3. ÉXODO (Repaso)

Esta entrada forma parte del “Repaso al Pentaeuco y los demás libros históricos“.

moises tablasEl Génesis terminaba con los hijos de Israel establecidos en Egipto. El libro del Éxodo comienza allí, con los nombres de los hijos de Israel que bajaron a Egipto (Ex 1,1-2) y en él se narrarán los acontecimientos relacionados con salida de aquel país de los clanes israelitas y el inicio del camino de regreso hacia la tierra prometida a sus padres, así como algunas leyes situadas en ese contexto. (Nota: en esta lección nos limitaremos a hablar de su contenido y del modo en que se han interpretado en la Iglesia sus pasajes más relevantes; Lo que se refiere a su composición lo veremos más adelante).

I. Lectura del libro del Éxodo

El libro comienza mencionando los descendientes de Jacob en Egipto, y se cierra cuando el relato del camino hacia la tierra prometida se interrumpe poco después de la terminación y equipamiento del santuario. Está constituido por dos grandes secciones que configuran su estructura. En medio de ellas, se narra de modo grandioso un acontecimiento clave en la liberación, que es el paso del mar Rojo:

  • En la primera sección se narra, pues, todo lo que Dios hizo para liberar a su pueblo de la esclavitud a la que había sido sometido y sacarlo de la tierra de Egipto; y termina con su puesta en marcha camino la libertad (Ex 1,1–13,21).
  • Se llega así al núcleo central del libro. Los hijos de Israel se dirigen hacia el mar Rojo y allí experimentan la protección de Dios (Ex 14,1–15,21).
  • La última sección trata acerca del camino que los israelitas recorren por el desierto, una vez pasado el mar, en dirección a la tierra prometida. Primero, se mencionan los acontecimientos acaecidos en la marcha desde el mar hasta el Sinaí (Ex 15,22–18,27). Al llegar a la montaña, la expedición se detiene, para recibir allí una revelación de Dios, establecer una alianza con él, y construir el Tabernáculo (Ex 19,1–40,38).

La idea básica, que da razón de todo el libro, se contiene en las primeras palabras que el Señor pide a Moisés en el Sinaí que trasmita al pueblo de su parte: «Vosotros habéis visto lo que he hecho con los egipcios y cómo os he llevado en alas de águila y os he traído hacia mí. Ahora, pues, si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza, seréis mi propiedad exclusiva entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra; vosotros seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa» (Ex 19,4-6a). En efecto, si en el libro del Génesis se hablaba de la acción de Dios en los orígenes del mundo y del pueblo, en el Éxodo el tema central es la acción de Dios en la configuración histórica del pueblo de Israel, redimiéndolos de la esclavitud a la que estaban sometidos para que fuesen un pueblo santo.

1. La liberación de la esclavitud

pueblo por el desierto exodoEn la primera sección (Ex 1,1–13,21) se narra, como se ha dicho, todo lo que Dios hizo para liberar a su pueblo de la esclavitud a la que había sido sometido y sacarlo de la tierra de Egipto. De entrada, en los capítulos iniciales se van presentando los protagonistas de esta gran gesta:

  • Primero, la comunidad de los hijos de Israel, descendientes de los hijos de Jacob que habían bajado a Egipto y se habían establecido allí, donde crecieron y se multiplicaron, hasta que un faraón que no había conocido a José comenzó a oprimirlos y vejarlos (Ex 1,1-22).
  • Después, Moisés, a quien el Señor protegió con su providencia desde los primeros momentos de su vida, como lo deja entender el relato sobre el modo en que fue salvado de las aguas del Nilo cuando la hija del faraón lo encontró en una cesta y se hizo cargo de él. Desde su juventud, se dibuja un rasgo característico de su personalidad que consiste en no permanecer indiferente ante las injusticias: da muerte a un egipcio que maltrataba a un israelita e intentar reconciliar a dos de su pueblo, pero cuando se divulgan estos hechos se ve obligado a huir a Madián (Ex 2,1-25).
  • Allí tendrá lugar la manifestación del verdadero protagonista de toda esta epopeya: el Señor, que sale al encuentro de Moisés, le manifiesta su nombre y lo envía al faraón, porque ya no soporta más la opresión de su pueblo (Ex 3,1-15). Como ayuda para que Moisés pueda cumplir su misión le otorga la capacidad de realizar algunos prodigios y le proporciona a Aarón como portavoz en sus gestiones ante el faraón (Ex 3,16–4,31).

ultima plaga pascuaLos capítulos siguientes se ocuparán en detalle de las negociaciones que Moisés y Aarón llevan a cabo para que el faraón permita al pueblo salir de Egipto:

  • El primer intento fracasa, e incluso la opresión a la que se ven sometidos los israelitas se hace más insufrible (Ex 5,1-23).
  • Pero inmediatamente es Dios mismo quien va a manifestar su poder enviando diez plagas, una tras otra, cada vez más terribles, que terminarán por doblegar al faraón: las aguas del Nilo convertidas en sangre, la multitud de ranas que pululan por todas partes, la invasión de los mosquitos, la plaga de los tábanos, la epidemia del ganado, la profusión de úlceras en personas y animales, el granizo que devastó cosechas y dañó personas y ganado, las langostas que consumieron lo poco que se había librado del granizo, las densas tinieblas que cubrieron la tierra, y, por último, ante la persistencia del faraón en su negativa, el anuncio de la décima y más terrible, la muerte de todos los primogénitos (Ex 6,1–11,10).
  • El modo en que se cumplió la última plaga manifiesta de modo extraordinario la protección de Dios a su pueblo. Esta experiencia quedaría grabada de tal manera en la memoria del pueblo que cada año revivirían festivamente esos acontecimientos de salvación. Se instituye así la Pascua y los Ácimos. Cuando el Señor hirió a todos los primogénitos de Egipto, la sangre del cordero pascual que teñía las jambas de las casas donde habitaban los israelitas fue la señal establecida para que no sufrieran daño alguno en esa noche quienes moraban en ellas. Ante la magnitud del dolor, el faraón cedió y les permitió partir (Ex 7,1–13,16).

La salida de Egipto es narrada con solemnidad: «Los hijos de Israel salieron de Ramsés hacia Sucot, unos seiscientos mil hombres de a pie, sin contar los niños. Subió con ellos además una gran multitud; y ovejas y vacas, en grandes rebaños» (Ex 12,37-38). A partir de este momento comienzan a señalarse las etapas que recorrerían. También se establece ese acontecimiento como punto de referencia para fechar los acontecimientos anteriores y posteriores: «La estancia de los hijos de Israel en Egipto fue de cuatrocientos treinta años. Pasados estos cuatrocientos treinta años, el mismo día salieron todos los ejércitos del Señor del país de Egipto» (Ex 12,40-41). Además, desde esos primeros pasos en libertad, el relato señala que el pueblo goza de la guía y protección divina: «El Señor caminaba al frente de ellos, de día en columna de nube para guiarlos por el camino, y de noche en columna de fuego para alumbrarles; así podían caminar de día y de noche» (Ex 13,21).

Los textos de esta primera parte del Éxodo son, en su mayor parte narrativos, pero en estos últimos capítulos, a propósito del sacrificio del cordero cuya sangre habría de librar a las casas de los israelitas de la muerte de sus primogénitos, se han situado unos textos legales de notable extensión (Ex 12 — 13) acerca de la celebración de la fiesta de la Pascua, en la que se conmemoraría la liberación de la esclavitud de Egipto.

2. El paso del mar Rojo

paso del mar rojoEn el centro del libro del Éxodo se encuentra un episodio decisivo: el paso del mar (Ex 14,1–15,21).

  • Los hijos de Israel que acaban de abandonar Egipto se dirigen hacia el mar Rojo, pero pronto el faraón se arrepiente de haberlos dejado partir y envía carros y guerreros en su persecución, que les dan alcance cuando estaban acampados al borde del mar (Ex 14,1-14).
  • Entonces el Señor obra el prodigio de separar las aguas del mar para permitir a su pueblo pasar caminando por lo seco, mientras que los egipcios que fueron en su persecución, «todos los caballos, los carros del Faraón, los jinetes y el ejército» –hasta cuatro veces se repite esta misma frase (vv. 9, 17, 23 y 26)–, perecieron alcanzados por las aguas (Ex 14,15-31).

En todo el pasaje late la idea de que Dios guía su pueblo y combate por ellos. Cuando se vieron a salvo, los israelitas entonaron un cántico jubiloso de alabanza a Dios (Ex 15,1-21) donde reconocen su poder y el cuidado amoroso que les manifestado: «Quiero cantar al Señor, vencedor excelso: caballos y caballeros al mar ha precipitado. El Señor es mi fuerza y mi vigor, Él me ha salvado. Él es mi Dios, quiero alabarlo; el Dios de mi padre, quiero ensalzarlo…» (Ex 15,1-2).

Una vez a salvo de sus perseguidores, comienza una nueva y decisiva etapa en la peregrinación hacia la tierra prometida, que los conducirá primero al monte Sinaí.

3. Del mar Rojo al Sinaí

Desde las primeras etapas de su viaje, el pueblo comienza a experimentar las penalidades del desierto, lo que provoca descontento y quejas contra el Señor. Por fin llegan al Sinaí y ahí se detienen, ya que tienen lugar grandiosos acontecimientos: contemplan la manifestación de Dios, que les entrega su ley, establece con ellos una alianza, y el pueblo comienza a configurarse como un pueblo santo. De todo esto se trata con detenimiento en esta última y extensa sección del Éxodo.

a) Primeras etapas por el desierto

Primero se narran las peripecias del camino hasta el Sinaí (Ex 15,22–18,27). La primera dificultad con la que se encuentran los israelitas en su peregrinación por el desierto es la falta de agua. Con ese motivo, al cabo de tres días, en Mará, tiene lugar la primera de la que sería una larga serie de murmuraciones contra Moisés:

  • En Mará Moisés clamó al Señor, que le mostró un trozo de madera que, arrojado a las aguas amargas, las tornó potables (Ex 15,22-27).
  • Después vendría una nueva murmuración ante la escasez de alimentos, que el Señor resuelve con el don de maná y las codornices (Ex 16,1-36).
  • Más adelante, de nuevo tentaron al Señor con sus quejas por la falta de agua, y brotó agua de la roca, en el lugar que se llamó Masá y Meribá (Ex 17,1-7).
  • Otras dificultades vinieron ante un ataque que sufrieron por parte de los amalecitas. También el Señor les ayudó a defenderse y les otorgó la victoria (Ex 17,8-16). Tras esa escaramuza guerrera, Jetró el suegro de Moisés, sale a su encuentro y le aconseja que designe a unos hombres experimentados que le ayuden en su tarea de juzgar. Moisés le hace caso e instituye unos jueces (Ex 18,1-27).

b) En el Sinaí

Por fin, al tercer mes de la salida de Egipto, llegaron al desierto de Sinaí y acamparon frente a la montaña. En ese lugar se detiene la marcha y tendrán lugar algunos acontecimientos relevantes: el establecimiento de la Alianza, la donación de la Ley y la construcción del santuario (Ex 19,1–40,38).

  • Tras haber experimentado la protección del Señor en la liberación de Egipto, Israel va a ser configurado como pueblo de Dios en virtud de la Alianza establecida con él (Ex 19,4-6). Tiene lugar una gran teofanía, esto es, una solemne y grandiosa manifestación de Dios: desde un monte humeante mientras la montaña se estremecía y se oía el clamor cada vez más intenso de la trompeta (Ex 19,16-25).
  • El Señor entrega a Moisés el Decálogo (Ex 20,1-21). Después, sigue inmediatamente una larga serie de prescripciones sobre temas muy variados: normas cultuales, reglas sociales y procesales, así como diversos preceptos sobre el modo de conducirse con los enemigos. También se incluye una normativa acerca del año sabático, del sábado, y nuevas cuestiones relacionadas con el culto. Todo este conjunto de leyes conoce como Código de la Alianza (Ex 20,22–23,19).
  • El pueblo se compromete a cumplir los mandatos del Señor y ratifica solemnemente esta Alianza (Ex 24,1-18).
  • Una vez establecida la Alianza, se abre una amplia sección que trata sobre la construcción del santuario y las funciones de sus ministros:
    • Primero se formulan una serie de instrucciones detalladas para su construcción y funcionamiento (Ex 25,1–31,18).
      • Pero las normas se interrumpen para dejar paso al relato de una grave apostasía. El pueblo se pervirtió adorando a un becerro de oro, lo que provocó la cólera del Señor. Moisés intercede por el pueblo, pero no puede evitar el castigo por parte de Dios. El becerro es destruido, y los culpables mueren a manos de los levitas. Tras este episodio se da la orden de levantar el campamento y se describe la Tienda de la Reunión. Culmina la sección con el relato de la visión de la gloria de Dios por parte de Moisés (Ex 32,1–33,23).
      • Después de la apostasía, todo debía rehacerse, y por eso ha de tener lugar una renovación de la Alianza. En ella se incluye la entrega de las nuevas tablas de la ley, la proclamación de nuevas normas rituales y la solemne presentación de Moisés ante el pueblo con el rostro resplandeciente (Ex 34,1-35).
    • Sólo entonces es cuando se ejecutan puntualmente las instrucciones que se habían dado acerca de la construcción del santuario, sus elementos y sus ministros. Una vez terminadas las obras, el Santuario es consagrado y Moisés cumple con precisión todo lo que el Señor le había indicado.
  • Como epílogo, y en pocas líneas, se reseña la función protectora de la nube que cubría el Santuario: ésta significa que Dios está presente entre los suyos y que es Él quien los dirige en la peregrinación del desierto (Ex 35,1–40,38).

Así se culmina el libro del Éxodo, con la gloria del Señor presente en el Santuario, que está siempre entre su pueblo, cuando acampan y cuando caminan. En ese momento, están acampados en el desierto de Sinaí. Todavía les falta un largo camino por recorrer.

II. Relecturas del libro del Éxodo, y su recepción en la fe de la Iglesia

El Nuevo Testamento evoca con frecuencia el recuerdo de las gestas contenidas en los relatos de la historia de Israel en Egipto, y reconoce en los acontecimientos que se narran en ellos figuras que anuncian a Cristo.

1. La figura de Moisés

La figura de Moisés, tal y como aparece dibujada en el libro del Éxodo, es la del guía y prototipo de su pueblo, y sobre todo la del mediador entre ese pueblo y Dios. Algunos Padres de la Iglesia han comentado el episodio de Ex 17,11-12 en el que se dice que cuando Moisés alzaba los brazos vencía Israel a los amalecitas, haciendo notar que los israelitas vencían mientras Moisés oraba con los brazos alzados, abiertos en forma de cruz, anticipando así el modo en que Jesús logró la victoria sobre el pecado y la muerte. San Justino comenta: «Tampoco fue azar que Moisés, profeta, permaneciera hasta la tarde manteniendo la figura de la cruz, cuando Jur y Aarón le mantenían los brazos, pues también el Señor permaneció sobre la cruz casi hasta el atardecer; y hacia el atardecer lo sepultaron para resucitar al tercer día» (Diálogo con Trifón, 97,1 [BAC 116,473])

Pero, sobre todo, la tradición cristiana ha observado en este texto que la oración ha de ser perseverante, sin abandonos debidos al cansancio. Por eso, la liturgia, la pone en relación con la enseñanza de Jesús sobre la necesidad de «orar siempre y no desfallecer» (Lc 18,1). La figura de Moisés intercediendo ante Dios por su pueblo, cuando pecaron haciéndose un becerro de oro y dándole culto (cf. Ex 32,7-14), también tuvo un notable eco en los comentarios cristianos. Con la adoración del becerro de oro, el pueblo se había apartado del camino y se había pervertido, pero, sobre todo, se había rebelado contra Dios y le había abandonado (cf. Ex 32,7-8). El pecado merece la muerte (cf. Ex 37,10) como la había merecido el primer pecado (cf. Gn 3,19) y los pecados que motivaron el diluvio (cf. Gn 6,6-7). Pero Moisés intercede ante el Señor, como en otro tiempo Abrahán en favor de la ciudad de Sodoma (cf. Gn 18,22-23). A diferencia de lo sucedido entonces, esta vez la intercesión tiene éxito, porque Israel es el pueblo a quien el Señor ha hecho suyo al sacarlo de Egipto y por encima del delito prevaleció la misericordia (cf. Ex 32,14). «El misericordioso mostró su piedad», observaría San Efrén al contemplar esta escena (cf. Comentario al Diatésaron, 14,27). Para los lectores cristianos, el modelo que presenta la figura de Moisés como intercesor ante Dios en favor de todo el pueblo, llegaría a su plenitud en Jesús, que es «el único mediador entre Dios y los hombres» (1 Tim 2, 5).

2. La Pascua

eucaristia y cruzEl pasaje de la Biblia hebrea que ha tenido mayor impacto, tanto en la tradición judía como en la cristiana, es el que narra en el libro del Éxodo la portentosa liberación del pueblo Israel de la esclavitud a la que estaba sometido en Egipto (cf. Ex 12,1-51). La celebración de la solemnidad de la Pascua fue el contexto que Jesús eligió para la institución de la Eucaristía, anticipando en ella sacramentalmente el sacrificio que llevaría a cabo en la cruz. Por eso, el memorial de la noche pascual recibe su sentido pleno en el Nuevo Testamento. Cristo, mediante su oblación y sangre derramada en la Cruz, es el auténtico cordero pascual que nos ha rescatado de la esclavitud del pecado para darnos la verdadera libertad (cf. Ga 5,1). En consecuencia, los primeros cristianos meditaban con frecuencia, a la luz de esos hechos, cada uno de los detalles del ritual de la Pascua. (cfr. San Agustín: en Tratado sobre el Evangelio de San Juan, 50,2 [BAC 165,197]). O cuando san Beda dice que la noche de la Pascua es la noche en que Dios pasó para liberar a su pueblo de la esclavitud, y explica que la Pascua designa en la doctrina cristiana la verdadera liberación en Homilías sobre los Evangelios, 2,5 [CCL 122,214]).

La Pascua por excelencia es, pues, ese paso de Cristo al Padre, a través de la muerte sufrida en la Cruz y su gloriosa resurrección. Por eso, la más plena celebración de la Pascua es la que tiene lugar cada vez que se celebra la Eucaristía, ya que en ella se actualiza la Pascua de Cristo, el sacrificio que ofreció una vez para siempre para conseguir nuestra redención. Pues, como lo formula de modo sintético y profundo el Concilio Vaticano II: «cuantas veces se renueva en el altar el sacrificio de la Cruz, en el que Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado, se realiza la obra de nuestra redención» (Lumen gentium, 3).

3. El paso del mar

Los acontecimientos del Éxodo son contemplados por los cristianos «como en figura» (1 Co 10,6), o como «sombra de lo que tenía que venir» (Col 2,17), y se pondera en ellos la grandeza del poder de Dios que pone al servicio de sus elegidos hasta los elementos más hostiles. Así, por ejemplo, se desprende de la amonestación de Orígenes: «Comprende la bondad de Dios creador: si te sometes a su voluntad y sigues su Ley, Él hará que las criaturas cooperen contigo incluso en contra de su naturaleza si fuera preciso» (Homiliae in Exodum 5,5). La imagen de los israelitas pasando a través de las aguas del mar camino de la libertad, traía enseguida a la mente de los primeros cristianos el recuerdo del Bautismo. Así sucede ya con San Pablo cuando escribe a los Corintios: «No quiero que ignoréis, hermanos, que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube, y todos cruzaron el mar, y para unirse a Moisés todos fueron bautizados en la nube y en el mar» (1 Co 10,1-2).

Siguiendo al Apóstol, la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto, mediante el paso del Mar Rojo, ha sido contemplada en la tradición cristiana como un modelo y prefiguración de la liberación del pecado obrada por las aguas bautismales. Así se reconoce en textos muy relevantes de la liturgia, como puede ser la fórmula de bendición del agua bautismal en la Vigilia Pascual (cfr. Oración para la bendición del agua bautismal).

4. El maná

En la relectura cristiana de los acontecimientos del Éxodo que encontramos en el Nuevo Testamento, el maná (cf. Ex 16,1-36) se comprende como figura de la eucaristía, el cuerpo de Cristo, verdadero «pan del cielo». Así se explica largamente en el discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún (cf. Jn 6,48-51). En ese sentido se mueven las continuas alusiones al maná que se hacen en las homilías o escritos catequéticos de los Padres de la Iglesia: «Entonces el maná era alimento en enigma, ahora claramente la carne del Verbo de Dios es verdadero alimento» (Orígenes. Homilías sobre Números 7,2). También San Cirilo de Alejandría desarrollará el paralelo entre el maná y la carne de Cristo en su Comentario a San Juan, lib. IV, c. 2.

El paralelismo se desarrolló atendiendo también otros aspectos. Así, lo mismo que el maná, la eucaristía es el pan de cada día, que pedimos en el Padre nuestro, alimento para el camino, que otorga fortaleza para superar las dificultades.

5. La Ley de Dios

Entre los textos legales enmarcados en el Sinaí, el punto de referencia básico en la tradición cristiana lo constituyen los mandamientos que el Señor da a Moisés (cf. Ex 20,1-17). Los diez mandamientos, que son como el núcleo de la ética del Pentateuco y de toda la Biblia Hebrea, mantienen su valor en el Nuevo Testamento. Cuentan los evangelios que cuando, en cierta ocasión, un joven se presenta ante Jesús interesado por saber qué debería hacer para conseguir la vida eterna, lo primero que el Maestro le propone es que comience por cumplir los mandamientos: «Ya conoces los mandamientos: no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no dirás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre» (Lc 18,20). Según el evangelio de San Mateo, Jesús no vino a cambiarlos, sino a llevarlos a su plenitud. Jesús mismo los toma como base al exponer con cierto detenimiento en el sermón de la montaña lo que debe ser el tenor de vida de sus discípulos (cf. Mt 5,20- 48).

Los Padres de la Iglesia los han comentado muchas veces, señalando con frecuencia que el cumplimiento de todos ellos es inseparable de la fe en Dios. Son conscientes de que en la formación de los nuevos cristianos no puede faltar, junto a la instrucción de la fe, el compromiso de una vida moral coherente. A este respecto son bien expresivas las palabras de San Agustín frente a los que proponían enseñar de entrada lo que se refiere al conocimiento del Dios verdadero y sólo más adelante hablar de las exigencias morales hacia el prójimo: «Que no insistan que a los que se preparan para el bautismo hay que exigirles únicamente la fe en Dios, y después del sacramento es cuando hay que instruirlos en la vida moral y sobre el segundo precepto, que pertenece al amor al prójimo. Porque la ley que recibió el pueblo después del paso del Mar Rojo, símbolo del bautismo, contiene lo uno y lo otro. Y no hay que separar los preceptos de modo que antes del paso de aquel mar el pueblo fuera instruido para evitar la idolatría, y después que pasaron escucharan el honrar al padre y a la madre, y el no fornicar, el no matar, y todo los demás sobre la convivencia humana buena e inocente» (La fe y las obras, 11,17 [BAC 499,569-570]).

La importancia del Decálogo, como señala Santo Tomás de Aquino, deriva de que todos los preceptos de la ley natural están incluidos en esos diez mandamientos: los universales, como hacer el bien y evitar el mal, «están contenidos como los principios en sus próximas conclusiones», y los particulares que se deducen por raciocinio, se hallan contenidos «como conclusiones en sus principios» (Summa theologiae I-II,100,3).

Por eso, además del Decálogo, los lectores cristianos han reparado con atención en las demás leyes del Éxodo que de algún modo ayudan a concretar sus contenidos, especialmente en los artículos del Código de la Alianza que exigen proteger a los más desfavorecidos, como los siguientes: «No maltratarás ni oprimirás al extranjero, pues extranjeros fuisteis vosotros en el país de Egipto. No maltratarás a la viuda y al huérfano. Si le haces daño, clamará a mí y yo escucharé su clamor; se inflamará mi cólera y os haré morir a espada, dejando viudas a vuestras mujeres y huérfanos a vuestros hijos. Si prestas dinero a uno de mi pueblo, al pobre que vive contigo, no te portarás con él como un usurero; no le exigirás intereses. Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás antes de que el sol se ponga, porque es su única ropa y con ella abriga su piel; si no, ¿con qué va a dormir? En caso contrario clamará a mí, y yo le escucharé porque soy misericordioso» (Ex 22,20-26). Los cristianos observan que no se trata de una casuística superada, pues la justicia y el amor al prójimo reclaman hechos concretos en los que manifestarse. A los discí`pulos dice el Señor: “Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” (Mt 5,20).

BIBLIOGRAFÍA

5 comentarios en “3. ÉXODO (Repaso)”

  1. Estupenda exposición. Gracias D. Rafael.
    La Sagrada Escritura destaca con fuerza que la presencia de Dios en medio de su pueblo está garantizada por el favor que misteriosamente Israel ha encontrado a los ojos de Dios, y no por la fidelidad de Israel, un pueblo obstinado y de dura cerviz (Ex 34, 9)

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