2. LA REVELACIÓN (Repaso)

TEMA 2. LA REVELACIÓN

1. La revelación de Dios con hechos y palabras, en la historia, con Cristo

libros sagrados.jpgMuchas veces y de muchas formas habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio de su Hijo...” (Hb 1,1). La frase de la Carta a los Hebreos se refiere a unas acciones de Dios en la historia de los hombres. Se refiere también a dos etapas distintas: “en el pasado” y “en estos últimos tiempos”; antes, de muchas formas y muchas veces; ahora, de una sola: Cristo. Es una manera de describir la revelación. La reflexión sobre la revelación, a partir de los textos sagrados en la tradición de la Iglesia, permite otras descripciones.

Para el presente resulta eficaz la que ofrece DV 2, y que se desarrolla en todo el primer capítulo del documento. En ese número la revelación se describe como una “automanifestación” de Dios que sale al encuentro de los hombres. Pero, además, se describe desde la perspectiva de la “salvación”. La revelación, según ese párrafo, es más bien la “dimensión manifestativa” de la salvación obrada por Dios.

El segundo párrafo de DV 2 profundiza en el “lenguaje” de la revelación; por tanto, orienta comprensión de la revelación. Dice así: “Este plan de la revelación se realiza con hechos y palabras intrínsecamente conexos entre sí, de modo que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y las cosas significadas por las palabras, y las palabras, por su parte, proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas. Pero la verdad íntima acerca de Dios y acerca de la salvación humana se nos manifiesta por la revelación en Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la revelación” (DV 2). Es un párrafo muy condensado que merece la pena desglosar.

a. La revelación con “hechos y palabras”

En primer lugar, se habla de revelación con “hechos y palabras”. La expresión aparece en otros lugares del documento (DV 4.14.17) para señalar también el modo de la revelación de Dios y de Cristo. En este lugar, además, se explican sus vínculos. Sustancialmente coinciden con los que han sido puestos en claro en la filosofía moderna del lenguaje y de la acción: a) Los hechos son, además de históricos, significativos. Por así decir, son también palabras: también manifiestan doctrina. b) Las palabras, además de desveladoras de significado, son también una proclamación, es decir, un hecho.  El texto subraya la implicación entre los dos aspectos, pero parece claro que desde el punto de vista salvífico, lo más importante son los hechos obrados por Dios, mientras que desde el punto de vista de la revelación, las palabras son insustituibles.

b. La revelación y la historia

En segundo lugar, el texto habla de una revelación “histórica”: la historia de la salvación. Frente a la revelación en la naturaleza, típica de los griegos, o la revelación en la sabiduría y en la gnosis, la revelación judía y cristiana es histórica. Esta dimensión histórica de la revelación se refiere en primer lugar a que los hechos de la revelación, pertenecen a la historia de los hombres, han dejado su huella en ella. Son una realidad, tangible, pública, social. Pero, por otra parte, hay “una historia de la revelación”. Los puntos siguientes (DV 3-4) lo especifican mejor:

  • Dios, creando (cf. Jn 1,3) y conservándolo todo por su Verbo, da a los hombres testimonio perenne de sí en las cosas creadas” (DV 3). Dios, todavía hoy, da testimonio de sí en lo creado. El texto habla de testimonio, pues no se trata de una revelación personal. “Queriendo abrir el camino de la salvación sobrenatural, se manifestó, además, personalmente a nuestros primeros padres ya desde el principio” (DV 3). A continuación, desarrolla los pasos históricos centrales de la revelación: tras la caída, “animó a la esperanza de la salvación” a nuestros padres, “tuvo incesante cuidado del género humano”, “llamó a Abraham para hacerlo padre de un gran pueblo” al que “instruyó por Moisés y por los Profetas”. Finalmente, como una acción histórica más de ese curso de acontecimientos, “envió a su Hijo, es decir, al Verbo eterno, que ilumina a todos los hombres, para que viviera entre ellos y les manifestara lo íntimo de Dios” (DV 4).

Parecen claros los términos: la historia de la revelación-salvación de Dios comporta una serie de acontecimientos, que se entienden desde una perspectiva histórico-narrativa, desde el punto final, que es Jesucristo. Jesucristo es el acontecimiento histórico que hace que los anteriores no se entiendan uno después de otro, sino uno a causa del otro, respecto del final, que es el que les da sentido.

c. La revelación culmina en Jesucristo

Esta relación a Jesucristo de “toda” la revelación se especifica en DV 2 de varias maneras: señala que Jesucristo es mediador y plenitud de toda la revelación y se refiere a Jesucristo como el que propone la verdad “íntima” de Dios.

  • El aspecto mediador de la revelación lo apunta también DV 3, cuando afirma al final de los acontecimientos que preceden a la encarnación: Dios formó un pueblo, dice el texto, al que “instruyó por Moisés y por los Profetas para que lo reconocieran Dios único, vivo y verdadero, Padre providente y justo juez, y para que esperaran al Salvador prometido, y de esta forma, a través de los siglos, fue preparando el camino del Evangelio”. Con esto afirma que la revelación en el Antiguo Testamento tiene una dimensión sustantiva –manifiesta a Dios como Dios único, Padre providente, justo, etc.– pero es, sobre todo, relativa: es preparación del Evangelio. En cambio, la revelación en Cristo es perenne: “Jesucristo, pues, el Verbo hecho carne, “hombre enviado a los hombres”, “habla palabras de Dios” (Jn 3,34) y lleva a cabo la obra de la salvación que el Padre le confió (cf. Jn 5,36; 17,4). Por tanto, Jesucristo –ver al cual es ver al Padre (cf. Jn 14,9),– con toda su presencia y manifestación de sí mismo, con sus palabras y obras, señales y milagros, y, sobre todo, con su muerte y resurrección gloriosa de entre los muertos, con el envío, finalmente, del Espíritu de verdad, completa la revelación y confirma con testimonio divino que Dios está con nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y de la muerte y resucitarnos a la vida eterna” (DV 4). El texto sumariza las acciones históricas de Jesucristo pero, de manera significativa, las refiere en presente, como lo hacía e DV 2 cuando describía el testimonio de Dios que da la creación; pero lo que antes era testimonio ahora es revelación personal. Las acciones de Jesús no aparecen sólo como revelación en el pasado, sino como revelación también en el presente. De ahí algunas afirmaciones patrísticas: Jesús es el revelador y el revelado, el mensajero y el mensaje, el exegeta y la exégesis de la Escritura, el autologos.
  • También los textos mencionan la singularidad de la revelación de Cristo desde otra noción: Él revela los misterios íntimos de Dios (DV 2.4). San Juan lo expresaba con muy claramente: “A Dios nadie lo ha visto jamás; el Dios Unigénito, el que está en el seno del Padre, él mismo lo dio a conocer” (Jn 1,18). De ahí que afirme en otro lugar: “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y han palpado nuestras manos a propósito del Verbo de la vida –pues la vida se ha manifestado: nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la vida eterna, que estaba junto al Padre y que se nos ha manifestado–, lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo” (1Jn 1,1-3). Jesús mismo, no sólo sus hechos y palabras transmitidos, es la revelación de Dios, es toda la revelación de Dios que se nos da a conocer. En este sentido también es “plenitud” de la revelación. El Catecismo de la Iglesia Católica lo resume con una frase de San Juan de la Cruz: “Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar” (CCE 65).

Pero el texto de 1Jn apunta también el modo con que llega la revelación a la Iglesia: a través de los testigos. Esto es lo que toca tratar ahora:

2. Israel y la Iglesia depositarios de la revelación

El concepto de revelación, como señalaron los teólogos medievales, es un concepto de acción. Por eso, para que resulte un contenido revelado, se necesita que alguien la comprenda. Como señalaba J. Ratzinger, “del concepto de “revelación” forma siempre parte el sujeto receptor: donde nadie percibe la revelación, allí no se ha producido ninguna revelación, porque allí nada se ha desvelado. La misma idea de revelación implica un alguien que entre en su posesión”. Esto significa varias cosas: en primer lugar que toda revelación de Dios viene “mediada” humanamente: se reviste también de la personalidad, del lenguaje, de quien la comprende. Ahora bien, ni el receptor es un solitario, ni el lenguaje es algo privado; ambos tienen un carácter social. Por ello, lo revelado al transmitirse tiene una dimensión social.

a. La revelación en Israel

En el caso de la revelación del Antiguo Testamento, esta dimensión va todavía más allá, pues Dios no elige un pueblo para revelarse, sino que el pueblo de Israel es “creado” por Dios para ser portador de la revelación. En la alianza en el Sinaí, donde nace el pueblo, se expresa con claridad ese lugar mediador: “Ahora, pues, si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza, seréis mi propiedad exclusiva entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra; vosotros seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa” (Ex 19,5). También aquí lo resume un párrafo del Concilio: “Dios amantísimo, buscando y preparando solícitamente la salvación de todo el género humano, con providencial favor se eligió un pueblo, a quien confió sus promesas. Hecho, pues, el pacto con Abraham (cf. Gn 15,18) y con el pueblo de Israel por medio de Moisés (cf. Ex., 24, 8), de tal forma se reveló con palabras y con obras a su pueblo elegido como el único Dios verdadero y vivo, que Israel experimentó cuáles eran los caminos de Dios con los hombres, y, hablando el mismo Dios por los Profetas, los comprendió más hondamente y con más claridad de día en día, y los difundió ampliamente entre las gentes (cf. Sal 21,28-29; 95, 1-3; Is 2,1-5; Jr 3,17). La economía, pues, de la salvación preanunciada, narrada y explicada por los autores sagrados, se conserva como verdadera palabra de Dios en los libros del Antiguo Testamento” (DV 14; cursivas nuestras). El texto señala con claridad que el destinatario primero de la revelación es el pueblo y que es el pueblo el que la difunde a todas las gentes. Señala también que es el pueblo –en su dimensión de pueblo, es decir, institucionalmente– quien comprende la revelación y la expresa en sus formas sociales. Señala también que es el pueblo, en su experiencia histórica y en la palabra que recibe a través de los profetas, quien da un lenguaje humano a la revelación de Dios.

a.1. Revelación mediante ungidos

La lectura del Antiguo Testamento pone de manifiesto también cómo actúa Dios en la guía y revelación al Pueblo. Aparecen, sobre todo, dos actantes de la acción de Dios: el Espíritu y la Palabra. Los libros proféticos comienzan muchas veces con esta expresión: “Palabra del Señor dirigida a…” (Os, 1,1; cf. Jr 1,1; Mi 1,1; etc.), y después el nombre del profeta. De modo semejante, “el Espíritu del Señor” actúa en el elegido. Se expresa a través de David y pone las palabras en su boca (2 S 23,2); gobierna al profeta: “Mi espíritu que está sobre ti y las palabras que yo he puesto en tu boca…” (Is 59,21); desciende sobre él para comunicarle: “Habla: Así dice el Señor…” (Ez 11,5). De hecho, un profeta como Oseas es llamado hombre del Espíritu (Os 9,7), Miqueas (3,8) se siente lleno del Espíritu del Señor. Nehemías (9,30) resume bien esta situación cuando escribe “Tuviste paciencia con ellos durante muchos años; les advertiste por tu espíritu por boca de tus profetas (cf. Za 7,12).

a.2. Revelación explicada en los libros

Dicho de otra forma, para guiar al pueblo Dios se sirve de acciones extraordinarias que denominamos proféticas y que se entienden como revelación de Dios. Pero hay otra acción, la de los autores sagrados. El texto de DV dice que “la economía de la salvación narrada y explicada por los autores sagrados, se conserva como verdadera palabra de Dios en los libros del Antiguo Testamento”. No se habla aquí de una acción del Espíritu, sino de la narración y explicación de los hechos que “conserva” la palabra de Dios, la revelación. Es decir, los libros sagrados no son instrumentos de revelación, al menos de manera inmediata, sino que están orientados a conservarla, a testimoniarla. Así aparece en los mismos libros sagrados. Al final del Pentateuco se recoge, por ejemplo, esta expresión: “Cuando Moisés acabó de escribir hasta el final en un libro las palabras de esta ley, dio órdenes a los levitas portadores del arca de la alianza del Señor, diciendo: Tomad este libro de la ley y colocadlo al lado del arca de la alianza del Señor, vuestro Dios. Ahí servirá de testimonio contra ti, porque conozco tu rebeldía y tu dura cerviz. Si ahora, estando todavía yo vivo con vosotros, habéis sido rebeldes al Señor, ¡cuánto más lo seréis después de mi muerte!” (Dt 31,24-27). Se escribe el libro que contiene la Ley para conservarla y que sirva de testimonio para el pueblo. Lo mismo se da en otros pasajes proféticos como éste de Isaías: “Ahora ve, escríbelo en una tablilla delante de ellos y grábalo en un rollo, para que sirva en el día postrero como testigo para siempre. Porque este es un pueblo rebelde, hijos falsos, hijos que no quieren escuchar la instrucción del Señor” (Is 30,8-9). El libro es testimonio de las palabras, en los libros tiene el pueblo el testimonio de la revelación de Dios.

b. La revelación en la Iglesia

En el Nuevo Testamento ocurre algo semejante. Así los describe el Concilio: “Cristo instauró el Reino de Dios en la tierra, manifestó a su Padre y a Sí mismo con obras y palabras y completó su obra con la muerte, resurrección y gloriosa ascensión, y con la misión del Espíritu Santo. (…) Pero este misterio no fue descubierto a otras generaciones, como es revelado ahora a sus santos Apóstoles y Profetas en el Espíritu Santo (cf. Ef., 3,4-6 gr.), para que predicaran el Evangelio, suscitaran la fe en Jesús, Cristo y Señor, y congregaran la Iglesia. De todo lo cual los escritos del Nuevo Testamento son un testimonio perenne y divino” (DV 17). También aquí se señala que la fuente de la revelación son los hechos y las palabras del Señor. También hay una revelación en la acción del Espíritu Santo sobre los apóstoles para la proclamación del misterio de Cristo. Por otra parte, aparecen los libros que son “testimonio” (al decir “perenne y divino”, el texto apunta al carácter inspirado de los libros) de la revelación en Cristo por medio de los apóstoles guiados por el Espíritu.

Pero tanto en los acontecimientos de revelación como en los libros parece claro que el destinatario y depositario es el pueblo: Israel y la Iglesia como Pueblo de Dios

3. Las Sagradas Escrituras, testimonio y expresión de la revelación

Con todo, en la Iglesia, las Escrituras son algo más que testimonio de la revelación: son también revelación, palabra de Dios. Las palabras del profeta al ser proclamadas por él eran expresión de la palabra de Dios, pero los libros no lo eran. En cambio, en la Iglesia, las palabras de la Escritura se entienden ya como Palabra de Dios. El cambio de estatuto de las Escrituras de Israel se da a través de Jesucristo.

a. Jesucristo y las Escrituras

A lo largo de su vida terrena, Jesucristo se vincula frecuentemente con las Escrituras de Israel: “Las Escrituras dan testimonio de mí” (Jn 5,39). En efecto, toda la revelación del Antiguo Testamento contenida en las Escrituras de Israel se dirige a Cristo, que la comprende y la expresa con su vida: “es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí”, les dice a sus discípulos (Lc 24,44). Por eso, en su vida terrena, entendió los diversos acontecimientos que se presentaban ante él como un cumplimiento de las Escrituras de Israel, ya sea respecto de su misión –”hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír”, les dice a sus conciudadanos de Nazaret (Lc 4,21)–, ya sea respecto de su pasión: “¿Como contra un ladrón habéis salido con espadas y palos a prenderme? Todos los días estaba entre vosotros en el Templo enseñando, y no me prendisteis. Pero que se cumplan las Escrituras” (Mc 14,48-49).

Tras la resurrección, abrió la mente de sus discípulos y “les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él” (Lc 24,27). Los discípulos, que a lo largo de la vida terrena de Jesús no entendieron muchos de los gestos del Maestro, los comprendieron a la luz de las Escrituras de Israel cuando resucitó de entre los muertos: “Al principio sus discípulos no comprendieron esto, pero cuando Jesús fue glorificado, entonces recordaron que estas cosas estaban escritas acerca de él, y que fueron precisamente éstas las que le hicieron” (Jn 12,16). Por eso, la predicación apostólica es la proclamación del misterio de Jesús desde las Escrituras: “Porque os transmití en primer lugar lo mismo que yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas, y después a los doce” (1 Co 15,3-5).

Con esto, como ya advirtió Orígenes, Jesús autentificó las Escrituras inspiradas que así se convirtieron en Evangelio: “Antes de la venida de Cristo, la ley y los profetas no contenían el anuncio que se implica en la definición de Evangelio, porque todavía no había venido el que tenía que aclarar los misterios que en ellos se encontraban. Pero cuando vino el Señor e hizo que el Evangelio se encarnara, hizo por el Evangelio que todas las Escrituras fuesen como un Evangelio” (In Ioannem commentarium, a 1,17ss). Las Sagradas Escrituras son expresión de la palabra de Dios porque el objeto del que hablan es la palabra de Dios: Jesús, el Verbo de Dios, según las Escrituras.

b. Los apóstoles y las Escrituras

Obviamente, como ya se ha dicho más arriba, los apóstoles, testigos de la vida y resurrección de Cristo, tuvieron sus gestos y sus palabras como revelación de Dios. Los apóstoles recibieron el Espíritu Santo y fueron enviados por el mismo Cristo a predicar lo que habían aprendido de él: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,19-20). Por eso, lo predicado por ellos era la palabra de Dios como repetidamente señalan el libro de los Hechos y las cartas de los apóstoles. Lo dice San Pablo con claridad: “Damos gracias a Dios sin cesar, porque, cuando recibisteis la palabra que os predicamos, la acogisteis no como palabra humana, sino como lo que es en verdad: palabra divina, que actúa eficazmente en vosotros, los creyentes” (1 Ts 2,13). Pero lo mismo se puede aplicar a los escritos, como señala en otro lugar: “Por eso, hermanos, manteneos firmes y observad las tradiciones que aprendisteis, tanto de palabra como por carta nuestra” (2 Ts 2,15). Sea de palabra o sea por escrito se proclama la misma palabra de Dios. Algo semejante puede decirse de los evangelios: San Lucas (1,4) propone lo que ha aprendido de los testigos y los ministros de la palabra, San Juan (20,31) dice de su obra escrita: “éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre”, es decir, la eficacia del escrito es la misma que la de la predicación. No resulta extraño pues que la Iglesia coleccionara los Escritos apostólicos y tuviera con ellos el mismo cuidado que con las Escrituras: “Así os lo escribió también nuestro querido hermano Pablo según la sabiduría que se le otorgó, y así lo enseña en todas las cartas en las que trata estos temas. En ellas hay algunas cosas difíciles de entender, que los ignorantes y los débiles interpretan torcidamente –lo mismo que las demás Escrituras– para su propia perdición” (2 Pe 3,15-16).

La predicación apostólica propone la única palabra de Dios, que es Cristo, en los escritos que lo expresan: “Aunque Cristo fundó el Nuevo Testamento en su sangre (cf. Lc 22,20; 1Co 11,25), no obstante los libros del Antiguo Testamento, recibidos íntegramente en la predicación evangélica, adquieren y manifiestan su plena significación en el Nuevo Testamento (cf. Mt 5,17; Lc 24,27; Rm 16,25-26; 2Co 3,14-16), ilustrándolo y explicándolo al mismo tiempo” (DV 16).

Bibliografía básica

 

9 comentarios en “2. LA REVELACIÓN (Repaso)”

  1. Dios desde un principio se ha revelado a la humanidad : al padre abrahan, moises, jacob y finalmente revela a pedro que jesucristo es el hijo de dios, el mesias que salvara ala humanidad del pecado, el es el camino, la verdad y la vida, todo el que crea en el, no morira y tendra vida eterna.

  2. CÓMO COINCIDE EL RELATO INDÍGENA CON EL RELATO HEBREO. Hice un curso de hebreo en una academia y me pidieron hacer un ejercicio para lo cual debÍa tener revistas en hebreo, sólo conseguí un libro llamado Antiguo Testamento Hebreo- Español, por ello descubrí el primer verso que dice: bereshit bará Elojim et ja shamaim…que traducido es: en principio los DIOSES crearon a los cielos …la partícula im de Elojim y Shamaim forma el plural; tengo también a la vista el manuscrito del libro de los relatos indígenas de Guatemala POP o POPOL VUJ por la autoría del FCO. XIMÉNEZ en 1770 cura párroco de Chichicastenango, población del departamento de El Quiché, república de Guatemala. Este manuscrito cita a tres deidades o Creadores con el nombre de RELÁMPAGO: relámpago único, relámpago menor y relámpago verde azul…El manuscrito hebreo coincide con el manuscrito indígena; hay un hecho muy curioso que Guatevision y Prensa Libre de Guatemala dieron a conocer la semana pasada Septiembre 2016, que en una población indígena de Guatemala NO HAY PRESOS pero en la capital ya no hay lugar para acomodar a los delincuentes ladinos-españoles, las cáceles están repletas…apreciaré su comentario…

    1. Estimado A. García (apellido muy español por cierto), la palabra Elohim parece más bien un título (algo así como un plural mayestático), no un nombre personal. Un dato clave es que cuando se asigna un atributo a Elohim éste está en singular, por ejemplo en el Salmo 7: 10 (o 7: 9) se dice “Elohim tsaddiq” (“Dioses justo”) pero se traduce lógicamente como: “Dios justo”. En el relato de la creación el termino Elohim aparece treinta y cinco veces y siempre el verbo que describe la acción de Elohim está cada vez en singular. Parece pues un título. Recibe un saludo cordial y gracias por el comentario,

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