11 El Espíritu Santo en la Biblia: El Espíritu Santo contra satanas (Mc 1, 9-13)

Texto a estudiar: Mc 1,9·13

9 Y ocurrió que en aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea, y fue bautizado en el Jordán por Juan.
10 y a continuación, al salir del agua, vio desgarrarse los cielos y al Espíritu bajar como una paloma hasta él.
11 Y vino una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo amado, en quien me he complacido».
12 Y luego el Espíritu lo empujó hacia el desierto.
13 y estuvo en el desierto 40 días, tentado por Satanás. Y estaba con las fieras salvajes. Y los ángeles le servían.

En el evangelio de Marcos, Jesús entra en escena por su bautismo en el Jordán. Hasta entonces, el lector no sabe mucho de él. Le han enseñado que Jesús es Cristo, Hijo de Dios, tal como lo anuncia la primera frase del libro (Mc 1, 1). Sabe además, por el testimonio de Juan bautista, que Jesús bautizará con el Espíritu Santo (1, 8). El héroe del evangelio ha sido brevemente presentado, pero todavía no se le ha visto en acción. Su primera manifestación va a revelar ciertamente cosas importantes sobre él.

La presencia de Jesús en el relato tiene lugar en el Jordán (v. 9) y en el desierto (v. 12), los dos sitios en que predicaba Juan bautista (1,4-5); la identidad de los lugares establece una continuidad entre los dos personajes: Juan es ciertamente el precursor de Jesús. Pero mientras que, para el bautista, estaban mezclados el desierto y el Jordán, para Jesús se trata de dos etapas sucesivas de su itinerario: la escena del bautismo en el Jordán precede a la de la tentación en el desierto, respondiéndose la una a la otra como los dos cuadros de un díptico.

Jesús pasa por el agua para dirigirse al desierto, de la misma forma que el pueblo hebreo había atravesado el mar al salir de Egipto, antes de vivir 40 años de prueba en el Sinaí; es como el nuevo Israel que vive un nuevo éxodo; asume el itinerario por donde el pueblo elegido había pasado de la esclavitud a la libertad.

Como vemos, muchos de los elementos del relato son simbólicos, y son también múltiples las reminiscencias del Antiguo Testamento. Para cada una de las dos partes del relato conviene medir el alcance de las palabras o de las trases más importantes para que el texto adquiera todo su sentido.

Parte 1: EN EL JORDAN (v. 9-11)

Jesús… fue bautizado (v. 9)

En la antigüedad, el bautismo se administraba por inmersión. Ser bautizado era bajar al agua lo mismo que se baja en la muerte. En la segunda parte del evangelio de Marcos, Jesús utiliza en su camino hacia la pasión la imagen del bautismo para preguntar a Santiago y a Juan si están dispuestos a morir con él: «¿Podéis beber el cáliz que yo voy a beber, recibir el bautismo en el que voy a sumergirme?» (10,38). Bautizado por Juan en el Jordán, Jesús es designado ya con claridad como aquel que tendrá que pasar por la muerte.

Jesús vio desgarrarse los cielos (v. 10)

La perturbación cósmica que se produjo en el bautismo de Jesús sólo fue percibida por él, según el evangelio de Marcos. Los otros evangelistas, especialmente Mateo y Lucas, le dan a este acontecimiento una publicidad mayor. Este desgarramiento anuncia otro que se producirá en el silencio del santuario de Jerusalén, en el momento del otro bautismo en el que Jesús exhalará su último suspiro: la cortina del templo, desgarrada en dos de arriba abajo (Mc 15,38). El acontecimiento Jesús transforma el orden del mundo; su muerte abolirá el culto israelita simbolizado por el templo. Desde ahora, su misión inaugura los tiempos nuevos y hace eco a la plegaria de Is 63,19: «iAh, si rasgases el cielo y bajases!».

Jesús vioal Espíritu bajar como una paloma hasta él (v. 10)

En la última parte del libro de Isaías se lee una hermosa oración en la que Israel pide el auxilio divino, recordándole a Dios lo que había hecho por medio de Moisés en tiempos del éxodo: «¿Dónde está el que los salvó del mar, el pastor de su rebaño? ¿Dónde está el que ponía en medio de ellos su espíritu santo?» (ls 63, 11).

Marcos no cita directamente este texto. La presentación que hace de Jesús, pastor del rebaño, que recibe el Espíritu en el momento de salir del agua a la orilla del Jordán, merece relacionarse sin embargo con el mensaje del profeta. Sugiere por medio de alusiones que Jesús es el nuevo Moisés, encargado de conducir al pueblo al final de su viaje. Dice que con Jesús ha llegado ya el tiempo de la intervención definitiva de Dios en favor de los hombres.

“Tú eres mi Hijo amado, en quien me he complacido” (v. 11)

En el libro del profeta Oseas, todo el pueblo de Israel es llamado «Hijo mío» por Dios (Os 11, 1). «Hijo mío» es también uno de los nombres que Dios le da al mesías, nuevo David, que habrá de gobernar al pueblo con Justicia y hará que reine la paz (2 Sm 7,14; Sa12, 7).

La expresión «Hijo amado», más completa, sugiere Sin embargo otra relación con el Antiguo Testamento el texto tan hermoso del sacrificio de Isaac en el libro del Génesis, cuando Dios le dice a Abrahán: «Toma a tu hija querido, a quien tanto amas, Isaac» (Gn 22, 2, griego). El hijo querido de Abrahán fue por algún tiempo la víctima designada de un sacrificio sangriento; pero se libró de la muerte y en su persona se realizó el cumplimiento de la promesa. El itinerario de Cristo puede ser interpretado a la luz del de Isaac, itinerario de acceso a la vida a través de la muerte. Por otra parte, una voz celestial repetirá que Jesús es «el Hijo amado» en la transfiguración, poco después del primer anuncio de la pasión (Mc 9, 7). Y en el momento en que Jesús muere en la cruz es cuando un centurión romano hace la profesión de fe más solemne del evangelio: «Verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios» (Mc 15, 39).

Decir de Jesús que es el Hijo amado es entonces anunciar al lector muchas cosas a la vez: él resume en su persona el itinerario del pueblo de la biblia; él es el mesías, la culminación de la esperanza de Israel; él es el que tiene que morir, pero a quien la muerte no podrá conservar en su poder. La expresión es muy rica de sentido; expresa, además, tras la maduración de la reflexión teológica de la iglesia, la participación de Jesús en la vida trinitaria, en una escena en donde se encuentran agrupadas adrede la voz del Padre, la persona del Hijo y la presencia del Espíritu.

Parte 2: EN EL DESIERTO (v. 12-13)

Los 40 días durante los cuales permanece Jesús en el desierto recuerdan los 40 años de camino de los hebreos en el Sinaí, antes de llegar a la tierra prometida (Ex 16,35; Dt 1,3).

El primer gesto del Espíritu, apenas bajó sobre Jesús, fue conducirlo al desierto para que viviera allí, después de atravesar el agua, el segundo acto del éxodo.

Jesús recorre el camino de Israel pecador, aunque viendo las cosas de muy distinta manera. Es él quien es tentado, mientras que en tiempos de Moisés era el pueblo el que tentaba a su Señor (Sal 95,8-10). En paralelismo con el éxodo, es Satanás el que ahora representaría el papel que entonces representó Israel, mientras que Jesús tendría más bien el papel de Dios.

Las fieras salvajes formaban parte tradicionalmente de los peligros del desierto, mientras que parece como si Jesús alternase pacíficamente con ellas. Y el servicio que le rinden los ángeles va en el mismo sentido de una veneración llena de reverencia, como contrapartida a las agresiones de Satanás. Un hermoso texto de la tradición judía utiliza las mismas imágenes para indicar la recompensa de los que son fieles al Señor: «Así, pues, si obráis bien, los hombres y los ángeles os bendecirán y Dios será glorificado por vosotros entre las naciones; el diablo huirá de vosotros, las fieras salvajes os temerán, el Señor os amará y los ángeles se acercarán a vosotros» (Testamento de Neftatí, 8, 4).

Encontramos aquí, más desarrollados, algunos rasgos característicos de la paz mesiánica descrita abundantemente por los profetas en términos de armonía universal (Os 2,16-20; Is 11,6-8; 65,25).

Aunque soporta la prueba del desierto, Jesús es presentado por Marcos como viviendo en él un tiempo privilegiado de concordia con la creación. Más allá del éxodo, el texto evoca la situación de Adán antes de la caída, situación en conformidad con el proyecto creador de Dios, o también el destino último del hombre llamado a vivir eternamente reconciliado con Dios en un mundo apaciguado. Más que la historia de Israel, Jesús resume en su persona el destino de la humanidad que se despliega a través de los siglos.

EL ESPÍRITU SANTO

El Espíritu no desempeña en Marcos un papel considerable; en el primer capítulo de su evangelio es donde lo nombra más veces (v. 8. 10 y 12). Jesús es anunciado allí por Juan como el que habrá de bautizar con el Espíritu Santo (v. 8); Jesús lo recibe al salir del agua bautismal (v. 10) y se deja llevar al desierto por aquel a quien acaba de recibir para enfrentarse con satanás (v. 12).

Las otras menciones del Espíritu Santo en el evangelio de Marcos deben situarse en la línea de este primer capítulo. Es presentado como una especie de antídoto contra los espíritus inmundos, muchas veces citados, que se esfuerzan en prolongar el reinado de satanás, a pesar de que ya está cerca el reino de Dios (1, 15). La controversia de Beelzebul (3, 22-30) demuestra que luchar contra el demonio es tener ya ganada la partida; el que blasfema contra el Espíritu Santo pierde todas sus armas y se entrega de pies y manos a la fuerza del mal. Por última vez, antes de la pasión, en el discurso que pronuncia Jesús sobre el final de los tiempos, nombra al Espíritu Santo como el que permite enfrentarse con los perseguidores diciéndoles las palabras que necesitan oír (13, 11)

El Espíritu que vino sobre Jesús en el Jordán viene sobre el discípulo en el bautismo, para que su lucha, su sufrimiento y su muerte sean caminos de resurrección.

Fuente: Michel QUESNEL, Cuadernos Bíblicos nº52

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