¿Cuándo aparecieron los evangelios?

Los cuatro evangelios del Nuevo Testamento tienen un carácter más histórico que las cartas. Se redactan precisamente cuando el testimonio acerca de lo que Jesús hizo y dijo, así como de los datos de su vida, se iba haciendo más difícil, bien a causa de las distancias, pues los cristianos se iban extendiendo cada vez más por el Mediterráneo, bien a causa de la desaparición progresiva de la primera generación, la de aquellos que habían visto a Jesús o, al menos, habían conocido a un testigo inmediato de él. Es entonces cuando se siente la necesidad de apoyar el anuncio del kerigma, o del Evangelio, en relatos más pormenorizados de la vida de Jesús. Es entonces cuando, con este fin, se componen los cuatro evangelios. De este modo, los cristianos velaban por la integridad de su fe en Jesucristo, que se remite a la historia de un hombre, de Jesús, sin la cual no es posible entender bien el misterio de Dios. Era necesario prevenirse frente a la negación de la verdadera humanidad del Hijo de Dios.

Aunque no hay coincidencia total, sí existe un gran acuerdo entre los especialistas en fechar la aparición de los evangelios en la segunda mitad del siglo I. En concreto, el evangelio según San Marcos, en los años sesenta; los de San Mateo y San Lucas, junto con los Hechos, en los años setenta; y el de San Juan, en la última década del siglo.

¿Hasta entonces no se había escrito nada sobre la vida de Jesús?

Los evangelios que conocemos no nacieron sólo de la mente y de la pluma de sus autores. Éstos utilizaron ya materiales orales y, muy probablemente también escritos, que recogían hechos, dichos y tradiciones diversas acerca de Jesús, provenientes del testimonio de los que habían estado con él desde el principio.

Prueba de ello es que entre los tres primeros evangelios -los de San Mateo, San Marcos y San Lucas- existen grandísimas coincidencias. Como usan hasta las mismas palabras para describir o relatar las mismas cosas, los estudiosos piensan, con razón, que han utilizado fuentes orales y escritas comunes, en diversa medida, a los tres. Por eso se les llama los evangelios sinópticos: porque se les puede confrontar uno con otro en un cuadro sinóptico, que permite comprobar de un vistazo las coincidencias y diferencias existentes entre ellos, tanto en su plan general, como, sobre todo, en el texto de cada uno de los pasajes o elementos que los integran. En cambio, el evangelio de San Juan, que es el más tardío, sigue un plan propio y utiliza materiales propios, casi siempre diversos de los de la llamada tradición sinóptica.

Este dato es importante para valorar la fiabilidad histórica de los evangelios. Es verdad que el evangelio de San Marcos, el más antiguo, se escribió algo más de treinta años después de la muerte de Jesús y el de San Juan, el más tardío, unos sesenta. Pero todos ellos se escriben sobre la base de tradiciones y textos anteriores, de la misma antigüedad de las cartas de Pablo y aún anteriores. De modo que nos encontramos ante unas obras cercanísimas en el tiempo a los acontecimientos de los que hablan: tanto los mismos evangelios como, en particular, las fuentes que utilizan.

Fuente: Juan Antonio Martínez Camino, Jesús de Nazaret. La verdad de su historia, Edicel Centro Bíblico Católico, 4ª ed. 2010,

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