Padre

Dios PadreTodas las religiones transfieren a los dioses las realidades humanas y sociales esenciales, comenzando por la paternidad y la maternidad. Por ejemplo, el nombre de Júpiter procede de Zeus-pater, Zeus padre; los idólatras declaran a sus dioses: «Tú eres mi padre (…) Eres tú quien me ha creado» (Jr 2,27). La Biblia presenta al Dios de Israel como padre, pero con reservas.

En el Antiguo Testamento

El padre

El padre (heb. ‘ab) no es sólo el que fecunda a la madre y da la vida; es también el cabeza de familia (la «casa del padre», Gn 12,1). Es él, junto con la madre, el educador de los hijos (Prov 1,8), Y éstos deben respetar a sus padres, honrarlos (Ex 20,12), especialmente en su vejez (Eclo 3,1-16). El nombre de padre es dado también a los que tienen autoridad sobre un grupo. Los «padres» son los antepasados, especialmente los tres patriarcas Abrahán, Isaac y Jacob (Ex 3,15). Abrahán es llamado «padre de los creyentes» (Rom 4,11), pues judíos y cristianos son herederos de la promesa que él recibió. El rey es llamado «padre» del pueblo (Is 9,5). Un sacerdote judío (Jue 17,10) o un rabí pueden recibir este título; cosa que Jesús rechazará (Mt 23,9).

Dios Padre.

Porque le ha liberado de Egipto, Dios llama a su pueblo «mi primogénito» (Ex 4,22-23). «¿No es él tu padre, que te crió, el que te hizo y te estableció?» (Dt 32,6), pregunta Moisés a Israel. Todo el éxodo* constituye la educación del pueblo, como la de un hijo por su padre (Dt 8,5). Dios se muestra lleno de ternura (Os 11,1-4); de ahí su sufrimiento ante la ingratitud de sus hijos (Os 11,8-9; Jr 3,19). El título de «hijo de Dios» se da primeramente al rey: «Yo seré para él un padre, y él será para mí un hijo» (2 Sam 7,14); después al pueblo convertido (Os 2,1). Raras y tardías son las oraciones que llaman a Dios «Padre» (Is 63,16; Eclo 23,1.4), pues el judaísmo se resistió al lenguaje de otras religiones en las que dioses y diosas se unen y se convierten en padres y madres. Para hablar del Dios padre de Israel se emplean también a veces imágenes maternales (Nm 11,11-15; Is 49,15; 66,13).

El Padre de Jesús, Padre nuestro

Jesús revela a un Dios Padre lleno de ternura hacia sus hijos, igual que el padre de los dos hijos (o del hijo pródigo: Lc 15,11-32); no se puede tener a Dios por padre sin tratar al prójimo como a un hermano. Es paternal hacia cada uno: «Ya sabe vuestro Padre celestial lo que necesitáis» (Mt 6,32); « … ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan?» (Mt 7,11). Jesús es prácticamente el único, en el judaísmo antiguo, que se atreve a llamar a Dios familiarmente: «Padre, mi Padre» (en arameo: Abbá, Mc 14,36), revelando así su intimidad única con él. Habla a los discípulos de «vuestro Padre», y les enseña a orar: «Padre nuestro» (Lc 11,2). Durante su bautismo y su transfiguración, la voz del Padre le llama «mi Hijo amado» (Mc 1,11; 9,7). Afirma que «nadie conoce al Hijo sino el Padre, y al Padre no lo conoce más que el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11,27). Es sobre todo en el evangelio de Juan donde Jesús habla de su relación filial, absolutamente confiada (Jn 14,9-10). Pero Jesús abre esta relación a los discípulos: «El que me ama, se mantendrá fiel a mis palabras. Mi Padre lo amará, y mi Padre y yo vendremos a él y viviremos en él» (Jn 14,23). Para Pablo, el Padre de Jesús ha hecho de nosotros sus hijos adoptivos (Ef 1,5-6); nos ha dado su Espíritu*, que hace de nosotros hijos y que nos hace orar: «Abbá, Padre» (Rom 8,14-17).

Fuente: Cuadernos Bíblicos nº 123, Evd, 2005

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