4. CAMINO DE LA TIERRA PROMETIDA (Repaso)

Esta entrada forma parte del “Repaso al Pentaeuco y los demás libros históricos“. La entrada es un poco más larga de lo normal al incluir los tres libros del Pentateuco que siguen al Éxodo. Pero es preferible hacerlo así para no perder de visión el conjunto.

tabernaculo

El libro del Levítico, que sigue a continuación, contiene todas las disposiciones oportunas acerca del culto a Dios en el tabernáculo construido por Moisés. Una vez dadas estas indicaciones, comienza el libro de los Números con el pueblo aún detenido en el desierto del Sinaí, pero una vez completado un censo, las instrucciones acerca del orden de acampada y algunas normas legales, todos se ponen en marcha hasta llegar a las estepas de Moab, frente a Jericó, a las puertas ya de la tierra prometida. En ese lugar comienza el Deuteronomio, en el que Moisés pronuncia tres largos discursos, antes de bendecir a las tribus de morir. Ahí se termina el Pentateuco. Veamos a continuación estos tres libros:

I. El libro del Levítico

En la traducción griega de los Setenta este libro recibió el nombre de Levitikón, porque en su mayor parte se tratan temas relativos a los sacerdotes y a los levitas.

Lectura del libro del Levítico

En este libro se pueden distinguir cuatro grandes secciones:

Sacrificios y oblaciones (Lv 1-7)

ofrendasEn la primera parte del Levítico la atención de concentra en la regulación acerca de las víctimas y productos que se han de utilizar en cada tipo de sacrificio y ofrenda, así como en el ritual a seguir para su realización:

  • Las primeras instrucciones del Señor a Moisés se refieren a las víctimas que se ofrecen para el holocausto, y al modo de sacrificarlas, ya sean reses de ganado mayor o menor, o aves (Lv 1,1-17).
  • A continuación, se regula la oblación (minjáh), un sacrificio de tipo agrícola en el que se ofrecen productos del campo: flor de harina, amasada con aceite y sin levadura, granos o espigas, y siempre con sal (Lv 2,1-16).
  • Después se trata de los sacrificios pacíficos o de comunión (šelamim) que son sacrificios en los que la sangre y la grasa de las víctimas, como partes vitales, eran quemadas en honor del Señor, pero el resto del animal sacrificado era consumido en un banquete sagrado (Lv 3,1-17).
  • Siguen las normas acerca de los sacrificios de expiación por el pecado y de reparación por los delitos (Lv 4,1–5,26).

Una vez que se ha tratado de los distintos tipos de sacrificios y ofrendas, se vuelve a hablar de cada uno, pero desde el punto de vista de lo que han de observar los sacerdotes en su ofrecimiento y de las porciones de ofrenda que éstos se podrían reservar para sí mismos (Lv 6,1–7,36).

Los sacerdotes (Lv 8– 9) y el culto (Lv 10)

sacrificios y ofrendasUna vez tipificado lo relativo a los sacrificios y las ofrendas, corresponde el turno a las personas encargadas de llevar a cabo las acciones de culto: los sacerdotes. Se narra la investidura de Aarón, y de paso se describe el ritual de la ceremonia de investidura de los sacerdotes y los sacrificios que se han de ofrecer al comenzar su ministerio (Lv 8,1– 9,24).

Al final de esta parte se incluyen varias advertencias y reglas particulares que los sacerdotes han de tener en cuenta al desempeñar su oficio, relativas tanto a su compostura y limpieza exterior, como a permanecer en su lugar y ajustarse con fidelidad a las normas debidas (Lv 10,1-20).

Pureza e impureza (Lv 11-16)

animales purosSigue a continuación la «ley de pureza ritual», es decir, unas instrucciones acerca de lo que se considera «puro» o «impuro», así como de los modos de obtener la purificación legal cuando esto es posible. Todo ello organizado por temas, de los que el redactor hace un sumario al final de cada uno:

  • Animales puros e impuros (Lv 11,1-47): «Ésta es la ley acerca de los animales, de las aves, de todo viviente que se mueve en el agua y de todo animal que se arrastra por la tierra; para que sepáis distinguir entre lo puro y lo impuro, entre el animal que se puede comer y el que no se puede comer» (Lv 11,46-47).
  • Purificación de la mujer después del parto (Lv 12,1-8): «Ésta es la ley sobre la mujer que da a luz a un niño o a una niña» (Lv 12,7b).
  • Tipos y síntomas de lepra (Lv 13,1-59): «Ésta es la ley sobre la lepra de los vestidos de lana o lino, de tejido o trama, y de los objetos de cuero, cualquiera que sean, para declararlos puros o impuros» (Lv 13,59).
  • Purificación de la lepra (Lv 14,1-57): «Ésta es la ley referente a toda clase de llagas de lepra, a la tiña, a la lepra del vestido o de la casa, al tumor, a la erupción y a las manchas blanquecinas, para declarar cuándo una cosa es pura o impura. Ésta es la ley de la lepra» (Lv 14,54-57).
  • Impureza sexual (Lv 15,1-33): «Ésta es la ley sobre quien padece gonorrea o tiene una polución que le hace impuro, sobre la mujer por su menstruación, sobre quien padece flujo, sea hombre o mujer, y sobre el que cohabita con una mujer en periodo de impureza» (Lv 15,32-33).

Esta parte termina con la normativa sobre la celebración del Día de la Expiación o Yom Kippur (Lv 16,1-34), que también tiene una conclusión solemne, aunque algo distinta en su forma de las anteriores: «Guardaréis esto como ley perpetua: hacer una vez al año la expiación de los hijos de Israel por todos sus pecados. Y se hizo como el Señor había mandado a Moisés» (Lv 16,34).

Ley de Santidad (Lv 17–27)

ley de santidadComienza ahora una nueva sección (Lv 17,1–26,46), que se suele conocer actualmente como Ley de santidad. Tiene una forma análoga a la de un extenso código legal, y contiene una amplia normativa relacionada con el culto, que incluye:

  • Prescripciones acerca de algunas inmolaciones y sacrificios, de las condiciones para la santidad de la unión conyugal, y para evitar las abominaciones, así como diversas prescripciones cultuales y morales, seguidas de las sanciones correspondientes a las faltas contra estas normas (Lv 17,1–18,30).
  • Normas para la observancia de los mandamientos y, especialmente, las de mantenerse alejados de lo que pueda llevar a la idolatría o a dar culto a falsos dioses (Lv 19,1-37).
  • Castigos que se seguirán para los que cometan las impurezas y abominaciones que hacen los pueblos vecinos (Lv 20,1-27).
  • Normas relativas a la santidad de los sacerdotes (Lv 21,1–22,33).
  • Rituales para la celebración de las fiestas, del año sabático y del año jubilar (Lv 23,1–25,55).

Esta ley se cierra con una breve conclusión en la que se pide el respeto debido al Señor y sus mandamientos. Después, se enumeran bendiciones y maldiciones para quienes, respectivamente, cumplan o no las leyes enunciadas (Lv 26,1-46).

El último capítulo del libro es un apéndice que contiene algunas disposiciones sobre los votos, su cumplimiento o su posible sustitución por un importe equivalente (Lv 27,1- 34).

Una lectura atenta del libro del Levítico en su conjunto permite observar que en él se encuentran unas normas morales que reflejan una particular enseñanza sobre Dios e Israel, así como sobre las relaciones entre éste y su Señor. En todas ellas emerge un profundo mensaje de valor universal.

Relecturas del libro del Levítico, y su recepción en la fe de la Iglesia

Ante la vida y enseñanza de Jesús transmitida en los Evangelios, algunos aspectos del Levítico cobran nuevo realce. El culto espléndido que se configura en él, alcanza su plenitud en Jesucristo, sumo y eterno sacerdote, y, a la vez, víctima cuya sangre derramada en la cruz tiene un valor infinito.

Purificación del corazón

Pudiera parecer, al leer la normativa levítica, que la «pureza» y «santidad» requeridas con insistencia se limitaran a algo puramente externo y formalista. En realidad, hay que comprender que se considera «impuro» a lo que no es adecuado para el culto a Dios. A Dios, que es puro, hermoso, fuente de salud y vida, no se puede acceder con lo sucio, nocivo y muerto. La «pureza» en estas prescripciones es externa y ritual, pero invita a considerar la limpieza interior imprescindible para ver a Dios. En el Sermón de la Montaña Jesús enseñará que son «bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios» (Mt 5,8).

Aunque parezca anecdótico, son significativas las referencias en los evangelios a las curaciones de la lepra realizadas por Jesús (cf. Mt 8,2-3; Mc 1,40-42; Lc 5,12-13; 17,12-14) o a que «los leprosos quedan limpios» (Lc 7,22). La razón es que la desaparición de esta enfermedad se consideraba una de las bendiciones mesiánicas (cf. Is 35,8; Mt 11,5; Lc 7,22).

En el Nuevo Testamento –como en el Levítico– pureza y santidad son inseparables, aunque ahora ambas son entendidas como cualidades interiores. Sólo con un corazón puro se puede acceder a las cosas de Dios: «Porque yo recibí del Señor lo que también os transmití: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y dando gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en memoria mía”. Y de la misma manera, después de cenar, tomó el cáliz, diciendo: “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; cuantas veces lo bebáis, hacedlo en memoria mía”. Porque cada vez que coméis este pan y bebéis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga. Así pues, quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese, por tanto, cada uno a sí mismo, y entonces coma del pan y beba del cáliz; porque el que come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación» (1 Co 11,23-29).

Santidad y perfección cristiana

La «santidad» es algo propio de Dios. El Señor es el Único Santo, que causa en el hombre admiración y terror, reconocimiento de su majestad y deseo de desaparecer ante su presencia grandiosa. Entrar en lo santo es introducirse en el ámbito de Dios. Dios ha apartado a Israel de lo meramente profano para que le pertenezca y ordene su vida conforme a las enseñanzas que le proporcionan los mandatos divinos. Es «santo» el que interna y externamente vive para Dios, el que se mantiene dentro de su ámbito. Y eso reclama el Señor: «sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo» (Lv 19, 2). De forma análoga en el Evangelio de Mateo se dice que Jesús, al final del Sermón de la Montaña, dirige a todos los hombres su llamada a la nueva santidad que ha venido a proclamar: «sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48). Esa «perfección» la tenía Jesús no mediante una separación ritual de lo humano –como en los textos del Levítico–, sino al contrario, en virtud de la unión hipostática, con la consiguiente solidaridad con sus hermanos los hombres. Por eso, lo que los antiguos sacerdotes sólo podían realizar de modo imperfecto –mediar ante Dios en favor de los hombres para conseguir su benevolencia y sus bendiciones–, lo alcanzaría perfectamente Jesús, que por eso es con verdad «Sumo Sacerdote eminente» (Hb 4,14). El sacerdocio de Cristo, pues, no se basa en una «santidad» realizada a partir de separaciones como sucedía en el sacerdocio levítico, sino en lo contrario, en un acercamiento a los hombres. En su aparente ruptura con las costumbres sacerdotales de su tiempo, el sacerdocio de Cristo lleva a su perfección aquello que buscaba todo sacerdocio auténtico (cf. Hb 5,1-10).

La respuesta de Jesús al joven rico es muy clara acerca de esta ampliación de perspectiva respecto a la santidad: «Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes y dáselos a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos. Luego, ven y sígueme» (Mt 19,21). La «perfección» consiste en seguir a Jesús. En la carta a los Hebreos se designa a los cristianos como «los que se acercan a Dios a través de él [Cristo]» (Hb 7,25). Así pues, a través de Cristo, todos los cristianos entran en el ámbito de Dios, son «santos». Por eso, desde una época muy temprana en la composición del Nuevo Testamento, cuando fueron redactadas las grandes Epístolas de San Pablo, se utiliza ese calificativo (hagíoi, santos) para designar a los miembros de las comunidades cristianas (cf. Rm 1,7; 1 Co 1,2; 2 Co 1,1).

II. El libro de los Números

numeros
Bemidbar “en el desierto”

El nombre del libro, Números, proviene de la traducción griega de los Setenta, que lo titulaba Arithmoí («números») atendiendo a los censos del pueblo que aparecen al comienzo. Entre los escritores hebreos recibe el nombre de Bemidbar en el desierto»), ya que ésta es una de sus primeras palabras y constituye una buena síntesis del contenido peculiar de esta obra. El libro de los Números trata, en efecto, sobre la larga marcha de los israelitas por el desierto desde el Sinaí hasta las estepas de Moab.

Lectura del libro de los Números

El libro consta de dos partes de notable extensión. Cada una de ellas comienza con un censo de la comunidad de los hijos de Israel. La primera parte se inicia en Nm 1,1. La segunda comienza en Nm 26,1 y llegará hasta el final. Ambos censos corresponden a dos generaciones distintas.

  • La primera de ellas es la generación que salió de Egipto y experimentó la cercanía y protección de Dios en los acontecimientos del Éxodo. Sin embargo, durante su marcha hacia la tierra prometida, cada vez que tenían problemas murmuraban contra el Señor, por lo que llegó un momento en que fueron condenados a no alcanzar su meta (Nm 14,27-35). En la primera parte hay abundantes relatos acerca de estas murmuraciones y rebeliones (cf. Nm 11-14; 16-17; 20,1-13; 21,4-9) que explican el trágico final de esa generación.
  • La nueva generación, cuyo censo abre la segunda parte del libro, es la constituida por quienes se criaron en el desierto. Aunque no habían sido testigos directos de tan grandes gestas como las que habían oído contar a sus padres, eran gente recia y fiel. Ninguno de ellos se perdería, ni siquiera habría víctimas en las batallas que hubieron de afrontar (cf. Nm 31,49), por lo que todos ellos entrarían en la tierra prometida.

La generación que salió de Egipto (Nm 1-25)

tabernaculo y campamentosLa primera sección del libro (Nm 1,1–25,18) comienza en el desierto del Sinaí, donde se presenta al pueblo con toda su magnitud numérica y profunda estructura religiosa, disponiéndose para iniciar la marcha.

  • Lo primero será hacer el censo por tribus de los israelitas varones aptos para la guerra (Nm 1,1-54), e inmediatamente establecer el modo en que ha de organizarse el campamento: el pueblo, una comunidad con una jerarquía perfectamente estructurada, es descrito en formación alrededor de la Tienda del Encuentro como un pueblo santo, en perfecto orden, tanto acampado como avanzando a través del desierto, unido a su Señor (Nm 2,1-34). La tribu de Leví se cuenta aparte de las demás, y sus clanes se enumeran con detalle, así como las funciones que corresponden a cada uno (Nm 3,1–4,49). De este modo se completa una primera sección del libro, señalando explícitamente que también este último censo se hizo «como el Señor mandó a Moisés» (Nm 4,49).
  • Inmediatamente, y con motivo de los detalles relativos a la organización del pueblo, se introducen en el texto diversas leyes sobre varios temas:
    • pureza ritual (Nm 5,1-4),
    • restitución (Nm 5,5-10),
    • celos (Nm 5,11-31),
    • y voto de nazareato (Nm 6,1-21),
    • para terminar esta serie de normas con una hermosa fórmula de bendición sacerdotal: «El Señor te bendiga y te guarde, el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te conceda su gracia, el Señor alce su rostro hacia ti y te conceda la paz» (Nm 6,24-26).
  • El relato vuelve al día en que se consagró el santuario del desierto para enumerar los dones que, en esa ocasión, ofrecieron los príncipes de cada tribu (Nm 7,1-89). Tras unas breves indicaciones sobre el candelabro de los siete brazos (Nm 8,1-4), tiene lugar la consagración de los levitas (Nm 8,5-26).
  • La larga serie de leyes cultuales e instrucciones va llegando a su final, y se acerca el momento de ponerse en marcha, pero aún se añadirán unas normas particulares sobre la celebración de la Pascua (Nm 9,1-14), y se explicará de nuevo, aunque ya se había hecho en el Éxodo, el significado y función de la nube que los acompaña (Nm 9,15-23) y la utilización de las trompetas para convocar al pueblo (Nm 10,1-10).
  • Por fin, se elevó la nube de encima del Tabernáculo. Todo el pueblo se pone ordenadamente en marcha (Nm 10,11-36) y llegan a Cadés, en el desierto de Parán, avanzando según el orden establecido. En las diversas etapas del camino se van sucediendo episodios que tienen como tema de fondo la protesta del pueblo, la intercesión de Moisés y la manifestación de la ira y el perdón divinos.
    • Primero es la queja que provoca el fuego devorador en Taberá (Nm 11,1-3).
    • A continuación la protesta por el maná junto con las dificultades de Moisés para gobernar al pueblo, y la respuesta de Dios con la institución de los setenta ancianos y el envío de las codornices (Nm 11,4-35).
    • Sigue la murmuración de Aarón y María contra Moisés (Nm 12,1-16),
    • y la exploración de Canaán, con la negativa del pueblo a luchar para entrar en la Tierra debido al duro informe de los exploradores (Nm 13,1– 14,38).
    • Por fin, cuando se deciden a intentar el asalto del territorio sin contar con Dios, fracasan (Nm 14,39-45).
  • En ese punto, se interrumpe bruscamente la narración y se enmarcan en esa escena diversas leyes sobre sacrificios, ofrendas, expiación, guarda del sábado, a la vez que se prescribe cuidar un detalle visible, los flecos en las esquinas del vestido, que les sirvan para recordar que han de cumplir la Ley (Nm 15,1-41).
  • Después se mencionará la rebelión de Coré, Datán y Abiram, y su castigo ejemplar, para subrayar, también en este contexto, la legitimidad sacerdotal de la familia de Aarón, así como las funciones y derechos de sacerdotes y levitas, y los ritos de expiación (Nm 16,1–19,22).
    • Tras este inciso, la narración sitúa al lector de nuevo en Cadés y retornan las protestas del pueblo. Ahora por la falta de agua en Meribá (Nm 20,1-13).
  • En este momento se introduce una explicación de por qué han de continuar por una ruta imprevista. La razón es que Edom les cierra el paso, lo que obliga a emprender el camino de Cadés hacia Moab (Nm 20,14-21).
  • Nada más ponerse en marcha muere Aarón en el monte Hor (Nm 20,22-29).
    • En su recorrido hacia las estepas de Moab se alternan episodios, como la toma de Jormá que viene a reafirmar que Dios sigue protegiéndoles, que contrastan con la constante protesta del pueblo que culmina con el castigo de las serpientes venenosas, y el perdón de Dios manifestado a través de la serpiente de bronce (Nm 21,1-9).
  • Se suceden recuerdos sobre lugares concretos, que van unidos a poemas y canciones, y se rememoran las victorias sobre Sijón y Og, que les abren el camino a las llanuras de Moab (Nm 21,10-35).
  • En ese marco narrativo se integran los oráculos de Balaam, que resaltan la grandeza y el glorioso futuro de Israel (Nm 22,1–24,25).
    • Pese a todo, la generación salida de Egipto reincide en sus infidelidades y al llegar a Sitim se adhirieron a Baal-Peor, a lo que siguió un gran castigo (Nm 25,1-18).

La nueva generación (Nm 26-36)

2 generacionLlega la hora de la nueva generación. Al comenzar la segunda parte del libro (Nm 26,1– 36,13) se presenta un nuevo censo de los israelitas, entre los que no se encuentra ninguno de los que habían sido incluidos en el censo anterior, ya que, excepto Josué y Caleb, no habrían de entrar en la tierra prometida (cf. Nm 26,1-65).

  • Pensando en el reparto de esa tierra a la que se acercan, se plantean algunas cuestiones como la legislación sobre la herencia de las mujeres sin hermanos y la sucesión de Moisés por parte de Josué (Nm 27,1-13).
  • También se mencionan diversas leyes sobre sacrificios, fiestas y votos que el pueblo habrá de cumplir cuando tome posesión de la tierra prometida (Nm 28,1– 30,17).
  • La conquista y el reparto de la Tierra, comienza a vislumbrarse en la guerra triunfal contra Madián y el reparto del botín apresado (Nm 31,1-54), así como en la distribución de Transjordania entre las tribus Gad, Rubén y parte de Manasés (Nm 32,1-42).
  • En este punto, se vuelve, por un momento, la mirada hacia atrás para recordar las etapas del camino recorrido desde Egipto (Nm 33,1-49), para seguir inmediatamente con unas instrucciones sobre la conquista y el reparto de la tierra de Canaán: sus fronteras, las ciudades en que habitarán los levitas, las ciudades especiales que servirán de refugio, y el modo en que cada tribu conservará la parte que le haya tocado, regulando el matrimonio de las mujeres con herencia (Nm 33,50–36,13).

De este modo, todo queda perfectamente organizado cuando el pueblo está frente a Jericó, puerta de acceso a la tierra prometida. Aquí se termina el libro.

Relecturas del libro de los Números, y su recepción en la fe de la Iglesia

El libro de los Números no es sólo la transición desde el Sinaí hasta las puertas de la tierra prometida, tal y como fue concebido en el momento de su terminación dentro del Pentateuco. Cuando se contempla la Revelación divina ya completa en Cristo, y se lee este libro, es posible darse cuenta de que ilumina varios aspectos de la fe y ayuda a comprenderlos mejor.

El pueblo de Dios en marcha

En todo el libro de los Números Dios guía a su pueblo a través del desierto, camino de la tierra prometida. El pueblo en el desierto no es una muchedumbre informe, como cuando salió de Egipto, sino una comunidad santa, organizada y estructurada jerárquicamente, en la que cada uno tiene un sitio donde acampar y una tarea que realizar (cf. Nm 2,1–3,40).

A la vez se trata de un pueblo constituido por pecadores, al que Dios va purificando en el desierto mediante pruebas sucesivas. Ante las dificultades externas con que se encuentran, la primera reacción es de protesta y rebelión, pero el castigo posterior tiene un sentido purificador y se orienta a la conversión. Toda la generación que salió de Egipto, incluidos Moisés y Aarón, fue rebelde. De ahí que Dios lleve a cabo una purificación del pueblo, antes de introducirlo en la Tierra prometida. No llegarán aquellos que habían sido testigos de tantos prodigios –con la sola excepción de Josué y Caleb–, pero sus hijos sí que lo harán. El pueblo que entrará en la Tierra es un pueblo renovado.

De igual modo la Iglesia misma va avanzando en el tiempo de la historia sometida, como aquel pueblo, a múltiples pruebas, pero con la seguridad de tener la protección de Dios como Israel en el desierto hacia la patria definitiva del Cielo (cf. Ap 12,6.14; Lumen gentium, n. 9). La lectura en la fe de la Iglesia de la marcha por el desierto anima a caminar con esperanza al ritmo que el Señor va marcando; a luchar en medio de las dificultades, y a servirle con un culto sincero.

La bendición sacerdotal

Al final del capítulo sexto de Números se encuentra una hermosa fórmula para la bendición sacerdotal. Dice así: «El Señor te bendiga y te guarde, el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te conceda su gracia, el Señor alce su rostro hacia ti y te conceda la paz» (Nm 6,24-26). La plegaria está constituida por tres frases, cada una de ellas con dos verbos. Por tres veces, una en cada frase, se menciona explícitamente el nombre del Señor. Se trata, pues, de una bendición tripartita en la que hay una gradación en los dones que se imploran del Señor. Algunos autores de la antigüedad vieron en la triple invocación un preanuncio de la Santísima Trinidad. Por otra parte, los tres dones que se imploran a continuación, la protección de la vida, la gracia y la paz, resumen las aspiraciones del hombre y que sólo Dios puede otorgar en plenitud. Este texto se emplea en la liturgia como primera lectura de la Solemnidad de Santa María Madre de Dios, es decir, el 1 de enero. Es pues, la primera lectura bíblica en la Santa Misa de todo el año. De este modo se invoca al Señor por tres veces para que otorgue la paz a la Iglesia y al mundo en el año que comienza.

La serpiente de bronce

En la tradición cristiana el pasaje de la serpiente de bronce (cf. Nm 21,5-9) ha sido comentado en continuidad con la interpretación evangélica (Jn 3,14-15), contemplándolo como figura de los efectos salvadores de la pasión de Jesús. En la tradición cristiana se contempla, pues, la acción salvadora de la serpiente levantada en lo alto aludiendo al levantamiento de Jesús en la Cruz y a su eficacia salvífica. Cuando Cristo es alzado sobre todas las realidades humanas, eleva todas las cosas hacia él, de modo que su glorificación es remedio de curación definitiva para toda la humanidad.

III. El libro del Deuteronomio

El título de Deuteronomio procede de la versión de los Setenta, que en Dt 17, 18 en lugar de traducir «que cuando (el rey) se siente en el trono real haga escribir, para uso suyo, en un libro una copia de esta Ley», tradujo al griego: «… esta segunda Ley» (= to deuteronómion toúto). El título resulta adecuado, ya que el libro incluye –junto con recuerdos históricos, largos discursos, y numerosas exhortaciones– un segundo conjunto legislativo, que contiene, con diferencias más o menos grandes según los casos, un cuerpo de leyes semejante al contenido en el libro del Éxodo.

Lectura del libro del Deuteronomio

Tal como lo leemos ahora, la estructura del Deuteronomio puede ser contemplada desde diversas perspectivas. Una de ellas es la que hace consistir el libro fundamentalmente en tres grandes discursos atribuidos a Moisés, precedidos de un breve enmarcamiento geográfico e histórico y culminados por un largo epílogo, compuesto de varias piezas.

Primer discurso de Moisés: introducción histórica (Dt 1,6-4,43)

1 discursoMoisés hace memoria de los episodios más sobresalientes del éxodo, desde la gran teofanía del Horeb hasta llegar a los campos de Moab, donde se encuentran (Dt 1,6– 4,43). Todo este discurso sirve para exhortar al agradecimiento de Dios por las hazañas grandiosas realizadas en favor del pueblo. A grandes rasgos se recuerda:

  • la partida de la expedición desde el monte Horeb (Dt 1,6-18),
  • los sucesos de Cadés, con la negativa del pueblo a subir a la tierra de Canaán ante el informe de los exploradores (Dt 1,19-46),
  • la llegada y establecimiento del pueblo en Transjordania (Dt 2,1–3,29),
  • y la infidelidad del pueblo en Baal-Peor cuando estaban casi a las puertas de la tierra prometida (Dt 4,1-8).

El discurso termina con la exposición de las exigencias que trae consigo la Alianza del monte Horeb, y con unas perspectivas de castigo que preparen el camino a la conversión (Dt 4,9-40).

Segundo discurso de Moisés: la ley (Dt 4,44-28,68)

Semá Israel
Semá

Una vez que se ha hecho memoria del camino recorrido desde el Horeb, donde el pueblo ha podido experimentar la singular providencia del Señor, una fórmula solemne advierte de que se llega a la parte fundamental del libro (Dt 4,44–28,68): «Esta es la ley que promulgó Moisés ante los hijos de Israel. Éstas son las disposiciones, las leyes y las normas que ordenó Moisés a los hijos de Israel, después de su salida de Egipto…» (Dt 4,44-45). Y esto es lo que sigue:

  • En primer lugar, subrayando así su importancia, se promulga el Decálogo (Dt 5,1- 22) acompañado de una exhortación a permanecer fieles a esa norma de conducta, sin desviarse a derecha ni izquierda (Dt 5,23-32).
  • Le sigue una llamada a la fidelidad a Dios, que se inicia con una profesión de fe en el Dios único: la Šemá (Dt 6,1-9), y continúa con el recuerdo de la elección de que han sido objeto por parte de Dios, con la fuerza que eso les proporciona (Dt 6,10–7,26).
  • La peregrinación por el desierto, con las infidelidades del pueblo y los castigos que recibió de Dios, así como las victorias que les concedió, son vistas como modelo de lo que puede suceder cuando estén en la tierra prometida (Dt 8,1–11,31).
  • La parte central del discurso la constituye una recopilación extensa de varios conjuntos legales y morales (Dt 12,1–26,15) que ha sido denominada Código Deuteronómico:
    • Su primera parte se dedica a los deberes para con Dios. Su premisa fundamental es que como sólo hay un Dios, sólo debe haber un lugar en el que reciba culto legítimo; y se especifican algunas normas sobre los sacrificios, los diezmos y el calendario cultual que se debe seguir (Dt 12,2–16,17).
    • A continuación se mencionan los estamentos que configurarán las instituciones de Israel: los jueces, los reyes, los sacerdotes y los profetas (Dt 16,18–18,22).
    • Sigue una larga serie de normas dirigidas a defender los derechos de la persona, la familia y la sociedad, con especial atención a la protección de los más débiles (Dt 19,1–26,15).
    • Esta recopilación de leyes termina con una llamada apremiante a cumplir la ley de Dios: «Hoy, el Señor, tu Dios, te ordena poner por obra estas leyes y normas: guárdalas y llévalas a la práctica con todo tu corazón y con toda tu alma» (Dt 26,16).
  • El Señor se compromete a ser el Dios de Israel y a otorgarle el más excelso honor entre todos los pueblos de la tierra, mientras que el pueblo se compromete a ser fiel a la ley de Dios (Dt 26,17-19).
  • A continuación, vienen unas últimas instrucciones sobre la ley y el culto (Dt 27,1-13).
  • Por último, se añade una larga serie de bendiciones y maldiciones para quienes cumplan o incumplan lo mandado en la ley (Dt 27,14–28,68).

Tercer discurso de Moisés: exhortación a permanecer fieles a la alianza (Dt 28,69-30,20)

3 discurso MoisesAsí como en el Horeb, tras la donación de la ley, el pueblo había establecido una alianza con el Señor, ahora, en el país de Moab, Moisés insiste en la necesidad de ser fieles a esa alianza (Dt 28,69). Invoca el recuerdo de la salida de Egipto y de la alianza hecha con Dios (Dt 29,1-9) con la intención de mostrar a las generaciones futuras que deben mantenerse fieles a lo pactado con el Señor (Dt 29,10-20), y termina haciendo una llamada exigente a tomar una decisión correcta, a optar por ser fieles a Dios, que es escoger la vida, en vez de apartarse de sus caminos, que es escoger la muerte (Dt 29,21–30,20).

Epílogo: últimos actos de Moisés (Dt 31-32)

Una vez concluidos los discursos, se habla de los últimos actos de Moisés (Dt 31,1– 32,52). De entrada, se narra la elección de Josué como sucesor de Moisés (Dt 31,1-8), a la que siguen unas instrucciones sobre la ley y su custodia en el arca de la alianza (Dt 31,9-29). Ya con tono de despedida, Moisés entona su solemne Cántico (Dt 32,1-44), y seguidamente pronuncia sus bendiciones sobre pueblo de Israel en su conjunto y cada una de las tribus (Dt 33,1-29).

Por fin, se narra la muerte del gran liberador y legislador de Israel (Dt 34,1-12). El libro –y con él, el Pentateuco– termina con un elogio de Moisés y una declaración solemne sobre la singularidad de su figura: «No ha vuelto a surgir en Israel un profeta como Moisés, a quien el Señor trataba cara a cara: nadie ha hecho los signos y prodigios que el Señor le envió a realizar en la tierra de Egipto, contra el Faraón, sus servidores y todo su país; ni ha habido mano tan fuerte, ni realizado tamaños prodigios como obró Moisés a los ojos de todo Israel» (Dt 34,10-12).

Relecturas del libro del Deuteronomio, y su recepción en la fe de la Iglesia

Leídos a la luz de la vida y enseñanza de Jesucristo, los textos del Deuteronomio adquieren una nueva perspectiva. En este caso no se trata de textos narrativos, sino de fórmulas litúrgicas (el llamado «credo histórico»), mandamientos (como el mandamiento del amor a Dios, o el descanso sabático), o llamamientos generales a la fidelidad en el cumplimiento de la ley de Dios.

Es posible guardar los mandamientos

En el Deuteronomio se deja constancia de que Israel recibió la ley de Dios como un don, gracias al cual puede reconocer el bien y el mal. El Señor aguarda una respuesta positiva y una fidelidad sin fisuras a este don, manifestada en el cumplimiento de sus mandatos: «Por tanto, reconoce hoy y medita en tu corazón que el Señor es el Dios arriba en los cielos y abajo en la tierra: no hay otro. Guarda sus leyes y sus preceptos que yo te ordeno hoy, para que os vaya bien a ti y a los hijos que te sucedan, y para que tengáis larga vida en la tierra que el Señor, tu Dios, te da para siempre» (Dt 4,39-40).

Más adelante, hacia el final del Deuteronomio, el Señor insistirá en que responderle con fidelidad no es una tarea imposible ni siquiera difícil: «El presente mandamiento que hoy te ordeno no es imposible para ti, ni inalcanzable. No está en los cielos para decir: “¿Quién podrá ascender por nosotros a los cielos a traerlo y hacérnoslo oír, para que lo pongamos por obra?” Tampoco está allende los mares para decir: “¿Quién podrá cruzar por nosotros el mar a traerlo y hacérnoslo oír, para que lo pongamos por obra?” No. El mandamiento está muy cerca de ti: está en tu boca y en tu corazón, para que lo pongas por obra» (Dt 30,11-14)

En la Epístola a los Romanos (cf. Rm 10,6-8), San Pablo utiliza este pasaje aplicándolo, no al conocimiento de la Ley, sino al conocimiento de «la palabra de la fe» que predican los Apóstoles: ésta es ahora –como antes fue la Ley– la que pone de manifiesto los preceptos y los mandamientos de Dios, y –también como la Ley– debe estar constantemente en la boca y el corazón.

Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón

Uno de los grandes temas en la enseñanza del Deuteronomio es que sólo hay un Dios, de donde se sigue la unicidad del lugar de culto, así como la unidad del pueblo elegido. La formulación contenida en la Šemá ha quedado bien grabada en el corazón del pueblo de Dios: «Escucha, Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor es Uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Que estas palabras que yo te dicto hoy estén en tu corazón. Las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas cuando estés sentado en casa y al ir de camino, al acostarte y al levantarte. Las atarás a tu mano como un signo, servirán de recordatorio ante tus ojos. Las escribirás en las jambas de tu casa y en tus portones» (Dt 6,4-9)

Se trata de un pasaje entrañable, de singular importancia para la fe y la vida del pueblo elegido. La primera palabra hebrea de ese versículo šemá escucha»)– da nombre a la célebre oración recitada desde hace tantos siglos por los israelitas, en la que se recita este pasaje bíblico seguido de algunos otros (Dt 11,18-21 y Nm 15,37-41). Comienza con una clara y solemne profesión de fe monoteísta, característica distintiva de Israel respecto de los pueblos vecinos de Oriente.

En la enseñanza de Jesús se considera este mandamiento del amor a Dios como «el mayor y el primer mandamiento», y la vez se le une inseparablemente el de amar al prójimo (cf. Mt 22,36-40). Precisamente en la persona de Jesús es donde este mandamiento se cumple en plenitud. En él se realiza la máxima intensidad del amor del hombre a Dios. Por eso, a partir de ese momento, amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas, significa amar al Dios que se reveló en Cristo y amarlo participando del amor mismo de Cristo.

Jesús, nuevo Moisés

El gran protagonista humano de este libro, al igual que del Éxodo, Levítico y Números, es Moisés. El último capítulo del Deuteronomio, donde se narra su muerte y sepelio, se concluye con unas palabras de homenaje a este hombre de Dios: «No ha vuelto a surgir en Israel un profeta como Moisés, a quien el Señor trataba cara a cara: nadie ha hecho los signos y prodigios que el Señor le envió a realizar en la tierra de Egipto, contra el Faraón, sus servidores y todo su país; ni ha habido mano tan fuerte, ni realizado tamaños prodigios como obró Moisés a los ojos de todo Israel» (Dt 34,10-12).

En este epílogo se considera a Moisés como un profeta, es más, como el más eminente profeta jamás habido hasta que se escribieron esas líneas. En el contexto del Deuteronomio denominar a alguien «profeta» tiene un sentido preciso, que en Israel era distinto al que tenía entre los pueblos vecinos. Las gentes de las naciones cercanas recurrían a adivinos o videntes en busca de una orientación acerca del futuro, pero Israel había de vivir confiado en el Señor, por lo que el recurso a esos personajes se considera una abominación (cf. Dt 18,9-12). En cambio, en Israel un «profeta» no es un personaje de ese estilo, sino alguien que orienta al pueblo en los caminos de Dios.

No obstante, el pueblo de Dios a lo largo de su historia también experimentaría las mismas tentaciones que sus vecinos para averiguar lo que no estaba a su alcance, e incluso caerían con frecuencia en ellas, hasta el horrendo «hacer pasar por el fuego» a los hijos –eufemismo que designaría verdaderos sacrificios humanos– (cf. 2 R 21,6), repetidas veces condenado en la Biblia (cf. Jr 7,31; Ez 16,20-21). Pero los caminos de Dios son diversos, por lo que Moisés, para confortar su fe con la certeza de que no les faltará quien les oriente, les hace una promesa de parte del Señor: «El Señor, tu Dios, suscitará de ti, entre tus hermanos, un profeta como yo; a él habéis de escuchar. Así lo pediste al Señor, tu Dios, en el Horeb, el día de la asamblea, cuando dijiste: “No quiero seguir oyendo la voz del Señor, mi Dios, ni ver más este gran fuego, no vaya a morir”. Y el Señor me dijo: “Está bien lo que han dicho. Les suscitaré un profeta como tú de entre sus hermanos; y pondré mis palabras en su boca; él les hablará cuanto yo le ordene. Si alguno no escucha las palabras que hablará en mi nombre, yo le pediré cuentas. Pero el profeta que ose pronunciar en mi nombre una palabra que no le haya mandado decir, y el que hable en nombre de otros dioses, ese profeta morirá”» (Dt 18,15-20).

Todo este pasaje es importante para la institución del profetismo en Israel. Ese anuncio tiene ahí posiblemente un sentido colectivo, referido a los sucesivos profetas que Dios irá suscitando en Israel. Sin embargo, cuando se cierra el Deuteronomio, y con él, el Pentateuco, esa promesa todavía no se ha cumplido, ya que «no ha vuelto a surgir en Israel un profeta como Moisés, a quien el Señor trataba cara a cara» (Dt 34,10). Se ve claro, pues, que con aquel anuncio no se hacía referencia sólo a la institución profética, que ya existía, sino a algo distinto y de mayor alcance: el anuncio de un nuevo Moisés, de alguien que hablara con el Señor «cara a cara». No es alguien que, como los adivinos paganos sacie la curiosidad de los hombres, ni les proporcione una seguridad ficticia, sino alguien que haya visto el rostro de Dios y, al mostrarlo, ilumine el camino que tenemos por delante. Sólo en el Nuevo Testamento conocemos cómo se hace realidad lo que allí quedaba prometido: «La Ley fue dada por Moisés; la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás; el Dios Unigénito, el que está en el seno del Padre, él mismo lo dio a conocer» (Jn 1,17-18). En Jesús se cumple la promesa y se hace realidad lo que en Moisés se prefiguraba: «Éste es verdaderamente el profeta que viene al mundo» (Jn 6,14). «Éste es verdaderamente el profeta» (Jn 7,40). Jesús es el nuevo y definitivo Moisés, el profeta que habla con Dios «cara a cara» en plenitud. Vive en la más íntima unidad con el Padre. Contempla el rostro de Dios no sólo como amigo, sino como Hijo.

BIBLIOGRAFÍA

5 comentarios en “4. CAMINO DE LA TIERRA PROMETIDA (Repaso)”

  1. El camino a la tierra prometida, no fue nada facil; moises logro conducir al pueblo hebreo por el desierto, mas de 600mil personas, sin embargo el poder de dios se manifesto, para que todos vieran su infinita misericordia hacia el pueblo hebreo: el mana, las godornices, el agua de la roca en meriba y el milagro mas espectacular de todos los tiempos: la separacion de las aguas del mar rojo; a pesar de todo lo anterior, el pueblo hebreo no confio en dios, no llegaron a la tierra prometida, junto con moises; finalmente josue los llevo a conocer la tierra prometida y se repartieron entre las 12 tribus, descendientes de jacob.

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