6. LOS REYES DE ISRAEL Y DE JUDÁ (Repaso)

Esta entrada forma parte del “Repaso al Pentaeuco y los demás libros históricos“. La entrada incluye la etapa monárquica en Israel. La monarquía fue una institución importante en la vida del pueblo elegido. Figuras como David, Salomón, Ezequías o Josías protagonizan muchas páginas importantes de la Biblia. En esta lección hablaremos de ella, comenzando desde sus orígenes, desde que las tribus pidieron insistentemente a Samuel que les diera un rey como el que tenían los pueblos vecinos. Desde el comienzo, las tensiones entre las tribus y las ambiciones personales provocarían situaciones de inestabilidad en los reinados de Saúl, David y Salomón. A la muerte de Salomón se produciría la escisión de las tribus del norte y del sur, de la que surgirían dos reinos: Israel y Judá, respectivamente. Nos interesaremos por la historia de cada uno de ellos hasta sus respectivos momentos finales. Todo esto está narrado en los libros 1 y 2 Samuel, y 1 y 2 Reyes, que son los que estudiaremos a continuación.

Los libros 1 y 2 de Samuel

Libro 1 y 2 de Samuel

Desde que comenzamos a asomarnos directamente al texto bíblico venimos comprobando que, empezando por el Génesis y siguiendo por los que van a continuación, hay una línea argumental común en la que a partir de la creación del mundo y del hombre, se desarrolla una historia que se concentra en la línea de los descendientes de Abrahán, Isaac y Jacob, en el pueblo de Israel. También hemos observado que, dentro de esa línea común, hay libros y colecciones de libros que tienen su propio estilo, distinto a los demás.

En cambio, los que vamos a leer ahora, los libros primero y segundo de Samuel junto con el primero y segundo de los Reyes, constituyen una sola obra literaria de muy notable extensión. La separación en dos libros –Samuel y Reyes–, divididos cada uno de ellos, a su vez, en dos partes, tal vez obedezca a razones prácticas de facilidad en el manejo de los rollos de pergamino en los que estaban escritas las copias. En la versión griega de los Setenta los libros de Samuel aparecen unidos con los de los Reyes formando un conjunto de cuatro libros llamados de los Reinados. En la Vulgata se respetaron esas separaciones y agrupaciones, y se denominó a esos cuatro libros con los nombres de 1, 2, 3 y 4 de los Reyes.

El texto hebreo masorético y la versión griega de los Setenta de estos cuatro libros presentan numerosas divergencias, aunque se trata casi siempre de cuestiones de detalle. No obstante, hay algunas más significativas, como la omisión en el texto griego de algunos duplicados que aparecen en el texto hebreo. En los textos de Qumrán han aparecido bastantes fragmentos hebreos de Samuel, que a veces nos ofrecen una tradición textual más próxima al texto de los Setenta que al masorético.

Lectura de los libros 1 y 2 de Samuel

En los libros primero y segundo de Samuel se asiste primero –siguiendo a la figura de Samuel a la transición de la época de los Jueces a la Monarquía, después se narran las vicisitudes del reinado del primer monarca Saúl, para luego concentrar el foco de atención en la figura de DavidEstas grandes secciones, que están formadas en torno a los tres grandes protagonistas, no tienen límites claros, ya que en los primeros momentos de la actividad de Saúl todavía se prolonga la actividad de Samuel y el contexto de la época de los Jueces, y cuando se comienza a contar la historia de la ascensión de David al trono, todavía está reinando Saúl. Hecha, de entrada, esta salvedad, veamos con un poco más de detalle cómo se estructura el contenido de estos libros.

Samuel y el final de la época de los Jueces

El libro comienza con relatos centrados en el santuario de Siló y el Arca de la Alianza que, en ese tiempo, se entraba allí. El sacerdote Elí, que se encargaba de su cuidado junto con sus hijos, se mencionará con frecuencia, pero el verdadero protagonista es Samuel que será presentado primero como profeta y más adelante con unas características análogas a las de los jueces.

  • Primero se habla del nacimiento de Samuel, como respuesta del Señor a la oración de su madre que era estéril, y que prorrumpe en un emocionado cántico de acción de gracias cuando su oración ha sido escuchada. Cuando el niño era todavía muy pequeño lo dejó en el santuario para que sirviera al Señor, como se lo había prometido (cf. 1 S 1,1–2,11).
  • Seguidamente se va contrastando la impiedad de los hijos de Elí con la piedad de Samuel que, desde muy joven, comenzó a escuchar la palabra del Señor, cuando aún no era frecuente. Se le revela en una visión que la casa de Elí ha sido reprobada, y su fama de profeta se va extendiendo por todo Israel (1 S 2,12–3,21).
  • En un tono muy parecido al de los relatos de los jueces, se cuenta que los filisteos se enfrentaron a Israel, y se apoderaron del Arca. Elí y sus hijos murieron. Pero el Señor causó estragos entre los filisteos por la presencia del Arca, y éstos, aterrorizados, la devolvieron. Los israelitas la llevaron a Quiriat Yearim y la depositaron allí (1 S 4,1–7,1).
  • Samuel habló al pueblo para que reconocieran sus pecados e hicieran penitencia, y ellos lo hicieron así. Con la ayuda del Señor conjuró la amenaza de los filisteos, que de nuevo habían tornado a inquietarlos. Samuel actuó como juez de Israel el resto de su vida. Cuando envejeció nombró jueces a sus hijos, pero éstos se pervirtieron (1 S 7,2–8,3)

Saúl y los comienzos de la monarquía

Ante la corrupción de los hijos de Samuel, los ancianos del pueblo comienzan a insistir en que se les nombre un rey que los gobierne.

  • Al principio Samuel se resiste, ya que el único rey de Israel es el Señor, e intenta disuadirlos. Pero ellos insisten, y el Señor le dice que acceda a sus peticiones (1 S 8,4-23).
  • Samuel encuentra de modo fortuito a Saúl cuando éste iba buscando las asnas que se le habían perdido a su padre y lo unge como rey, primero en secreto (1 S 9,1–10,16) y después públicamente (1 S 10,17-27).
  • Movido por el espíritu de Dios, Saúl hizo frente a los ammonitas y los derrotó, y el pueblo agradecido lo aclama como rey en Guilgal (1 S 11,1-15). Samuel dirige su último discurso al pueblo advirtiéndolo acerca de los peligros de la monarquía (1 S 12,1-25).
  • Saúl comenzó a reinar y atacó a los filisteos, pero también comenzó a desobedecer al Señor ofreciendo un holocausto indebido. Más tarde, una proeza de su hijo Jonatán otorga una victoria a Israel, pero contraviene una prohibición impuesta por su padre. Siguen las gestas de Saúl, pero también sus desobediencias. Especialmente grave fue la cometida tras la batalla contra Amalec, que le costó la reprobación divina, trasmitida por medio de Samuel. A partir de ese momento, Samuel no volvió a ver a Saúl (1 S 13,1–15,35)

El reinado de David

Cuando el Señor, por medio de Samuel, hizo saber a Saúl que lo rechazaba por haberlo desobedecido, David entra en escena. Su figura tuvo tal impacto en la historia bíblica que propició la recopilación de muchos relatos anecdóticos, tanto de su juventud, como de su reinado, y también de las intrigas familiares que surgieron en su entorno acerca de su sucesión. De todo eso, con un cierto orden, nos habla el resto del libro primero de Samuel, y en todo el libro segundo.

La ascensión de David al trono

Aunque Saúl había sido reprobado por el Señor, continuaría como rey hasta su muerte. En esos años, no obstante, irá cobrando protagonismo en los relatos la figura de David.

  • Tras la reprobación de Saúl, Samuel, movido por el Señor, se dirige a Belén a casa de Jesé y allí unge en secreto a David como rey (1 S 16,1-13).
  • Inmediatamente se dice que Saúl se encontraba perturbado, y buscaron a algún músico que tocara bien para que lo alegrase. De este modo, David entró al servicio del rey (1 S 16,14-23).
  • Tal vez el episodio más significativo de estos momentos lo constituye el desafío de los filisteos, y la victoria de David sobre Goliat, sin más armas que su honda de pastor, pero confiando en el nombre del Señor (1 S 17,1-58).
  • Tras esa victoria surge la amistad entre David y Jonatán, el hijo de Saúl, que será muy fuerte y se mantendrá hasta la muerte de Jonatán. David tiene algunos otros éxitos militares, que junto a su victoria sobre Goliat y la fama que le había proporcionado, hace surgir la envidia de Saúl, que intenta hacerlo desaparecer prometiéndole darle como esposa a su hija Mical si mataba a cien filisteos, pensando que moriría en la lucha, pero David triunfó y se casó con ella (1 S 18,1-30).
  • Saúl decide abiertamente matar a David, pero éste logra escapar informado por Jonatán, y ayudado por él y por Mical. David se refugia primero entre los sacerdotes de Nob y después entre los filisteos, haciéndose pasar por loco (1 S 19,1–21,16).
  • David se marchó de allí y comenzó a reclutar un pequeño ejército de mercenarios. Mientras tanto, Saúl sale en busca de David y mata a los sacerdotes de Nob por haberle proporcionado cobijo (1 S 22,1-23).
  • Comienza, entonces, una feroz persecución. David se refugia con sus hombres, primero en Quehilá. Saúl supo que estaba allí y fue a por él, por lo que David hubo de escapar al desierto de Judea, donde Saúl siguió buscándolo. En ese marco hay varios episodios importantes, como la renovación del pacto de amistad de Jonatán con David, el reconocimiento de Abagail, la mujer de Nabal, a David como futuro rey de Israel, y, sobre todo, las dos ocasiones en que David perdona la vida a Saúl cuando tuvo al alcance de su mano el darle muerte (1 S 23,1–26,25).
  • Para intentar escapar de Saúl, David decide unirse con sus hombres a los filisteos (1 S 27,1–28,2).
  • Por su parte, los filisteos habían emprendido una campaña contra Israel, que atemoriza a Saúl hasta el extremo de recurrir a los servicios de una pitonisa para indagar qué suerte le espera. Los filisteos, antes de entrar en batalla contra Saúl y sus tropas, impiden a David y sus hombres luchar junto a ellos (1 S 28,3–29,11).
  • Así pues, David con sus hombres se marchó a luchar contra los amalecitas, y los venció (1 S 30,1-31)
  • Mientras tanto los filisteos entablaron batalla contra los israelitas en los montes de Guilboá, y los derrotaron. Allí murieron Saúl y sus hijos (1 S 31,1-13).
  • Cuando David se entera de la muerte de Saúl y Jonatán queda profundamente dolido y entona una emocionante elegía (2 S 1,1-27).
  • Tras la muerte de Saúl se van dando los pasos que llevarán a David hasta ser proclamado rey.
    • Primero los de su tribu proclaman en Hebrón a David como rey de Judá, mientras que Abner, jefe del ejército de Saúl, hizo proclamar a Isbaal, hijo de Saúl, como rey de Israel. Comenzó entonces una lucha entre los que apoyaban a uno y otro. Finalmente, Joab, jefe militar de David, mató a Abner en venganza porque éste había matado a su hermano en una batalla, aunque esto desagradó profundamente a David. También Isbaal fue asesinado por unos traidores, a los que David mandó ejecutar cuando lo supo. De este modo quedaba libre el trono de Israel (2 S 2,1–4,12).
    • David es proclamado rey de Israel por todas las tribus. Su primera decisión fue asediar Jerusalén, que aún estaba en manos de los jebuseos, y conquistarla, e hizo de ella su capital. Los filisteos emprenden una campaña contra él, pero son derrotados, con lo que su reino se consolida (2 S 5,1-25).

David, rey

En el núcleo mismo del reinado de David se consignan tres momentos trascendentales que lo presentan como fundador del culto en Jerusalén, como iniciador de una dinastía y como artífice de un gran imperio.

  • Una vez conquistada Jerusalén, lo primero que David decide es trasladar el arca a la ciudad, convirtiéndola en el centro del culto al Señor (2 S 6,1-23)
  • Cuando está pensando construir un templo adecuado, el profeta Natán le dice que no es ésa la voluntad del Señor, pero le anuncia que su dinastía permanecerá por siempre (2 S 7,1-29).
  • Para terminar se habla de varias victorias militares, de la extensión y organización de su reino, y de su expansión en las luchas con los amonitas. En el contexto de esa batalla, mientras sus hombres luchaban, David conoce a Betsabé y propicia la muerte de su marido Urías. Será Natán quien le haga caer en la cuenta al rey de su pecado. El niño morirá, pero luego le nacerá Salomón (2 S 8,1–12,31).

La sucesión de David

Ese niño, Salomón, será el sucesor de David, pero antes de que éste acceda al trono, se producirán dentro de la familia real muchas y dolorosas intrigas.

  • Amnón viola a su hermana Tamar. El abuso es vengado por Absalón, que asesina a su hermano Amnón, y se ve obligado a huir (2 S 13,1-39).
  • Joab consigue que Absalón pueda volver a Jerusalén, pero una vez allí, éste comienza a intrigar contra su padre. Absalón sale y es proclamado rey en Hebrón. Se le une un pueblo numeroso, y David tiene que huir precipitadamente de Jerusalén. Los jefes del pueblo se dividen y la batalla se inclina a favor de los apoyan a David, y termina con la muerte de Absalón, atravesado por Joab con unas lanzas, al quedarse enredado en una encina. David hace un gran duelo por su hijo (2 S 14,1–19,9)
  • David regresa de nuevo a Jerusalén y consigue establecerse definitivamente, tras hacer desaparecer a algunos sediciosos (2 S 19,10–20,26).

Epílogo

El libro termina con un apéndice que recoge un relato sobre la muerte de los descendientes de Saúl (2 S 21,1-14). Sigue una nueva relación de victorias contra los filisteos (2 S 21,15-22), que culmina con unos cantos de David seguidos del elenco de los héroes de su corte (2 S 22,1–23,39).

En el último capítulo, se narra una epidemia de peste que sobrevino en castigo a la desconfianza en Dios manifestada por David al encargar un censo de la población de su reino. David, arrepentido, decidió edificar un altar en la era de Arauná, el mismo emplazamiento donde sería construido el futuro Templo (2 S 24,1-25).

libro de samuel 1 y 2

Relecturas de los libros 1 y 2 de Samuel, y su recepción en la fe de la Iglesia

Cuando, al cabo de los siglos, los primeros cristianos leen estos libros en los que se habla de esos acontecimientos, perciben en seguida que la venida de Jesús había cumplido y llevado a su plenitud los valores más profundos de las promesas hechas a David: Dios no había prometido el mantenimiento eterno de un reino temporal, sino el advenimiento de un reino con una naturaleza peculiar, que habría de recaer en un descendiente de David según la carne. Desde esa perspectiva, una serie de hechos consignados en estos libros cobraban una nueva dimensión.

El joven Samuel, dedicado a Dios

Un tema que suscitó un notable interés a los lectores cristianos de estos libros fue todo lo referente al nacimiento de Samuel y su ofrecimiento al Señor por parte de su madre. La concepción de Samuel, cuando su madre Ana era estéril tras muchos años de matrimonio, es un prodigio que pone de relieve la intervención divina y la importancia del niño. Contra toda expectación humana, esta mujer, que no había tenido descendencia y era humillada por la esposa fértil de su marido, busca la solución de su angustia sólo en Dios, pidiéndole un hijo. Su marido la quiere, pero no la comprende (cf. 1 S 1,8). Elí, el sacerdote y guía supremo del santuario de Siló, llega a bendecirla, pero tampoco comprende su dolor (cf. 1 S 1,15-17). Sólo Dios acoge su petición y su voto (cf. 1 S 1,11). Ya desde los escritos de Orígenes, Ana es considerada en la tradición cristiana como prototipo de mujer piadosa que persevera en su oración con la seguridad de obtener lo pedido (De oratione 13,2-3). Ana, que había de llevar en su seno a Samuel, será vista también como «tipo de la Iglesia que lleva al Señor. Su oración no es clamorosa, sino callada y modesta; rezaba dentro de las entretelas de su corazón, porque sabía que Dios la escuchaba» (S. Cipriano, De oratione dominica, 5).

David y Goliat

El gran protagonista de los libros de Samuel, como es sabido, no es el propio Samuel, sino David. En la historia de la recepción del texto son varios los episodios de su vida que han sido releídos y meditados con frecuencia.

De entrada, los pormenores narrados en el relato de su unción por Samuel en Belén, ante su padre, cuando aún era muy joven (cf. 1 S 16,1-13), proyectan luces sobre el misterio de la elección y vocación divina. El relato insiste en la carencia de méritos para ser elegido: David es un desconocido sin apenas genealogía, puesto que sólo se habla del ascendiente inmediato, de Jesé, su padre (cf. 1 S 16,5); es el más pequeño de sus hermanos (cf. 1 S 16,11-12) y, como su familia, se dedica al oficio común de pastores; no venía ni de familia noble, ni militar, ni sacerdotal. No podía invocar ningún derecho para ser ungido. De este modo, David es tipo de los que, después de Cristo, son llamados a cumplir una función de servicio en la Iglesia: ni la familia, ni las cualidades personales, ni los medios materiales cuentan, sino sólo el haber sido llamado por Dios.

La escena de la vida de David que a los lectores cristianos resulta más gloriosa es su lucha y victoria sobre Goliat. El texto sagrado presenta a David como guerrero sagaz, como vencedor de los enemigos, los filisteos, y, sobre todo, como elegido y protegido del Señor. Su victoria sobre Goliat manifiesta la supremacía del Señor sobre los pueblos que adoran a otros dioses, sobre Saúl y su corte, e incluso sobre el propio David: «En el nombre del Señor omnipotente, así, y no de otra manera; sólo así se vence al enemigo del alma. Quien lucha con sus propias fuerzas, antes de comenzar la batalla, es derrotado» (S. Agustín, Sermones 153,9).

David, rey

David es figura de Jesucristo en muchos aspectos, pero la raíz de todos ellos es su condición de rey. Jesucristo será también aclamado como Rey de Israel (S. Agustín, In Ioannis Evangelium 51,4). La liturgia de la Iglesia lee los pasajes del libro de Samuel sobre la unción de David en la Solemnidad de Cristo Rey, junto con la escena de la crucifixión (Lc 23,35-43). Jesús ha conseguido su reinado con la obediencia que culmina en la muerte de cruz, obteniendo la salvación definitiva para todos los hombres.

La promesa del Mesías, hijo de David

La profecía de Natán (cf. 2 S 7,1-17) es quizá el texto de los libros de Samuel que mayor impacto ha tenido en las lecturas sucesivas a lo largo de la historia, tanto en Israel como en la Iglesia. Cuando David estaba pensando construir un santuario digno donde custodiar el arca de la alianza, el Señor le advierte por medio de Natán de que no desea que le construya esa morada. En cambio, le hace una nueva promesa que, a partir de entonces, constituye uno de los grandes temas de la Biblia: «El Señor te anuncia que Él te edificará una casa. Cuando hayas completado los días de tu vida y descanses con tus padres, suscitaré después de ti un linaje salido de tus entrañas y consolidaré su reino» (2 S 7,11b-12). Comienza una expectación que durante siglos aguardará al Mesías, el Ungido, hijo de David, que dé cumplimiento a esa promesa. En el Nuevo Testamento, Jesús será presentado como el «hijo de David» (Mt 1,1) y reconocido como «el Mesías» (cf. Mc 8,29). Sus discípulos no dudarán en destacar que en Él se cumple la profecía de Natán (cf. Hch 2,30 y Hb 1,5).

Pecado de David

La mención precisa del pecado de David (cf. 2 S 11,1-27) tiene un carácter ejemplar que invita a recapacitar y extraer consecuencias prácticas para la vida. La imagen del rey ocioso, expuesto a los asaltos de las pasiones, es utilizada en la tradición cristiana como una advertencia sobre la necesidad de la guarda de los sentidos para evitar las ocasiones de otros pecados: «Los apetitos se inflaman con la sensualidad de la mirada, y los ojos, habituados a mirar impúdicamente al prójimo por estar ocioso, encienden los deseos impuros» (Clemente de Alejandría, Paedagogus 3,77,1).

Los libros 1 y 2 de los Reyes

Como ya se dijo, los libros 1 y 2 Reyes son continuación de 1 y 2 Samuel con los que constituyen una sola obra. En ellos se trata de la monarquía israelita, remontándose hasta los orígenes de Israel y Judá, y contando sus vicisitudes a lo largo de la historia hasta que ambos desaparecieron.

Lectura de los libros 1 y 2 de los Reyes

El libro primero de los Reyes es protagonizado en sus primeros capítulos por el rey Salomón. Más adelante, cuando después de su muerte tuvo lugar la partición de su reino, la narración se ajusta, más o menos, a una secuencia cronológica. En las épocas en las que coexistieron los reinos del norte y del sur, las crónicas reales van saltando de uno a otro con el fin de ir presentando juntos, en la medida de lo posible, los sucesos acaecidos en reinados contemporáneos. Tras la caída del reino del norte, se sigue sólo con los reinados de Judá hasta la cautividad de Babilonia.

Salomón, sucesor de David

salomon1Los dos primeros capítulos del libro sirven de transición con los libros de Samuel. En realidad constituyen su conclusión, ya que en ellos se narra la ancianidad de David y su apoyo a la entronización de Salomón (1 R 1,1–2,46). Particularmente significativas son las palabras que David dirige a Salomón cuando se acerca el momento de su muerte: «Yo llego al término de todo lo perecedero. Tú, sé fuerte y pórtate como un hombre; guarda las disposiciones del Señor, tu Dios, caminando por sus sendas, cumpliendo sus leyes y sus mandamientos, sus normas y sus juicios, tal como están escritos en la Ley de Moisés, para que tengas éxito en todo lo que hagas y en cualquier parte a donde te dirijas; y para que el Señor cumpla la promesa que hizo acerca de mí: “Si tus hijos guardan sus caminos andando en mi presencia con sinceridad, con todo su corazón y con toda su alma, entonces no te faltará descendiente en el trono de Israel» (2 R 2,2-4).

A partir de la muerte de David, es cuando Salomón asume el protagonismo de los relatos.

  • En el comienzo de su reinado, Salomón se dirige a ofrecer sacrificios a Gabaón. Allí le pide al Señor sabiduría, y el Señor le concede una sabiduría extraordinaria (1 R 3,1-28).
  • Su reino, que está bien organizado y cuenta con los ministros, secretarios y mayordomos necesarios, se engrandece y aumenta su prosperidad. Salomón tuvo riquezas y sabiduría (1 R 4,1–5,14).
  • La gran obra de Salomón consistió en la edificación de un Templo en Jerusalén dedicado al Señor:
    • Busca el apoyo de Jiram, rey de Tiro, para que le proporcione las maderas necesarias para la construcción, recluta obreros y dispone los medios para que puedan realizar su trabajo (1 R 5,15-32).
    • Salomón construyó el Templo y edificó también el palacio real, con todo tipo de riquezas (1 R 6,1–7,51)
    • Una vez terminado, tuvo lugar la solemne dedicación del Templo, precedida por unas palabras de agradecimiento al Señor y una oración de Salomón, que ofreció allí holocaustos, oblaciones y sacrificios (1 R 8,1-66).
    • El Señor ratifica su apoyo a Salomón, siempre que cumpla sus leyes y sus normas (1 R 9,1-9)
  • La prosperidad de Salomón es cada vez mayor, gracias a la construcción de numerosas edificaciones y la apertura de redes comerciales (1 R 9,10-28).
  • También se difunde la fama de su sabiduría, que llega a ser tal que la reina de Saba acude a comprobarlo por sí misma, y queda gratamente sorprendida (1 R 10,1-29).
  • Sin embargo, el corazón de Salomón se pervirtió amando a muchas mujeres extranjeras que lo llevaron a la idolatría, y a abandonar al Señor en los últimos días de su vida. El profeta Ajías de Siló anuncia a Jeroboam, en ese momento capataz de obreros en las construcciones reales, que se dividiría el reino y que sólo dejaría a Salomón una tribu en atención a David, pero que él reinaría sobre Israel. Salomón lo buscó para matarlo, pero él huyó a Egipto. Después de reinar cuarenta años, Salomón murió (1 R 11,1-43).

Los reinos de Israel y de Judá, hasta la conquista de Samaría

Esta sección comienza con la división producida entre las tribus del norte y del sur a raíz de la sucesión de Salomón: las tribus del sur se mantuvieron fieles a Roboam, hijo de Salomón, mientras que las del norte nombraron rey a Jeroboam.

  • Jeroboam, a pesar de haber sido elegido rey por disposición divina a través del profeta Ajías, abandonó el culto al verdadero Dios e introdujo la idolatría en Israel erigiendo un templo en Dan y otro en Betel en los puso sendos becerros de oro. Hizo pecar al pueblo y quedó para siempre como prototipo de rey idólatra (1 R 12,1–14,20)
  • Los sucesivos reinados se van presentando de forma sincrónica, alternándose los reyes de Israel y de Judá hasta los tiempos del profeta Elías (1 R 15,1–16,34). En Judá los reyes acceden al trono por vía hereditaria, manteniéndose así la estirpe de David. En el reino del Norte, en cambio, los reyes llegan al poder por su cuenta, mediante revueltas sangrientas o porque Dios lo dispone de esa forma para castigar los pecados de la dinastía reinante. Así pues, en Israel se suceden distintas dinastías. Entre ellas sobresale la de Omrí, que reinó más de cuarenta años y a la que pertenecía el rey Ajab.
  • La narración de los reinados se interrumpe para dejar paso a un ciclo de relatos relacionados con el profeta Elías, que desarrolló su actividad profética en el reino del norte en tiempo del rey Ajab y de su hijo Ocozías (1 R 17,1 – 2 R 2,12).
    • En estos capítulos se integran relatos de los reinados, pero sobre todo se guarda memoria de los desencuentros entre Elías y Jezabel, la mujer de Ajab, que había introducido con el beneplácito de su marido el culto a Baal de Sidón, y que había cometido y hecho cometer muchas injusticias.
    • También se mencionan otros profetas, como Eliseo a quien el Señor eligió para suceder a Elías y que, a partir de recibir su llamada se iría con él (1 R 19,15-21),
    • y Miqueas de Yimlá que intentó disuadir al rey Ajab de llevar a cabo una campaña para recuperar Ramot Galaad de manos del rey de Siria, pero el rey no le hizo caso y pereció en la batalla (1 R 22,1-40).
  • Tras el ciclo de relatos en torno a Elías, sigue otro sobre Eliseo, que comienza su actividad profética tras ser arrebatado Elías en un carro de fuego. El Señor estaba con él, como estuvo con Elías. Así lo atestiguaban las obras prodigiosas que realizó, entre las que destaca la curación de la lepra de Naamán el sirio. Desde el punto de vista político fue importante la decisión de Eliseo de ungir como rey de Israel a Jehú, que instauraría una dinastía cuyos sucesores gobernaron casi un siglo (2 R 2,13–9,1).
  • Esta parte de los libros de los Reyes termina con la historia de los reyes de Israel y de Judá hasta la caída de Samaría (2 R 14,1–17,41).
    • Israel se fue debilitando tras la dinastía de Jehú (2 R 14,1–15,2).
    • En Judá, mientras tanto, el rey más sobresaliente fue Ajaz (2 R 16,1-20).
    • En el norte, en cambio, se acercaba el momento de la ruina total. Finalmente se impuso el poder de los asirios, que conquistaron Samaría y repoblaron con extranjeros el territorio del reino del Norte (2 R 17,5-41).

El reino de Judá hasta la cautividad

Tras la caída del reino del Norte, en esta última parte de los libros de los Reyes se contiene la historia del reino de Judá hasta la toma y saqueo de Jerusalén por Nabucodonosor.

  • Entre los acontecimientos acaecidos en Judá durante ese tiempo destaca en primer lugar la reforma religiosa llevada a cabo por el rey Ezequías y la milagrosa liberación de Jerusalén ante el ataque de Senaquerib, rey de Asiria (2 R 18,1–20,21).
  • Pero los sucesores de Ezequías volvieron a introducir y practicar la idolatría, especialmente Manasés, famoso por su impiedad (2 R 21,1-26).
  • Sin embargo, una reacción fuerte en favor del culto al verdadero Dios fue impulsada por el rey Josías, que inició una reforma religiosa mucho más profunda que la de Ezequías, en la que unificó todo el culto en un único santuario, el Templo de Jerusalén, para erradicar así la idolatría. Pero Josías murió prematura e inesperadamente a manos del faraón Necó (2 R 22,1–23,30).
  • Sus sucesores volvieron de nuevo a la idolatría, y el Señor castigó a Judá y a Jerusalén por medio de Nabucodonosor, rey de Babilonia. Jerusalén fue dos veces saqueada, el Templo incendiado y los habitantes de Judá llevados cautivos a Babilonia junto con el rey (2 R 23,31–25,21).
  • En Judá quedó un gobernador; y en Babilonia, el rey Yoyaquín, aunque cautivo, obtuvo un trato de favor y el reconocimiento como rey por parte de Nabucodonosor (2 R 25,22-30).

Acaba así la historia de los reyes, con un toque de esperanza, porque la estirpe de David continúa, aunque en el destierro.

Relecturas de los libros 1 y 2 de los Reyes, y su recepción en la fe de la Iglesia

La valoración de la historia y la explicación de los males del destierro como consecuencia de las repetidas infidelidades a la alianza son hechos que invitan a meditar y a sacar consecuencias prácticas. Pero, además de esa lección general que puede aprenderse en estos textos, los lectores cristianos han encontrado en los libros de los Reyes no pocos detalles episódicos que, leídos desde la perspectiva del Nuevo Testamento, se abren a nuevas dimensiones. Nos detendremos a comentar brevemente los más relevantes.

La construcción del templo de Jerusalén

En la Biblia hebrea, el edificio emblemático de la monarquía davídica, la «casa», no era el palacio real sino el Templo, que sería edificado por Salomón. La construcción del santuario se narrará como una nueva creación, en siete años (cf. 1 R 6,38), y su dedicación se realiza durante los siete días de la fiesta de los Tabernáculos (cf. 1 R 8,2) con una oración pronunciada por Salomón, estructurada en siete peticiones (cf. 1 R 8,31-53). En este Templo, y en nombre de todo el pueblo que constituye el reino, se ofrecerán a Dios sacrificios de alabanza, acompañados por cánticos de acción de gracias, al conmemorar sus obras admirables en la creación y en sus acciones salvadoras a lo largo de la historia de Israel.

En el Nuevo Testamento, ante la cuestión planteada por una mujer samaritana de que sus padres daban culto a Dios en el monte, mientras que los judíos afirmaban que el lugar donde se debe adorar estaba en Jerusalén, Jesús responde: «créeme, mujer, llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis, nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación procede de los judíos. Pero llega la hora, y es ésta, en la que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad» (Jn 4,21-23). El culto no es algo que esté ligado a un templo de piedra, sino que se realiza en el Templo que es la Iglesia. La «casa» que el Señor por medio de Natán había prometido edificar a su padre David (cf. 2 S 7,11) no está construida con piedras inertes sino vivas, como lo hace notar la primera carta de Pedro dirigiéndose a los recién bautizados: «vosotros –como piedras vivas– sois edificados como edificio espiritual para un sacerdocio santo, con el fin de ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por medio de Jesucristo» (1 Pe 2,5). El ejercicio del sacerdocio común, es realizado por los cristianos día a día en sus tareas ordinarias, haciéndolas perfectas –como han de ser los sacrificios–, ofrecidas a Dios por mediación del «hijo de David», Jesucristo, «Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec» (Hb 5,10; 6,20). De este modo se participa plenamente, desde ese gran templo que es el mundo, en la espléndida liturgia celestial.

La dedicación del templo de Jerusalén

Un pasaje importante en los libros de los Reyes es la dedicación del Templo de Salomón. Una vez terminadas las obras y finalizada su instalación sólo faltaba que Dios lo aceptase como su morada, y a eso se dirige esa ceremonia y la oración solemne pronunciada por el rey en esa ocasión (cf. 1 R 8,31–9,9).

El lector cristiano, a lo largo de los siglos, ha gozado en la lectura de estas páginas, pues es consciente de que Jesús mismo reconoció aquel Templo como la casa de Dios (cf. Mt 21,13 y par.; Jn 2,16) y aprovechó precisamente el escenario del Templo para manifestarse a los hombres. No es extraño por eso que los escritores cristianos consideren a Salomón y a su Templo como tipo de Cristo y de la Iglesia (cfr. S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 126,2).

La pieza central en el relato de la Dedicación del Templo, es una larga y solemne oración de Salomón, que constituye un modelo admirable de plegaria, como lo reconoce el Catecismo de la Iglesia Católica: «La oración de la Dedicación del Templo se apoya en la Promesa de Dios y su Alianza, la presencia activa de su Nombre entre su Pueblo y el recuerdo de los grandes hechos del Éxodo. El rey eleva entonces las manos al cielo y ruega al Señor por él, por todo el pueblo, por las generaciones futuras, por el perdón de sus pecados y sus necesidades diarias, para que todas las naciones sepan que Dios es el único Dios y que el corazón del pueblo le pertenece por entero a Él» (n. 2580).

Elías y la viuda de Sarepta

El profeta Elías es tal vez uno de los personajes del Antiguo Testamento que más impacto popular han tenido, tanto en el judaísmo antiguo como entre los lectores cristianos de la Biblia. Su nombre significa «mi Dios es el Señor», y fue un profeta errante que iba de una parte a otra obedeciendo la palabra del Señor. Elías es el defensor de los derechos de Dios y de los pobres (cf. 1 R 21,1-29), y en este sentido aparece como modelo de los profetas que vendrán después, los llamados profetas escritores: «Elías es el padre de los profetas, de la raza de los que buscan a Dios, los que van tras su rostro (Sal 24,6)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2582). Entra en escena en el contexto de una gran sequía que se abate sobre Israel, en tiempos del rey Ajab, como un castigo por la idolatría del rey, y que servirá sobre todo para mostrar la superioridad del Dios de Israel sobre el dios cananeo Baal.

Es bien conocida la escena en la que Elías pide a una mujer viuda en Sarepta de Sidón que le haga un pan con la poca harina de que dispone en esos tiempos de escasez, y paga la generosidad de aquella mujer haciendo que nunca le falte alimento a ella ni a su hijo (cf. 1 R 17,8-16). Sarepta estaba situada a 15 km. al sur de Sidón, y era la patria de Jezabel, esposa del rey Ajab (cf. 1 R 16,31). Llama la atención que Dios eligiese a una pobre viuda, a punto de morir de hambre, y sin ninguna vinculación con el pueblo de Israel, para dar alimento al profeta. Jesucristo alude al hecho de que la elegida sea una viuda extranjera, como señal de que Dios da sus dones a quien quiere, no a quien se cree con derecho a recibirlos (cf. Lc 4,25-26). Posteriormente, el hijo único de esa mujer viuda cayó enfermo y murió, pero tras orar Elías insistentemente a Dios por él el niño volvió a la vida (cf. 1 R 17,17-24).

La tradición cristiana ha visto también en este pasaje el amor preferencial de Dios hacia los más necesitados, como es el caso de esta mujer viuda, y hasta qué punto el Señor se conmueve con la generosidad de quien entrega lo poco que tiene sin guardarse nada para sí. Por eso, en la liturgia de la Iglesia esta mujer viuda se pone en paralelo con aquella otra viuda que echó en el gazofilacio del templo unas monedas de escaso valor pero que eran todo su sustento (cf. Mc 12,38-44), y con aquella viuda de Naín ante la que Jesús se conmueve y resucita a su hijo al que llevaban a enterrar (cf. Lc 7,11-17).

Elías encuentra pan y agua cuando desfallecía en el desierto

Tras el episodio en que Elías se burla de los profetas de Baal en el monte Carmelo (cf. 1 R 18,1-46), la ira de Jezabel, esposa de Ajab, se cierne sobre el profeta, que ha de escapar lo más lejos posible de los dominios del rey pues teme con fundamento por su propia vida. En su huida, atraviesa todo Israel y Judá hasta llegar a Berseba en el extremo sur, y aún pretende seguir adentrándose en el desierto hasta el monte Horeb. Pero estaba tan agotado que cayó desfallecido. En esas circunstancias, el Señor acudió en su ayuda proporcionándole un pan cocido sobre unas brasas y un jarro de agua que le permitieron recuperar sus fuerzas gastadas (cf. 1 R 19,4-8). En el alimento que el ángel le señala a Elías, la tradición de la Iglesia ha visto en ese alimento una figura de la Eucaristía (cfr. Catecismo Romano 2,4,54).

Los milagros de Eliseo

En los capítulos cuarto a octavo del libro segundo de los Reyes se narra una serie de milagros realizados por Eliseo. Entre ellos, el más conocido es la curación de la lepra del general Sirio Naamán (cf. 2 R 5,1-14). Queda de este modo claro que la manifestación del verdadero Dios a través del profeta Eliseo no sólo alcanza a los israelitas, sino también a los extranjeros y, en concreto, a un hombre de Siria, nación con la que Israel estaba en permanente conflicto (cf. 1 R 20; 22; 2 R 6,8-23). Jesucristo citará esta curación, junto con el milagro de Elías en favor de la viuda de Sarepta (cf. 1 R 17,17-24), cuando fue rechazado por sus paisanos de Nazaret para hacerles ver el carácter universal de su misión (cf. Lc 4,27). La curación se debe a Dios, como lo reconocerá Naamán, y no a una cualidad especial de aquellas aguas. Pero se requiere la obediencia probada, que en la historia de Naamán queda reflejada en la realización de siete inmersiones.

En la predicación de los Padres de la Iglesia se ha visto en éste y otros episodios del Antiguo Testamento en que el agua tiene una especial relevancia para la salvación, una prefiguración del bautismo, sacramento en el que a través del agua y de la obediencia a la palabra de Cristo, el hombre queda limpio de la lepra del pecado y se le otorga el don de la fe (cfr. S. Ambrosio, De mysteriis 12,19).

BIBLIOGRAFÍA

3 comentarios en “6. LOS REYES DE ISRAEL Y DE JUDÁ (Repaso)”

  1. El pueblo de israel le pidio al profeta samuel un rey que los gobernara al igual que los pueblos vecinos, el profeta samuel les contesto que dios era el rey de israel, pero ellos querian un rey, samuel ante su insistencia ungio a saul como primer rey, este no siguio las leyes de dios y nombro a un segundo rey llamado david, tambien le fallo a dios pero fue perdonado, traslado la capital a jerusalen, finalmente salomon fue rey de israel destacando la construccion del templo, dios le dio sabiduria y riquezas, pero tambien le fallo, al final de su reinado hubo cisma entre las tribus de israrel.

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