¿Qué principios protestantes están en la base de la confrontación moderna entre Jesús y la Iglesia?

Esta entrada pertenece a la serie ¿Qué sabemos de Jesús de Nazaret? y es continuación de ¿Cuándo se empezó a pensar en un Jesús sin Iglesia?

Ante todo, el llamado principio de “la sola Escritura”. El protestantismo clásico insiste en que sólo Cristo es el Señor; sólo él es el Salvador. Toda otra autoridad debe estar sometida a él, también la autoridad de la Iglesia. Es un principio que subraya con acierto lo que constituye el corazón de la revelación cristiana. Pero de ahí no se sigue, como pretende la doctrina protestante, que la única autoridad que nos habla legítimamente de Cristo en la Iglesia sea la Sagrada Escritura, es decir, la Biblia y sólo ella. Curiosamente, por este camino no sólo se acabó poniendo en entredicho que Jesucristo sea el único Señor, sino también los títulos en virtud de los cuáles Jesús es confesado por la Iglesia, con toda razón, como tal.

Pero si la Biblia es la fuente principal del conocimiento de Jesucristo ¿Cómo pudo, entonces, convertirse en un obstáculo para entender de verdad su historia?

El problema no ha sido la Biblia, sino el modo equivocado en el que ha sido empleada. La Biblia es el testimonio escrito más autorizado del acontecimiento de Jesucristo. Pero, como cualquier texto escrito, ella se presta a diversas interpretaciones. Quien quiera entenderla bien, tendrá que leerla en el espíritu y en el contexto en el que ha sido escrita. De lo contrario, se la podrá hacer decir cosas muy diversas e incluso contradictorias entre sí. Pues bien, la matriz espiritual de lo que la Biblia nos dice sobre Jesucristo hay que buscarla en la Iglesia. Fueron aquellos testigos autorizados y enviados por el mismo Jesús, y sus sucesores y discípulos, que constituyeron la Iglesia, los que escribieron, trasmitieron e interpreta ron lo acontecido con Jesús. Volveremos sobre ello.

Quienes propugnaron el principio de la “sola Escritura” se olvidaron de esto. Dejaron de lado el hecho de que la Escritura sólo habla correctamente de Jesucristo cuando va unida a la Tradición eclesial, es decir, al medio ambiente propio de su origen y de su sentido. Esta grave laguna del protestantismo llegó a convertirse en algo bastante trágico para la historia del cristianismo, pues constituyó uno de los puntos flacos mejor aprovechados por el ataque de los ilustrados y de sus epígonos a Jesucristo y a su Iglesia. Es decir que: el biblicismo protestante se convirtió en un inopinado aliado del positivismo materialista en el interior de la Iglesia.

¿Cómo se aprovechó el positivismo moderno del biblicismo?

Los protestantes creyeron hallar en la Biblia un baluarte frente al abuso de la autoridad en la Iglesia. Es verdad que la Sagrada Escritura es para todos, incluidos los Pastores del Pueblo de Dios, criterio imprescindible al que deben someter sus juicios y sus conductas. Nada en la Iglesia puede estar legítimamente en contra de la Palabra de Dios escrita. Ahora bien, la Escritura no es una especie de “contrapoder”, plantado en la Iglesia frente a los enviados por el Señor, es decir, frente a la autoridad apostólica.

El protestantismo, en cambio, quiso ver en la Biblia una letra siempre “clara” frente a las conductas con frecuencia oscuras de la Iglesia. Lutero hablaba de la “claridad de la Escritura”, suponiendo que su interpretación quedaba siempre a salvo de toda disputa posible; ella es ?decía? “la intérprete de sí misma”. Detrás de este modo de pensar estaba la idea de que Dios mismo sería el autor inmediato de cada una de las palabras de la Biblia, ya que él las habría inspirado una por una a sus autores humanos. Es la llamada teoría de la “inspiración verbal”. También la compartían algunos católicos, pero éstos no la separaban de la idea de la Tradición.

Llegó un momento en que la teoría de la inspiración verbal entró en crisis. Fue precisamente en la época de la Ilustración, cuando se empezaron a estudiar con más detalle los textos bíblicos y se constataron divergencias que parecían hacer imposible la atribución de la autoría inmediata de todos esos textos a Dios mismo. ¿Dónde apoyarse entonces para seguir manteniendo que la Escritura es “clara” en el sentido aludido, es decir, fuente única en la Iglesia de conocimiento seguro sobre Jesucristo y sobre su salvación? Muchos protestantes no vieron alternativa a “la inspiración verbal” y mantuvieron esa teoría, derivando, con frecuencia, a formas de fundamentalismo biblicista. Pero muchos otros creyeron encontrar en los métodos de investigación histórica, que por entonces comenzaban a utilizarse con rigor, el instrumento providencial para comprender lo que la Biblia realmente quería decir con claridad, más allá de las aparentes o reales divergencias y de los diversos géneros literarios presentes en ella.

Ahora bien, los métodos históricos venían, por su parte, inspirados por el positivismo materialista. Habría sido necesario liberados de ese lastre para poder ser bien empleados en teología. Porque el positivismo excluye por principio todo aquello que no sea controlable por los métodos de las ciencias empíricas, es decir, todo aquello que no sea susceptible de medida y de cuantificación. ¿Cómo emplear, entonces, esos métodos para comprobar si Jesús es el Hijo de Dios, según la Tradición de la Iglesia? Muchos buscaron soluciones más o menos voluntaristas (o fideístas). Pero, para salvar la autonomía de la Biblia como instancia única de sentido en la Iglesia, no pocos protestantes parecieron estar dispuestos a prescindir de tal visión de Jesús como el Hijo de Dios. Es así como el biblicismo se convirtió en un aliado más o menos involuntario del positivismo materialista.

Pero el problema fundamental fue el materialismo moderno ¿verdad?

No cabe duda de que el problema básico para entender bien la historia de Jesús fue y es hoy para muchas personas el materialismo que impregna un poco por todos los lados nuestra cultura occidental. Quien afirma que sólo es real lo mensurable y lo regulado por las leyes de la naturaleza, convertidas en patrón absoluto de lo que puede ser y de lo que no puede ser, tendrá enormes dificultades para entender algo tan básico en la historia de Jesús como son sus milagros o su propia resurrección. Dirá que esas cosas no son históricas porque, simplemente, no pueden darse: ni entonces ni ahora; o mejor: no se dieron entonces, porque no pueden darse ahora. Se trataría de hechos declarados imposibles “científicamente”. Desde esta perspectiva será imposible o muy difícil comprender la verdad de la historia de Jesús de Nazaret.

Con todo, si buscamos las razones que explican que esta mentalidad esté hoy tan difundida y de que resulte para muchos como una especie de muro infranqueable, a la hora de conocer a Jesús, hemos de remitirnos de nuevo a los motivos intraeclesiales profundos de la contraposición entre Jesús y la Iglesia. Esta contraposición surgida en el interior del cristianismo no sólo hizo posible la alianza mencionada entre biblicismo y materialismo, sino que actuó como caldo de cultivo de una mentalidad positivista a la que no le resulta nada fácil abrirse a la realidad en toda su riqueza.

Esta entrada se continúa en ¿Tan importante es no separar a Jesús de sus testigos?

Fuente: Juan Antonio Martínez Camino, Jesús de Nazaret, la verdad de su historia, ed. Edicel Centro Bíblico Católico (4ª ed. 2010)

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