El centurión participó de la alegría causada por esta noticia, pues era buena para Agripa, y le ofreció de comer. Mientras comían y bebían más de lo ordinario, se presentó un mensajero, quien dijo que Tiberio vivía y que, dentro de pocos días, regresaría a la ciudad. El centurión se sintió seriamente conturbado por estas palabras, pues había hecho algo que ponía en peligro su vida, había celebrado la muerte del César y comido alegremente con un encarcelado. Sacó a Agripa de su cama y le dijo:

—¿Crees tú que quedará sin castigo la mentira con que has querido engañarme acerca del emperador? ¿Supones que dejarás de pagar con tu cabeza tu maliciosa información? Dicho esto ordenó que ataran de nuevo a Agripa, a quien previamente había soltado y puso más cuidado en vigilarlo. Agripa pasó aquella noche en medio de incomodidades. Pero al día siguiente aumentó el rumor de la noticia en la ciudad; ya la comentaban abiertamente, e incluso algunos ofrecían sacrificios. Llegaron cartas de Cayo, una dirigida al senado en la cual le anunciaba que Tiberio había muerto y que él lo sucedía en el trono; otra a Pisón, prefecto de la ciudad, en la cual le notificaba lo mismo y le ordenaba que hiciera trasladar a Agripa a aquellas habitaciones donde vivía antes de ser encarcelado. Agripa estaba ahora seguro de su salvación, pues aunque era guardado y vigilado, gozaba de toda clase de libertades. Cayó llegó a Roma llevando consigo el cuerpo de Tiberio, el que enterró magníficamente de acuerdo con las costumbres nacionales. Quiso en el mismo día poner en libertad a Agripa, pero se opuso Antonia, no por odio contra el encarcelado, sino teniendo en cuenta el decoro de Cayo; pues si librara de inmediato a aquel que Tiberio había ordenado que se encarcelara, parecería que recibía con gozo su muerte. Sin embargo pocos días después lo hizo llamar y le hizo cortar el cabello y cambiar de vestidos. Habiéndole impuesto la diadema, lo constituyó en rey de la tetrarquía que había sido de Filipo, agregándole la tetrarquía de Lisanias, y le cambió la cadena de hierro por una de oro, del mismo peso. Envió a Marcelo como procurador a Judea.

11. En el año segundo del imperio de Cayo César, Agripa solicitó que se le permitiera embarcarse para ir a su reino, a instalar el gobierno, y regresar una vez que hubiera puesto las cosas en orden. Con el permiso del César así lo hizo, llegando inesperadamente como rey y demostrando con ello a los hombres que lo vieron cuán fuerte es el poder del destino, pues recordaban su antigua pobreza y vejan su actual felicidad. Algunos lo felicitaron por no haber perdido la esperanza; otros se resistían a creer en sus calamidades anteriores.

CAPITULO VII

Agripa acusa al tetrarca Herodes. Calígula lo destierra y entrega sus territorios a Agripa

1. Herodías, hermana de Agripa y esposa de Herodes, el tetrarca de Galilea y Perea, envidiaba a su hermano por disfrutar de más alto honor que su marido; y porque, después de haberse visto obligado a salir de su territorio por la imposibilidad de poder pagar las deudas, volvía ahora con tanta dignidad. Se sintió molesta por esa notable mutación, especialmente al verlo investido de las insignias reales y aclamado por la multitud. No pudo mantener oculta en su corazón la envidia de tanta grandeza, y estimuló a su esposo a que viajara a Roma y pidiera para sí la misma dignidad.

No le parecía posible la vida, al ver que Agripa hijo de Aristóbulo, el que fuera condenado a muerte por su padre, y que había llegado a la extrema necesidad de tener que pedir a otros lo imprescindible para vivir y de escapar por mar a sus acreedores, regresaba convertido en rey. En cambio, Herodes que era hijo del rey y cuya proximidad al trono lo llamaba a disfrutar de un honor análogo, se contentaba con vivir como simple particular. —Si anteriormente —dijo— nunca te resultó molesto verte reducido a una condición inferior a la de tu padre, ahora por lo menos solícita el honor que te pertenece; y no toleres que te supere uno a quien no molestó haber disfrutado de tus riquezas. No permitas que su indigencia tenga más valor que nuestra abundancia, y considera vergonzoso ser sobrepasado por aquellos que hasta hace poco pudieron vivir gracias a tu piedad. Al contrario, dirijámonos a Roma, y no cesemos de trabajar, ni de emplear oro y plata, pues no es mejor conservarlos que prodigarlos para obtener el reino.

2. Al principio a Herodes le desagradó esta propuesta, amante como era de la tranquilidad y de la paz y considerando sospechosos y turbadores los asuntos de Roma; por eso, se esforzaba en convencer a su mujer que cambiara de idea. Pero ella, cuanto más esquivo lo veía, con tanta mayor vehemencia insistía en que hiciera todo lo posible para lograr el reino. Y no dejó de insistir hasta que Herodes, de mala gana, aceptó su proyecto, pues no podía escapar a lo que ella había decidido. Hizo los aprestos de la manera más grandiosa que pudo, sin perdonar gasto alguno; y llevándose consigo a Herodías, se dirigió a Roma. Agripa, informado de sus intenciones y del boato, también se preparó. Así que supo que habían partido, también él envió a Roma a Fortunato, uno de sus libertos, con dones para el César, y cartas en contra de Herodes, a fin de que estuviera informado el César, si fuera necesario. Fortunato, que se había embarcado en seguimiento de Herodes e hizo una feliz travesía, llegó tan poco tiempo después que en el momento en que Herodes se presentaba ante Cayo, el otro desembarcaba y enviaba su carta. Los dos desembarcaron en Dicearquía y encontraron a Cayo en Bajes, pequeña villa de Campania, situada a unos cinco estadios de Dicearquía. Hay allí una residencia real lujosamente instalada, pues cada uno de los césares hizo todo lo posible por eclipsar a los anteriores en magnificencia. Este lugar suministra baños calientes que la tierra da de por sí; son provechosos para la salud y además contribuyen al bienestar. Cayo, al mismo tiempo que hablaba con Herodes, pues lo había admitido en primer lugar, leyó la carta de Agripa en la que éste acusaba a Herodes de haber participado en la conspiración de Sejano contra Tiberio, y de conspirar en la actualidad con el parto Artabano contra el imperio de Cayo; para demostrarlo aducía que tenía en su poder una cantidad de armas suficiente para equipar a setenta mil soldados. Entonces sospeché y preguntó a Herodes si era verdad lo que le decían de las armas. Herodes confesó que tenía armas, lo que era la verdad. Cayo entonces creyó las acusaciones. Le quitó la tetrarquía y la agregó al reino de Agripa, a quien dió también el dinero de Herodes. En cuanto a Herodes, lo condenó perpetuamente a destierro en Lión, población de la Galia. Habiendo sabido que Herodias era hermana de Agripa, le asigné su fortuna personal y le dijo que su hermano era el protector que impedía que participara de la desgracia de su marido. Ella, entonces, le dijo:

—Tú, oh César, según conviene a tu dignidad, has tomado estas resoluciones; pero en lo que a mí toca, estoy imposibilitada de usar de tu gracia por el amor que profeso a mi marido. Habiendo sido su compañera cuando los asuntos le iban prósperamente, no considero justo abandonarlo ahora que la suerte le es adversa. Irritado Cayo por este orgullo, la envió al destierro junto con Herodes y entregó a Agripa todos sus bienes. Este es el castigo que Dios impuso a Herodías por la envidia que tuvo a su hermano, y a Herodes por haber cedido a la vanidad de su mujer. Cayo, durante los dos primeros años gobernó con gran elevación de ánimo, y por su moderación y benevolencia conquistó popularidad tanto entre los romanos como entre los súbditos del exterior. Pero, poco después, ensoberbecido, dejó de portarse humanamente, haciéndose dios y conduciéndose en todo con menosprecio de los dioses.

CAPITULO VIII Judíos y griegos provocan disturbios en Alejandría y envían delegaciones a Roma. Acusaciones de Apión contra los judíos, porque éstos se niegan a admitir la estatua del emperador. Cayo ordena a Petronio que haga la guerra a los judíos

1. Habiendo surgido desacuerdos entre los judíos que vivían en Alejandría y los griegos, enviaron al César legados; tres por cada facción. Uno de los legados de los alejandrinos era Apión, quien, entre otras cosas que dijo de los judíos, los acusó de menospreciar el culto del César. Pues, a pesar de que todos los súbditos del imperio romano habían levantado aras y templos a Cayo y le otorgaban honores como a los dioses, únicamente los judíos consideraban ignominioso dedicarle estatuas y jurar por su nombre. Habiendo Apión dicho todo esto, con lo cual esperaba que el emperador se indignaría, cosa muy probable, Filón, que estaba al frente de la delegación de los judíos, hombre muy instruído en filosofía, hermano de Alejandro el alabarca, se preparó para hablar. Pero Cayo se lo impidió, y ordenóle que saliera de su presencia. Estaba tan indignado que nadie tenía la menor duda de que castigaría gravísimamente a los judíos. Filón se retiró ultrajado y dijo a los judíos que lo rodeaban que era preciso tener buen ánimo, pues si Cayo los maltrataba de palabra, de hecho ya se había atraído la ira de Dios.

2. Cayo, ofendido por ser desdeñado por los judíos, los únicos que lo hacían, envió como legado a Siria a Petronio, sucesor de Vitelio en el mando, ordenándole que penetrara en Judea con un gran ejército y colocara su estatua en el Templo, si los judíos lo recibieran de buen grado, y de matarlos en guerra si mostraban mala voluntad. Petronio se hizo cargo del gobierno de Siria, y se apresuré a cumplir las órdenes de César. Reunidas todas las tropas auxiliares que pudo, además de dos legiones, pasó a Ptolemáis para invernar, pues quería hacer la guerra durante la primavera. Escribió a Cayo sobre estas resoluciones. Muchos miles de judíos se presentaron ante Petronio en Ptolemáis, pidiéndole que no los obligara a transgredir las costumbres patrias.

—Si te propones —dijeron— llevar y colocar en el Templo una estatua, nosotros preferimos que nos maten antes que verte cumplir tal cosa; pues mientras vivamos, no podremos tolerar que se realice lo que nos prohíbe la autoridad de nuestro legislador y de nuestros antepasados, que han hecho de las prohibiciones motivos de virtud. A estas palabras, Petronio respondió indignado:

—Si yo pensara realizar tal cosa por mi propia autoridad, lo que acabáis de decir sería legítimo. Pero puesto que ha sido el César quien lo ha ordenado, es necesario que lo obedezca, no sea que dejando de obedecerlo me acarree un mal mucho más grave. A esto respondieron los judíos:

—Tú has decidido, oh Petronio, no infringir las órdenes del César; y, por otro lado, nosotros no podemos infringir la ley de Dios, pues confiados en él y en la virtud y en las prescripciones de nuestros mayores, hasta ahora hemos permanecido fieles a su observancia. No somos tan perversos como para violar, por miedo a morir, las prohibiciones que Dios ha establecido para nuestro bien. Nosotros soportaremos todas las adversidades para defender las leyes de nuestros padres. Al exponernos a los peligros, sabemos que nos quedará la esperanza de vencerlos, pues Dios estará con nosotros si aceptamos las más terribles pruebas para honrarlo; y el destino es por esencia mudable. Si te obedecemos, al contrario, nos expondremos al más grave reproche de indignidad, pues parecerá que por este motivo transgredimos la ley; nos atraeremos la cólera de Dios, que puede, incluso según tu juicio, ser más poderoso que Cayo.

3. Entonces Petronio comprendió por estas palabras su ánimo decidido; y que no podría llevarse a cabo sin lucha la dedicación de la estatua de Cayo. Tendría que haber una gran matanza. Tomando consigo a sus amigos y familiares se dirigió a Tiberíades, para ver en qué condición se encontraban los asuntos de los judíos. Estos conocían el gran peligro a que se exponían en una guerra con los romanos, pero todavía temían más transgredir la ley. Muchos miles de ellos se presentaron ante Petronio en Tiberíades, suplicándole que no los pusiera en tal situación y que no manchara su ciudad con una estatua.

— ¿Por ventura —dijo Petronio— declararéis la guerra al César, sin tener en cuenta sus preparativos y vuestra debilidad? Pero ellos respondieron:

—Bajo ningún aspecto haremos la guerra, pero estamos dispuestos a morir antes que transgredir la ley.

Prosternándose en el suelo y descubriendo sus gargantas, declararon que estaban preparados para morir. E insistieron en esta forma durante cuarenta días; entretanto dejaron de cultivar la tierra, a pesar de que era la época de sembrar. Permanecían firmes en su propósito de morir, antes que tolerar que se colocara la estatua en el Templo.

4. Estando las cosas en esta situación, Aristóbulo, el hermano del rey Agripa, Helcias el Grande y los principales miembros de la dinastía se presentaron ante Petronio, para suplicarle que, habiendo comprobado la obstinada decisión del pueblo, no hiciera nada que los llevara a la desesperación; sería mejor que escribiera a Cayo, diciéndole que los judíos bajo ningún motivo podían ser inducidos a admitir la estatua. Han abandonado el cultivo de la tierra, negándose a guerrear, pues carecen de fuerzas para ello; sin embargo, están dispuestos a morir antes que admitir algo que atente contra las costumbres patrias. Si no se siembra se cometerán actos de latrocinio por la imposibilidad de pagar los impuestos. Tal vez Cayo cambie de opinión, antes de tomar una cruel decisión o de pensar en destruir por completo a este pueblo. Pero si persiste en sus propósitos bélicos, él tendrá que cargar solo con la empresa.

Estas fueron las palabras que Aristóbulo y los que estaban con él dijeron a Petronio. En parte por el pedido insistente de Aristóbulo y los demás, que se referían a asuntos de la mayor importancia, en parte también por comprobar la decisión de los judíos, Petronio consideró indigno hacer morir a tantos miles de hombres, para complacer la locura del César, y castigar como culpable lo que era expresión de piedad y religiosidad hacia Dios y luego condenarse a una vida llena de remordimientos. Petronio prefirió anunciar a Cayo que aquella gente era intratable, aunque sabía que el emperador se irritaría por no haber obedecido inmediatamente lo que le ordenara; quizá así lo llegaría a persuadir. Si Cayo persistía en la misma locura que antes, les haría la guerra; pero si se indignaba contra él, era bueno para el que practica la virtud no esquivar la muerte en favor de una gran multitud. Decidió, por lo tanto, atender lo que se le pedía.

5. Convocó a los judíos en Tiberíades, reuniéndose una multitud de muchos miles. Les dijo que se había hecho cargo de esta expedición no por su voluntad, sino por orden del César, que quería descargar en ellos su ira, por no cumplir lo que había ordenado. Convenía que habiéndosele confiado tal misión, no hiciera nada sin consentimiento del emperador. —Sin embargo —dijo—, no creo justo que trate de salvar mi seguridad y mi honor y me niegue a sacrificarlos para que vosotros no perdáis la vida, pues sois muy numerosos, y cumplís virtuosamente vuestra ley, la cual os sentís obligados a defender bajo cualquier condición por ser la de vuestros padres y para respetar la dignidad y el poder de vuestro Dios, cuyo Templo no quisiera ver abatido, a causa de la insolencia de amos poderosos. Informaré a Cayo de vuestra decisión, ayudándoos en la medida de lo posible, para que no sufráis a causa de los designios honestos que os habéis impuesto. Que Dios nos ayude, pues su poder es superior a todo ingenio y potencia humanos, y que haga que vosotros conservéis vuestros ritos y nada los prive de sus honores habituales. En el supuesto de que Cayo, exasperado, se indigne conmigo, afrontaré cualquier situación y toleraré cualquier calamidad en perjuicio de mi alma y mi cuerpo, antes que veros perecer a causa de lo que habéis realizado honestamente. Id, pues, y que cada cual atienda sus asuntos y cultive los campos. Yo de mi parte enviaré cartas a Roma, y haré todo lo que pueda en vuestro favor, tanto por mi parte como con la ayuda de mis amigos.

6. Dichas estas palabras y disuelta la reunión de los judíos, pidió a los notables que los indujeran a cultivar los campos y que con sus exhortaciones animaran al pueblo a tener esperanza. Mientras procuraba animar a la multitud, Dios dió a conocer a Petronio su presencia y su ayuda. Así que finalizó de hablar a los judíos. Dios, contra todo lo que se esperaba, envió una intensa lluvia, pues aquel día era muy sereno sin que existiera señal ninguna de lluvia; además la gran sequedad que sufrían hacía desesperar a los hombres de que tendrían agua, aunque vieran el cielo frecuentemente cubierto de nubes. Por lo tanto, habiendo caído una intensa lluvia, fuera de lo acostumbrado y esperado, los judíos confiaron que no sería en vano el pedido de Petronio en favor de ellos. Petronio se llenó tanto más de admiración, al comprobar que Dios cuidaba los asuntos de los judíos y manifestaba claramente su presencia; de modo que aquellos que en su interior pensaban otra cosa, ya no fueron capaces de presentar ninguna objeción. Escribió entre otras cosas, para persuadir a Cayo que no llevara a la desesperación a tantos miles de hombres, que si llegaba a matarlos, pues ésta era la única forma para apartarlos de su religión, se perjudicaría al dejar de percibir los réditos de esta gente, además de que lo maldecirían para siempre. Añadió que su Dios había ya manifestado su poder, para que no quedara duda ninguna. Tales eran los propósitos de Petronio.

7. El rey Agripa, que por aquel entonces se encontraba en Roma, gozaba de mucha amistad con el César. Lo invitó a comer, y puso gran cuidado en superar a todos en los gastos que hizo y en procurar los más exquisitos placeres, de manera que ningún otro, ni el mismo Cayo, pudiera igualarlo, y mucho menos superarlo. ¡Tanto se había empeñado en superar a los demás y en obsequiar al emperador! Cayo, admirado de su magnificencia, pues se había esforzado en complacerlo con gastos superiores a sus medios, quiso igualar su liberalidad con aquello que se le había ofrecido. Excitado por el vino e inclinado a la alegría, dijo, cuando Agripa brindé por su salud:

—Ya sabía de antemano lo mucho que me honrabas y conocía tu benevolencia, aunque te rodearan peligros de parte de Tiberio. Ahora nada dejas de hacer para mostrarme tu gratitud. Puesto que sería indigno que me superaras en tu afecto y decisión, quiero ahora compensar mi deficiencia anterior. Es bien poco lo que te he dado hasta ahora; en la medida que pueda te suministraré todo lo que pueda contribuir a tu felicidad. Dijo estas cosas, confiado en que le iba a pedir grandes latifundios o los impuestos de algunas ciudades. Aunque Agripa había decidido en su interior lo que iba a pedir, sin embargo no lo dijo, y contestó a Cayo:

—No te he servido antes, contra lo que ordenara Tiberio, con miras a sacar ganancia; y ahora tampoco se trata de sacar alguna ventaja. Los beneficios otorgados anteriormente eran muy abundantes, e iban más allá de lo que podía esperar una persona muy ambiciosa, pues aunque fueran menores de lo que pudieras dar, superaron mi expectación y dignidad. Entonces Cayo, admirado de su continencia en los pedidos, insistió que le dijera lo que le podía dar. A lo cual respondió:

—Puesto que, oh señor, consideras digno ofrecerme algo, nada te pediré que pueda acrecentar mis riquezas, puesto que gracias a tu voluntad en el particular excedo a los demás. Te pido algo que te otorgará la gloria de la piedad, y contribuirá a que Dios te ayude y favorezca, y a mi me valdrá la gloria de saber que he obtenido de ti todo lo que te he pedido. Te pido y suplico que olvides la dedicación de tu estatua en el Templo de los judíos, según lo que ordenaste a Petronio.

8. A pesar de que sabía que tal pedido estaba lleno de peligros, pues si Cayo no se dejaba persuadir el resultado sería la muerte del solicitante, por considerar que era de gran importancia, como lo era en realidad, decidió aventurarse. Cayo, cautivado por la liberalidad de Agripa y por no demostrar que faltaba a sus promesas, después de haber obligado a Agripa a que pidiera, frente a tantos testigos, a la vez admirado de que Agripa no pensara en ampliar su reino, solicitara más réditos o un mayor poder, sino que, preocupado por la tranquilidad pública, se ocupara de las leyes y la divinidad, accedió. Escribió a Petronio, elogiándolo por haber detenido al ejército y haberle pedido consejo sobre los judíos. “Si antes de recibir esta carta, le decía, hubieras dedicado la estatua, no la retires; pero si aún no la has colocado, no te preocupes sobre el particular; licencia al ejército y retorna tu cargo anterior. No es necesario que se me dedique la estatua, pues quiero ser agradecido con Agripa, a quien aprecio tanto que no puedo negarme a sus deseos y pedidos.” Así escribió Cayo a Petronio, sin haber leído la carta que éste le enviaba en la cual le informaba que los judíos se iban a rebelar por causa de la estatua, pues había indicios de que estaban dispuestos a declarar la guerra a los romanos. Ofendido de que se hubieran decidido a desafiar su poder, puesto que jamás retrocedía ante el mal, ni se distinguía por la virtud, sino que se dejaba más bien llevar por la cólera sin que se moderara en lo que se refería a su satisfacción y placer, escribió a Petronio:

“Puesto que has preferido los dones que te hicieron los judíos desoyendo mis instrucciones y has tenido la audacia de ponerte a su disposición dejando de cumplir mis órdenes, te mando que juzgues por ti mismo lo que debes hacer, quedando expuesto a mi cólera, pues estoy dispuesto a hacer contigo un ejemplo que enseñe a todos los hombres actuales y de la posteridad que jamás hay que dejar de cumplir las órdenes del emperador.”

9. Así escribió a Petronio; pero éste no recibió la carta en vida del emperador, retardándose la navegación, sino que previamente le llegó otra carta en la cual se le anunciaba la muerte de Cayo. Dios no ignoraba los peligros a que se exponía Petronio a causa de los judíos y para honrarlo, al eliminar a Cayo, castigó a aquel que se habla atrevido a atribuirse el culto divino y gratificó a Petronio.

Todos se alegraron junto con Petronio, tanto los que estaban en Roma como en el imperio, especialmente los senadores que gozaban de mayor dignidad por haberse ensañado Cayo especialmente contra ellos.

Murió poco después de enviar la carta a Petronio amenazándolo de muerte. La causa por la que fué eliminado Cayo la expondré más adelante. Llegó a poder de Petronio primeramente la carta en la dial se le anunciaba la muerte de Cayo, y poco después la otra en la que se le decía que se suicidara. Se alegró de la muerte oportuna que había eliminado al César y admiró la providencia divina que, sin retardo, inmediatamente, lo había recompensado por el respeto que tuvo por el Templo y la ayuda que prestara a los judíos. En esta forma Petronio escapó al peligro de muerte, sin haberlo sospechado siquiera.

CAPITULO IX Los hechos de los hermanos Anileo y Asineo. Su repercusión en la vida de los judíos de Babilonia

1. Los judíos que vivían en Mesopotamia, especialmente en Babilonia, sufrieron una grave calamidad, peor que todas las demás. Murieron en cantidades mayores a la de cualquier otra oportunidad. Lo expondré en detalle, empezando por la causa. Hay en Babilonia una ciudad denominada Naarda, muy poblada y que posee una zona fértil muy extensa, la cual goza de muchos bienes. No está expuesta a los asaltos de los enemigos, porque se halla rodeada por el Eufrates y protegida por muros. En el mismo circuito del río se encuentra la ciudad de Nisibis. Por esto los judíos, confiando en la naturaleza del lugar, depositaron allí las dracmas dobles que, de acuerdo con la costumbre nacional, consagraban a Dios. Se servían de estas poblaciones como de un tesoro. De allí, a su debido tiempo, enviaban el dinero a Jerusalén, llevando consigo el dinero de muchos miles de hombres por miedo de que los partos, de los cuales Babilonia era tributaría, los robaran. Había dos hermanos, Asineo y Anileo, originarios de Naarda. La madre, pues eran huérfanos de padre, les hizo aprender a fabricar telas, trabajo que los nativos no consideraban impropio, pues allí los hombres trabajan la lana. Cierta vez, el que les enseñaba y dirigía los retó por haber llegado tarde, y los castigó con azotes. Ellos consideraron que el castigo era ignominioso, y luego de apoderarse de las armas que se conservaban en la casa, se establecieron en un lugar donde el río se bifurca, y donde hay abundancia de pastos y de frutos que se pueden reservar para el invierno.

Muy pronto se les unieron numerosos jóvenes de escasos recursos. Los instruyeron en el manejo de las armas y se convirtieron en sus jefes; nada se opuso a que tendieran hacia el mal. Se hicieron inexpugnables y construyeron una fortaleza. Exigían que los pastores les pagaran tributos, sólo lo suficiente para vivir, diciendo que serían amigos de aquellos que los obedecieran y los defenderían de los enemigos. En caso de que se negaran, les matarían los rebaños. Los pastores, pues resultaba peligroso no atenerse a estas prescripciones, obedecían, y les entregaban las ovejas que pedían. Es así como fueron creciendo en poderío y pudieron lanzarse al campo para atacar a quienes quisieran. Todos los que se encontraban con ellos empezaron a servirles y se hicieron temibles, incluso para aquellos que querían medirse con ellos. Su fama llegó hasta el rey de los partos.

2. El sátrapa de Babilonia, enterado de este hecho, quiso destruirlos antes de que aumentara su peligrosidad. Habiendo reunido un ejército de partos y babilonios se apresuré a ir a su encuentro, planeando caer de improviso sobre ellos, antes de que alguien les informara el número de sus tropas. Acampé cerca de una laguna y descansé calladamente. Al día siguiente, que era sábado, día durante el cual los judíos se abstienen de todo trabajo, confiando en que el enemigo no resistiría y podría capturarlos sin lucha, se fué acercando lentamente, pensando caer sobre ellos de improviso. Asineo se encontraba sentado con sus compañeros con las armas en las manos.

—Compañeros —dijo—, be oído relinchos de caballos, no de caballos que pastan, sino de los que llevan jinetes, pues tengo la convicción de haber oído también el ruido de los frenos. Temo que nos esté rodeando el enemigo para atacarnos. Que alguien se apresure a ver lo que ocurre para anunciarlo; y ojalá me haya equivocado. Habló así. Inmediatamente algunos fueron a ver lo que pasaba. Regresaron pronto y dijeron:

—No te engañaste. Adivinaste exactamente lo que hace el enemigo: parece que no están dispuestos a permitir que sigamos cometiendo violencias. Nos han rodeado insidiosamente, dispuestos a matarnos como sí fuéramos animales, pues es muy numeroso el grupo de jinetes que se dirige contra nosotros, cuando nosotros debemos abstenemos de la lucha por estar obligados por las leyes nacionales a descansar.

Pero Asineo no estaba dispuesto a ajustar su conducta a la opinión de su explorador, considerando más justo violar valerosamente la ley, obligados por la necesidad, a repeler el ataque, aunque tuvieran que morir, que dejar que el enemigo aprovechara su inactividad. Tomando las armas animé a los que estaban con él a comportarse valerosamente. Lucharon con los enemigos y mataron a muchos de ellos, pues éstos se habían acercado desdeñándolos y dando la victoria por segura, y pusieron a los demás en fuga.

3. Cuando el rey de los partos supo el resultado de la lucha, admiróse de la audacia de los hermanos. Sintió deseos de verlos y hablar con ellos y envíóles a uno de sus más fieles guardias, que les dijo:

—El rey Artabano, aunque víctima de vuestra injusticia ha depuesto su ira a causa de vuestro valor, y me ha enviado para ofreceros seguridad bajo su palabra, a fin de que podáis salir sin peligro, pues quiere que os presentéis ante él como amigos, sin temer ningún engaño. Al contrario, promete haceros regalos y ofreceros honores que, junto con vuestro valor, podrán ser útiles a su poderío.

Asineo rehusó ir a ver al rey y envió a su hermano Anileo con los regalos que pudo conseguir. Fué admitido a la presencia del rey. Cuando Artabano vió que solamente se presentaba Anileo preguntó por qué motivo no se hacía presente Asineo. Al enterarse que por miedo había quedado en la laguna, prometió por los dioses patrios que no dañaría en lo más mínimo a los que otorgaran fe a su palabra. Le tendió la mano derecha, acto que entre los bárbaros de esta región es una señal de confianza. Nadie se atreve a engañar, luego de haber ofrecido la mano derecha. Y nadie tiene la menor duda, cuando se le ha dado esta señal, aunque antes sospechara.

Artabano, después de esto, despidió a Anileo, a fin de que persuadiera a su hermano a presentarse. El rey se comportaba de esta manera, porque quería utilizar el valor de los hermanos judíos como un freno y conseguir su amistad, en momentos en que sus satrapías se rebelaban o estaban por hacerlo, y cuando él se preparaba para emprender una expedición. Temía que mientras estuviera ocupado en la guerra y en dominar a los rebeldes, los compañeros de Asineo hicieran grandes progresos y llegaran incluso a dominar en Babilonia o, en todo caso, que se dedicaran a peores depredaciones.

4. Fué con estas ideas que envió a Anileo. Este persuadió a su hermano de que el rey les tenía buena voluntad y que había dado su palabra juramentada. Por esto se apresuraron a presentarse ante Artabano. Ya en su presencia, los recibió alegremente; a la vez se admiré al ver a Asineo, que era tan valeroso a pesar de su estatura exigua, y que a primera vista parecería que debería ser despreciado por los que se unían con él, por considerarlo de poca importancia. Opinó luego entre sus amigos que su valor era mucho mayor que su cuerpo, si se comparaba el uno con el otro.

Mientras bebían, mostró Asineo a Abdagase, su mariscal; lo nombró y le habló de su valor como guerrero. Abdagase le pidió que le permitiera matarlo, para castigarlo por las injurias que había cometido en detrimento del imperio de los partos.

—No puedo permitir —respondió Artabano— que se haga tal cosa con un hombre que confió en mí, especialmente cuando le extendí la diestra, y juré por los dioses para que me creyera. Si tú eres un hombre valiente en la guerra, no es necesario mi perjurio para vengar la afrenta hecha al poder de los persas. Ataca a este hombre a su regreso con las fuerzas de que dispones, con tal que yo lo ignore. Habiendo hecho venir por la mañana a Asineo, le dijo:

—Es tiempo, oh joven, de que te vayas con los tuyos, no sea caso de que muchos de mis capitanes que están conmigo decidan matarte, a espaldas mías. Encomiendo a tu fidelidad la tierra de Babilonia, para que, gracias a tus cuidados, esté libre de robos. Es justo que te pongas de mi parte, pues te he otorgado una fe inviolable, no sobre cosas de poca importancia, sino en lo referente a tu seguridad.

Dichas estas palabras y luego de haber otorgado muchos regalos a Asineo, lo envié a los suyos. Ya con ellos, edificó algunos fuertes nuevos y fortificó mejor los antiguos. En poco tiempo su poder creció de tal manera como nadie que hubiera empezado con principios tan humildes habría conseguido. Los jefes de los partos enviados a las provincias vecinas lo respetaban, pues el honor que le otorgaban los babilonios les parecía poca cosa e inferior a sus méritos. Gozaba de plena potestad y crédito. Todos los asuntos de Mesopotamia en adelante dependían de él y su buena suerte no hizo sino aumentar durante quince años.

5. Cuando los hermanos estaban en pleno éxito, las cosas empezaron a andar mal para ellos por el siguiente motivo. Transformaron el valor, gracias al cual lograron tanto poder, y lo convirtieron en ignominia, alejándose de las costumbres patrias por amor a los placeres. Habiendo ido para administrar la región vecina a la de ellos un jefe de los partos, a quien acompañaba su esposa, que era elogiada por sus dotes, especialmente por su belleza, Anileo, el hermano de Asineo, ya sea que lo hubiese sabido por referencias o que la hubiera visto, se convirtió a la vez en su enamorado y su enemigo, porque no podía obtenerla más que apoderándose de ella por la fuerza y porque su deseo era irresistible. Declararon enemigo al marido, el cual murió durante las luchas, y su mujer fué hecha cautiva y se casé con su amador. Pero la entrada de la mujer a su casa acarreé a Anileo, y también a Asíneo, grandes calamidades, por el siguiente motivo. Cuando falleció su primer marido, fué tomada cautiva, y llevó consigo, ocultos, los simulacros de sus dioses gentiles y los de su primer marido, pues es costumbre en aquella región guardar en las casas los dioses y llevárselos consigo cuando salen de viaje. Al principio los veneró a escondidas; pero, una vez convertida en esposa, se entregó al culto de los dioses según su antigua costumbre y con los mismos ritos que acostumbraba observar con el primer marido. Los compañeros de mayor prestigio de los hermanos, al principio les hicieron algunos reproches, diciendo que era en contra de las costumbres y las leyes de los judíos tomar por esposa a una mujer extranjera que violaba el culto ordenado por la ley; que debían evitar que, por acceder a los placeres del cuerpo, perdieran el poder que habían obtenido gracias a la protección de Dios. No consiguieron nada. Pero aconteció que Anileo mató a uno de los que habían hablado más francamente. Mientras agonizaba por su fidelidad a la ley, rogó a Dios que hiciera pagar las penas del homicidio a Asineo y Anileo, y que todos sus compañeros se vieran condenados a muerte, pues fueron autores del crimen, unos por no haberlo auxiliado y otros por no tomar la debida venganza. Todos sintieron intensamente lo ocurrido, pero lo sufrieron pacientemente, pues sabían que en general debían toda la felicidad presente al valor de los hermanos. Pero cuando se informaron del culto que los partos tributaban a sus dioses, decidieron no tolerar por más tiempo la ofensa de Anileo contra la ley. Reunidos muchos de ellos con Asineo, gritaron contra Anileo, diciendo que era ya hora, aunque antes se habían pasado por alto algunos hechos, de que se corrigiera y enmendara lo que se estaba haciendo, antes de que él y todos los demás se vieran obligados a llorar las consecuencias de la maldad. Sostuvieron que su matrimonio con una mujer extranjera era contrario a las costumbres y las leyes patrias y que condenaban el culto que aquella mujer llevaba a cabo como oprobioso para el Dios que ellos adoraban.

Asineo sabía que el pecado de su hermano había sido la causa de grandes males y que todavía lo sería más en lo futuro; sin embargo, lo toleraba, vencido por los lazos de parentesco y perdonándole aquello en que debería manifestarse más enérgico por proceder de un deseo perverso.

En vista de que, día a día, eran más insistentes los pedidos y más vehemente la exigencia, al final decidió hablar con Anileo, reprochándole lo hecho, y ordenándole que en adelante procediera de otra forma y que enviara la mujer a la casa de sus padres. Pero no consiguió nada con esta amonestación. La mujer, advertida de que el pueblo se amotinaba por su causa, y temerosa de que algo más grave le aconteciera a Anileo por este motivo, eliminó a Asineo, mezclando veneno en su comida. No tuvo el menor miedo de lo que podría pasarle, pues su juez iba a ser aquel que la amaba perdidamente.

6. Anileo, ejerciendo solo el poder, llevó el ejército contra las poblaciones pertenecientes a Mitrídates, uno de los principales de los partos, que se había casado con la hija del rey Artabano, y las entregó al saqueo. Se apoderaron de grandes cantidades de dinero y de esclavos, de gran número de rebaños y otras cosas que hacían mucho más agradable la vida a aquellos que las poseían. Pero Mítrídates, que por casualidad se encontraba en aquella zona, informado del saqueo de los poblados, se indignó por la actitud de Anileo, que lo había atacado sin haber sido provocado. Viendo menospreciada su autoridad, reunió toda la caballería que pudo, la mayor parte de hombres en pleno vigor, y salió al encuentro de Anileo. Al llegar a uno de sus pueblos, se detuvo y descansó, con la idea de atacar al día siguiente, que era sábado, día en el que los judíos se abstienen de todo trabajo. Anileo, informado de todo por un extranjero de raza siria, un vecino de otro pueblo que lo tenía al tanto de todo, y que le dijo dónde cenaría Mitrídates, hizo su comida a tiempo y viajé de noche, a fin de atacar a los partos, ignorantes de lo que acontecía. Los atacó cerca de la cuarta vigilia, y mató a muchos que estaban durmiendo, mientras que otros lograron escapar. Se apoderó de Mitrídates vivo, lo llevó consigo, haciéndole cabalgar desnudo sobre un asno, lo cual entre los partos es considerado como una gran afrenta. Habiéndolo conducido a un bosque en esta forma insultante, los amigos le pidieron que lo matara; pero él se opuso y dijo que no había que matar a un hombre que, entre los partos, ocupaba por su nacimiento uno de los primeros lugares, y que por su alianza con la familia real se veía todavía en mayor dignidad. El modo como lo habían tratado era soportable, a pesar de lo mucho que lo habían ultrajado, pero como conservaría la vida, no se olvidaría de agradecer ese beneficio. Si, por el contrario, sufría lo irreparable, el rey no quedaría satisfecho hasta que no hiciera una gran matanza de judíos. Era mejor ahorrarles este desgracia, pues eran sus hermanos de raza y, en caso de una derrota, no tendrían donde refugiarse, mientras que en la actualidad disponían de la mayor parte de su gente joven. Habiendo pensado y expresado estas ideas, logró persuadirlos. Dejó libre a Mitrídates. Pero cuando éste regresó a su casa su mujer lo llenó de reproches, pues estaba informada de todo y sabía que él no quería, a pesar de haber sido menospreciado y vilipendiado, perseguir a aquellos que lo llenaron de injurias y contumelias, sino que se sentía satisfecho de haber quedado indemne, debiendo la vida a un judío de quien había sido cautivo. —Y ahora —dijo— recupera tu valor, o juro por los dioses patrios que romperé el matrimonio. Es así como Mitrídates, en parte por los reproches que escuchaba a diario y en parte por miedo al divorcio, reunió de nuevo, contra su deseo, un ejército, lo más numeroso posible, y se puso en campaña. Pensaba que la vida no le sería tolerable si él, un parto, era vencido en la guerra por un judío.

7. Por su parte Anileo, habiendo sabido que Mitrídates reunía un gran ejército para combatirlo, consideró indecoroso quedarse entre las lagunas y no hacerle frente; de modo que salió con sus tropas en la esperanza de que, como anteriormente, se impondría a los enemigos y que la audacia no les iba a faltar. Se le unieron muchos que no eran del ejército, con la confianza del saqueo y para infundir terror en el enemigo con su presencia. Avanzaron como unos noventa estadios por un lugar árido, y en horas del mediodía, cuando estaban fatigados por la sed, Mitrídates apareció y se lanzó sobre ellos. Tanto por la falta de agua como por la hora, no tenían fuerzas ni para levantar las armas. El resultado fué una vergonzosa derrota para los partidarios de Anileo, agotados y atacados por tropas frescas. Hubo una gran matanza y murieron muchos miles de hombres. Anileo y los que estaban con él se retiraron al bosque, dando lugar a que Mitrídates se alegrara por la victoria conseguida. A Anileo se le unió nuevamente una gran multitud inexperta de criminales, a quienes poco les importaba la vida con tal de que sacaran de la misma algún provecho inmediato, y con ellos, logré reparar el número de los que habían muerto. Sin embargo, no podían compararse con ellos los caídos por ser rudos e inexpertos. No obstante, con su cooperación atacó a los poblados babilonios, causando su violencia grandes devastaciones. Los babilonios y aquellos que hacían la guerra enviaron mensajeros a Naarda, a los judíos que allí vivían, exigiendo la entrega de Anileo. Como éstos se negaran a la demanda, la cual, por otra parte, aunque hubieran querido, tampoco habrían podido satisfacerla, los enviados los invitaron a la paz.

Contestaron los judíos que era también su anhelo hacer la paz. Enviaron a algunos de sus hombres con los babilonios, para que hablaran con Anileo. Los babilonios lo observaron bien todo y la índole del lugar, donde Anileo tenía su campamento. Los atacaron durante la noche, mientras estaban borrachos y entregados al descanso; y sin riesgos los mataron a todos, y entre ellos a Anileo.

8. Libres los babilonios del miedo a Anileo, pues era el obstáculo que se oponía para que desahogaran su odio contra los judíos, con quienes existían continuas disensiones a causa de la diversidad de las leyes, sucediendo que cuando una de las partes aumentaba en poderío, injuriaba a la otra, muertos, por lo tanto, los que se encontraban con Anileo, los babilonios atacaron a los judíos. Irritados por las violencias de los babilonios, imposibilitados de luchar con ellos ni de vivir a su lado, emigraron a Seleucia, la principal ciudad de aquella región, edificada por Seleuco hijo de Nicátor, donde vivían muchos macedonios y griegos, además de una cantidad respetable de sirios. Se refugiaron allí, y durante cinco años estuvieron exentos de calamidades. En el año sexto, después de su primer desastre en Babilonia y la nueva instalación en Seleucia, les aconteció una desgracia mucho mayor, por el motivo que voy a exponer.

9. En Seleucia existían grandes disensiones entre los griegos y los sirios, siendo responsables los griegos. Cuando los judíos fueron a vivir allí, siguieron las agitaciones, pero los sirios tuvieron ventaja en su favor gracias a los judíos, hombres que aman el peligro y que están dispuestos con ardor a combatir. Los griegos, en vista de que los asuntos les iban mal, se dieron cuenta que podrían recuperar su anterior prestigio, si lograban distanciar a los judíos y los sirios. Hablaron con aquellos sirios, con los cuales antes habían ya alternado, y les ofrecieron paz y amistad. Estos los aceptaron de buena gana. Tuvieron varias conversaciones, interviniendo los principales de ambos lados, y llegaron a una reconciliación. Una vez de acuerdo, decidieron darse mutuamente una gran prueba de amistad odiando en común a los judíos. Es así como cayendo de improviso sobre ellos mataron cincuenta mil. Perecieron todos, excepto los que pudieron escapar gracias a los amigos o vecinos. Los sobrevivientes se retiraron a Ctesifón, ciudad griega próxima a Seleucia, donde el rey pasa todos los años el invierno, y donde está situada la mayor parte de sus aprovisionamientos. Con razón se instalaron en este lugar, pues los de Seleucia eran cuidadosos del prestigio del poder real. Todos los judíos de esta zona temían a los babilonios y los seleucos, pues los sirios del país estaban de acuerdo con los seleucos para combatir a los judíos. Estos últimos, en su mayor parte, se reunían en Naarda y Nisibis, y lograron la seguridad gracias a la fuerte situación de estos poblados y por vivir allí una gran cantidad de guerreros. Esta era la situación de los judíos en Babilonia.

2 comentarios en “Antigüedades de los judíos, capítulo XVIII (Flavio Josefo)”

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