15 La venida del Espíritu Santo (Hch 2)

Pentecostes Greco

Texto a estudiar: Hch 2

1 Cuando llegó el día de pentecostés, se encontraban reunidos todos juntos. 2 De pronto, vino del cielo un ruido como de un violento vendaval y quedó totalmente llena de él la casa en donde estaban. 3 Entonces se les aparecieron unas como lenguas de fuego que se distribuían posándose sobre cada uno de ellos. 4 Todos se llenaron de Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, como el Espíritu les concedía expresarse.

5 Pues bien, residían en Jerusalén judíos piadosos, llegados de todas las naciones que hay bajo el cielo. 6 Ante el rumor que corrió, la gente se arremolinó y se sintió asombrada, ya que cada uno los oía hablar en su propia lengua. 7 Desconcertados, maravillados, decían: «¿No son galileos todos esos que están hablando? 8 ¿Cómo es que cada uno de nosotros los oye hablar en su len9″ua materna?» (…)

14 Entonces se elevó la voz de Pedro que estaba allí con los once: (…) 16 «…Aquí está sucediendo lo que fue dicho por el profeta Joel:

  • 17 Ocurrirá en los últimos días, dice Dios, que derramaré mi Espíritu sobre toda carne (…)
  • 21 y todo el que invoque el nombre del Señor se salvará.

22 Israelitas, oíd estas palabras: Jesús el nazareno, ese hombre que Dios había acreditado ante vosotros realizando por medio de él milagros, prodigios y signos en medio de vosotros (…) 23 a ese hombre, según el plan bien trazado y sancionado por Dios, lo entregasteis y eliminasteis haciéndolo crucificar por manos de los impíos; 24 pero Dios lo ha resucitado librándolo de los horrores de la muerte, pues no era posible que la muerte lo retuviese en su poder. 25 En efecto, David dijo de él:

Veía constantemente al Señor delante de mí,
pues está a mi derecha, para que no quede quebrantado.
26 Así mi corazón se mantenía alegre y mi lengua cantaba de alegría.
Más aún, mi carne descansará en la esperanza,
porque tú no abandonarás mi vida a la muerte,
y tú no dejarás a tu santo conocer la descomposición …

32 A ese Jesús, Dios lo ha resucitado y todos nosotros somos testigos de ello.

33 Exaltado por la diestra de Dios, recibió del Padre el Espíritu Santo prometido y lo derramo, como estáis viendo y oyendo (…) 36 Que lo sepa con certeza toda la casa de Israel Dios ha hecho Señor y Cristo a ese Jesús que vosotros crucificasteis»

37 Con el corazón conmovido de oír estas palabras, les preguntaron a Pedro y a los otros apóstoles «¿Qué hemos de hacer, hermanos?» 38 Pedro les respondió «Convertíos, que cada uno de vosotros reciba el bautismo en nombre de Jesucristo para el perdón de sus pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. 39 Pues a vosotros está destinada la promesa y a vuestros hijos, así como a todos los que están lejos, y que el Señor llame».

El relato de pentecostés, con la Interpretación que lo acompaña, presenta la clave de lectura del libro de los Hechos Lo que precede no tiene más función que la de preparar la llegada del Espíritu prometido por Jesús «Recibiréis una fuerza, la del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros» (Hch 1,8) Lo que sigue no es más que el despliegue y la actuación del acontecimiento fundador En otras palabras, el relato de pentecostés es esencial y único porque introduce al personaje principal en torno al cual se desarrolla la intriga del libro, de la misma manera que la obra anterior de Lucas, su evangelio, se construía en torno a la figura de Jesús.(…)

EL RELATO DE PENTECOSTÉS (2, 1-13)

El cumplimiento

El capítulo anterior establece un suspense que contribuye a resaltar la importancia del acontecimiento. Antes de dejarles, Jesús ordena a sus apóstoles que «esperen en Jerusalén la promesa del Padre, la que habéis oído de mis labios» (Hch 1,4) La reunión del pequeño grupo en la habitación superior de la casa y la sustitución del duodécimo apóstol asientan las condiciones para que venga el Espíritu.

En efecto, el relato multiplica los terminas que connotan plenitud, cumplimiento, totalidad, unanimidad «Cuando se cumplieron los cincuenta días quedo llena toda la casa ,todos se llenaron de Espíritu Santo Estaban todos juntos, en un mismo lugar». Plenitud en el tiempo, en el espacio, en el número y en el corazón. Todo esto remite a un acontecimiento ideal y perfecto.

El agente de la plenitud

El acontecimiento se describe con unos términos y unas imágenes que resultan familiares a los hombres de la biblia: el ruido y el fuego forman parte del escenario utilizado para describir la manifestación de Dios. Se concreta el origen del acontecimiento: esto viene del cíelo, es decir, de Dios. Lucas, siempre tan amigo de matizar su descripción del mundo de Dios, guarda las debidas distancias respecto a su lenguaje: se trata de «un ruido como de un vendaval… Entonces se les aparecieron unas como lenguas de fuego».

Lo que ocurre es ciertamente obra de Dios: los lugares y las personas se llenan de Espíritu Santo… La reacción de los testigos confirma que se trata de la irrupción de Dios en el mundo de los hombres: éstos se quedan estupefactos, perplejos, incapaces de comprender: «¿Qué es lo que puede ser esto?» (v. 12).

Los beneficiarios del don

El Espíritu es como el viento: nadie sabe de dónde viene ni adónde va. Pero sus efectos son visibles. Las lenguas de fuego se posan sobre cada uno de ellos y les conceden hablar en otras lenguas. Los exégetas se han preguntado quiénes fueron los primeros beneficiarios de la efusión del Espíritu. Algunos, remontándose más arriba en el libro de los Hechos, han pensado en la primera comunidad más amplia de los  que se mencionan en 1, 15. Otros, más numerosos, prefieren limitarse al pequeño grupo reunido en la habitación superior (1, 12-14). En efecto, el «todos unánimes» del v. 14 se armoniza muy bien con la expresión «todos juntos» (2, 1). Además, la interpretación del acontecimiento es obra de Pedro «que estaba allí con los Once ». Se ha observado que la reacción de los testigos: «¿No son galileos todos esos que están hablando?», se explica más fácilmente de los 12 que de los 120. Finalmente, en lo que sigue los 12 cumplen una función específica en el don del Espíritu: Pedro y Juan imponen las manos a los samaritanos (8, 17) y Pedro ocupa un lugar especial en relación con Cornelio y los paganos (Hch 10-11).

Sigue en pie el hecho de que esta selección de los 12 no debe hacernos olvidar que su palabra es comprendida de forma extraordinaria por todos los que se agrupan a su alrededor, «llegados de todas las naciones que hay bajo el cielo». Incluso antes de iluminar el texto por medio de otras fuentes, se puede decir que esta palabra establece una comunicación universal que permite a cada uno «oírles hablar en su propia lengua».

El texto enumera una lista de todos los que se agrupan en torno a los apóstoles. Varios exégetas piensan que Lucas ha recogido una lista de pueblos que tenía la pretensión de agrupar al universo en su totalidad. Si, como se piensa, la lista reunía en su origen 12 naciones, correspondería a los 12 apóstoles y simbolizaría al mundo en su totalidad.

¿Qué significa hablar en lenguas?

Los exégetas han propuesto varias explicaciones de este fenómeno. Algunos han visto en él una manifestación de «glosolalia», tal como la conocieron las iglesias de Pablo. Impregnados de un Espíritu, algunos creyentes se ponían a hablar en un lenguaje incomprensible para los demás mortales. Tan sólo Dios y un intérprete eventual podían descifrar aquel lenguaje (cf. 1 Cor 14, 27-28).

Otros han pensado que se trata aquí de algo distinto. En efecto, lo que se resalta aquí no es tanto el hecho de hablar lenguas como el hecho de expresarse de una manera comprensible para todos. Con dom Dupont, podemos escoger esta segunda hipótesis: «Lucas tenía realmente la intención de dar a entender que los apóstoles hablaron en las lenguas de los diferentes pueblos con los que se relacionaban los testigos de aquella escena».

PENTECOSTÉS EN LA OBRA DE LUCAS

Se ha dicho que la escritura no recoge más que la espuma de la vida. Está claro que un texto tan extraño como el de pentecostés necesita situarse debidamente en el mundo bíblico para que adquiera todo su significado. Si recordamos que Lucas es responsable del evangelio y de los Hechos, podemos buscar algunas correspondencias entre ambas obras. Al comienzo de la vida pública de Jesús, Lucas situó la escena del bautismo. Entonces, se abrió el cielo y el Espíritu bajó sobre Jesús «con una apariencia corporal, como una paloma». En los Hechos, los apóstoles de Jesús quedan llenos de Espíritu Santo, según la promesa que él mismo les había hecho.

Lucas es un historiador a quien le gustan las divisiones claras. Ha dividido la historia de la salvación en tres grandes períodos.

  1. El primero se escribió antes de él: el Antiguo Testamento. Lucas se contenta con escribir su último capítulo, que tiene como figura central a Juan bautista. (…) la escena del encarcelamiento de Juan bautista inmediatamente antes del bautismo.
  2. El segundo período comienza con Jesús: es el tiempo central de la historia, dominado por Jesús «lleno de Espíritu Santo». Lo que caracteriza a este tiempo es la reanudación del diálogo entre Dios y el hombre o, en otras palabras, la vuelta del Espíritu de Dios en medio de su pueblo. En efecto, la tradición judía ha conservado el recuerdo de que los 150 años que precedieron a Cristo estuvieron marcados por el silencio de Dios. Un texto del Talmud (Tosefta, Sota, XIII, 2) afirma que «desde que murieron Ageo, Zacarías y Malaquías, el Espíritu Santo quedó interrumpido en Israel, aunque se les hizo escuchar algunas voces». El comienzo que se inaugura con Jesús es el retorno del Espíritu.
  3. Será necesaria la resurrección para que ese regreso se convierta en una efusión universal sobretodos los creyentes. Pentecostés es el cumplimiento de la pascua, la inauguración del tercer período de la historia, que es el tiempo del Espíritu. «El Espíritu surge de la herida abierta en el costado de Jesús, como río de agua de la boca de los creyentes» (E. Haulotte).

Del mismo modo que todo el evangelio se sitúa bajo la inspiración del Espíritu que conduce a Jesús, también el Espíritu Santo conduce a los primeros creyentes por los caminos del mundo. Es él el que conduce a Felipe y luego a Pedro en su tarea de evangelización (Hch 8, 29.39; 10. 19; 11, 12), el que inspira a los responsables de las iglesias reunidos en Jerusalén (“el Espíritu Santo y nosotros mismos hemos decidido…” 15,28), el que mueve a Pablo a dejar Asia para aventurarse por Macedonia adonde lo llamaba un macedonio (16. 6-10). El vínculo entre estos tres períodos está constituido por Jesús: es él a quien anuncia Juan bautista antes de cerrar la última página del Antiguo Testamento; es él el que llena el período central; es él finalmente el que da la clave de interpretación de pentecostés, como demuestra el discurso de Pedro.

PENTECOSTÉS EN LA TRADICIÓN JUDÍA

Hasta ahora no hemos tenido en cuenta el contexto litúrgico en que se presenta el Espíritu. Hoy sabemos que en la época de Jesús se vivía pentecostés como el cumplimiento de pascua. En hebreo se le llamaba «el cierre de la pascua». Heredando esta tradición de los judíos, los primeros cristianos hicieron de pentecostés una fiesta pascual, prolongando durante 50 días la memoria de la pascua. Se comprende entonces fácilmente que el discurso de Pedro, del que hablaremos más adelante, vincule directamente el acontecimiento de pentecostés con la resurrección de Jesús.

Esta relación tan estrecha con la pascua permite comprender otro aspecto de la fiesta judía: ésta estaba asociada al acontecimiento del Sinaí tanto en la tradición esenia como en la rabínica. Entre los esenios, era a lo largo de pentecostés cuando los nuevos miembros se incorporaban a la comunidad y cuando los antiguos renovaban sus juramentos (en hebreo se da un juego de palabras entre fiesta de las semanas, shabuot, y juramentos, shebuot). La tradición rabínica ponía más bien el acento en la revelación, la manifestación de Dios. Filón, en su De decalogo, explica el fuego de la teofanía con un lenguaje muy parecido al de Lucas:

«De en medio del fuego que corría del cielo se hizo oír una voz con extrañeza de todos, ya que la llama se convirtió en una palabra articulada en el lenguaje familiar de los oyentes y lo que dijo era tan claro y distinto que creían más bien verlo que oírlo».

Otro texto, más tardío, pero arraigado en una tradición más antigua, describe el acontecimiento del Sinaí como una revelación virtualmente universal:

«Se dijo: ‘Dios tronó de una forma maravillosa con su voz’ (Job 37, 5). ¿Qué es lo que significa que ‘tronó’? Cuando Dios dio la Torá en el monte Sinaí hizo ver a Israel maravillas inéditas con su voz. ¿Qué es lo que pasó? Dios habló con su voz y su voz repercutió a través del mundo. Rabí Johanan dice que la voz de Dios, tal como fue pronunciada, se dividió en 70 voces, en 70 lenguas, para que todas las naciones pudieran comprenderla. Cuando cada nación oyó la voz en su propia lengua, su alma se alejó de ella, excepto Israel que oyó pero sin verse tocado» (Exodo Rabbah, 5, 9).

Otro midrás subraya más bien la dimensión universal del Sinaí:

«La Torá fue dada en el desierto como un bien común, públicamente y en un lugar que no pertenecía a nadie. La Torá fue dada en tres cosas: en el desierto, en el fuego y en el agua. Lo mismo que estas tres cosas son gratuitas para todo el mundo, también la Torá es gratuita para todos los habitantes del mundo» (Mekhilta Yitro, 62a).

En la medida en que estos textos (excepto el de Filón) son más tardíos que Lucas, es difícil saber si el relato de pentecostés pudo sufrir algunas influencias teológicas. Cabe pensar que, por la época de Jesús, pentecostés, asociado estrechamente a la pascua, celebraba la revelación de Dios en el Sinaí con su dimensión virtualmente universal. Cristo resucitado en la mañana de pascua llevó a cabo el universalismo que presentía la tradición rabínica. La efusión del Espíritu significa la alianza nueva con el nuevo Israel. Por otra parte, lo que estas relaciones dejan adivinar resulta manifiesto en la interpretación que da Pedro de este suceso.

LA INTERPRETACIÓN DE PEDRO (2,14-36)

El acontecimiento en sí mismo y situado de nuevo en la interpretación judía es elocuente, pero no llega a aclararse por completo más que con la explicación que de él hace Pedro. El acontecimiento, al ser una irrupción de Dios en el mundo del hombre, exige una palabra interpretativa. Esta palabra encierra tres aspectos:

1. La comunidad del Espíritu.

  • En tiempos del éxodo, el Espíritu de Dios se derramó, de forma provisional, sobre los 70 ancianos agrupados alrededor de Moisés (Nm 11, 24-25). «Cuando el Espíritu descansó sobre ellos, profetizaron, pero no volvieron a hacerlo más». El mismo Moisés quiere soñar con la posibilidad de que todos pudieran ser profetas: «¡Ojalá todo el pueblo de Dios fuera profeta y le diera el Señor su espíritu!». Este sueño animará a Israel a lo largo de toda su historia; se imaginará los últimos tiempos como una efusión universal del Espíritu sobre todos los creyentes. «Después de eso, derramaré mi Espíritu en toda carne» (JI 3,1). «Pondré mi Espíritu en vosotros y haré que caminéis según mis leyes» (Ez 36,27).
  • Jesús, por medio del cual empezó de nuevo el Espíritu a estar presente en el pueblo, recoge y se responsabiliza de la promesa del Padre (Hch 1,4). Y el discurso de Pedro confirma que el acontecimiento de pentecostés fue acogido como el cumplimiento de esa promesa. Pedro ilumina el acontecimiento misterioso citando ampliamente la profecía de Joel. Lo que no había sido más que parcial y provisional para la comunidad del desierto, se realiza por completo para el nuevo Israel que nace aquel día. El libro de los Hechos va a ilustrar cómo los primeros cristianos se reconocieron como la comunidad de los últimos tiempos.

2. El acontecimiento de la resurrección.

  • Hemos subrayado anteriormente el vínculo tan estrecho entre pentecostés y la fiesta de pascua en la tradición judía. El discurso de Pedro adquiere su sentido en esta identificación entre pascua y pentecostés. El suceso del que acaban de ser testigos los judíos es la consecuencia natural y prevista por Dios, desde toda la eternidad, de la muerte y de la resurrección de Jesús (Hch 2, 22-24). «Las maravillas de Dios» que proclamaban los apóstoles (2, 11) se realizaban ya en Jesús, «ese hombre que Dios había acreditado entre vosotros realizando por medio de él milagros, prodigios y signos en medio de vosotros» (Hch 2, 22). Muerte y resurrección de Jesús: he aquí la nueva alianza de Dios con los hombres, el cumplimiento y la superación de la revelación del Sinaí. También en este caso la relación que habían establecido ya antes los judíos entre pentecostés y el don de la ley se acomoda naturalmente al discurso cristiano. El don del Espíritu derramado sobre todos, en la muerte y la resurrección de Jesús, da nacimiento a la comunidad de la alianza nueva, en la que el Espíritu se les da a todos ya cada uno de sus miembros.

3. El nuevo Israel.

  • El discurso de Pedro demuestra muy bien el esfuerzo que tuvieron que hacer los primeros cristianos para reconocer en la aventura trágica de Jesús el cumplimiento de las Escrituras. No podría soportarse la novedad absoluta, sobre todo si pensamos en que consagraba como normativo el recorrido de un derrotado. Sin embargo, ese recorrido doloroso es el que se convierte para los primeros cristianos en la clave que abre las Escrituras: «¿No era necesario que Cristo sufriera para entrar en la gloria? Y empezando por Moisés y portados los profetas, les explicó todo lo que se refería a él en las Escrituras» (Lc 24, 26s). En esta recuperación de las Escrituras, los primeros cristianos pondrían de manifiesto y subrayarían los filones olvidados o escondidos que narran la historia de otros derrotados, como esos justos perseguidos de los salmos o ese gran vencido de la historia que es el siervo doliente de Isaías 53. Bajo esta luz es como hay que leer la argumentación de Pedro a partir del Salmo 16: «En efecto, David dijo de él: No dejarás a tu santo conocer la descomposición» (Hch 2, 24-28). Los v. 37-41 constituyen la conclusión normal de pentecostés. El Espíritu no es un simple fenómeno extático que transformaría al hombre de una forma exterior y arbitraria. «¿Qué hemos de hacer?». Para recibir el Espíritu, hay que convertirse y agregarse a la nueva comunidad de los últimos tiempos por el bautismo: «Convertíos; que cada uno de vosotros reciba el bautismo en nombre de Jesucristo para el perdón de sus pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hch 2,38).

Fuente: Alain MARCHADOUR en Cuadernos bíblicos, nº 52

3 comentarios en “15 La venida del Espíritu Santo (Hch 2)”

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s