¿Cuál es el valor histórico del Nuevo Testamento?

El Nuevo Testamento no es un libro de historia ni una biografía de Jesús. En él se recoge, más bien, el testimonio plural y reconocido de la Iglesia acerca de la realidad y del significado último de Jesús de Nazaret como el Hijo eterno de Dios, hecho hombre para la salvación de cada ser humano. Pero precisamente por eso, contiene datos históricos suficientes para que sus lectores se puedan hacer una idea acerca de la verdad de la historia de aquel judío del siglo I, llamado Jesús, a quien se confiesa como el Cristo y el Hijo de Dios. De modo que el valor histórico del Nuevo Testamento es grande, aunque indirecto.

Con todo, desde el punto de vista de su orientación más o menos histórica, el Nuevo Testamento contiene dos tipos diversos de escritos: unos que podemos llamar históricos y otros exhortativos, es decir, por un lado los cuatro evangelios y los Hechos de los apóstoles y, por otro, las cartas de San Pablo y demás autores.

¿Son menos históricos los escritos de San Pablo?

Los escritos exhortativos son los menos interesados en ofrecer datos históricos. Se trata sobre todo de las cartas en las que el apóstol Pablo y otros autores recuerdan “el evangelio” a las comunidades cristianas a las que ellos mismos se lo habían predicado de palabra recientemente. Por ejemplo, se lee en la primera Carta de San Pablo a los Corintios:

“Os recuerdo, hermanos, el evangelio que os prediqué, el que recibisteis, en el que os mantenéis firmes y por el que estáis en camino de salvación, si es que retenéis en la memoria en qué términos os lo prediqué… Pues os transmití lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; y que fue sepultado; y que resucitó al tercer día según las Escrituras; y que se dejó ver de Cefas; después de los Doce; después se dejó ver de más de quinientos hermanos a la vez, de los cuáles la mayoría siguen vivos hasta ahora, y algunos murieron; después se dejó ver de Santiago…; al final de todos se dejó ver también de mí…” (1Cor 15,1-8).

He ahí lo que se llama el kerygma o el anuncio más original que reciben y en el que se basan las primeras comunidades cristianas. Ese es el Evangelio: la buena noticia de la salvación por Jesús, el Cristo. Los escritos exhortativos se limitan a recordarlo, a explicarlo y a considerar sus consecuencias para la vida de los cristianos.

Entre estos escritos, que llamamos exhortativos, están las obras más antiguas del Nuevo Testamento, es decir, que son los primeros documentos cristianos de que disponemos. Las cartas a los Tesalonicenses fueron escritas por Pablo en torno al año 50 y a lo largo de los cincuenta, las dirigidas a los Corintios, a los Gálatas, a los Romanos y a los Filipenses. Para entonces, hacía sólo unos veinte años de la muerte de Jesús, quien, como veremos, murió muy probablemente el año 30.

Todas estas cartas, presuponen la vida de Jesús, además de su muerte y de su resurrección, pero apenas nos hablan de ella, es decir, del origen, dichos y hechos del Nazareno. Eran acontecimientos muy recientes y los testigos, no sólo de la resurrección, sino también de la vida de Jesús, todavía vivían. Por eso, durante aquellos veinte primeros años no se había sentido tanto la necesidad de escribir algo así como una vida de Jesús, cuanto, más bien, de proclamar el asombroso acontecimiento de su muerte y resurrección y el gozoso cambio de perspectivas que aquello significaba para la fe de Israel. Ésa era la urgencia absoluta y prioritaria.

Fueron años, aquellos veinte que siguieron a la Pascua de Jesús, de enorme actividad misionera y espiritual entre los cristianos. Conducidos por el Espíritu llegaron a comprender de modo admirable el misterio encerrado en aquel ajusticiado por los romanos en una cruz. En su carta a los Filipenses, San Pablo recoge un himno litúrgico que, al parecer ya era conocido para entonces, es decir, que tuvo que haber sido compuesto a los 15 ó 20 años de la muerte de Jesucristo, como muy tarde. Y dice cosas asombrosas para una mente judía, aunque también para la griega y para cualquier otra:

“Cristo Jesús,
aunque era de condición divina,
no consideró una presa arrebatada el ser igual a Dios, antes se despojó de sí mismo,
tomando forma de esclavo, haciéndose semejante a los hombres; y presentándose como hombre,
se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, ¡y una muerte de cruz!
Por eso Dios lo elevó sobre todo
y le dio el nombre sobre todo nombre,
de modo que ante el nombre de Jesús doblen la rodilla todos los seres del cielo, de la tierra y del abismo,
y toda lengua confiese, para gloria de Dios Padre, que Jesucristo es Señor” (Flp 2,6-11).

La comprensión de Dios que denota este himno suponía una revolución para todo el mundo. Tal terremoto es cl que se nota en las cartas de Pablo y en la expansión rápida de la fe en Jesús como el Señor por todo el Mediterráneo. Se trata, naturalmente, de un acontecimiento histórico de primera magnitud. En este sentido, los documentos exhortativos del Nuevo Testamentos son documentos históricos que testifican las consecuencias trascendentales de la vida de Jesús. Son imprescindibles para estudiar el nacimiento y primer desarrollo de la fe de la Iglesia. Pero lo reciente de los acontecimientos y la impresión causada por ellos en sus testigos vivos nos permiten comprender por qué aquellos escritos ocasionales, que eran las cartas, no hablaban de la vida de Jesús a penas más de lo que recoge el kerygma. San Pablo predicaba el Evangelio, sin necesidad de contar todavía con unos evangelios.

Fuente: Juan Antonio Martínez Camino, Jesús de Nazaret. La verdad de su historia, Edicel Centro Bíblico Católico, 4ª ed. 2010,

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