Entonces, ¿qué es lo que ha llevado a poner bajo sospecha la fiabilidad histórica de los evangelios?

Hay un sentido en el que no cabe duda que los evangelios están “mediatizados” por la fe. Y es que provienen de ella y a ella quieren conducir. Es decir, que los evangelistas, al acometer sus obras, no tenían un interés meramente biográfico o histórico, sino kerygmático y teológico. Les mueve a escribir su fe en Jesús como el Hijo de Dios y el deseo de darla a conocer. Lo dice bien claro San Juan al final de su evangelio: “escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre” (Jn 20, 31).

Sin embargo, a no ser que partamos de una desconfianza previa contra la fe y los creyentes, no tenemos motivos para pensar que lo escrito por las primeras generaciones de discípulos de Jesús esté mediatizado por su fe en el sentido de que nos presenten los hechos de la vida de su Maestro de modo falseado. Por el contrario, hay diversas razones que nos inducen a confiar en la veracidad y en la fiabilidad histórica de lo que nos cuentan.

¿Qué es lo que ha llevado a poner bajo sospecha la fiabilidad histórica de los evangelios?

1) En primer lugar, el mero hecho de que sean libros, como hemos dicho, de la fe y para la fe. Para la mentalidad positivista materialista, ese solo hecho ya levanta la sospecha, pues parte del prejuicio de que quienes tienen fe, no ya en Jesús como el Hijo de Dios, sino en algo más que lo que sea mensurable y perceptible para los sentidos, están incapacitados para un juicio objetivo sobre la realidad. Los creyentes adolecerían de un cierto defecto cognoscitivo que les induciría a interpretar fantasiosamente los hechos. Es evidente que este juicio contrario a la fe resulta demasiado lejano de la realidad, como para ser tenido en cuenta en su generalidad. Se puede aceptar que el entusiasmo que, en ocasiones, se deriva de la fe, pueda dar lugar a ciertas exageraciones o incluso a equivocaciones. Pero esto no es específico de la fe religiosa. Es algo que también sucede con los entusiasmos de cualquier tipo, por ejemplo filosófico o político. Dejando, pues, los prejuicios, habrá que analizar los hechos. Sobre la mentalidad materialista volveremos a hablar algo más en detalle cuando tratemos de los milagros, en el capítulo 7.

2) En segundo lugar, hay unos motivos más concretos, de orden teológico-literario, que han conducido a sospechar de la fiabilidad histórica de los evangelios. Los estudios de los dos últimos siglos acerca de la composición de los evangelios han permitido caer en la cuenta con nueva claridad de que se trata de obras de un género literario muy particular, tanto que, según algunos estudiosos es un género único: el evangélico. Con ello se advierte lo que ya hemos dicho: que son obras escritas bajo la impresión de la Pascua de Cristo y ante la urgencia de la misión. No son, pues, biografías neutrales – como se supone que son las modernas – pues narran la vida del hombre Jesús, el crucificado, sobre el fondo dorado de su gloria de Resucitado y Viviente hoy. Y es verdad que los discípulos releyeron y reinterpretaron la vida del Nazareno desde la experiencia de la Pascua de resurrección, que arrojó una luz nueva sobre los hechos que habían vivido con Jesús, sin acabar de entenderlos nunca del todo. Pero esto no significa necesariamente que la nueva visión de la vida de Jesús, adquirida con la Pascua, no fuera acertada, es decir, no respondiera a su verdadero significado, oculto hasta entonces para ellos. Y mucho menos tuvo que significar aquella nueva visión que sus protagonistas se hubieran convertido en falsarios y en fabuladores de hechos no acontecidos. De todos modos, será importante comprender el estilo kerygmático y teológico de los evangelios para entenderlos bien.

3) En tercer lugar, los estudios minuciosos han puesto cada vez más de relieve algo conocido desde antiguo: que los relatos evangélicos difieren entre sí, a veces en cuestiones de cierta importancia. Por ejemplo, según los sinópticos la última cena de Jesús con los suyos habría sido la cena pascual judía de aquel año, mientras que según el evangelio de San Juan los judíos habrían comido la cena pascual cuando Jesús ya estaba muerto. Y así, muchísimas diferencias de detalle que, para algunos, más que de honradez de los testigos y de respeto a las tradiciones diversas, argüirían en favor de la fabulación más o menos controlada.

Pero al tiempo que los estudios han ido avanzando, también entre los críticos ha crecido la confianza en que los evangelios, aun sin ser meras crónicas o biografías, son documentos de seria basé histórica que permiten un conocimiento fundado de la verdad de la historia de Jesús de Nazaret.

Fuente: Juan Antonio Martínez Camino, Jesús de Nazaret. La verdad de su historia, Edicel Centro Bíblico Católico, 4ª ed. 2010,

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